Carta conyugal

                                           Je ne veux plus vivre auprès
                                           de toi dans la crainte
Antonin Artaud
 


Octubre 6


¿Caída o letargo? La tarde, me digo. Tarde con caminata y olor, el de mi cuerpo, claro. Y estoy una vez más aquí, en mi cuarto, volviendo a creer en los inicios, volviendo a considerarme concebible en una conversación, en un diálogo más o menos pausado, en Brighton o en París, ciudades por las cuales, creo, hemos caminado. Pero es distinto, en este caso eres una fotografía clavada sobre el muro y dos diamantes que resbalan. Y voy con la descripción... pero resulta demasiado estática, demasiado brazo fijo, franela rosada, sonrisa que asciende desde el balcón del vientre. ¿Te he hablado de mi cuarto? Sabrás que jamás he podido esquinar la cama, que aquí se desconocen los ángulos, que mi vida consiste en saltar de la mesa de trabajo a la cama y viceversa. Es otro tiempo éste, pero cuál, me digo en voz baja, cuál. Entonces llega el instante. Instante igual página en blanco. Pero me borro, me borro con otoño. Y caigo.


Octubre 8

Trataré de ordenarme, de abrir la boca a tiempo. ¿Quién eres, Irene, quién? Y pensar que esta carta es ya tu ojo sobre el papel, el texto hecho. Pero también es otras dos fotografías de nuestro reciente encuentro. La primera: tomados de la mano posamos, ambos con la cara arrugada, mucho sol, mucha premeditación en esa esquina. La segunda: esta vez cerca de la costa, apoyados en esa baranda, inicialmente mi cara, luego la tuya, como naciendo de mi hombro y de tu mano izquierda que, a la vez, la sostiene. Y lo compruebo. Somos una pareja sin estética. Somos feos, incompatibles. Y no hemos podido escoger una ciudad peor para caminar: Brighton. Entonces no hay frases en la costa (¿en la cesta?), Brighton no las proporciona, no da pie al lenguaje. Tendríamos que forjar otra cosa en voz alta. Una que no tuviese piedras, que permitiera caminar sin estar atentos al tropiezo. Pero hay viento, viento que levanta las cabelleras. Y las divergencias: yo buscando el origen de la brisa, tú preocupada por una futura gripe. Al menos un abrazo todo lo sella, todo lo resume. Dos cuerpos ante el viento son mejores que uno, o que dos atados de la mano. Sin embargo yo sólo oigo frases para sostener a Brighton, tu voz me viene forrada en cristal, se estrella en estas paredes. Y dices “Qué lindo el mar”, para que yo oiga. “Existen dos páginas en el agua: una inmóvil, otra la del ojo que cree saltar sobre la ola.” Pero no hay invención de Brighton, Irene, no la hay. O lo que es peor: no existimos, no hay frases, no hay correspondencia, sólo memoria sin electricidad.


Octubre 9

Miro las paredes sucias y me digo “Hay algo de irrealidad en nosotros, Irene”, algo de rostro no conseguido, de incapacidad para levantar las rodillas. Aún en París éramos obstáculo, civilización a medias. Buscamos un marco, es cierto: el parque Montsouris. Y no podíamos estar más atados al paisaje que recorriendo el parque como dos buenos espeleólogos. Y las frases, Irene, pero en París. Y tomo nota. Y dices, frente al pequeño lago “Mira qué gorditos los cisnes”, para que yo oiga. “Fíjate en la capacidad de estos animales para acampar en sus propios cuerpos.” Pero he hablado de paredes sucias: ¿repetiré las manchas? Las repetiré una a una, con adobo, con polvo para lavar. Las repetiré, seré eco preciso; al fin y al cabo son el blanco perpetuo de mi campo visual.


Octubre 12

Todas las tardes son una, Irene, ésta, circunferencial y ofidea. Me extraigo con lentitud, selecciono el vómito. Créeme, a veces me verifico. Ciertos mediodías me ofrecen la palma de la mano. He hecho la cola en los comedores universitarios, sé portar la bandeja. Hasta he abierto la boca, mirando inclusive al mesonero, para pedirle “Una hamburguesa, por favor”. Y todo no ha terminado allí, he sido hasta capaz de atajar la pregunta “¿Con queso?” Y yo, dueño ya del discurso “Sí, con queso, por favor”. De modo que hamburguesas en el día de la raza. Y toda mi tez para morder el queso y todo labio para ocultar la carne que mastico rodeado por más de trescientas personas.


Octubre 13

Hubo llanto en el aeropuerto, lo sé. Hubo manos que se cerraban. Y la distancia como un alfiler. Hubo abrazo, anulación y llanto. Hubo también dolor de estómago, el mío. ¡Vaya momento!, nos decíamos.


Octubre 14


Otra tarde. Estuve en un parque antes de llegar a casa. Tres niños jugaban ante mí. “¿Me podría decir la hora, por favor?” Levanto la cara: no hago otra cosa que leer en los parques. “Un cuarto para las cuatro.” ¿Me leen los parques a mí? Bastó esa pregunta, quiero decir la de la hora, para cerrar el libro. Luego seguí con mis ojos la carrera interrumpida del muchacho. Al parecer construían entre los tres un castillo de barro. Y entonces la vida vista desde mi banco. Pero vida sin barro, es decir, con banco. No tengo músculos en la cara, sonrío fuera de mí. Esto es un espacio para la interrupción, quiero decir mi cuerpo, quiero decir la hoja, quiero decir tus ojos. De modo que vuelta al parque, pero sin vida. Vuelta al fósil de mi memoria, al invernadero. De modo que banco con monólogo y poca astucia, y poco asombro. Trincado estoy en la cascada, en la cadencia que me clava diariamente en los bancos (y no en los árboles) de un parque.


Octubre 15

¿Quepo en la noche? ¿En el cuarto? ¿En tu cuerpo? Veo la cama, la misma cama en que estuvimos, la misma en donde hicimos de tu vientre una isla en las tinieblas. Náufrago llegaba con manos extendidas, uñas buscaban arena y ombligo. Aquí todo rota alrededor del ombligo, digo del tuyo. Mis libros continúan buscándolo, mis labios también: quedarán abiertos como el diccionario, lamerán las manchas. ¿Qué es lo que se ordeña, Irene? ¿Por qué tanta lengua y calor? Digo una autopista de saliva, alerta el asfalto que cae de la boca. Y la lengua que cruza, baja, sube, cansa la garganta, fatiga. Tanto cuerpo hacia afuera, tanto músculo así, con pinzas. Se trata de magnetismos, creo, de la ley de gravitación universal. ¿Relatividad de las bocas? De la lengua, me digo. Pero tu vientre... tu vientre ya no es masa, ya no es polo; es mi frente contra la mesa de trabajo, un golpe que repito con reloj, ahora.


Octubre 16

Imagino haberte hablado de los pelos del cuarto. Sitios donde reposan: sobre los libros, sobre la ya rota alfombra, entre las sábanas, entre estas mismas cuartillas. Muchos cabellos sueltos en las tardes, mi cuarto como el espacio para un diluvio capilar.


Octubre 18

¿Cómo hemos establecido esta relación, Irene? ¿Qué postura mantenemos al caminar juntos? ¿Cómo miras las vitrinas? ¿Cómo defines tu lengua al repasarla sobre la bola de café de tantas barquillas? ¿Por qué tanta interrogación, tanta duda? ¿Cómo el paso, la sonrisa? ¿Dónde la verificación, el comienzo de la carne, de la tarde? ¿Nos afincamos, Irene? ¿Dónde entonces el soporte, el agujero negro, la tarántula?


Octubre 19

Si algo nos une, ese algo es el miedo. Lo escribo con lentitud, con la calma que sólo el temor establece. Aquí puedo girar mi cabeza con libertad, puedo intentar una vez más otra descripción de tu rostro, ahora enmarcado a pocos centímetros de mi frente. No diré que eres una diosa egipcia, ni tampoco una encarnación celeste. Resumiré tu fealdad, que es también la mía, subrayando los pelos crespos, una nariz quizás demasiado ancha, unos ojos pequeños si se mira el contorno, una curvatura escasa en el labio superior, un gusto por cierta torpeza. Torpemente miraremos la otra faceta de nuestros rostros: esa que aparece cuando se asume una suerte de parálisis facial. Ya hemos hablado de ello. Se trata de acercarse, así, nariz contra nariz, y ver cómo la piel es hueca, cómo ésta es el resultado de innumerables capas de aceite, cómo se nace en el óleo, cómo se ama con acuarela. Señalar la fealdad para traspasarla, me digo. Aquí no se trata de pelo lacio, no hay muchachas corriendo por praderas con un champú en la mano. No. Aquí se es feo y nuestro abrazo es un abrazo de monstruos, de inválidos. Aquí no corregiremos la forma de nuestras bocas, porque de no tenerlas entonces uniremos nuestros ojos, pestaña contra pestaña, esclerótica contra esclerótica y ensayaremos un beso, un beso ocular, en donde hay que inclinar los rostros oblicuamente para que cerrando y abriendo los párpados se sientan las pestañas del otro lado, las pestañas como la nueva saliva, me digo, y llorar un poco cuando el roce sea fuerte, y separarse luego lentamente pero ya como monstruos contentos, como anormales saciados que sonríen botando baba.


Octubre 21

Tarde suspensiva. Me froto los ojos. El preámbulo de este espacio vespertino muy bien podría ser una cebolla mal picada, una tortilla con papas, cualquier actitud mantenida ante el fregadero, hacer mueca mientras se lavan los platos. Se trata, ya lo he dicho, de ver mis manos con esponja y el acto que desprende la salsa de tomate del plato. Vamos con cepillo, vamos que las tacitas de café son nuestras. Vamos que la tarde se deposita con tijera y mi ventana sólo da hacia otra ventana. Vamos así, secándome las manos con jugo de limón. Tengo que evitar el olor lacrimógeno en la punta de mis dedos, mis dedos húmedos, con estrías, con uñas prestas a partirse mientras bordean el leve precipicio de mis labios, la tentación escogida en el marco de esta tarde que ha sido siempre una: vulnerable y áspera, laríngea y movediza. Caminaré entonces con los dedos en alto, usando el limón como brújula; iré en busca de tu cintura, ciego iré atravesando los escasos pasillos mientras me hincho, mientras el pellejo estalla y acaba en la sorpresa de una almohada entre mis brazos, almohada que he tomado a falta de tu cintura, a decir verdad me descubro abrazado a mí mismo y este acto me devuelve las manos a la boca, reencuentra mi cuerpo en la trampa de la carne, lo arroja con limón, con el primer segmento de uña que cede en la boca de un dócil caníbal.


Octubre 24


Nazco en el desarrollo que me lleva fuera del cuerpo. Después de todo, le hemos sonreído al agua. Nuestras espaldas no traen mantas y un banco común puede ser un ojo que el espacio abre, un ojo abierto a través de nosotros que sonreímos y tememos. Sentados estamos en Brighton, estamos en el saliente más pronunciado del malecón. Sentados estamos con las rodillas (iba a decir con las realidades) bajo el mentón y el viento que trae la noción de otra tierra, esta vez invisible, en la memoria del agua. Constante es el océano, constante también nuestro abrazo. El frío es una inyección puesta en brazos y piernas. Seamos entonces homeópatas, hágase aquí la telaraña y el verbo. Pero hay algo que se sale de mi cajón, quiero recordar una actitud, un giro de la cabeza, una ola. Me devuelvo con espuma, con ola destrozada. Aquí estoy contra la roca, haciéndome en la fractura. Volvamos al agua, fúndese la sed. Con ojos casi cerrados originas una postura ante el mar, insisto en cómo el viento organiza tus cabellos, les otorga jerarquía. Precario el espacio que ocupamos, me digo, éste y aquél. ¿Por qué la sensación de regreso, de ausencia de empresa? Siempre dejando paso a la equivocación, digo al asterisco, a la nota al pie de página. ¿Inútil un abrazo fuerte a tanto kilómetro de agua? ¿O es que aquí uno se borra con gaviota? Vuelvo al punto inicial, es decir, a la ausencia de punto. Sólo un abrazo azul y los dientes apretados, sólo dos caretas con frío. Besémonos con esmalte, búsquese la llama en la garganta. El mar nos borra, Irene. El mar nos borra y nosotros con saliva, con miedo, con labios despedazados.


Octubre 25

Estás en el cuarto con una bata que resbala por tus hombros, hermosa eres en esa especie de perpetua deslocalización que eriges como escudo ajeno a toda muerte. Del techo baja una cúpula de cristal que nos unta la tarde. Te acercas. No puede ser más carnal tu presencia, no puede haber aquí más llamada, más teléfono en la piel. Pienso en ese abandono, el de la historia, me digo. Porque aquí el tiempo ha quedado detrás de la puerta y a ti se te ocurre ir a frecuentarlo cuando abres tu boca con desgano y cansancio y afirmas tener hambre. Yo cierro los ojos en este archipiélago de la anulación, cierro los ojos para volver a abrirlos, para encontrarme tu cara casi rozando la mía, tu cara que trae tu boca, boca que pregunta “¿Quieres un poco de queso?” mientras veo los frágiles y delgados barrotes de saliva extenderse de labio a labio. Dudo en asentir, me quedo pensando en el queso y en una gesta medieval. Finalmente un beso todo lo decanta. Y comemos queso, y veo cómo este apetito nos devuelve la escena, nos coloca en el centro mismo de la cama mientras un público silencioso gime escondido tras las manchas de la pared.


Octubre 26

Pero repito mi ducha, la única que tomo, me digo. ¿Hablarte de la posición que mantengo bajo el agua? Pero si ya todo está resumido, pero si siempre me desnudo a la misma hora. Mas entro al baño, a pesar de todo soy puntual con esta lluvia portátil. Debes saber cómo mi cuerpo se dobla tras la cortina, cómo me gusta sentarme inmóvil sobre la losa mientras el agua cae. Incapaz soy de enjabonarme, anulo la espuma con esta duda perpetua que me sostiene. Porque en verdad no estoy bajo el agua, sino en fecha ninguna. Imagino que instalar el pretérito en la ducha detiene el ritmo de los días, vuelve al calendario una danza muerta. Hay cansancio de arena, hay fatiga de anime. Aquí estoy bajo el débil chorro sin más movimiento que el de la roca que recibe la ola volcada. Aquí estoy bautizando las momias, inclinando la cabeza hacia atrás. Aquí estás frente a mí, pero no en el mismo baño, sino en otro sitio: una bañera, para ser exactos. Sí, recuerdo con certeza. Recuerdo esas sesiones. Las llamábamos lecciones de asco y no cesábamos de repetirlas: quedarnos dormidos en la bañera hasta amanecer acompañados por esa frágil orina que la temperatura del agua hacía expulsar de nuestros propios cuerpos, intentar sentarnos simultáneamente en la poceta (uniendo el inicio de nuestras vértebras) para ensayar el ritual intestinal, la caída de las heces en el fondo turbio y circular del agua. Pero no tiene sentido recular en el eje, en el anillo del tiempo. Intento no aportar lecciones de asco en un instante ajeno, en este instante de castillos de agua. Porque aquí permanezco y seguiré permaneciendo. No es este campo suficiente para diseñar espejismos. Me remitiré siempre al agua y a observar con detenimiento la hinchazón progresiva de mi miembro bajo la memoria de una mirada anterior.


Octubre 28

Me borro con otoño, Irene. Soy sonrisa con grieta, títere con asunto escurridizo. Y tarde con lluvia ésta que se cierra. Pero hay temor y no cesaré de repetirlo, hay forma hueca en todo esto, falta de envoltura, de borde, de sustancia, de mirada sobre la hoja, la tuya, digo, la que ahora me recorre. ¿Me cierro con lámpara, Irene? Trataré de caminar palpando las paredes, tenderé la cama, pondré plumas en la almohada. Igualmente buscaré sillas apropiadas para mantener la espalda recta. Hacerse un orden, me digo, una certeza con alfombra, un paso con tapiz. Busco esfera, noción de la raíz, tu vientre de cristal, tus senos creciendo en la penumbra. Aquí me estrello, me pliego a la lluvia, al lejano rumor de niños que comienzan a cantar y saltar cuerda mientras escampa, que hacen del barro la plataforma original del juego. Porque, después de todo, hay intento con tarde, hay índice de señalamiento y dos cuerpos en alguna instancia de la cama, en algún nivel de la sábana. Creo haber estado atado a una sensación plomiza. Hubo, en efecto, un llamado a la horma, una travesía con piragua, un salero precoz. Vuelvo a hablar de un atrevimiento: el de levantarnos de la cama y caminar hasta la nevera para tomar agua en coro. Sed con alarido mudo, me digo. Porque aquí la piel tiene que ser más rápida que el borrador, aquí hay que estar atentos al más mínimo descuido, no vaya a ser que un movimiento ágil de la página nos sustraiga este precario encuentro bajo la tarde, esta frágil comunión.