Nota introductoria


René Avilés Fabila nació en el Distrito Federal en 1940. De madre maestra y padre escritor, obtuvo muy temprano una formación cultural que amplió en las aulas de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales y, posteriormente, en La Sorbona.

Avilés Fabila, intransigente en sus odios y amores, feroz en la defensa de sus principios (como puede comprobarse leyendo sus artículos sabatinos en Excélsior, sus "Dramatis personae" en el dominical El Búho), ha mantenido con la li­teratura un romance que dura ya treinta años. Su clara voca­ción de cuentista, fortalecida y depurada en el taller ya mítico de Juan José Arreola, más tarde como becario del Centro Mexicano de Escritores (1965-1966), ha producido alrede­dor de 400 cuentos y relatos, la mayoría muy breves, algu­nos de escasas líneas. Obra varia y singular que está recogi­da en más de diez volúmenes, de Hacia el fin del mundo (1969) a Los animales prodigiosos (1989).

Pero si es el cuento la vena más rica de René, sus incur­siones en la novela son de trascendencia. Aquí vale señalar la paradoja de que el cuentista irrevocable, autor permanente de ficciones mínimas, haya fundado su presencia en las le­tras mexicanas con una novela, Los juegos (1967), sátira rabiosa de nuestra vida política y cultural. Después publica­ría las novelas El gran solitario de palacio (Buenos Aires, 1971), Tantadel (1975), La canción de Odette (1982), y en estos días entregó a los lectores Memorias de un comunista, relato autobiográfico, testimonio, novela no ficción, todo eso y algo más.

Avilés Fabila no es escritor de tiempo completo. Y no lo es porque dispersa su tiempo, generosamente, en múltiples actividades. Ejerce la docencia (en la Universidad Autóno­ma Metropolitana) y el periodismo político y cultural, dicta con frecuencia conferencias en México y en el extranjero, participa en programas de radio y TV, funge como jurado en uno y otro certamen. Y aunque tanto no hiciera, tampoco se­ría escritor de tiempo completo, ya que le gusta disfrutar del buen trago y de la buena mesa (a veces no importa qué tan buena sea la mesa), enzarzarse en la discusión o la disputa con los amigos y los que dejarán de serlo, ir al cine, vivir. Sin embargo, con asiduidad y disciplina dedica a la literatura el tiempo que le roba a los placeres y a las ocupaciones pro­fesionales.

Para Avilés Fabila, el cuento, a diferencia de la novela, es sólo una pequeña parte de la vida, un momento narrado con la mayor economía posible y pensando en que el lector con­tribuirá a terminarlo. Prefiere siempre el cuento de final sorpresivo, aunque no considera que sea ésa una condición obligada.

"Para mí el cuento es simplemente atrapar algo que me gusta —dijo en una entrevista realizada por Mempo Giardinelli en 1988—. Cazar una anécdota, o una parte de la anécdota; reproducir un diálogo; reconstruir una mini situación. Y cuan­to más reducida sea la situación, más me satisface."

Sus cuentistas favoritos son Poe, Borges, Arreola, Cortázar, Kafka; en una lista más amplia incluiría a Lovecraft, Horacio Quiroga, Slawomir Mrozek y Ray Bradbury. De tales amo­res parten las líneas principales de su cuentística: la fantasía y el erotismo, el humor y el compromiso político, la ironía que con frecuencia se troca en sarcasmo.

Y eso es lo que ofrecemos a los lectores de este material.

Gerardo de la Torre