Nota introductoria

 
 
 


La literatura negra ha tenido variadas funciones en lo que constituye el cuerpo de las letras estadounidenses. Sin embargo, preponderó aquella del testimonio, desde las canciones iniciales hasta la narrativa posterior. Testimonio en un sentido amplio: tanto la congoja íntima como la exposición descarnada de una situación social inaceptable. De las canciones bíblicas al blues y al jazz; de Paul Laurence Dunbar (1872-1906) a la poderosa, aunque desigual, Native Son (1940) de Richard Wright (1908-1960). Y, siempre, el peligro cuando no la realidad constante de anteponer la protesta a los méritos literarios de lo escrito. Peligro, desde luego, necesario de arriesgar.

En esa línea se sitúa James Baldwin. Es decir, retoma las inquietudes de Wright, de Chester Himes (1909), de Ralph Ellison (1914-1994) y les agrega una voz nueva. Esta voz surge de Harlem, donde Baldwin nace en 1924. Harlem será, necesariamente, uno de los núcleos conceptuales de este narrador. En otras palabras, el estigma de ese barrio queda en muchísimos de los personajes que habitan los textos de Baldwin, como lo demuestra el cuento elegido para esta ocasión. Fue Baldwin hijo de un predicador, figura severa que asimismo dejó marca en el novelista, al determinar criterios de conducta bastante difíciles de satisfacer, y cuyo incumplimiento podía acarrear castigos de cierta dureza. Una vez más, esta experiencia vital se transforma en literatura, y la dominante sombra paterna aparece en cuentos y novelas, unas veces expuesta directamente y otras de modo simbólico.

Acosado por sus fantasmas íntimos y, sobre todo, por la presión social del medio norteamericano contra un hombre de color a la busca de expresión, Baldwin se procura un terreno neutro en el extranjero. París fue la ciudad elegida. Vinieron años de penuria, en los cuales se malganó la vida como corresponsal de algunas publicaciones. Pero la estancia resultó productiva en varios sentidos. Uno de ellos, que Baldwin descubre su norteamericanismo. Es decir, al contacto de un ámbito que lo aliviaba de los hostigamientos raciales, consigue la calma suficiente para meditar sobre su condición de hombre, y termina diciendo que es norteamericano y en los Estados Unidos debe dar su batalla. Otra consecuencia de importancia la expresó el propio Baldwin con claridad: “Pero comen­cé a pensar en francés. Comencé a entender el inglés mucho mejor que nunca antes; comencé a entender el inglés del cual procedía, el idioma que produjo a Ray Charles o a Bessie Smith o que produjo a todos los poetas que me produjeron. Comenzó una especie de reconciliación, que no hubiera ocurrido si no me salgo del inglés”. Por tanto, el autoexilio fue una cura, de la cual Baldwin surgió fortalecido, y muy capaz de enfrentarse al problema de ser negro en los Estados Unidos.

Es de agregar un dato más: los tres primeros libros de Baldwin se escribieron en dicho exilio. Hablamos de dos novelas y un grupo de ensayos: Go Tell it on the Mountain (1951) y Giovanniʼs Room (1956), junto con Notes of a Native Son (1955). Si la novela inicial brota de Harlem, al reseñar la vida allí de una familia evangelista, la segunda empieza en el sur de Francia y relata los acontecimientos en la relación de dos hombres y una mujer, relación llena de ambigüedades. Ampliemos el comentario. Para Baldwin el amor, generalmente con una fuerte base sexual, constituía una posibilidad de redención. Y decimos generalmente porque también otras formas de amor significan lo mismo. Volviendo a la figura paterna, es de confesar que la severidad de los personajes que la representan suele disimular el profundo amor que le sirve de sostén. Justo el miedo de que los seres amados sufran lleva a imponerles la severidad como escudo contra el mundo: que se endurezcan para con ello lograr sobrevivir.

Se lo exprese en cualquiera de sus posibilidades, el amor será la respuesta. En ocasiones —véase Another Country (1961)— la exploración de unas relaciones homosexuales es base de uno de los conflictos sentimentales incluidos en la novela. Si bien tales relaciones sirven para completar el panorama erótico presentado por la obra, están aprovechadas a la vez con otro subrayado: en aquel tiempo los homosexuales eran un grupo socialmente muy hostigado. Con buen ojo narrativo, Baldwin utiliza la marginación de dos minorías —la población negra y la homosexual— para establecer su protesta.

No lo hace, sin embargo, con olvido de que es, ante todo, un escritor. Alimentado en la escuela de Henry James —y en algunas ocasiones cita al neoyorquino en epígrafes—, Baldwin fue siempre cuidadoso de sus estructuras narrativas y de su estilo. Eric Mottram afirma en este sentido que Baldwin posee “una de las prosas más finas de nuestro tiempo”, especialmente en los libros de ensayo, donde examina con rigor e inteligencia los muchos ángulos de la cuestión racial en los Estados Unidos. Mencionemos Nobody Knows My Name (1961), The Fire Next Time (1963) y A Rap on Race (1971), este último una serie de conversaciones sostenida con Margaret Mead, la famosa antropóloga. Desde luego, no toda crítica opina así de Baldwin. Aunque reconociendo su buena calidad de escritor, su innegable estatura, en ocasiones se piensa que Baldwin aplica en exceso “una luz apocalíptica” (estamos citando a Ihab Hassan).

De cualquier manera, no es Baldwin escritor cuyas obras sigan una línea de desarrollo única. Es decir, en la concepción de su literatura procura explorar al mismo tiempo diversos niveles de significado. Sus personajes negros podrán sufrir a causa de la discriminación racial, pero a la vez tienen conflictos surgidos de su condición humana. De aquí un punto constante en su narrativa: “...el problema racial es, en el fondo, un hambre de la carne y del corazón; [Baldwin] considera que es tan caótico en sus inversiones infinitas como el conflicto del amor” (Ihab Hassan).

Baldwin es narrador de espacios amplios. Sus cuentos, por tanto, tienden a la largura. Prefiere redondear un conflicto de orden psicológico que preocuparse excesivamente de la nitidez estructural de los textos. Así, con “Los blues de Sonny”, donde el lector encontrará resumidos los temas esenciales del autor: la circunstancia de la discriminación, mantenida en segundo plano; el peso de Harlem como ambiente destructor; el misterio de la creación artística; el papel del amor en la vida de los personajes; la importancia de una música que responda cabalmente a las necesidades expresivas de un grupo social.

James Baldwin muere en 1987, víctima de un paro cardiaco. Aparte de los libros ya mencionados, agreguemos Tell How Long the Trainʼs Been Gone (1968, novela); Going to Meet the Man (1965, cuentos) y, de sus incursiones en el teatro, The Amen Corner (1955), Blues for Mister Charles (1965) y una dramatización de Giovanniʼs Room.


Federico Patán

octubre de 1991