Material de Lectura

Sin contradicciones

 

Estoy harto de que me saludes. Ayer volvió a ocurrir. Nos encontramos en una cuadra enana a una hora infame y estruendosa, en un lugar —quiero precisar— donde es posible, por ejemplo, adelantar el paso para que la cabeza del transeúnte más próximo oculte la tuya. Con esa abundancia de tiendas basta detenerse un instante y fingir que te atrae una joya espléndida o una nueva edición de Homero. Levanta las cejas, sonríe misteriosamente o abre un poco la boca para que sepamos que estás abstraída. Si todo lo que ves te repugna, fija la mirada en algún punto mínimo, en algo tan pequeño que haga olvidar la figura de la cual forma parte. Refúgiate en una mancha de color. No es necesario pensar en nada. La percepción pura —o boba— es suficiente. Te aconsejo acciones simples, que no chocan con ninguna ideología. Pero si algún principio básico —abstracto y tirano— te impide ejecutar esos actos que a nadie asombrarían, que no te comprometen, acude a un recurso a la vez más confuso y elemental: deja de caminar, agarra la cartera con las dos manos, súbela hasta la altura del cuello, ábrela y hunde la cara en ella. Todos se irán por la interpretación más inocente. Sabes de sobra que camino rápido, tratando de aparentar una prisa que casi nunca tengo y no me gusta —eso te consta— mirar pausadamente a nadie. El problema se reduce, entonces, a una cuestión de segundos. Confiésalo: es tan fácil pasar de largo. Agrega, además, la dificultad que siempre ha habido en localizarme, carezco de exageraciones físicas, calvas relucientes, jorobas, gorduras bestiales, manos enormes, labios leporinos. Para describirme hay que acercarse y sólo así podrán las frases recoger las minucias corporales que me distinguen. Concluyo que te encuentras en un callejón sin salida: sé franca y admite que has estado saludándome, sí, saludándome, sin que puedas alegar ni obligación, ni fatalidad, ni circunstancias favorables. Las cosas no quedarán aquí.

Estoy seguro de que me saludaste. No tengo dudas de que ayer descubriste mi cara en esa cuadra breve que los dos, como un milagro, volvimos a cruzar el mismo día, a la misma hora, por la misma acera. Es inútil negarlo. No tenías prisa, caminabas con indolencia, venías de regreso, satisfecha y solitaria. Por eso mirabas a la gente. Sin maldecir a nadie, sin furores, los ojos tranquilos, casi al borde de la estupidez. En esa cuadra sólo hay una agencia de viajes, una cosa pequeña y trivial, que no suscita concentraciones instantáneas. ¿Te das cuenta, ahora, de que no estoy inventando, de que no hablo sin fundamento? Yo avanzaba lentamente, la cara levantada, los brazos caídos. Movimientos normales, típicos de quien pasea con la conciencia tranquila. Te concedí, entonces, todas las facilidades. Yo sé que me viste de lejos, de media distancia, de cerca, de frente y de perfil. La prueba que ofrezco es un dato íntimo e indemostrable: después de vernos sentí una especie de restauración inequívoca. Creo en la realidad externa, pero no me limito a los bultos y a los volúmenes. Comprendo, claro está, que no fueras explícita. No era el caso, en esa cuadra tan desprotegida, que te abandonaras a efusiones o a miradas fijas. Fuiste sobria, no avara y yo acepto esa estrategia tuya, púdica y arrogante. Te propongo un trato: si admites que has estado saludándome una y otra vez a lo largo de esa brevísima cuadra, yo declararé abiertamente que esos gestos tuyos —tan esenciales y rigurosos— me producen una agitación incontrolable.