Retrato de Patricia

  

 

Andrés anunció haber conocido a una francesa en Châtelet. En pleno verano, hurgándola con los ojos desde una mesa cercana, le buscó conversación. Andrés echó mano de sus habituales artificios: se inventó una vida de administrador de empresas, confesó estar de paso por París, admitió ser un conocedor de arte contemporáneo. Del café fueron caminando hasta una fuente cercana donde sobresalían unas imitaciones de esfinges egipcias. La francesa terminó bajando las defensas y Andrés logró su objetivo: penetrar en su apartamento de la avenida Parmentier y gozarla hasta el amanecer.

Al día siguiente, entre eufórico y orgulloso, Andrés nos relató la hazaña. Detallando el ejercicio de su masculinidad hasta el asco, pudimos rescatar que la francesa respondía al nombre de Patricia, que sus ojos eran de un gris estrellado, que pronunciaba cada palabra como si la dijera por primera vez y que trabajaba de asistente con un grupo de arquitectos.

Andrés la siguió frecuentando y ella fue desentrañando lentamente la maraña de mentiras que aquél había tejido en torno a su vida. Al final, se conformaba con el estudiante que era, residenciado en Londres y de vacaciones en París. La vimos incluso en algunas fiestas comunes en las que —nos dimos cuenta— le gustaba ser bien atendida: buenos platos, buen vino, gestos refinados.

Andrés regresó a Londres y, unos meses después, volvía definitivamente a Caracas. Desde allí, fogosa aún la imaginación, le enviaba algunas postales en las que insistía en invitarla a pasarse un mes bajo el sol del trópico.

Sorpresivamente, cayendo en la dimensión de su torpeza, Andrés recibe un telegrama en el que Patricia anuncia su inminente llegada. No pudiendo alojarla en casa de sus padres —donde aún vivía—, Andrés llama a Gustavo y le suplica que le preste por unos días su cabañita de la Colonia Tovar. Gustavo no sólo se la ofrece sino que, días después, lo acompaña a Maiquetía para luego llevarlo directamente a la cabañita e indicarle todos los pormenores: ruta precisa, llave de gas, llave de agua.

Enrumbados ya hacia la Colonia y entendiendo apenas lo que hablaban, Gustavo percibe la incomodidad creciente de la francesa. Patricia deseaba llegar a Caracas, ser presentada a los padres de Andrés, ocupar el cuarto de huéspedes y cenar con la familia. Andrés contesta poca cosa, se sumerge en un extraño letargo y, de vez en cuando, repite las estupideces de un guía turístico. Llegan por fin a la cabañita y, apenas Gustavo abre la puerta, Patricia se escurre hasta la única habitación y se cierra con llave. Gustavo alza los hombros y busca a Andrés con la mirada. Este sábado —le dice— tengo una fiestecita en la casa; ¿por qué no se vienen y cambian un poco de aire?

Patricia aparece en casa de Gustavo sin Andrés. Gustavo no halla cómo explicarle a sus amistades esa presencia, Patricia se le acerca y, utilizando palabras elementales, le confirma que las cosas no andan bien, que el asunto de la cabañita no funciona, que Andrés no sabe qué hacer... Gustavo le dice que no se preocupe y le pone en las manos una copa de ron añejo con hielo.

Patricia se convierte rápidamente en el centro de la fiesta: la invitan a bailar, le piden que hable en francés, le enseñan una Caracas iluminada desde la terraza, le reponen la copa apenas se vacía.

Los últimos invitados se despiden y Andrés aún no busca a Patricia. La música de fondo queda sonando y Patricia, con el ron en la cabeza, le pasa los brazos por el cuello a Gustavo. Ambos cuerpos se deslizan hasta la cama y se desvisten con furia.

A la mañana siguiente, Gustavo intenta localizar inútilmente a Andrés. Con caballerosidad y convicción, le explica a Patricia que él trabaja para una empresa petrolera, que actualmente está asignado a Valencia y que no tendría ningún inconveniente en llevarla consigo. Cuentan, pues, que Patricia culminó su mes de estadía al borde de la piscina del Intercontinental, pidiendo cocteles exóticos y esperando todas las tardes a Gustavo, quien llegaba sudoroso hasta su cuerpo para arrancarle el bikini con los dientes.

De vuelta en París, Patricia nos habló de la gentileza de Gustavo, de las olas de Patanemo y de la vivacidad de la gente. No obstante, algo en el recuerdo la perturbaba.

Una tarde de otoño, después de meses sin verla, telefoneó a la casa para invitarme a tomarnos un café. Me dio cita cerca de su trabajo. La encontré algo enflaquecida y sin el bronceado de la última vez. Comenzó hablando inconexamente: los recuerdos del Intercontinental, los recuerdos amargos de su infancia en el campo, la dulzura de Gustavo, la torpeza de Andrés, la rutina del trabajo, la manera de vivir en Caracas, las playas, los cocoteros... Del café pasamos al vino mientras la tarde va deslizándose lentamente. Patricia me pide que la acompañe a la oficina para buscar su cartera. Al llegar, me enseña las mesas de diseño, los proyectos en cierne, la remodelación de un museo. Luego se acerca a su escritorio y, abriendo una de las últimas gavetas, saca una botella de vino tinto y dos copas de cristal.

La noche cae y la conversación se transforma en confesión. El vino me hace percibir a una Patricia desconocida: torpe, simple, frustrada. Poco a poco, la vida que se ha inventado va desplomándose a pedazos: no es una asistente sino la secretaria del gerente, nunca pudo concluir sus estudios, tiene dos o tres amantes que le dejan remesas mensuales en algunos bares.

Con los labios entintados y los ojos acuosos, ensayando desesperadamente el último recurso, se desabotona la blusa y atrae mi rostro contra su pecho. Tiene que ser aquí —dice—, tiene que ser aquí. Patricia me sienta en la silla del gerente y, desembraguetando mis pantalones, cabalga agitadamente sobre mi cuerpo con los ojos entornados.

De los que intimamos con ella, nadie quiso asociar su desnudez a una desgracia, nadie quiso admitir que las dos enormes cicatrices de sus senos remitían a una cirugía plástica mal concebida, nadie hizo referencia a una extraña mueca de la boca que afloraba cuando se sentía a disgusto.

La última imagen —me temo— es extrema: Patricia semidesnuda que solloza y camina ciegamente por la oficina, Patricia que habla de un viejo romance crucial en su vida, Patricia que describe a un joven aristócrata de Normandía, Patricia que recuerda el día en que el joven le dice que la dejará, Patricia que rememora las exactas palabras finales: eres lenta, Patricia, eres lenta; tendrás que verte con alguien; debe ser esa extraña enfermedad de cuando niña, debe ser esa meningitis mal curada.