Casa natal

 

Papá nos ha hablado hoy de su casa natal. Un número 69 en la parroquia San José. Incluso ha prometido llevarnos mañana domingo a visitarla. Lo hemos visto en esa esquina consecutiva de la sala (la silla de mimbre), hinchando su cuerpo para escenificarnos el color de las paredes, el patio interior, los corredores y hasta la dimensión de los cuartos. Creo que ha pateado, en algún momento, una pelota imaginaria para hacernos ver un gol clavado en perfecto ángulo sobre una portería improvisada al final de la calle ciega. Él nos mira y esa mirada me ha parecido de otra persona, es como si hubiera otro habitante en el cuerpo de papá, una mirada de aluminio, por así decirlo, un canal de luz. Claro que a mi hermana no le ha parecido lo mismo, a pesar de haberme acercado a su oído para decirle que se fijara en sus ojos, pero ella simplemente no ha comprendido, pienso que quizás cuando nos acostemos podré explicarle mejor, con más detalle.

Papá nos habla de una casa ligeramente cuadrada, de fachada ocre no muy ancha, con una gran puerta y dos altos ventanales, uno a cada lado de la entrada. La distancia que habrá de la calle a la puerta principal no sobrepasa los tres metros, espacio suficiente para las jardineras y las cayenas. Ya dentro, los cuartos están dispuestos uno tras otro en los extremos de la casa. Todos desembocan a un largo pasillo rectangular que a su vez limita el patio central. También nos ha descrito el ángel, sí, el ángel parado en un solo pie sobre la pequeña fuente del patio y también nos ha dicho cómo todas las miradas de la casa, al salir de los cuartos por las mañanas, necesariamente coincidían allí, se quedaban clavadas en el sonido fértil del agua.

No sé por qué resulta emocionante saber que mañana la veremos. Esta idea me hace ir con otro ritmo a la cama: siento que la noche cuelga de mis ojos como zarcillos. Antes de acostarme he ido al baño; mamá está allí, frente al espejo, con alguna crema sobre el rostro. Mientras orino he visto sus dedos repitiéndose una y otra vez sobre la frente y los pómulos. Buenas noches, le digo. Ella voltea su cara hasta mi posición para encontrarme apoyado en el marco de la puerta. No alcanza a hablar, sólo sonríe. Me ha dado risa a mí también, en verdad no es mamá la que sonríe sino su máscara. Desde allí, antes de salir, he visto ligeramente la silueta de papá a través del marco opuesto. Está acostado. También lo está mi hermana, ahora que la veo después de dar media vuelta. Como siempre, la luz prendida y la revista de modas de mamá reposando sobre su cama, apenas movida por los leves movimientos de su respiración. Yo me hundo en esta almohada, me hundo con las manos bajo la cabeza después de apagar la luz de nuestro cuarto y esperando a que mamá se quite su máscara. Desde aquí la veo sumergir su rostro en la toalla. Se seca por completo y mira hacia acá, como esperando encontrarse con una mirada, pero desde el baño no puede alcanzar nuestros ojos, así que sale por la puerta contraria rumbo a su dormitorio y apaga la luz. Me ha gustado eso, cuántas noches no se habrá repetido; esa última imagen de mamá, su larga dormilona, multiplicadamente blanca, untada o absorbida junto con su cuerpo, en un solo segundo de total oscuridad, por la noche; podría decir que hasta me ha parecido ver su silueta borrándose a mordiscos, mordiscos de dientes de asfalto, claro, tan rápidos e imperceptibles como el comienzo de mi sueño.

Tengo la cabeza apoyada en la puerta del carro, mi barbilla reposa en ese punto donde termina lo metálico y comienza el vidrio, a la misma altura del seguro. Mi hermana y yo estamos contentos desde esta mañana porque papá ha prometido llevarnos a su casa por la avenida Boyacá, claro que no es la vía directa, pero con eso vemos la ciudad desde lo alto y paseamos otro poco, además, meterse por la Libertador en un día como éste es desperdiciar la memoria del sol. Y es eso lo que hago ahora, ver la ciudad desde esta avenida, sintiendo cómo la amortiguación del carro se transmite al paisaje siempre y cuando yo mantenga mi cabeza sobre la puerta. De esta manera la ciudad parece rebotar en ella misma; y todo este movimiento de brusca coincidencia escenificándose bajo una inmensa cúpula de cristal en la cual parece yacer. Mi hermana está del otro lado, en la ventana derecha, la que da hacia los orígenes del relieve. Ella mira hacia arriba, hacia arriba. Papá y mamá conversan. La ciudad... no sé por qué la veo como un inmenso quiste gris; a veces he pensado (en otros paseos, en esta misma posición), que si de pronto llegara a desaparecer, nada tendría sentido, ni siquiera este pequeño viaje que ahora hacemos al centro; la verdad es que también me río (el vidrio se humedece) con esta idea, me aterra un poco esta suposición, cierro los ojos y trato de imaginarme un inmenso valle en su lugar; no es la inexistencia lo que me asusta sino la pérdida de toda interacción posible, de toda relación.

La distancia se acorta. Hemos salido de la avenida Boyacá. Ahora atravesamos San Bernardino. Cada cambio de dirección papá lo anuncia en voz alta, mi hermana y yo nos reímos. A pesar de estar ya atravesando la avenida Panteón y que, desde allí, con sólo cruzar la primera calle a la derecha nos encontraríamos con la casa, claro está, después de doblar en la parte superior a la izquierda, yo me he quedado detenido en cierto follaje de San Bernardino, en cierto ángulo de visión que, iniciándose a través de las ramas secas de un árbol, me ha mostrado el cielo; y a mí se me ocurre pensar en la palabra cartílago mientras esa especie de azul cóncavo exige retener mis ojos. Y tengo presente ese instante (el cielo como la tela de las ramas, las ramas como el esqueleto del cielo), cuando papá anuncia finalmente el nombre de la calle; caigo entonces en cuenta de haber cruzado ya en la avenida Panteón y que ahora lo estamos haciendo una segunda vez a la izquierda. Y allí está, la calle ciega, el muro de ladrillos, al fondo, en donde papá improvisaba porterías.

El carro avanza lentamente, todos vamos mirando el frágil discurrir de las casas, la sucesión de las fachadas sobre la margen izquierda de nuestros hombros. Estamos ya casi estacionándonos, al final de la calle, cuando sucede algo que realmente me asusta y es que, intentando bajarnos, no encontramos el número 69, ni la casa ocre, ni los ventanales, ni las cayenas. Es decir, la descripción de papá no coincide con casa alguna. He tenido el tiempo suficiente de voltear y ver a mi hermana arrinconada en su asiento, como abrazándose a sí misma. También he visto el perfil de papá, cómo ha estado mirando fijamente el lugar que debería corresponder a la geografía de su infancia. Pero no hay casa 69 allí y papá mueve ligeramente su cabeza de un lado para otro, como ejerciendo una negación de pocos grados, al mismo tiempo que exige que nos quedemos dentro, que él quiere ir a investigar a lo largo de la calle. Mamá permanece con la boca abierta, nos pide silencio, nos dice: papá descubrirá lo que pasa. Yo lo veo alejarse hasta la esquina; allí comienza a detallar, comienza por acercarse a cada casa, por mirar para todos lado como atando nudos en la historia. Y cuenta, comienza desde la esquina a contar. La 65... y avanza en la medida en que el número se eleva. La 66... y camina con paso calcado sobre los pasos de antiguas travesuras que ya no reconoce como suyas. La 67... y se acerca cada vez más a nosotros. La 68... y ya está frente al carro, pasándolo de largo para llegar al muro final de... La 70. En efecto, no hay número 69, quizás nunca lo ha habido. Papá entra rápidamente al carro, no habla (ninguno de nosotros se atreve a decir algo, a sugerir alguna posibilidad). Retrocede en el acto y a una velocidad en que hemos tenido que sujetarnos de los asientos. Desde la esquina alcanza a mirar la calle por última vez, y allí sí he podido ver su rostro con claridad, quizás para asustarme más de lo que ahora estoy porque me ha parecido que en sus ojos se originaba la asfixia de la carne, por así decirlo, una pequeña cuchilla que lacera los dedos abiertos de su cuerpo.

Hemos regresado por la Libertador. De alguna forma la velocidad no nos ha permitido hablar. El acto de entrar a nuestra casa y de instalarnos en el silencio de los cuartos ha sido automático. Papá y mamá lo han hecho en el suyo cerrándose por dentro. Mi hermana tampoco quiere hablar, se limita a quitarse los zapatos y sentarse en la cama. Yo no puedo soportarlo, tengo que ver a papá, tengo que hablar con él, preguntarle qué ha podido pasar. Abro entonces la puerta del baño que nos comunica con la otra habitación y veo la segunda puerta cerrada. Me detengo con el oído sobre la madera, tratando de escuchar lo que se murmura en el cuarto de mis padres. Pero no alcanzo a oír nada, al menos sólo ruidos habituales, el abrirse de las gavetas, algún paso sobre la alfombra. Y estoy allí, detenido, pensando si tocar o no, si empujar la puerta... Estoy allí detenido cuando oigo un gemido de papá, agudo, algo así como un sonido exterior a su cuerpo, como el ejercicio de una lanza gutural inclinándose sobre su cuello. He empujado entonces la puerta para encontrarlo con su bata púrpura acostado bocabajo a lo largo de la cama. Creo haber visto a mamá acariciándole el revés de la cabeza antes de levantarse ágilmente para venir a mi encuentro y taparme la vista, para pedirme que me vaya, que salga rápidamente del cuarto, habiéndolo hecho yo de inmediato, casi empujado por los brazos de mamá al no comprender nada, al tratar de caminar, de atravesar los tres metros de losa del baño para sentir lo que ahora siento, es decir, una aguja clavada sobre mi nuca, lo suficientemente penetrante como para que me lleve al suelo, como para gatear hasta la salida del baño, como para caer de boca en la entrada del cuarto y solamente alcanzar a retener esa última imagen de mi hermana, distraída sobre su cama, pasando las páginas de la revista de modas.