Nota introductoria
 
 

Katherine Mansfield nació en Wellington, Nueva Zelanda, el 14 de octubre de 1888. La mayor parte de su niñez la pasó en un pueblecito llamado Karori, a pocos kilómetros de la ciudad, y sus recuerdos infantiles le dieron pie para la fabulación de sus tres obras maestras: “En la bahía”, “Preludio” y “Garden-Party”. A los nueve años comenzó a escribir y a los trece dirigió una revista escolar en Queen’s College. Su interés por la música la hizo ser una violoncelista mediana y una narradora dueña de un buen oído. Su rebeldía natural la llevó hacia las experiencias sexuales prematuras y al matrimonio absurdo con George Bowden, a quien abandonó la misma noche. Embarazada del músico Garnet Trowell, se refugió en Baviera donde alumbró a un niño muerto. Y no obstante que nunca aprovechó tal experiencia concreta, sólo sobrevivió hablando del ambiente hostil que la rodeaba durante esa época de su vida, cuando se defendía con la espada de su humor inglés traído de las Colonias y la nostalgia de los extensos panoramas de su país, las pacientes ovejas, los cerros violetas entrevistos desde lejos. Así escribió los trece cuentos que formaron su primer volumen, En una pensión alemana, aparecido el año 1911. Pocos meses después obtuvo tres ediciones, lectores entusiastas y excelentes notas críticas; pero el editor se declaró en quiebra con lo cual no se pagaron las posibles regalías y se perdió la estereotipia del libro. Al estallar la Primera Guerra Mundial y generalizarse en Gran Bretaña un sentimiento antigermánico, otros editores ofrecieron cantidades apreciables por los derechos y, aunque Katherine necesitaba el dinero, detestaba el oportunismo y quería superar sus trabajos iniciales: “No puedo seguir imponiendo este tipo de material al público, no es suficientemente bueno”, decía. Su segundo marido, John Middleton Murry que tanto la impulsó en su carrera, intentaba convencerla de que resultaba notable por su original manejo del idioma y de las circunstancias, y por haberlo escrito una muchacha que aparecía en la literatura para quedarse. Tras ligeros titubeos, Katherine prometió la reimpresión siempre que le permitieran agregar alguna nota introductoria. Jamás la redactó. Pero ya había encontrado un estilo y una temática con los cuales hizo relatos dignos de figurar en las antologías. Me refiero, por ejemplo, a “Frau Brechenmacher asiste a una boda”, “En el café Lehmann”, “Un nacimiento” y “El vaivén del péndulo”. Y no incluyo “La niña que estaba cansada”, a pesar de su fuerza y su estructura impecable, porque se trata de una versión bastante apegada, casi un plagio, del escritor ruso Antón Chéjov, a quien Katherine había descubierto en traducciones francesas.

Le preocupaba la problemática femenina bajo luces diversas. La parturienta, la criada, la coqueta, la culta dama, la casada tradicional, la soltera desprotegida, la vendedora de sombreros, la artista en cierne, le inspiraban pequeños e inmensos dramas personales debidos casi siempre a las desventajas de una índole biológica. Son incompatibles con las señoritas de sonrisa placentera, atentas a concertar matrimonios que les aseguren la felicidad y una renta vitalicia, en el mundo Victoriano que Jean Austen pintaba. Las mujeres de Katherine Mansfield —más de nuestra familia— pertenecen a los estadios de la clase media o de la burguesía del siglo XX, y están emparentadas con las sufragistas o con las que en un momento dado impulsaron los movimientos feministas actuales.

Entre la centena de cuentos que Katherine Mansfield escribió a lo largo de 1909 y 1922, muchos burlan las concepciones tradicionales. Adolecen de las tres reglas matemáticas definidas como planteamiento, desarrollo y desenlace. Algunos, que por cierto ella dejó dispersos en distintas publicaciones, parecen ejercicios malogrados. En este caso están “Clavel”, “Dos de dos peniques, por favor” o “El gorro rojo”, planteados los últimos con base en diálogos; pero ni siquiera estos textos fallidos quedan fuera de una atmósfera recreada con gran maestría, hecha con base en pinceladas impresionistas, de sensaciones: el aroma de cuerdas y alquitrán, légamo y sal, evocador de una tarde veraniega en los muelles; el de mantequilla y huevos esparcido por panecillos recién salidos del horno, evocador de reuniones familiares; el de nardos y lilas evocador de una fiesta en el campo. Y los ruidos, el de una carreta azotando sus viejas ruedas sobre el empedrado; el sonido regular del reloj que musita c‘est ça, c’est ça; el de un corazón enamorado que revolotea como mariposa. Y las escenografías. Un cerco maltrecho, la verde alfombra del césped, las fachadas de piedra reconstruyen un pueblecito olvidado en el mapa. La cortina de encajes que una ráfaga de viento vapulea, las flores marchitas sobre una mesa de patas curvas, fuego en la chimenea y una tetera humeante bastan para describir cualquier habitación. Katherine transformaba su mirada en esa materia literaria sugerente y daba vida a sus personajes tan comunes y corrientes —o tan especiales— como podríamos serlo nosotros. Únicamente el marino loco de “Ole Underwood”, la seductora Beatriz de “Veneno”, y la pobre “Niña que estaba cansada” tocan la escala de lo patológico. Los otros no se acercan al borde del abismo, se quedan en trances cotidianos que sin embargo esclarecen situaciones precisas, alumbran porciones de vitalidad salpimentada con ironía, humor, tristeza, gracia y ternura. Son los oficiales del ejército, los oficinistas que caminan por las calles pensando en que les aprietan sus zapatos nuevos, las secretarias presurosas antes de subirse a los trenes que las regresarán hasta sus casas, las dependientes de una pastelería que vuelan de un lado a otro atendiendo las mesas.

“Algo pueril pero muy natural” cuenta una historia de amor maravilloso por lo poco extraordinaria. Gracias a su pelo color girasol Edna embelesa a Henry, lo hipnotiza, lo convierte en abeja. Y ambos abandonan una montaña de días grises y aburridos cuando descubren lo inusitado de permanecer atentos al temblor de los sentimientos ajenos. Algo similar se diría de “Feuille d’ album” que recrea la figura de un joven pintor que vence su inaudita timidez ante las mujeres mayores y procura conquistar a su vecina jovencita y pobre. La Mansfield era dueña de sus armas al escribir este cuento célebre. Sus metáforas no se parecían sino a las que ella misma inventaba. Imponía la impronta de su estilo en todas sus páginas y seguramente intuía (con esa intuición infalible de los poetas) que su existencia sería corta y elegida, y se apresuró a ejercitar su talento. Si el estilo es el hombre —así lo afirman—, la prosa de Katherine Mansfield es Katherine Mansfield, y las historias sencillas que se detenía a contar representaban una síntesis de sus inquietudes y sus ideas. Poco antes de morir en enero de 1923, pensaba que se le había agotado la fuente inspiradora, pero escribió “La mosca”, que desde luego nos remite a Horacio y a muchos otros poetas, y que constituye un fruto literario redondito y perfecto.
Beatriz Espejo