Mitología publicitaria

 

Primer caso: cancerbero

Un nuevo y lujoso cabaret ha abierto sus puertas. Su nombre es El Averno: por dentro el sitio se acondicionó de tal mane­ra que lo parece en verdad. Y no se escatimaron gastos para producir los efectos adecuados: calor excesivo, aromas de azufre y rejalgar, aullidos y percusiones, lamentos y rechinar de dientes, etcétera. Los camareros, con smokings rojos de corte demoniaco, sirven bebidas ardientes y espesas, a base de sales de plomo y sulfato de cobre. Y al pasar por la pista de baile estimulan con sus tridentes a las parejas que danzan para que, eufóricas, se muevan más ágiles y desaforadas. Los guisos ahí preparados, aunque diversos, tienen una nota co­mún: todos se cocinan a la parrilla, en las brasas y directo al horno.

En su interior laberíntico, levemente circular, los instru­mentos de tortura no sólo son parte del decorado: funcional sin cesar, lo que forma en buena medida la variedad, sobre todo a las horas del show, en el que participan sádicos y masoquistas profesionales o aficionados. (Más de una vez, clien­tes ya ebrios se han sometido por voluntad propia a las tortu­ras; como el acto sirve de propaganda, la empresa nocturna les hace formidables descuentos a los voluntarios y les abre créditos ilimitados.)

Cerca de la puerta hay una guardarropía con barbas en punta, cuernos y colas en muchas tallas.

Es necesario mencionar que la gerencia, en busca de su gran golpe publicitario, puso en la entrada a Cancerbero, que lanza desde sus fauces aullidos triplemente espantosos y que, cuando la ocasión lo requiere, vomita fuego (Cerbero, fiera a las demás diversa, /allí, trifauce can, se encoleriza, /cruel con la postrada gente inmensa).

El lugar es un éxito y en él se da cita la mejor sociedad. Por esa razón, se realizan ampliaciones (y para que la mano de obra resulte económica, quienes no pagan la cuenta —sin atender a los motivos— son destinados a trabajar en ellas, lo cual ha roto la vieja y vulgar solución de lavar platos).

Una pareja de cómicos —un florentino y un mantuano— va de mesa en mesa haciendo chistes y entrevistas a los con­currentes más distinguidos.

De entre las personalidades —intelectuales de renombre, artistas famosos, gente de noble alcurnia— se escogen a los que gritan sus culpas en forma más atractiva para que sirvan de pinches.

Por supuesto, no han faltado competidores envidiosos que ya abrieron dos cabarets: El Purgatorio y El Paraíso. Pero las personas se aburren solemnemente y prefieren El Averno sin discusiones.

El club, que originalmente era de reducidas proporciones, en la actualidad ocupa varias manzanas y continúa creciendo hacia todos los rumbos de la ciudad. El Averno (oh los que entráis, dejad toda esperanza) seguirá aumentando de tama­ño según el público lo desee; de hecho se encuentra en per­manentes ampliaciones, lo que hace pensar que pronto va a cubrir, si no la totalidad del planeta, cuando menos una bue­na porción.


Segundo caso: las sirenas (o la libre empresa)


Cierto balneario hubo de adquirir, para fines estrictamente propagandísticos, un lote de sirenas. Traídas en peceras an­chas y altas, las distribuyeron por todas las piscinas. Para que no extrañarán su lugar de origen, también se compraron pececillos dorados, caballos de mar y uno que otro tritón. El siguiente paso fue ahondar las albercas y colocar un letrero luminoso que hasta la fecha anuncia a las bellas y sugestivas sirenas e indica tarifas.

Ninguno nada por admirarlas. Su belleza es elocuente. Pero como lanzan al viento su voz que encanta a los humanos has­ta cautivarlos y hacerles olvidar a la mujer y a los hijos, es indispensable tener dos o tres salvavidas —cuyas orejas es­tén tapadas con cera dulce— dispuestos a evitar que alguna persona se ahogue al arrojarse tras ellas.

La clientela —masculina en su totalidad— abarrota las piscinas desde entonces. Los balnearios cercanos, sin recur­sos económicos suficientes para contrarrestar la hábil propa­ganda, tuvieron que cerrar por quiebra, ya que sus albercas se habían secado de soledad.

(El pez grande se traga sin remedio al pequeño.)


Tercer caso: las arpías


Las arpías fueron contratadas por un laboratorio especializa­do en vitaminas y complementos dietéticos, para anunciar sus nuevas píldoras estimulantes del apetito. La publicidad del producto comenzó por radio y televisión. (Por radio, afor­tunadamente, sólo se escucha música electrónica, las voces de las arpías y el murmullo tenue del anunciador. Pero no sucede lo mismo en la televisión: aparecen las aves de horri­ble cabeza de mujer, rostro blanquecino, cuerpo de buitre, garras de buen tamaño, contorsionándose y cantando algo incomprensible. Al fondo, una mesa colmada de viandas, a todas luces suculentas. El anunciante, de negro implacable, muestra las píldoras en su frasco, traga cinco y dice con voz melosa, cursi: Tómelas a diario y tenga tanta hambre como una arpía. Pero he aquí que las arpías, súbitas, con horrible vuelo, han bajado... y cuan grande son baten sus alas y arre­batan los manjares y con contacto inmundo los infeccionan todos; su canto es agrio entre su hedor horrible. El mismo locutor colabora en forma salvaje, despiadada, evadiendo las reglas de urbanidad.)

Al descubrirse más tarde —por medio de un muestreo— que un gran sector del pueblo no escucha radio ni ve televi­sión, por carecer de ambos, los publicistas insertaron el anun­cio en los periódicos y las revistas de mayor tiraje. Y para coronar su obra, por toda la ciudad —en edificios, en gran­des y pequeñas avenidas, en zonas marginadas, sobre monu­mentos de hombres ilustres y héroes nacionales, en institu­ciones culturales, y en otros sitios— se colocó el comercial, en la forma más estratégica y audaz que se pudo.

Como es de suponerse, tanto televidentes, radioescuchas, peatones, lectores, obreros, intelectuales, como la. población en general —viendo o escuchando el anuncio— compraron las píldoras en cantidades prodigiosas. Desde luego, agota­dos los alimentos, el apetito los condujo a incrementar el canibalismo.

Pero esto no es muy importante. Hay otra historia que se inició con la pugna entre dos laboratorios particulares, cuyos propósitos eran bien generosos: ayudar al control de la nata­lidad, frenando el excesivo número de nacimientos ocurri­dos en el planeta. Un laboratorio se dedicó a producir millo­nes de preservativos y anticonceptivos. Cosas conservadoras y hasta retardatarias. El otro siguió un camino complejo y verdaderamente antitradicional. Sus resultados ya se cono­cen (andan párrafos arriba); gracias al canibalismo, el pro­blema de la sobrepoblación ni existe ni amenazará al mundo jamás. Por supuesto, hay un departamento que reglamenta las edades de los individuos que van a ser comidos, a fin de proteger la especie humana, de preservarla de la extinción. Así nos mantenemos con un número razonable de habitan­tes, sin problemas alimenticios. Por lo demás, las parejas pue­den hacer libremente el amor, a plenitud, cuantas veces les venga en gana, sin el ancestral temor a las explosiones de­mográficas. La Iglesia, por sus conductos periodísticos, y en excelente italiano, notificó que aceptaba tal método para con­trolar la natalidad, por considerarlo eficaz, sano y adecuado a las necesidades de los hombres, no sólo en el plano terrenal sino también en el espiritual. Sus argumentos al respecto son dos únicamente, pero sólidos como las piedras de San Pedro, allá, en el Vaticano. Primero: ya no se recurre a anticoncep­tivos, abortos y cosas sacrílegas. Segundo: se cumple con un ancianísimo precepto cristiano: comed que éste es mi cuer­po, bebed que ésta es mi sangre.



Bibliografía

Alighieri, Dante. La Divina Comedia.
Homero. La Odisea. Virgilio. La Eneida.
Varios autores. Cómo debe funcionar un laboratorio moderno.
Malthus, Tomás Roberto. Ensayo sobre el principio de la población. La Biblia.