Minitauromaquia

a Rosario

 

Una empresa taurina, ávida de notoriedad, contrató a Minotauro para ser lidiado por un famosísimo matador. De por medio estaba una elevada suma de dinero. Minotauro fir­mó y la corrida fue anunciada por toda la ciudad.

La afición colmaba la plaza y luego del paseo de la cua­drilla, que fue impresionante ("en donde la seda y el oro ri­valizaban en brillo con el sol vespertino"), Minotauro, con su hermosa cabeza taurina y un par de cuernos, brillantes y puntiagudos como cuchillos de obsidiana, salió bufando, de los toriles, envanecido de su estampa y con la bravura usual de los buenos astados. Entre ovaciones y pasodobles el céle­bre torero le dio los primeros capotazos. Después, miles de ojos fueron testigos de una embestida inteligente: no contra el engaño sino apuntando al cuerpo del matador. La sangre corrió en la arena, la muerte hizo acto de presencia y, ante un público estremecido de horror, Minotauro, con pasos elegan­tes —despreciando la vuelta al ruedo—, abandonó el lugar.

Uno a uno, los matadores dejaron de serlo, al convertirse, en las siguientes corridas, en víctimas de las infalibles aco­metidas de Minotauro. La afición, en principio sorprendida, aceptaba ahora la inversión de papeles y llenaba hasta los topes todas las plazas donde Minotauro era anunciado, para aplaudirle y gritar ¡ole! en los momentos en que, inclinándo­se, afinaba la puntería y corneaba irreparablemente al torero. En ocasiones, Minotauro permitía que la corrida llegase al segundo tercio para también acabar con banderilleros y pica­dores (procuraba hacerla más larga y emocionante). Por su­puesto, los cronistas taurinos elogiaban la habilidad de Mino­tauro para empitonar. Y fue necesario reformar los textos de tauromaquia, ponerlos al día, para prever el corte de orejas de toreros, el banderilleo, el descabello y el arrastre de los mismos ya muertos.

Las filas de los lidiadores están diezmadas. Los que res­tan, de ninguna manera quieren enfrentarse al formidable enemigo. Para evitar el decaimiento de la fiesta brava, se ofre­cen cantidades fabulosas de dinero a quien acepte lidiar a Minotauro. Pero casi nadie se arriesga. En la actualidad, sólo se celebran corridas cuando hay algún valiente y queda siem­pre estipulado en el contrato que el dinero pasará a manos de los herederos. Esa es la forma en que algunos aseguran el bienestar de la familia. La empresa taurina que se enriqueció con Minotauro está agobiada con cientos de demandas judi­ciales, presentadas por empresas similares y ganaderías, en las que se le hace responsable de haber llevado a la ruina el arte de Cuchares.