Lapso


Homenaje a Juan Carlos Onetti
 

El Renault rojo pega un salto al abandonar el tramo recién asfaltado de la calle, levanta un polvo fino al entrar en el camino de tierra, da una vigorosa vuelta en U que le permite quedar en privilegiada posición a la hora de emprender el regreso. Procurando no dejarse caer del todo en el espaldar del asiento —Álvaro ya le ha hablado del calor que concentra la tapicería negra—, Matías abre la portezuela del auto, asoma unas piernas vellosas, lleva los ojos hasta el grupo de cocoteros que, a unos trescientos metros de allí, cede sus palmas al viento vespertino. No sin cierta lentitud se calza las sandalias que Álvaro le ha prestado a tiempo —¡cuidado, que hay botellas rotas en el camino!—. Mira en torno preguntándose si será buena idea dejar las llaves pegadas al encendido. Una última decisión lo sorprende metiéndoselas en el bolsillo izquierdo de la guayabera mientras infla el pecho para verificar la pureza del aire. Cierra la portezuela y, al darle media vuelta al carro, pega un pequeño brinco que lo coloca del otro lado de una zanja seca, al comienzo del camino empedrado, casi amarillento, que lo conducirá hasta la playa. La zanja —quizás la ausencia de agua— lo traslada a Lagunillas. Se ve con un par de amigos de infancia, sumergi­das las piernas hasta las rodillas, cazando sapos para disecarlos al día siguiente en el laboratorio de biología. El profesor Alonso lo mira de arriba abajo al entregarle el premio, le estrecha la mano de fin de curso. Más allá, en una de las primeras filas del auditorio y aparentemente sonrojada, su madre aplaude con fuerza.

La playa no es rocosa, quizás demasiado plana, perfecta para contrarrestar los temores urbanos. Matías busca una porción de arena donde echarse, donde estar a salvo de lo que más tarde será algún zancudo imprudente. Un tronco seco podría servirle de almohada. Extrae entonces las llaves del bolsillo para colocarlas en un nudo hueco de la madera —la mirada perdida en el horizonte—. Luego se quita la guayabera, la arruga, la pone bajo su cabeza, en el bajante más erosionado del tronco. Sólo con los pies alcanza a deshacerse de las sandalias. Afloja el cuerpo, agranda y recorre la elástica del traje de baño con los dos pulgares —evitando así, en futuro, un mayor pronunciamiento de las estrías en su piel—, hunde manos y pies en la arena, también cansancio.

De las olas marrones que caen agónicas en la orilla extrae la visión que le muestra, años atrás, la desembocadura del Tuy; de algún bote pesquero que regresa a la costa, la lancha con la cual Álvaro y él, compañeros de liceo, surcan el mar de Río Chico. La idea —castillo de agua súbitamente construido sobre la arena— es llegar hasta el Cabo Codera, atreverse a bordearlo para arribar luego a Chuspa, donde Carlos los espera —más cómplice que nunca— con una amplia sonrisa, dientes perfectos. Hasta Higuerote no hay problemas, pero después las olas se hacen grandes, golpean con fuerza, botan la frágil embarcación contra las rocas. Matías propone dar media vuelta y regresar de inmediato. Matías se conforma con alzar la copa de cerveza, con citar los detalles más cómicos, hazañas juveniles y bien enterradas. Álvaro, del otro lado de la mesa, agrega lo necesario, lo olvidado por el recurso fácil. Los demás ríen, bien instalados con trajes de baño y títulos universitarios. La casa playera sigue siendo la misma: corredores amplios para colgar hamacas, baño y cocina. Los padres de Álvaro continúan prestándola durante los fines de semana. Tres o cuatro carros que salen en caravana desde Caracas, mero preámbulo de una estadía que promete baños en los canales, siestas interminables, mucho esquí acuático en donde las esposas —antiguas compañeras— caerán frecuentemente al agua y en donde los maridos levantarán estelas considerables.

Un viento fresco lo obliga a abrir los ojos. Domingo en la tarde... Álvaro ha propuesto regresar el lunes en la madrugada para evitar colas, incomodidades. Domingo en la tarde... momento ideal para observar, más allá de las latas vacías y de las botellas abandonadas, un crepúsculo. Los bañistas estarán ahora de vuelta en Caracas, hombros dorados e inquietos; la memoria ha quedado en la arena, ansiosa de bulla, de fin de semana. Anticipándose al crepúsculo, Matías entra —tomado de la mano con Beatriz— a un comedor del cual sólo quedan, a unos cien metros de allí, algunas paredes en pie. Un italiano gordo, respirando a fondo bajo una camiseta manchada, les indica el único plato del día: sancocho de pes­cado. Beatriz y Matías se miran, buscan el consentimiento mutuo. Acercan sus labios de vegetarianos estrictos que sucumben a la tentación de la carne —¡pero eso sí, carne blanca!— para hacerlos coincidir en un beso. Sentados ya a la mesa, Matías observa a una señora de pelo recogido que dicta cátedra de comportamiento a una decena de niños golosos. Sus gestos son piruetas en el aire, payaso que oculta la tristeza innata de los circos. Hubo tiempo para creer en enamoramientos, hubo instantes en los cuales podía bautizar a Beatriz como su compañera —jamás como su novia o futura esposa: eran palabras que el código no permitía—, hubo secuencias para jugar a los místicos, irse de tarde al borde de la playa y presenciar —en una actitud que se quería más solemne que la del propio sol— los crepúsculos, la sangre ignorada. Matías hunde el esquí en el agua —Álvaro lo arrastra con una aerodinámica lancha de ciento sesenta caballos— intenta borrar el paisaje, abstraerse de los manglares que custodian la armonía del canal. Beatriz es hoy en día una profesora universitaria, el cuerpo que se derrumba al llegar a casa, la mujer que tira los libros de consulta en el primer sillón que esté a su alcance, la señora que se descalza para poner los pies en el aire frente al televisor, la niña —sí, a veces también la niña— que lo incita a llamar de vez en cuando a Álvaro, que le abre la pequeña boca para pronunciar Río Chico, para retener épocas pasadas, plácidos fines de semana, sonrisas y cosquillas. La ha visto en la puerta de la casa playera, sosteniendo un manubrio de la bicicleta, diciéndole que por qué no dar un paseo juntos. Y él, Matías —químico en un laboratorio farmacéutico, pelota de golf dubitativa ante el hoyo, resbaladiza sobre el césped— ha dicho que no, que se va a la playa, que le gustaría estar solo, que Álvaro le prestará el Renault. Y de pronto una sensación que cuaja, que se vuelve perfectamente corpórea, algo que raya en el desagrado, sí, en el asco de la vida compartida, Beatriz bajando la cabeza al borde de la puerta, simulando no comprender pero comprendiendo mejor que nunca, montando en la bicicleta de turno, escondiendo un inicio de llanto que Matías no verá mientras ella se orienta a través de calles soleadas, inútiles, mientras él vuelve a abrir los ojos, un golpe de viento más frío, la danza de las palmas, el comedor abandonado en donde alguna señora vio frustrados sus actos, sus muecas, nulo el sancocho de pescado, nulos los atardeceres en com­pañía, nulo el Cabo Codera, terreno frágil el de la memoria, agua breve entre manos efímeras.

El puño cae una y otra vez sobre la arena, se convierte en mano abierta que remueve y deshace una pila de barajas, vuelve a contraerse para volver a caer. La respiración es lenta, casi placentera; por segundos, el movimiento de una palma crea una sombra sobre su rostro. Matías eleva un inútil tubo de ensayo contra la luminosidad solar, agita y verifica el contenido, lo vuelve a depositar en la gradilla; se lleva ahora las manos a los bolsillos de la bata blanca; casi adormecido va reconociéndose, rechazándose. El cielo un poco nublado del oeste no promete gran cosa. Sería mejor hundir más a fondo los pies en la arena, buscar con el rabo del ojo algún pretexto para seguir allí, a la deriva, jugando al náufrago que hincha sus pulmones al compás del sonido de las olas. Podría volver a cerrar su puño, hacerlo coincidir con el que Churchill deja caer con fuerza sobre la sólida mesa, con el que se estrella sobre los mapas inútiles de un alto mando militar inglés obstinado en esbozar frágiles maniobras. ¡Hundan al Bismarck!, ha dicho Churchill, más determinante que nunca. Y él, Matías, almirante en jefe a bordo del acorazado indestructible, mirada vigilante desde el puente de mando, haciendo escabullir las cuarenta y un mil toneladas de hierro a través de la densa niebla nocturna, despistando y poniendo en ridículo a la marina inglesa, inútil jauría que no da con su presa de caza. El Bismarck no surcará las playas de Río Chico, no, sino las del Mar del Norte, partirá de algún puerto oculto de Polonia, no podrá evitar enfrentarse al Hood, buque insigne de la marina inglesa, hundirlo en sólo cinco minutos, partirlo en dos, hacerlo desaparecer entre llamaradas y explosiones cuyo resplandor apenas alcanzará el rostro de Matías, vaga figura que sonríe desde un puente de mando lejano, deicida que se erige en arbitro del océano, que llama a Berlín para transmitir la feliz noticia mientras recoge su pierna derecha, la misma que ahuyenta al primer zancudo de la tarde. Los insectos comienzan a merodear alrededor de su cuerpo. Es evidente que ha dejado de hacer calor: el sol como una causa perdida entre las nubes del oeste. Beatriz podría estar llegando de su paseo, pensando en qué preparar para la cena; los demás, aprovechando las postreras horas de luz para tallar estelas sobre el agua en reposo de los canales. Beatriz y Matías jugarán a ignorarse esta noche, diseñarán los moldes en los cuales bien hacen coincidir sus gestos a la hora de estar en compañía, ella comerá pescado con la habilidad que siempre ha mostrado para extraer espinas, él volverá a alzar su copa de cerveza mientras corona otra frase cómica que Álvaro, según el caso, aclarará o refutará ante los ojos sedientos de anécdotas juveniles, serpientes venenosas o caimanes ocultos en la boca de los caños.

Matías estira ambos brazos hacia el cielo. Una última esperanza —casi un gesto mecánico— lo lleva a ver las nubes del oeste. Definitivamente no habrá crepúsculo: el sol se oculta bajo la masa compacta de gases dejando apenas un hálito rosa en el horizonte. Habrá que acostarse temprano esta noche, Álvaro comenzará a dar aplausos después de tres cervezas, dirá que es hora de ir a la cama. Lentamente, todos se irán ubicando en sus respectivas hamacas, todos irán rindiéndole cuentas a la noche hasta que se presente corpórea la hora de emprender camino, viento fresco como el preámbulo de otra semana, mucha música en el trayecto de retorno, Beatriz con la cara caída o apoyada contra la ventanilla, recuperando el sueño, necesariamente despeinada ante sus alumnos, ante Matías que le habla sólo de lo imprescindible, que soslaya cualquier riesgo, que teme los enfrentamientos, las pérdidas necesarias, que cree ver en la semana un tapiz inútil en donde los ciclos cumplirán su eterno itinerario de cafés con leche, periódicos y códigos muertos, sí, la vida como un pasaje sombrío en el cual se asiente con las cabezas bajas, con un tubo de ensayo en alto, con la sonrisa puntual de los colegas, y también con Pao Chico, claro, la libertad esgrimida entre manglares y motores de ciento sesenta caballos, figuras arrastradas a gran velocidad sobre los esquíes, Beatriz haciendo el recuento de su vida en los escurridizos monólogos de sus desayunos silenciosos, en el pozo insondable adonde han ido a parar sus días, todas las posibles explicaciones, también la impotencia, también la renuncia.

Al hálito rosa que todavía reverbera en el cielo de oeste añade Matías reflectores anaranjados y rojos, al tono crema de la arena el barniz fugaz con que alguna vez recubrieron los tablones del escenario. Basta con abrir bien los ojos para darse cuenta: toda la juventud de Japón yace en sus pies bajo un estado de excitación que raya en la histeria. Sonriendo, buscando con la cabeza una posición aún más cómoda sobre la guayabera arrugada, Matías calza en la figura de Ian Paice, vigoroso baterista del grupo británico Deep Purple. Sus manos sostienen ahora, cubiertas de abundante sudor, las baquetas que lo están llevando a improvisar un solo abrumador y sincopado sobre los gritos aclamadores de un público de largas cabelleras y ojos encendidos. Sólo con un golpe en el redoblante podría hacer delirar a todo Japón, sólo con un gesto podría reducir toda la cultura nipona al grito ensordecedor de ¡rock! que quisiera oír llegar a sus oídos. Concluida la primera gira de Deep Purple a un país del Lejano Oriente, no le parece exagerado imaginar a Ian Paice echado en una playa de Río Chico. Ya no serán las fuertes luces del escenario, la vida ardua y fatigante de los conciertos, sino un sol más bien agónico, un Matías perezoso y estéril, errando a cuanto zancudo se posa en sus piernas, saltando de impresión en impresión, de ola en ola, de un falso paisaje a otro real o viceversa. Matías —puestas ahora las manos sobre la barriga— piensa en el Matías cosmopolita, dueño de las grandes capitales, nunca en compañía de Beatriz, claro está, siempre emprendedor y ágil, siempre impecable ante las recepciones de los hoteles, admirado y perseguido, y también odiado, sí, odios que no llegan a rozar esta solitaria playa en donde Matías, el otro, es capaz de imaginar a una Beatriz convertida de pronto en actriz de cine, risa felina y caderas de diva irresistible, la pareja perfecta que desfila en las reuniones de gala como un manjar que llevaran en áurea bandeja por sobre los ojos curiosos de los invitados. Con ojos tristes, semicerrados, tiene aún tiempo de volver al Matías adolescente, al Matías seducido por el umbral del riesgo, al Matías con cierto apetito vital, al Matías que conoce a Beatriz en algún rincón de la universidad, Beatriz hermosa, Beatriz gestual, sí, la vida diseñada desde conversaciones nocturnas en los pasillos, el gusto por emprender algo juntos, la fe en los cuerpos, en los diálogos puntuales donde nada debe quedar soslayado, el amor ante todo, la comprensión más allá de los caprichos personales y también risas, claro, ligero el estallido que borra el supuesto sentido de las cosas. Doblando una pierna, trayéndola contra sí, comienza a enumerar las concesiones, comienza a reconocer el dulce engranaje que se apodera de los movimientos genuinos, la merma de los días, callar como el recurso más a la mano, sí, callar ante Beatriz, ocultarle el lastre, los residuos espantosos de una convivencia sin aristas, sin algo que le dé real sentido, peso, razón de ser, el tono marrón de las olas no ofrecerá respuestas, tampoco la gaviota extraviada que ahora se tambalea sobre el vientre abierto de la tarde, ante los inútiles ojos de Matías, ante el Matías que tendrá que regresar, extraer las llaves del nudo hueco del tronco, ponerse la guayabera, echar una última ojeada al mar, a la tarde, saber que pronto estará en la casa, en alto la cerveza de la última noche, todo igual, todo en orden, todo perfectamente previsto, el horror de la vida sin sorpresas.

La noche es casi un hecho. Matías agranda los ojos ante lo que comienza a ser un esbozo de negrura, el último bostezo de la tarde. Sin mucho esfuerzo, intenta grabar el panorama opaco de olas poco espumosas, casi tímidas. La arena es un cuerpo caliente, agradable, infinito. Boquiabierto, enfoca ahora el cielo, esa sustancia inabarcable, ajena. Habitar de pronto la indecisión, la de si irse o quedarse un rato más, la de saber que de optar por lo segundo habrá que tener cuidado con los vidrios rotos de las botellas abandonadas, estratégicamente camuflados por la oscuridad cómplice. De golpe se incorpora hasta alcanzar la posición que le permite descansar sobre sus rodillas. Podría ser Pelé, con sólo llevarse las manos a la cabeza podría ser Pelé, sí, Pelé arrodillado, quizás el Pelé que acaba de dejar por el suelo a Albertosi, un Albertosi que se estira hacia el ángulo izquierdo de la portería, que ve con asombro la lenta pelota esfumándosele entre las manos, el tremendo cabezazo que lo ha dejado sin equilibrio, la ovación que no se hace esperar en el estadio mexicano, final del campeonato mundial de futbol, primer gol del partido. Matías alzando los brazos en forma de plegaria antes de que sus compañeros de equipo, los geniales brasileños, le caigan encima y formen un montículo de carne humana, de alegría, de cálida desesperación. Sin prestarle demasiado cuidado a las cabezas gachas de los jugadores italianos, Pelé se sacude la arena de los pies, se calza las sandalias que ha dejado a un extremo de la cancha, se pone la guayabera arrugada y comienza a caminar. No sin tristeza se detiene a unos cuantos pasos para darse vuelta: puede ver a Matías echado aún en la playa, perfectamente inmóvil, prescindible. Emprende entonces una vigorosa caminata que raya en trote, que lo llevará hacia Beatriz, hacia otra semana invariable. Sonríe bajo el cielo oscuro al divisar el carro: el Renault —perro impaciente— lo aguarda al final del camino.