width= René Avilés Fabila



Selección y
nota
introductoria de
Gerardo de la Torre



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Nota introductoria


René Avilés Fabila nació en el Distrito Federal en 1940. De madre maestra y padre escritor, obtuvo muy temprano una formación cultural que amplió en las aulas de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales y, posteriormente, en La Sorbona.

Avilés Fabila, intransigente en sus odios y amores, feroz en la defensa de sus principios (como puede comprobarse leyendo sus artículos sabatinos en Excélsior, sus "Dramatis personae" en el dominical El Búho), ha mantenido con la li­teratura un romance que dura ya treinta años. Su clara voca­ción de cuentista, fortalecida y depurada en el taller ya mítico de Juan José Arreola, más tarde como becario del Centro Mexicano de Escritores (1965-1966), ha producido alrede­dor de 400 cuentos y relatos, la mayoría muy breves, algu­nos de escasas líneas. Obra varia y singular que está recogi­da en más de diez volúmenes, de Hacia el fin del mundo (1969) a Los animales prodigiosos (1989).

Pero si es el cuento la vena más rica de René, sus incur­siones en la novela son de trascendencia. Aquí vale señalar la paradoja de que el cuentista irrevocable, autor permanente de ficciones mínimas, haya fundado su presencia en las le­tras mexicanas con una novela, Los juegos (1967), sátira rabiosa de nuestra vida política y cultural. Después publica­ría las novelas El gran solitario de palacio (Buenos Aires, 1971), Tantadel (1975), La canción de Odette (1982), y en estos días entregó a los lectores Memorias de un comunista, relato autobiográfico, testimonio, novela no ficción, todo eso y algo más.

Avilés Fabila no es escritor de tiempo completo. Y no lo es porque dispersa su tiempo, generosamente, en múltiples actividades. Ejerce la docencia (en la Universidad Autóno­ma Metropolitana) y el periodismo político y cultural, dicta con frecuencia conferencias en México y en el extranjero, participa en programas de radio y TV, funge como jurado en uno y otro certamen. Y aunque tanto no hiciera, tampoco se­ría escritor de tiempo completo, ya que le gusta disfrutar del buen trago y de la buena mesa (a veces no importa qué tan buena sea la mesa), enzarzarse en la discusión o la disputa con los amigos y los que dejarán de serlo, ir al cine, vivir. Sin embargo, con asiduidad y disciplina dedica a la literatura el tiempo que le roba a los placeres y a las ocupaciones pro­fesionales.

Para Avilés Fabila, el cuento, a diferencia de la novela, es sólo una pequeña parte de la vida, un momento narrado con la mayor economía posible y pensando en que el lector con­tribuirá a terminarlo. Prefiere siempre el cuento de final sorpresivo, aunque no considera que sea ésa una condición obligada.

"Para mí el cuento es simplemente atrapar algo que me gusta —dijo en una entrevista realizada por Mempo Giardinelli en 1988—. Cazar una anécdota, o una parte de la anécdota; reproducir un diálogo; reconstruir una mini situación. Y cuan­to más reducida sea la situación, más me satisface."

Sus cuentistas favoritos son Poe, Borges, Arreola, Cortázar, Kafka; en una lista más amplia incluiría a Lovecraft, Horacio Quiroga, Slawomir Mrozek y Ray Bradbury. De tales amo­res parten las líneas principales de su cuentística: la fantasía y el erotismo, el humor y el compromiso político, la ironía que con frecuencia se troca en sarcasmo.

Y eso es lo que ofrecemos a los lectores de este material.

Gerardo de la Torre


Mitología publicitaria

 

Primer caso: cancerbero

Un nuevo y lujoso cabaret ha abierto sus puertas. Su nombre es El Averno: por dentro el sitio se acondicionó de tal mane­ra que lo parece en verdad. Y no se escatimaron gastos para producir los efectos adecuados: calor excesivo, aromas de azufre y rejalgar, aullidos y percusiones, lamentos y rechinar de dientes, etcétera. Los camareros, con smokings rojos de corte demoniaco, sirven bebidas ardientes y espesas, a base de sales de plomo y sulfato de cobre. Y al pasar por la pista de baile estimulan con sus tridentes a las parejas que danzan para que, eufóricas, se muevan más ágiles y desaforadas. Los guisos ahí preparados, aunque diversos, tienen una nota co­mún: todos se cocinan a la parrilla, en las brasas y directo al horno.

En su interior laberíntico, levemente circular, los instru­mentos de tortura no sólo son parte del decorado: funcional sin cesar, lo que forma en buena medida la variedad, sobre todo a las horas del show, en el que participan sádicos y masoquistas profesionales o aficionados. (Más de una vez, clien­tes ya ebrios se han sometido por voluntad propia a las tortu­ras; como el acto sirve de propaganda, la empresa nocturna les hace formidables descuentos a los voluntarios y les abre créditos ilimitados.)

Cerca de la puerta hay una guardarropía con barbas en punta, cuernos y colas en muchas tallas.

Es necesario mencionar que la gerencia, en busca de su gran golpe publicitario, puso en la entrada a Cancerbero, que lanza desde sus fauces aullidos triplemente espantosos y que, cuando la ocasión lo requiere, vomita fuego (Cerbero, fiera a las demás diversa, /allí, trifauce can, se encoleriza, /cruel con la postrada gente inmensa).

El lugar es un éxito y en él se da cita la mejor sociedad. Por esa razón, se realizan ampliaciones (y para que la mano de obra resulte económica, quienes no pagan la cuenta —sin atender a los motivos— son destinados a trabajar en ellas, lo cual ha roto la vieja y vulgar solución de lavar platos).

Una pareja de cómicos —un florentino y un mantuano— va de mesa en mesa haciendo chistes y entrevistas a los con­currentes más distinguidos.

De entre las personalidades —intelectuales de renombre, artistas famosos, gente de noble alcurnia— se escogen a los que gritan sus culpas en forma más atractiva para que sirvan de pinches.

Por supuesto, no han faltado competidores envidiosos que ya abrieron dos cabarets: El Purgatorio y El Paraíso. Pero las personas se aburren solemnemente y prefieren El Averno sin discusiones.

El club, que originalmente era de reducidas proporciones, en la actualidad ocupa varias manzanas y continúa creciendo hacia todos los rumbos de la ciudad. El Averno (oh los que entráis, dejad toda esperanza) seguirá aumentando de tama­ño según el público lo desee; de hecho se encuentra en per­manentes ampliaciones, lo que hace pensar que pronto va a cubrir, si no la totalidad del planeta, cuando menos una bue­na porción.


Segundo caso: las sirenas (o la libre empresa)


Cierto balneario hubo de adquirir, para fines estrictamente propagandísticos, un lote de sirenas. Traídas en peceras an­chas y altas, las distribuyeron por todas las piscinas. Para que no extrañarán su lugar de origen, también se compraron pececillos dorados, caballos de mar y uno que otro tritón. El siguiente paso fue ahondar las albercas y colocar un letrero luminoso que hasta la fecha anuncia a las bellas y sugestivas sirenas e indica tarifas.

Ninguno nada por admirarlas. Su belleza es elocuente. Pero como lanzan al viento su voz que encanta a los humanos has­ta cautivarlos y hacerles olvidar a la mujer y a los hijos, es indispensable tener dos o tres salvavidas —cuyas orejas es­tén tapadas con cera dulce— dispuestos a evitar que alguna persona se ahogue al arrojarse tras ellas.

La clientela —masculina en su totalidad— abarrota las piscinas desde entonces. Los balnearios cercanos, sin recur­sos económicos suficientes para contrarrestar la hábil propa­ganda, tuvieron que cerrar por quiebra, ya que sus albercas se habían secado de soledad.

(El pez grande se traga sin remedio al pequeño.)


Tercer caso: las arpías


Las arpías fueron contratadas por un laboratorio especializa­do en vitaminas y complementos dietéticos, para anunciar sus nuevas píldoras estimulantes del apetito. La publicidad del producto comenzó por radio y televisión. (Por radio, afor­tunadamente, sólo se escucha música electrónica, las voces de las arpías y el murmullo tenue del anunciador. Pero no sucede lo mismo en la televisión: aparecen las aves de horri­ble cabeza de mujer, rostro blanquecino, cuerpo de buitre, garras de buen tamaño, contorsionándose y cantando algo incomprensible. Al fondo, una mesa colmada de viandas, a todas luces suculentas. El anunciante, de negro implacable, muestra las píldoras en su frasco, traga cinco y dice con voz melosa, cursi: Tómelas a diario y tenga tanta hambre como una arpía. Pero he aquí que las arpías, súbitas, con horrible vuelo, han bajado... y cuan grande son baten sus alas y arre­batan los manjares y con contacto inmundo los infeccionan todos; su canto es agrio entre su hedor horrible. El mismo locutor colabora en forma salvaje, despiadada, evadiendo las reglas de urbanidad.)

Al descubrirse más tarde —por medio de un muestreo— que un gran sector del pueblo no escucha radio ni ve televi­sión, por carecer de ambos, los publicistas insertaron el anun­cio en los periódicos y las revistas de mayor tiraje. Y para coronar su obra, por toda la ciudad —en edificios, en gran­des y pequeñas avenidas, en zonas marginadas, sobre monu­mentos de hombres ilustres y héroes nacionales, en institu­ciones culturales, y en otros sitios— se colocó el comercial, en la forma más estratégica y audaz que se pudo.

Como es de suponerse, tanto televidentes, radioescuchas, peatones, lectores, obreros, intelectuales, como la. población en general —viendo o escuchando el anuncio— compraron las píldoras en cantidades prodigiosas. Desde luego, agota­dos los alimentos, el apetito los condujo a incrementar el canibalismo.

Pero esto no es muy importante. Hay otra historia que se inició con la pugna entre dos laboratorios particulares, cuyos propósitos eran bien generosos: ayudar al control de la nata­lidad, frenando el excesivo número de nacimientos ocurri­dos en el planeta. Un laboratorio se dedicó a producir millo­nes de preservativos y anticonceptivos. Cosas conservadoras y hasta retardatarias. El otro siguió un camino complejo y verdaderamente antitradicional. Sus resultados ya se cono­cen (andan párrafos arriba); gracias al canibalismo, el pro­blema de la sobrepoblación ni existe ni amenazará al mundo jamás. Por supuesto, hay un departamento que reglamenta las edades de los individuos que van a ser comidos, a fin de proteger la especie humana, de preservarla de la extinción. Así nos mantenemos con un número razonable de habitan­tes, sin problemas alimenticios. Por lo demás, las parejas pue­den hacer libremente el amor, a plenitud, cuantas veces les venga en gana, sin el ancestral temor a las explosiones de­mográficas. La Iglesia, por sus conductos periodísticos, y en excelente italiano, notificó que aceptaba tal método para con­trolar la natalidad, por considerarlo eficaz, sano y adecuado a las necesidades de los hombres, no sólo en el plano terrenal sino también en el espiritual. Sus argumentos al respecto son dos únicamente, pero sólidos como las piedras de San Pedro, allá, en el Vaticano. Primero: ya no se recurre a anticoncep­tivos, abortos y cosas sacrílegas. Segundo: se cumple con un ancianísimo precepto cristiano: comed que éste es mi cuer­po, bebed que ésta es mi sangre.



Bibliografía

Alighieri, Dante. La Divina Comedia.
Homero. La Odisea. Virgilio. La Eneida.
Varios autores. Cómo debe funcionar un laboratorio moderno.
Malthus, Tomás Roberto. Ensayo sobre el principio de la población. La Biblia.


En tierras del vampiro

 

...Drácula no ha muerto del todo, y resucita entre las tinieblas.

Francois Truchaud

 

En un lugar no lejano de la célebre Transilvania (donde na­ció, asesinó y falleció el conde Drácula), al pie de los Cárpatos, existe un pueblo que cultiva con esmero las leyendas: son su historia y su realidad. Y las actividades cotidianas tienen mucho que ver con esas tradiciones que los niños aprenden y respetan desde los primeros años. La superstición más im­portante (eje de su vida) es la que prevé la resurrección de Drácula, quien regresará del más allá para nuevamente ate­rrorizar y desangrar a los pacíficos lugareños. Esta creencia es de sólido andamiaje: ¿acaso no volvió Lázaro de entre los muertos y Jesús no "resucitó al tercer día"? Por qué razón, entonces, dudar de los poderes del vampiro. A causa de ello la población se preparó para enfrentar su abominable retorno mediante una idea salvadora: crear un banco de sangre don­de los habitantes mayores de quince años tienen la obliga­ción de depositar cierta cantidad semanaria de líquido vital. De este modo, cuando el temible suceso ocurra, tendrá el volumen necesario para satisfacer el voraz apetito del mons­truo. Con tal solución cualquiera podrá salir por las noches a la calle sin temor o dejar abiertas sus ventanas (aunque algu­nas personas, menos optimistas o más miedosas, sugieran que cada noctámbulo lleve consigo una botella con dos o tres li­tros de sangre para ofrecérsela al abyecto ser en caso de sú­bita aparición: bien podría suceder que su hambre le impida llegar al banco y se detenga ante una suculenta yugular).1 A cambio del alimento, las autoridades propondrán al conde Drácula un trato razonable y equitativo en el que fincan el progreso económico del pueblo: su autorización para que durante el día, mientras descansa del festín sanguíneo, su fé­retro abierto sea expuesto a la curiosidad turística.

 



1
Los anémicos pueden deambular despreocupadamente, mientras lleven un letrero que así lo indique.


El alimento del vampiro

 

Eran más de las doce de la noche, la hora de los fantasmas, de los espíritus, de las almas en pena. El vampiro hacía deambular lúgubremente su negra silueta por las calles del poblado. Iba como si estuviera ebrio; en realidad estaba dé­bil y sentía que la capa pesaba enormidades: era incapaz de convertirse en murciélago y desplazarse volando. Cuando encontraba algún trasnochador sus ojos brillaban de esperanza y de inmediato lo inspeccionaba. Y ante los resultados, el vampiro de rostro pálido y colmillos poco amenazadores se ponía más triste, más desconsolado y su apetito iba en au­mento. El pobre monstruo se veía perdido en aquel mundo del siglo XXIII, donde él parecía ser el último humano en una Tierra habitada por autómatas y robots.


Minitauromaquia

a Rosario

 

Una empresa taurina, ávida de notoriedad, contrató a Minotauro para ser lidiado por un famosísimo matador. De por medio estaba una elevada suma de dinero. Minotauro fir­mó y la corrida fue anunciada por toda la ciudad.

La afición colmaba la plaza y luego del paseo de la cua­drilla, que fue impresionante ("en donde la seda y el oro ri­valizaban en brillo con el sol vespertino"), Minotauro, con su hermosa cabeza taurina y un par de cuernos, brillantes y puntiagudos como cuchillos de obsidiana, salió bufando, de los toriles, envanecido de su estampa y con la bravura usual de los buenos astados. Entre ovaciones y pasodobles el céle­bre torero le dio los primeros capotazos. Después, miles de ojos fueron testigos de una embestida inteligente: no contra el engaño sino apuntando al cuerpo del matador. La sangre corrió en la arena, la muerte hizo acto de presencia y, ante un público estremecido de horror, Minotauro, con pasos elegan­tes —despreciando la vuelta al ruedo—, abandonó el lugar.

Uno a uno, los matadores dejaron de serlo, al convertirse, en las siguientes corridas, en víctimas de las infalibles aco­metidas de Minotauro. La afición, en principio sorprendida, aceptaba ahora la inversión de papeles y llenaba hasta los topes todas las plazas donde Minotauro era anunciado, para aplaudirle y gritar ¡ole! en los momentos en que, inclinándo­se, afinaba la puntería y corneaba irreparablemente al torero. En ocasiones, Minotauro permitía que la corrida llegase al segundo tercio para también acabar con banderilleros y pica­dores (procuraba hacerla más larga y emocionante). Por su­puesto, los cronistas taurinos elogiaban la habilidad de Mino­tauro para empitonar. Y fue necesario reformar los textos de tauromaquia, ponerlos al día, para prever el corte de orejas de toreros, el banderilleo, el descabello y el arrastre de los mismos ya muertos.

Las filas de los lidiadores están diezmadas. Los que res­tan, de ninguna manera quieren enfrentarse al formidable enemigo. Para evitar el decaimiento de la fiesta brava, se ofre­cen cantidades fabulosas de dinero a quien acepte lidiar a Minotauro. Pero casi nadie se arriesga. En la actualidad, sólo se celebran corridas cuando hay algún valiente y queda siem­pre estipulado en el contrato que el dinero pasará a manos de los herederos. Esa es la forma en que algunos aseguran el bienestar de la familia. La empresa taurina que se enriqueció con Minotauro está agobiada con cientos de demandas judi­ciales, presentadas por empresas similares y ganaderías, en las que se le hace responsable de haber llevado a la ruina el arte de Cuchares.


De trasplantes e injertos 

 

Para Juan José Arreola con admiración y afecto, porque roba tiempo a su arte para enseñar a los jóvenes.

a Iris, mi hermana

 

I

Con la moda condicionada por los avances científicos, y como nuestro país es el primero en todo —no es que pequemos de nacionalistas, sino que hay que decir sólo la verdad, o, diga­mos, ¿en dónde se hizo la primera gran revolución de este siglo?—, el gobierno en colaboración con el PUO (Partido Único Oficial) ha iniciado los trasplantes de cerebros para contrarrestar la creciente oposición política, según lo estipu­la la reforma al artículo 89, fracción xxi de la Constitución. Se trata nada menos que de acabar con los descontentos, por medios científicos, no políticos, científicos o científicamen­te políticos. La fórmula consiste en quitarles el cerebro a los buenos ciudadanos —heroico sacrificio en aras de la democra­cia representativa, y de la revolución que la hizo posible—, a los que están incondicionalmente con el Estado, ya sea por sus ingresos elevados o por su carencia de honestidad y cul­tura en todos aspectos, y colocárselos a los opositores de iz­quierda, pues todo va de acuerdo con nuestra máxima abso­luta: no existe más camino que uno: la revolución. La tarea es difícil, porque en los últimos tiempos, la izquierda ha au­mentado sus adeptos (¡esos rojillos absurdos, filósofos de la destrucción, que traicionan al país y a los postulados de nues­tra carta magna, queriendo importar doctrinas exóticas!). Sin embargo, con la ayuda del FBI y de la CÍA, se pudieron reunir las fichas de los agitadores extremistas y de los guerrilleros. El trabajo de trasplantes lo llevan a cabo conjuntamente la Procuraduría y el Centro Médico; la primera localiza y arres­ta a los comunistas y el segundo los despoja de sus cerebros antipatrióticos para colocarles otros totalmente sanos, imbui­dos de amor por las instituciones. Claro que en algunos ca­sos, cuando la Procuraduría y el Centro Médico consideren que un marxista también lo es de corazón, el trasplante de su órgano vital se impone paralelamente al del cerebro. Así, pron­to desaparecerán los vendepatrias que trabajan al servicio de potencias extranjeras. Es interesante un dato aportado por los servicios del FBI y la CÍA: que los trasplantes cerebrales entre los intelectuales sólo han sido dos o tres: la gran mayoría, desde hacía tiempo, consciente o inconscientemente, trabaja para el Estado. En cuanto se liquide el problema básico, es decir, los dirigentes opositores, y en cuanto queden pocos rojos, podrán realizarse experimentos que, sin duda, asom­brarán al mundo. Por ejemplo: en el cuerpo de un comunista equis, se injertará el cerebro y el corazón de un ultraderechista para ver cómo reacciona, cuáles son sus impulsos, para ver si sus dos cerebros y ambos corazones logran ponerse de acuerdo o destruyen el cuerpo que los cobija. Quizá como en el caso de la anfisbena, aquel ser mitológico del que hablaba Brunetto Latini, sus dobles órganos se ponen acordes para preservar al individuo, antes que exterminarlo; en fin, mucho se avanzará en esta materia. Lo principal es que, por ahora, el gobierno ha tomado una medida adecuada y pretende terminar de una vez por todas con las minorías que absurdamente se oponen a nuestra gloriosa revolución. En el extranjero muchos igno­rantes, desconocedores de la realidad nacional, han afirmado que la medida es comparable a los atroces experimentos rea­lizados por los nazis. Nada más falso, se trata, no de un expe­rimento criminal, sino de un recurso políticamente legítimo para salvaguardar los intereses de la democracia y proteger a nuestro país donde se aspira al bienestar común y a la justi­cia social. Mucho, por otra parte, se ha preguntado si no re­sultaría más fácil exterminar a los radicales en lugar de ope­rarlos, incluso es muy barato debido a la nueva cámara gigante de gases que hace pocos meses nos obsequió el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica. Cierto, es barato, pero también es un procedimiento inhumano que va contra los postulados de la revolución. Además, ¿no es interesante ver cómo un hombre que era guerrillero ahora labora en unas lujosas oficinas bancadas o es postulado para ocupar un es­caño en la Cámara de Diputados por el PUO? ¿Verdad que sí? Bueno, sólo hemos adaptado a nuestro país los avances cien­tíficos. La revolución sigue su mismo camino pero se ha modernizado. Y la patria, como diría atinadamente el señor presidente, está salvada para siempre.

PD: Se sugiere un anteproyecto para crear pensiones a las fa­milias de los buenos ciudadanos que fallecen al donar sus cerebros o corazones a los extremistas (bello rasgo que úni­camente se ve aquí); asimismo, se insta al Congreso a que apruebe rápidamente la iniciativa presidencial destinada a crear un monumento a estos mártires de la democracia.


II

Si el negro antes de fallecer donó su corazón o no, es cosa que nunca se sabrá. La compañía que ha acaparado las deli­cadas aunque ya seguras operaciones para trasplantar órga­nos vitales de un cuerpo a otro guarda con celo sus secretos profesionales, y como los directores asumen rígidas posturas respecto a sus deberes, es seguro que no se encuentren los archivos por ninguna parte. En cambio, es indudable —se está viendo— la reacción adversa de las esferas oficiales y de los periódicos sobre Arthur y su nuevo corazón. La opi­nión pública blanca sostiene un criterio semejante; afirma que después del trasplante, Arthur ya no es el mismo: es casi ne­gro, al menos es un blanco con corazón de negro. Los racis­tas, no hace mucho, apenas acababa Arthur de salir de la sala de operaciones, comenzaron su labor y la familia —hijos y esposa— ha recibido llamadas telefónicas y cartas anónimas insultantes. Los adolescentes, por supuesto, están desconcer­tados ya que ignoran la realidad y sólo conocen los datos manejados por la madre. El propio paciente sufre —sin darse cuenta— por el error de la Compañía de Trasplantes e Injer­tos: el personal qué lo atiende lo mira con hostilidad crecien­te. Los directores alegan en su defensa que no tenían a la mano otro corazón, pero a nadie engañan: así lo hicieron por­que siempre es más fácil y más barato adquirir el corazón de un negro. Hasta el momento actual Arthur no sabe —aún tie­ne prohibidas las visitas— que si está vivo es gracias al cora­zón de un hombre de color. Para acabar de cercarlo con una barrera silenciosa, no permiten que el paciente vea TV, lea periódicos y revistas ni oiga radio. Por supuesto, ninguna enfermera dirá nada: buen cuidado ha tenido la compañía de ocultarle el pasmoso hecho: primero cobrará sus honorarios, lo demás no le importa mucho. Yo no sé si Arthur sospeche o intuya algo, pues el día en que un negro entró en su cuarto a efectuar el aseo, no dejó de sonreírle con amistad, con soli­daridad. Antes de salir, le echó una larga cariñosa mirada al sorprendido Arthur que jamás ha tolerado a las personas de color. Para evitar cosas semejantes, el Estado obligó a la Com­pañía de Trasplantes a reglamentar sus injertos, so pena de graves multas o la clausura del sanatorio donde opera, prohi­biendo en forma enérgica el trasplante de órganos negros en cuerpos blancos o viceversa: la pureza de la raza debe preservarse. Entretanto, Arthur es feliz; para su vida, supo­ne, se abren nuevas oportunidades; hace planes que se de­rrumbarán en cuanto dé los primeros pasos fuera del hospi­tal. O quizá le duren más las ilusiones: hasta que lo aprehendan y lo conduzcan a la horca, acusado de haber traicionado su color, de haber permitido que le colocaran un manchón os­curo dentro de la piel blanca.


III

Después del cuarto derrame cerebral, el rey entró en un defi­nitivo estado de coma; así permanecerá hasta que fallezca, dijo el médico de cabecera de la familia real. Añadió: Sólo hay una esperanza: cambiarle el cerebro gastado por uno nue­vo, joven, vigoroso. La solución era excelente: el trasplante de un cerebro presenta tantas dificultades como el de la cór­nea o el del oído interno o como el de un corazón. La familia real aceptó, por ello, la sugerencia del doctor: había que sal­var al monarca que tanto hizo por su pueblo: solamente así el reino seguiría siendo próspero, que por otra parte no existía ninguna persona capacitada para conducirlo. Pero era nece­sario conseguir el órgano. Colocaron en las calles más tran­sitadas un edicto invitando a los habitantes a donar sus cere­bros para que el monarca se restableciera y pudiese continuar sus funciones de gobernante. Como respuesta (se hace saber a los habitantes que se requieren donadores de cerebros sa­nos, etcétera, etcétera: la patria agradecerá y la historia pre­miará, etcétera, etcétera) al día siguiente, en las puertas de palacio, una hilera de donadores aguardaba ser recibida. To­dos fueron atendidos con diligencia. Más de doscientos vo­luntarios fueron desechados por su avanzada edad. En rigor sólo quedaba un candidato y sin duda era el idóneo: un cam­pesino de unos treinta años, fuerte y sano. Sus antecedentes clínicos no podían ser mejores: ninguno de sus antepasados había padecido enajenación mental. El médico real, en un reconocimiento detenido, decidió que aquel hombre era el adecuado para salvar al monarca. El campesino se puso posi­tivamente feliz al enterarse de que su cerebro fue aceptado: los riesgos le parecían pocos comparados con la dicha de sal­var a su amadísimo rey. Dictó una carta de despedida a los familiares; se confesó y se iniciaron los preparativos. Nin­gún detalle quedó olvidado y, para evitar posibles errores, trajeron especialistas extranjeros que supervisarían la opera­ción. Cinco horas después, del quirófano salieron dos hom­bres en camillas: uno fue llevado a los aposentos reales, el otro fue enviado en una ambulancia a su choza. A las pocas semanas, en palacio, el rey salía de su estado comatoso, y en la choza, el campesino era alimentado por medio de sondas y más que vigilarlo, sus familiares estaban velándolo perma­nentemente. El monarca reaccionó muy bien. Al principio la recuperación fue lenta, pero poco a poco fue acelerándose. Movía brazos y piernas y hasta se incorporaba sonriendo a las enfermeras que lo rodeaban. Ahora habla, come con un apetito que nunca antes tuvo, se mueve con ligereza increí­ble, va de un lugar a otro en un alarde de energía que su ma­dre y su esposa jamás vieron en todos los años de convivir con el rey. De cuestiones estatales no quiere saber nada: pre­fiere charlar sobre el éxito de la próxima cosecha en caso de que las lluvias sean favorables. Y cada vez que tiene que asistir a clase de alfabetización se enoja y alega que para labrar sus pobres tierras no necesita saber leer ni escribir.


El flautista electrónico de Hamelin

 

Como no quisieron pagarle sus servicios, el flautista, furio­so, decidió vengarse raptando a los niños de aquel ingrato pueblo. Los conduciría por espesos bosques y altas monta­ñas para finalmente despeñarlos en un precipicio. Sus padres jamás volverían a verlos. Para ello no era suficiente su flauta mágica, sino algo más poderoso. Optó, entonces, por pren­der el aparato televisor: los niños encantados lo siguieron hacia su perdición.


Wells y Einstein

 

Aquel científico necesitaba saber qué sucedería si en la má­quina del tiempo retrocedía al momento en que sus padres estaban por conocerse e impedía la relación.

Llegó a esa época sin mayores dificultades. Un joven lle­gaba al pueblo en donde el destino le deparaba una esposa. De inmediato supo quién era. No en balde había visto foto­grafías del viejo álbum familiar. Lo que hizo a continuación fue relativamente sencillo: convencer a su padre que allí no estaba el futuro, que mejor fuera a una gran ciudad en busca de fortuna. Y para cerciorarse lo acompañó a la estación de ferrocarril. Se despidieron y mientras desde la ventanilla una mano se agitaba, el riguroso investigador sintió cómo poco a poco se desvanecía hasta convertirse en nada.

 


Televisiva

 

La mujer sangraba, tenía heridas por todo el cuerpo, el vesti­do desgarrado, en el rostro se reflejaba el pánico; sólo aguar­daba la embestida final del monstruo. En ese momento una interrupción vino en su ayuda: la historia de terror quedaba trunca. Ella, aprovechando el anuncio de whisky, se alejó rá­pidamente de la bestia asesina. Al volver el film, el suspenso había desaparecido: por un lado el monstruo desconcertado buscaba a su presunta víctima, por el otro la mujer llegaba conduciendo su automóvil a casa del héroe, médico por cier­to, para restañar sus heridas.


La desaparición de Hollywood

 

El proceso cinematográfico que culminaba con un film había sido reemplazado: la película era concebida mentalmente por el director, sin que intervinieran actores, escenarios, cáma­ras, sonidos, sólo con la ayuda de un pequeño aparato; y más adelante cobraba forma dentro de cada espectador, que la veía, escuchaba las voces y la música confortablemente sentado dentro de una sala oscura. Los argumentos eran inspecciona­dos con rigor por el Gobierno Magno. El equipo usado en el siglo XX fue confinado a museos. Hollywood pertenecía a un pasado remoto y distante y estaba transformado en un polvo­riento terreno, solitario, abandonado y con tan sólo el viento cruzando calles y penetrando edificios. Un hombre vestido de negro, como de otra época, cuidaba del sitio. En la entra­da, un letrero: For Sale. He ahí el panorama a grandes ras­gos, descrito en el momento en que llegan casi simultánea­mente dos hombres uniformados de manera distinta, de aspecto hosco y de seriedad abominable, como todas las se­riedades, rayana en lo ridículo. Llegan hasta el delgado ven­dedor que recargado en el letrero hace girar su bastón.

Comprador 1: Buenos Días, señor; me intereso por el terre­no y sus instalaciones.

Comprador 2: También yo lo quiero, aunque las instalacio­nes no me preocupan mayor cosa; serán demolidas para erigir nuevos edificios. Dígame usted el precio y las condiciones del contrato. Estoy autorizado a efectuar cualquier tipo de transac­ción siempre y cuando sea ventajosa.

Guardián: Muy bien, sólo que, como es natural, únicamente puede haber un comprador; si me explican sus razones para querer Hollywood, tal vez pueda decidir quién lo obtiene. Ha­blen. Los escucho.

Comprador 1
: Represento a la Organización Policiaca Mun­dial que desea utilizar este espacio como campo de concentración para las personas ajenas al sistema, que lo quieren transformar o que simplemente no están de acuerdo con él. También para la gente de color o mestiza que se resista a tolerar una situación existente, real y definitiva. No se trata de hacer un campo de ex­terminio como aquellos que antiguamente creó el nazismo. Eso pertenece al pasado y utilicé el nombre por carecer de uno ade­cuado y porque en efecto deseamos concentrar a los desadapta­dos y regenerarlos, para que vivan en nuestro sistema, mediante métodos científicos. Es gente enferma que leyó demasiado y eso la puso irrazonable y confundida. Los antiguos sets podrían ser manipulados para reconstruir viejas épocas y explicarle cuál ha sido nuestra revolución y cómo llegamos a ser el imperio más vasto sobre el orbe después de triunfar en la guerra termonuclear.

Comprador 2
: Razones plausibles, colega. Lo felicito. (Di­rigiéndose al hombrecito que ahora se acomoda nerviosamente el bombín negro.) Señor, nuestra idea es bastante más simple, pero de gran ayuda en la conservación del imperio. Represento al Departamento de Estado y Seguridad Militar, quien desea el terreno para hacer otra base de proyectiles teledirigidos, cohe­tes tierra-tierra, tierra-mar, tierra-espacio, espacio-tierra, espa­cio-espacio y todas las formas imaginables con que contamos para defendernos de una posible agresión del espacio extraterrestre o de algún enemigo oculto en el propio planeta. Estas instalaciones estratégicas estarían bajo la superficie y en la parte superior entrenaríamos a los jóvenes conscriptos. El número de ellos nos obliga a buscar más terreno.

Guardián
: Sus motivos son débiles para comprar lo que an­taño sirvió de entretenimiento, el lugar mágico donde el cine creció y se hizo adulto convirtiéndose en arte o en suma de artes y de habilidades y talentos, donde surgió una nueva ex­presión estética para que los hombres se comprendieran mejor. Aquí fue reconstruida la historia y anticipado el futuro y cada una de las miles de personas que pasaron por Hollywood pusie­ron lo mejor de ellas buscando satisfacer a un público cada vez más exigente. Hollywood es la mitología de todo un siglo, sus estrellas aún son veneradas en pequeñas cinematecas clandes­tinas. No, no puedo venderlo con semejantes ofertas como estí­mulo. Tal vez si le hallaran otra función más adecuada a lo que fue y significó...

Comprador 1
: (Interrumpiendo violentamente.) Si mis ra­zonamientos no lo convencen, lo hará la policía y le pondrá donde debe estar usted: con los inadaptados.

Comprador 2
: Pues mañana tendrá una orden judicial para que venda el terreno.



Los hombres parten molestos y dejan al guardián de nuevo con sus recuerdos. Camina despacio sobre las calles descui­dadas de Hollywood. No tiene alternativa: con facilidad lo obligarán a desprenderse de los estudios abandonados. Sigue caminando, entra en los edificios junto con el viento vesper­tino que a esa hora hace su diario recorrido dejando una capa más de polvo sobre los objetos y los muebles, abre los arma­rios que contienen los vestuarios usados para caracterizar miles de personajes: unos ficticios, otros históricos, pero ambos grupos vivos en los momentos de cada proyección; recorre escenarios arrumbados y sets que se caen con nada más tocarlos y al fin decide que el último momento de Hollywood ha llegado. En vano esperó el resurgimiento. Sin prisas coloca potentes explosivos en derredor del terreno; ahora únicamente le falta apretar el botón y morir junto con lo que alguna buena vez fue el centro cinematográfico del mundo. Lo aprieta y antes de sentir que su cuerpo se desintegra, puede oír la explosión, inmensa, atronadora, como si fuera una llamada de atención para el juicio final.

Al día siguiente, llegan los compradores acompañados por policías, con órdenes de arresto, se abren paso entre los cu­riosos y hallan un enorme cráter en lo que fue Hollywood, parte de un paisaje lunar, extraño y triste. Maldicen al hom­brecillo que vigiló el sitio y rompen los documentos judicia­les; los papeles impulsados por el viento caen dentro del vasto hueco que ha dejado la explosión y un pedazo queda en el borde durante segundos, allí está el nombre del guardián: Charles Chaplin; después se hunde en las profundidades os­curas.


Adán y Eva

 

Amanecí nuevamente con las costillas intactas: ninguna mujer me acompañaba.

Sin embargo siento dolor en el pecho. Algo crece dentro de mí. Ojalá sea Eva.

Inquieto la espero y ya la amo.


Paráfrasis de un texto de Borges

 

Abel y Caín se encontraron después de la muerte de Abel.

Sin quitar la vista de la cicatriz que Abel muestra en la fren­te, Caín, hijo mayor de Adán y Eva, implora perdón por haberlo matado.

Abel, preferido del Señor, responde diciendo que es un hecho poco importante: lo ha olvidado y no conserva rencor por su hermano.

Caín se exalta y vanamente trata de convencer a Abel de la monstruosidad de su asesinato. La Historia me recuerda como el primer criminal. En vida anduve errante y fugitivo, escondiéndome de hombres y bestias; muerto la aflicción no me abandona; tal ha sido mi propio infierno, la condena de Dios. Tu nombre se ha multiplicado mientras el mío es sinó­nimo de maldad entre cristianos y no cristianos. Hermano: necesito de tu indulgencia para expiar mi culpa.

Abel insiste en su actitud y rechaza los argumentos de Caín sin darles importancia. La discusión adquiere matices vio­lentos. El odio aparece en los ojos de Caín, quien furioso toma una gran piedra y mata a su hermano.

Abel y Caín se encontraron después de la muerte de Abel.


¿El crimen perfecto?

 

Anoche tomé una decisión irrevocable a causa de los remor­dimientos que tuve por engañar a E y que me torturaron du­rante días. Después de extensas meditaciones decidí asesinar a mi conciencia. El crimen perfecto, una obra maestra, ¿quién buscará a un delincuente de mi especie? Sin cadáver no hay delito. Y en este caso tampoco habrá testigos, dado que co­meteré mi acción en lo más apartado del bosque. Además, con cuál legislación juzgarían a un hombre que ha liquidado a su propia conciencia. La opinión pública tacharía a las au­toridades de ridículas, con certeza el tema sería aprovechado por los molestos cazadores de literatura fantástica y yo que­daría libre por falta de pruebas. En otras palabras, nada po­drán contra mí. El crimen quedará impune. Y el problema enterrado junto a mi conciencia.

No obstante, hay algo que resolver antes de proceder con lo previsto. Descartado el que la conciencia fuese inmortal, como el alma, la dificultad estriba en que aparezcan los estú­pidos escrúpulos para cometer el asesinato; pero, estoy segu­ro, ellos serán la única y solitaria defensa que pueda esgrimir esta imbécil y pusilánime conciencia que me ha seguido por todo el camino andado, y una vez que la infeliz yazca sin vida, jamás volveré a tener remordimientos o arrepentimien­tos ridículos, podré actuar libremente al fin y me realizaré a plenitud, seré un hombre cabal, seré Yo. Yo, porque no ten­dré barreras y en lo sucesivo cometeré acciones de las cuales no me arrepentiré.

Ahora que voy rumbo al sitio seleccionado para el asesi­nato —que algunos calificarían de horrendo o tal vez de im­pío— pienso si después de cometerlo no quedaré mutilado, como un hombre sin piernas o un ser que no emite sombra. En fin, coraje: esto puede ser una estratagema de la futura víctima que ya presiente su destino. Todo se resolverá por sí mismo en el preciso instante en que haya descargado los car­tuchos de la escopeta en el centro de mi conciencia.


No se culpe a nadie de mi muerte

 

Rosa María: antes de suicidarme, unas líneas: quiero que se­pas todo el odio que por ti siento: antes de abandonarme por un jovenzuelo y de permitir que nuestro hijo muriera sin aten­ción médica, te dedicaste a torturarme de modo sistemático contándome tus infidelidades, una a una, sin omitir detalles. Fuiste, en efecto, una mujer cruel, aprovechaste mi carácter débil para ensañarte, para convertirme en piltrafa. Ahora, lo poco que sé de ti es por amigos comunes; me cuentan que eres feliz dominada por el hombre que amas. El dinero que juntos despilfarran era mi patrimonio; esperaba la vejez sin intran­quilidades amparado en ese capital en fuga. Es posible que todo lo perdone antes de levantarme la tapa de los sesos en un acto de valentía desusado en mí. Pero lo que nunca olvi­daré es que te llevaste (y todavía no sé para qué) el osito de peluche que siempre estuvo sobre la cama.


La Esfinge de Tebas

 

La otrora cruel Esfinge de Tebas, monstruo con cabeza de mujer, garras de león, cuerpo de perro y grandes alas de ave, se aburre y permanece casi silenciosa. Reposa así desde que Edipo la derrotó resolviendo el enigma que proponía a los viajeros, y que era el único inteligente de su repertorio. Aho­ra, escasa de ingenio, y un tanto acomplejada, la Esfinge for­mula adivinanzas y acertijos que los niños resuelven fácil­mente, entre risas y burlas, cuando el fin de semana van a visitarla.


La serpiente falo

 

La serpiente falo es una rara especie que habita en las regio­nes selváticas del sureste. Por las noches se introduce en las chozas y busca a las mujeres solitarias. Se desliza erótica­mente entre sus muslos. Las penetra y con delicadeza o furia, según el caso, les hace el amor provocando un maravilloso orgasmo a las que aún despiertas no atinan a evitar la rápida y eficaz penetración del ofidio. Entonces, terminado el acto sexual, sale de nuevo a la selva y se acurruca entre la vegeta­ción en espera de la noche. Para fortuna de las mujeres, la serpiente es estéril.


La serpiente con pelo

 

En los desiertos fronterizos es posible encontrar una serpien­te con pelo. Es herbívora y completamente inofensiva, llega a medir poco más de un metro de largo y su pelaje varía del café al rojizo, según la época. A los forasteros les causa te­mor o desconcierto y en más de un caso repugnancia. Los nativos, en cambio, la aceptan sin que les parezca una abe­rración de la naturaleza: no la cazan ni la persiguen. Los ni­ños, aceptando su sociabilidad, la tienen como mascota y jue­gan con ella. Sin duda recuerdan todavía que el México prehispánico poseía otras rarezas: abundaban los perros sin pelo y el gran dios Quetzalcóatl no era más que una serpiente emplumada.

Albuquerque, abril 18, 1985


Ponzoñini

 

La araña ponzoñini es una variedad rara y en vías de extin­ción. Parecida a la tarántula, pero con el vientre plateado, la hembra es inofensiva, mientras que la picadura del macho es sumamente venenosa, mortal, y no conoce antídoto.

El macho es alimentado por la madre, y ya adulto pasa un largo periodo sin comer. Este tiempo lo utiliza para buscar una hembra y fecundarla. Consumado el fenómeno de la re­producción, la araña macho siente un hambre atroz y busca alimento. Suele encontrarlo en saltamontes o en animales de mayor tamaño como ratones de campo. Sabedora de su mor­tífero poderío, ataca con audacia y valor. En segundos la víc­tima muere. Y el arácnido se prepara para engullir su comi­da, tranquilamente. Sólo que hay un problema. La presa queda saturada por el brutal veneno y al pasar al estómago del victimario lo mata de inmediato. Pobre: todo este absurdo proceso de la naturaleza hace pensar que tal especie, al me­nos el macho, está condenado a realizar un banquete único en su vida.