Támesis

 

I

A lo largo de todo lo que no es otoño, ni invierno, el Támesis, río de Londres, aburre; se trata de una calle más, ceñida por líneas de espuma inmóvil. Río que no es vida; menos aún, esmerada metáfora del tiempo: las aguas del espejo en el que nos miramos son, invariablemente, las mismas. Pardo, sin tonalidades, sin carisma, se empoza inútil, debajo de los puentes. Lo observo desde el Chelsea Embankment, orilla de lodo resquebrajado, cementerio marino en el que los barcos, a unos pasos de las quietas ondas, crujen bajo el peso del sol. Polvo ruin, y muerte, embadurnando las quillas, los mástiles, las cubiertas acribilladas de tendederos rezumantes de ropa. De cara a la ciudad, dando la espalda al río. En la otra ribera una desolación semejante. Los edificios de las compañías navieras, hijas de las que inventaron mares y golfos, ostentan las infinitas variaciones de la herrumbre. Las grúas, en los muelles, dejan caer jirones de sombra quemada. ¿Dónde está el Támesis, su respiración? Soy yo, habitante de tierra firme, el que inventa, empecinado, a las gaviotas.


II

Hemingway sentenció, alguna ocasión, que París era la ciudad mejor organizada del mundo para escribir. Yo conozco, a fondo, palma de mi mano, la más organizada para vivir. Londres, Londres, mi Londres. Y, también, el río-río, pues la esperanza es un animal empecinado. Llegó el otoño, y después del otoño, el invierno, y el Támesis floreció en el abono de sus mejores estaciones. Parto a cualquier sitio, a cualquier hora, pero llego, siempre, puntual, al Támesis. Piel nacida, palpitando, resollando, espejeando bajo los nuevos soles de luz brumosa. Distancias impresionistas. La perspectiva de los puentes se adelgaza y perece entre manchones de lentos, lentísimos perfiles; yo en ellos, mirando o mirado. Orilleros, los parques amontonan pilas de niebla y nieve y hojas de oro podrido. Uno sabe que, al término de las calles de tierra adentro, naufragará, salvado, a la costa de un río. Cierta tarde, camino al National Films Theatre, vi, a mis pies, el moroso hundimiento del sol, inmenso fuego, en las aguas. Tras él el puente de Waterloo, yo mismo, Londres, la isla, figuras zambulléndose en un aire líquido, naranja, oloroso a lecho.