Rasurando

  

El barbero terminó de acomodar la toalla alrededor del cuello del cliente. Tocó su rostro con el dorso de la mano:

—Está caliente todavía...

—¿A qué hora sucedió? —preguntó el aprendiz.

El barbero no respondió. En la camisa semiabierta del muerto algunos vellos grisáceos aparecían. El aprendiz observaba atentamente. Entonces el barbero lo miró.

—¿A qué hora murió? —el aprendiz volvió a preguntar.

—De madrugada —dijo el barbero—; murió de madrugada.

Extendió la mano:

—La brocha y la crema.

El aprendiz tomó con rapidez la crema de la valija de cuero que permanecía sobre la mesa. Después tomó la jarra de agua que había traído al entrar al cuarto: vertió un poco de agua en la taza de la crema y la movió hasta hacer espuma. Era siempre rápido en el servicio, sin embargo en aquel momento su rapidez parecía acompañada de algún nerviosismo.

La brocha terminó por escapar de su mano y fue a caer encima de la pierna del barbero, que estaba sen­tado junto a la cama. El aprendiz pidió disculpas, descontrolado todavía y sin gracia alguna.

—No fue nada—dijo el barbero, limpiando la mancha de espuma de su pantalón—; eso sucede...

El muchacho, después de limpiar la brocha, todavía la removió un poco más en la taza y hasta entonces la entregó al barbero, que todavía le dio una rápida meneada. Antes de comenzar el trabajo, miró al muchacho:

—¿Te gustaría esperar allá afuera? —preguntó de manera amable.

—No, señor.

—La muerte no es un espectáculo agradable para los jóvenes. Mejor dicho, para nadie.

Comenzó a pasar la brocha por el rostro del muer­to. La barba, de unos cuatro días, estaba cerrada.

A través de la puerta cerrada venía el murmullo ahogado de voces que rezaban el rosario. Ahí afuera el cielo estaba acabando de clarear; un aire fresco entraba por la ventana abierta del cuarto.

El barbero le regresó la brocha y la taza llena de espuma; el muchacho ya tenía la navaja y el afilador en la mano; puso la taza con la brocha encima del buró.

El barbero afilaba la navaja. En el salón era bien conocido su estilo de afilar, acompañándose de alegres melodías de música clásica que iba silbando. Ahí en el cuarto, al lado de un muerto, afilaba en un ritmo diferente, más espaciado y lento; alguien podría casi deducir que en su cabeza el barbero silbaba una mar­cha fúnebre.

—Es tan extraño —dijo el muchacho.

—¿Extraño?—el barbero dejó de afilar la navaja.

—Sí, que lo estemos rasurando...

El barbero miró al muerto:

—¿Qué cosa no es extraña?—dijo—. Él, nosotros, la muerte, la vida; ¿qué es lo que no es extraño?

Comenzó a rasurarlo. Detenía la cabeza del muerto con la mano izquierda y con la derecha iba raspando.

—Dios me ayude a morir rasurado —dijo el mu­chacho; el barbero tan sólo observaba cómo iba que­dando su trabajo.

—¿Será que él nos está viendo desde algún lugar? —preguntó el aprendiz.

Miró hacia arriba, el techo todavía tenía la luz prendida como si el alma del muerto estuviera por ahí, observándolos; no vio nada, pero sentía como si el alma estuviera por ahí.

La navaja iba ahora limpiando debajo del mentón. El muchacho observaba el rostro del muerto, sus ojos cerrados, la boca, el color pálido: sin la barba, ahora parecía más muerto.

—¿Por qué muere la gente? —preguntó—. ¿Por qué la gente tiene que morir?

El barbero no dijo nada. Había acabado de rasurar. Limpió la navaja y la cerró, dejándola en la orilla de la cama.

—Dame la toalla —pidió— y moja el trapito.

El muchacho mojó el trapito en la jarra y lo expri­mió para escurrir el exceso. Lo entregó al barbero, junto con la toalla.

El barbero fue limpiando y enjuagando cuidadosamente el rostro del muerto. Con la puntita del trapo quitó un poco de espuma que había entrado en el oído.

—¿Por qué será que no nos podemos acostumbrar a la muerte? —preguntó el aprendiz—. ¿Qué no tenemos que morir algún día? ¿No es que todo mundo se muere? ¿Entonces por qué no podemos acostumbrar­nos?

El barbero lo miró durante un segundo:

—Así es —dijo, y volvió el rostro nuevamente hacia el muerto; comenzó entonces a recortarle el bigote.

—¿No es extraño? —preguntó el aprendiz—, yo no entiendo.

—Hay muchas cosas que no entendemos —dijo el barbero.

Extendió la mano:

—Las tijeras.

En la casa, el movimiento y el ruido de las voces parecían aumentar; de vez en cuando se escuchaba a alguien que rompía en llanto. El muchacho pensó alegremente que ya casi estaban acabando y que dentro de algunos minutos más él estaría ahí afuera, en la calle, caminando en el aire fresco de la mañana.

Se levantó de la silla y contempló el rostro del muerto.

—Las tijeras de nuevo —pidió el barbero.

El muchacho volvió a abrir la valija y a tomar las tijeras. El barbero se inclinó y cortó una pequeña punta de un pelo del bigote.

Los dos permanecieron observando.

—La muerte es una cosa muy extraña —dijo el barbero.

Ahí afuera el sol ya iluminaba la ciudad, que se iba moviendo hacia un día más de trabajo: las tiendas abrían, los estudiantes iban a la escuela, los carros pasaban con diferentes rumbos.

Los dos caminaron un buen tiempo en silencio; hasta que a la puerta de un bar el barbero se detuvo:

—¿Vamos a tomar un trago?

El muchacho lo miró con timidez; hasta ahora sólo había bebido a escondidas, no sabía qué responder.

—Un traguito es siempre bueno para recobrar los nervios —dijo el barbero mirándolo con una sonrisa bondadosa.

—Bueno... —dijo el muchacho.

El barbero puso su mano sobre el hombro del muchacho y los dos entraron juntos al bar.

 

Traducción de Eduardo Langagne