Junto a los escombros

 

Parte I

Las fuerzas enemigas arribaron a la ciudad muy de mañana. Procedían de las costas de Guerrero y Michoacán, en el Pacífico. Nos emboscaron en la luz húmeda de septiembre con la urgencia y la cólera del rayo. En cosa de segundos dinamitaron los pilotes de los hoteles Regis y Hilton; demolieron decenas de edificios y vecindades; desclavaron los rieles de los tranvías; cortaron los cables de alta tensión; derrumbaron postes, bardas, semáforos, antenas, anuncios murales; azolvaron el alcantarillado; destruyeron la Central Telefónica de la calle Victoria; quemaron cines y teatros, destecharon mercados, descuajaron árboles añosos; el Centro Médico cayó como un castillo de naipes. Su paso fue señalado por espesas columnas de polvo calizo, y llamaradas, a lo largo del Casco Viejo, San Juan de Letrán, Avenida Juárez, División del Norte, La Roma, Tepito, Narvarte, Hipódromo y las colonias populares asentadas en el lecho desecado del lago (Morelos, Valle Gómez, López Mateos, Boturini). El impudente mapa de la muerte. Miles de niños, mujeres, hombres atrapados, desmembrados, prensados por toneladas de cemento y varilla y piedra (leve tezontle de pronto granito). Ayes, ronco llanto.

El enemigo repitió el ataque al día siguiente a la hora, igualmente artera, de la anochecida.

Secreto público


Ningún psicólogo social o antropólogo urbano o historiador de las mentalidades o economista de coyuntura o tecnócrata de la anexión podrá explicar, razonablemente, cabalmente, por qué carajos permanecemos aquí, retrepados a dos mil y pico de metros de altura sobre el nivel del mar, sofocados en invierno, al borde de un estiaje total, respirando toneladas de mierda, sobre un suelo arcilloso que o se anega o resquebraja o hunde o trepida. Simplemente nos empuja una visión.


Parte II

Por esos días, él amaba a una muchacha que miraba en escorzo, suave, como humectada, sin otro perfume que el de la piel tendida al sol. Se alimentaban de largos silencios, yogurt, vino, galletas. Se despedían al filo del amanecer. Aquel del 19 de septiembre emboscaba la matanza.

Inscripción mural

SE HA MARCHADO YA EL ÚLTIMO
BRIGADISTA PERO YO TE SEGUIRÉ
DESENTERRANDO


Primera fundación

Observa, ¡oh sobreviviente!, a la tropa progenitora. Fanática y astrosa, en taparrabos, abandona las galerías rocosas de Aztlán, al norte del territorio para bajar hasta aquí. Valle lacustre. Ombligo émulo de la luna. Obsérvala avanzar a troche y moche, sufrir persecuciones, sed, alimentarse de alimañas lodosas, para cumplir el sueño domiciliario de Huitzilopochtli. Dios precarista si los hubo. Obsérvala acercarse al islote del comienzo escuchando, con el corazón en el cogote, los aletazos del águila.


Parte III

Minutos antes del ataque, el pueblo capitalino congregábase alrededor de los altares humeantes. Atole y tortas de tamal. Sangre y carne de aquellos Dioses renacidos, no hacía mucho tiempo, en pleno centro, detrás de la Catedral, cabe la Plaza de la Constitución.

Segunda fundación

Tenochtitlán es un montón de escombros en llamas; cadáveres arcabuceados, escudos rotos, tapizan las calzadas; los canales y las acequias teñidos están de sangre; los sobrevivientes golpean, huérfanos, muros condenados a la demolición.

Por el contrario, el campamento de los ejércitos victoriosos, al sur, es una égloga perfumada. Coyoacán: jazmín, hueledenoche. Una vez enfriada la olla del puchero, Hernán Cortés y sus secuaces deciden el sitio de la ciudad nueva, hispana y católica. Encolerízanse, enronquecen, escupen, blasfeman.

¿Qué razón impone a la postre el regreso a la isla pululante de gusanos y lutos, en vez de los deliquios y las certidumbres de la tierra firme? ¿La sola lógica imperial, afanosa de avasallantes símbolos?

No.

A Cortés, vuesa merced disculpe, lo agarra por los huevos el delirio azteca.


Inscripción mural
 

TIEMBLA COMO NUNCA ANTES HABÍA
TEMBLADO AQUÍ. PERO MI CORAZÓN
YA NO TREPIDA CUANDO TÚ PASAS


Parte IV

7:18 a.m. El peinado de pájaro quetzal, los anteojos negros, las cadenas que gotean bisutería hindú, la camiseta sin mangas con la leyenda “I love big Apple”, el cinturón de latón, los pants Adidas, los calentadores Pussy Cat, los tenis Panam (todo pepenado aquí y allá, el navajazo incluido), contrastan con el señorío de la calle Isabel la Católica. Pero siempre recala en esta zona de la ciudad. ¿Qué no se había metido en el cuerpo las últimas horas? Pastillas, innumerables carrujos de marihuana, mezcal. Se lleva a la nariz la bolsa de cemento e inhala hasta que el cerebro arde. Trastabilla golpeado por una oleada de náusea. Inhala de nuevo. Las piernas se le doblan. Jadeante, sin soltar la bolsa de plástico, se apoya en la pared que, instantáneamente, 7:19 a.m., lo aplasta.

Íntima

Vivía a la sazón donde comienza la subida a San Jerónimo. Quizá, porque, a metros escasos, un inglés armaba un velero, que luego botaría en el Golfo, sentí claramente que la casa rompía sus amarras y empezaba a deslizarse, a bogar sobre las olas de tierra en dirección del Periférico. Balanceo, crujir de maderos, borrascoso viento a estribor. Naufragio.

Tercera fundación

Era, ay, apenas, un republicano Casco Viejo rodeado del inmenso y despoblado Distrito Federal.

Corte abrupto

La radio transmitía: Coooonnnntiiiigoooo noooo vooooyyyy aaaa baiiiilllarrrr/ Sólllloooo meeee puuuueeeedeeeessss connnntemmmmplarrrr/ Sooooyyyy uuuunnnna chiiiica deeee ficccciónnnn/ Úuuulllltiiiimoooo griiiito deeee rob (silencio).


Inscripción mural

¡La renta es de quien la paga!


Parte V

Él es oriundo de la ciudad de México. De la colonia Roma. Niño aún, su madre lo llevó a vivir a Guerrero. Las vacaciones escolares atesoraban la promesa de una estancia nunca suficiente en la capital, con los tíos y sus hijos, los primos y las primas que iría perdiendo como se desgaja una floresta. Hablo de antes de la construcción de la súper a Cuernavaca. Regresar a México, establecerse definitivamente en la ciudad de México, en pos de la poma del arte, el narcótico de la fama, la lumbre amorosa, la tentación del poder, la reforma liberal del mundo, se convirtió en la apuesta de su adolescencia cerril. Y el día llegó —la noche, mejor dicho. Desde el kilómetro 28 de la carretera, allá por el lugar conocido como el Cantil, siendo las veinte horas y cacho, alelado en su asiento del autobús Estrella de Oro, atisbo allá abajo, ceñido por el círculo de montañas, el piélago de luces en que ansiaba quemarse. Era la frontera entre los 50 y 60. Juró no sé qué extravagancia. Prometió no sé qué portento. La termi-al se encontraba en Fray Servando Teresa de Mier, en pleno centro. Entró a la ciudad para ya no abandonarla más —salvo el periplo europeo, sólo eso faltaba—, por la calzada de Tlalpan.

Hoy es septiembre de 1985, toda una vida después. La Roma, Fray Servando, Tlalpan, secciones enteras de la ciudad amontonan ruinas, hieden a cadaverina, a Tlatelolco, exhiben a la luz del sol impávido sus vísceras reventadas. El golpe brutal vino de abajo, del fango. Pisando las calles como los marineros los puertos, quiero decir, bamboleándose, el sabor del viejo sueño —sabor justiciero, aventurero—, se le trueca derrota y podre y ceniza.


Inscripción mural

SOMOS EL SUEÑO SOÑADO POR UN
EXTREMEÑO DESPUÉS DE PUCHERO


Jaculatoria

    Carrizal fangoso
    Adoratorio misérrimo
    Chinampa florida
    Isla imperial
    Urbe lacustre
    Venecia americana
    Muy noble y leal
    Ciudad palaciega
    Villa Olímpica
    Matadero
    Erial
    Rencor vivo
    Capital de la FIFA
    Cielo profanado
    Ventarrón de heces
    Grieta
    Fosa común


Inscripción mural

ME BAMBOLEO AUNQUE EL SUELO
ESTÉ PAREJO


Parte VI

De hecho, en las esquinas pululantes de las grandes avenidas —Reforma, Insurgentes, Universidad, Río Churubusco, División del Norte— había empezado ya, de tiempo atrás, la ocupación de la plaza. Que será a degüello.


Vestigio

DISCU PE LAS MO ES I S QUE LE
CAU     ES A OB A


Cuarta fundación

Una garra nos atenazó del cuello y nos prosternó ante el abismo que abrieron las grietas. ¿Qué chingados vimos? Unos encontraron únicamente sus muecas de payasos lamentables (maquillaje de cal cuarteados por los ríos de llanto). Otros advirtieron, todavía más desolados, una obscuridad sin fondo (que amenazaba ensancharse). Los más, empero, aunque lo ignoremos embotados por el duelo, columbramos una ciudad fragante y luminosa, gobernada por peatones, ciudad civil, espejeante de aguas límpidas, verdeante de natura, resonante de tranvías, ceñida por eminencias nemorosas; una ciudad conmiserativa, tónica, recobrada, indisputadamente nuestra. No de los Dioses Aztecas ni de la Corona Española ni de los Poderes Federales. ¡Nuestra! Al fondo, enclavados en el aire translúcido, los volcanes (su memoria, su misterio).

De lamentarse son, ay, las cuarteaduras, la sangre derramada, el general quebranto, el despojo, las grietas no sólo físicas, los penachos de varillas retorcidas (nueva, pavorosa estética). ¡Oh ciudad zaherida, tomada, aplastada, batida, hollada, depuesta, diezmada! Pero más de lamentarse sería el olvido que también arrasa.

Efemérides

Cuando se trazaban los Ejes Viales, allá en los setenta, a la del Valle, sus moradores la rebautizaron ¡Colonia del Valle de Lágrimas!

Erotismo urbano

Apenas salvó el pellejo corrió, saltando los escombros, burlando los cordones policiales, a la calle Ródano en la Colonia Cuauhtémoc. Quería cerciorarse con sus propios ojos que la Diana Cazadora seguía en pie flechándole otra vez el corazón.

Inscripción mural

YO SOY DAMNIFICADO DESDE ANTES
DEL 19 DE SEPTIEMBRE