Los brothers

 


Sin necesidad de discutirlo más en el curso de las últimas semanas, Laura y yo decidimos separarnos. Un sábado en la tarde, al entrar en el departamento, encontré que se había llevado todas sus cosas. No dejó ninguna nota; no era su estilo, y además, muy poco nos hablábamos ya a esas alturas de nuestra desafortunada convivencia.

A la mañana siguiente, luego de haber dormido mucho más de lo necesario, pasé a la pizzería de al lado con ganas de tomarme un café negro y despabilarme, así, definitivamente. Era un domingo muy nublado. Casi toda la ciudad se oscurecía por el norte. No se podía saber, no obstante, si llovería o no. Nunca se sabe. Me había sentado en una de las mesas metálicas que daban a la calle y apenas me habían servido un pedazo de pizza y la segunda taza de café cuando vi que a lo lejos, acercándose y sin prisa, venía Eligio Villagrán.

No me entusiasmaba en nada la posibilidad de hablar con alguien, pero el encuentro parecía ineludible. Sin hacer nada por disimularlo me concentré en la desabrida pizza que acometía desganadamente al tiempo que pensaba en lo que los navegantes llaman collision course: un curso o trayecto de colisión o choque inevitable, como cuando un barco lleva una dirección que fatalmente le hará encallar o toparse con otra nave. Sólo que en este caso yo constituía el punto fijo y Eligio Villagrán la amenaza que se desplazaba hacia mí.

Algunas veces se dijo de él que no podía estar callado un solo momento. Hablaba compulsivamente, no escuchaba, monologaba con un frenesí que antes que a nadie lo divertía a él o de alguna manera le permitía encontrar cierto equilibrio consigo mismo. Trabajaba como extra de cine en los estudios Churubusco, en películas de vaqueros, pues tenía una facha norteña, de pueblo ganadero o texano. No se quitaba las botas puntiagudas ni un chaleco de cuero con estoperoles que le había quedado de una filmación. Un acné adolescente, o tal vez el flamazo de una estufa de gas, le había enjutado la cara, un rostro que por un solo boleto le daba un aire del bueno, el malo y el feo al mismo tiempo, un poco en el estilo de los westerns a la italiana.

No acababa yo de repasar en mi archivo mental todas las tarjetas que tenían que ver con él, cuando ya estaba sentado frente a mí, perfectamente instalado y despatarrado en una de las sillas y sonriéndome.

—¿Te tomas un café? —le dije.

—Sí, maestro. Nos lo echamos.

—¿Qué ha habido?

—¿Qué ha habido de qué?

—¿Siguen filmando?

—Poco, ya sabes, el cine está muerto. Una de caballitos, algún comercial, nada más. Ahí le vamos dando... Cerca de Tula, unas lomas, como colinas de tierra suelta. Vieras qué bien nos salió. Digo, creo. Un polvo del carajo, por todos lados. Terminamos hechos un asco.

—¿Y dónde te habías metido, pues? Antes.

—Allí, te digo.

—Pero antes...

—Por ahí, por ahí... Anduve un rato girándola, antes de la película, digo. En Mexicali, un poco también en el valle Imperial, estuvimos trabajando... Y en Tijuana.

—¿Y de qué vivías?

—Al principio del espárrago, pero pues no falta, tú sabes...

Las nubes más cargadas y negras que no muchos minutos atrás había visto encima de casi todos los edificios empezaban a desplazarse dejando un hueco no muy nítido hacia la parte norte de la ciudad. No alcanzaba a ver la cordillera que rodea el valle, pero la imaginaba. Mientras Eligio hablaba pensé que no era él quien no sabía escuchar: yo mismo le ponía enfrente una mirada de atención, un interés perfectamente fingido, como un escucha piloto automático, que me daba la oportunidad de vagar con mis pensamientos impunemente y por otra parte. No hilvanaba con exactitud lo que me decía cuando de pronto, por mantener a flote la plática, acoté:

—¿Tula?

—¿Cómo? Sí, eso fue después.

—Si quieres vamos —le dije—. Siempre he tenido ganas de salir por ahí y de volver por Pachuca.

Y era cierto. Aparte de los mapas, no sabía con precisión dónde se encontraba el Valle del Mezquital, ni Ixmiquilpan, ni había visto las cariátides de Tula. Había oído hablar de la candelilla, apenas tenía la idea de que era algo que raspaban los otomíes para hacer cuerda, una especie de penca de maguey o algo así. Algo sabía también de los sembradíos de hortalizas regadas con las aguas negras de la capital.

Nos subimos al Volkswagen y empezamos a salir de la ciudad por Naucalpan. Eligio me pidió que nos detuviéramos un momento para comprar cigarros. Detuve el auto frente a una licorería. Muy pronto volvió Eligio con una botella de tequila en las manos y envuelta en una bolsa de papel de estraza. Recuperamos la ruta de la carretera a Querétaro. Al fondo, en un punto de fuga indiscernible y cambiante, las nubes avanzaban espesas en dirección contraria a la que nosotros llevábamos, debido a algún viento muy alto tal vez y no sólo por la velocidad con que nos desplazábamos hacia la tarde que, por el rumbo de un letrero y una flecha de desviación, empezaba a iluminarse. Eligio le dio un trago a la botella y mientras tanto me contaba que tuvo que salir corriendo de Tijuana.

—De urgencia, maestro. Se empezó a poner la cosa un poco fuerte, no sabes.

—Y ahí ¿qué? Muchos americanos, ¿verdad? Dicen.

—Gente muy tronada. Muchos viejitos en la costa, en búngalos, en Cantamar, como en Álamos.

No mucho tiempo después de que nos apartamos de la supercarretera, a través de un camino angosto y ondulante, la iglesia de Tula aparecía y reaparecía según las curvas y nuestro punto de vista. Una serie de caserones de lámina, oscuros, tenía la apariencia de una fundidora. Más adelante, mi curiosidad turística no llegaba a tanto como para interrogar a Eligio o a quien fuera sobre qué eran exactamente aquellas enormes instalaciones que parecían, por lo demás, una fábrica de cemento. Por pereza o falta de interés me abstuve muchas veces de preguntar por alguna calle en alguna ciudad desconocida; prefería indagar por mí mismo o perderme al azar. Finalmente, las cosas siempre se iban dando por sí mismas. Era mejor imaginarlas, apreciarlas, reconocerlas en su ambigüedad posible.

—Es que nos metimos en unas casas a medio construir —me seguía diciendo Eligio—. Y allí discutimos con un tipo.

No le seguí la plática para no darle la impresión de que nada más le estaba siguiendo la corriente y porque pronto vimos hacia los lados gente en la calle, grupos de personas sin prisa, mujeres y niños que salían de la iglesia y, un poco más adelante, varios autos estacionados de capitalinos que venían a ver el centro ceremonial.

Supuse más tarde, cuando caminábamos entre los caseríos reconociendo el sendero que ascendía, por la tierra plomiza y una pequeña figura de cariátide de arena petrificada que vendía un chamaco, que seguramente los caserones de la entrada eran una fábrica de cemento. Todo era polvo. Nadie traía los zapatos o los pies sin polvo, el pelo, la cara. Flotaba un olor muy penetrante que de repente se desvanecía, como si tuvieran en el pueblo problemas con el drenaje.

Trepamos por la brecha hacia las cariátides. Las había visto en tarjetas postales. Sobre un promontorio se alineaban varias columnas. Y luego las alargadas figuras, mucho más altas de lo que las imaginaba: los Atlantes.

—¿Una casa semiconstruida? —le pregunté.

—Eran dos casas, por las afueras de Tijuana. Abandonadas. Tenían el techo color ladrillo, de tejas, un poco cónicos, redondos, como sombreros de paja chinos, muy bonitas si las hubieran terminado. Sin pintar, las paredes de concreto. Y eran, decían, de unos camaradas muy conocidos allí, que estaban en la cárcel de Tijuana, por eso no las habían terminado de construir. Eran de unos hermanos, contrabandistas. Los Brothers, les decían.

—¿Burros o mañosos...?

—De todo, le hacían a todo. Muy gruesos.

—Oye, no nos vaya a agarrar la lluvia... más adelante.

—Total...

Volvimos al Volkswagen, luego de descender la colina de tierra suelta y comprar un cenicero de arena dura con la cariátide de Tula. Abajo resonaba un altoparlante. Se dedicaban canciones. Empezamos a salir lentamente de Tula, a medida que se diluía hacia atrás o se modulaba mejor por la distancia la letra de un corrido...

Traían las llantas del carro
repletas de yerba mala
eran Emilio Varela y Camila la Texana

Salimos de Tula. Conducíamos siempre hacia el norte; nunca virábamos a la derecha y seguía atardeciendo. El terreno se definía plano por todos lados, terso y amplísimo, horizontal, como una laguna seca. Yo creía que los valles eran hondonadas inmensas, desfiladeros con mesetas aisladas en el fondo, rodeadas de montañas, tal vez por la V de valle o por aquello de qué verde era mi valle si se contemplaba desde arriba. El caso es que a lo lejos se perdía el horizonte o se nublaba, una especie de pampa circular. Al margen de la carretera corrían caminos de terracería que curveaban hacia el monte. El cielo volvía a ennegrecerse.

Por no sé qué asociación de ideas o colores o por una de esas ocurrencias que le vienen a uno cuando maneja en carretera, sobre todo si el camino es soso y rectilíneo, pensé en el sistema de orientación que utilizaban los pilotos de caza japoneses durante la guerra del Pacífico: se basaba en la disposición de derecha a izquierda de los números de la carátula del reloj. Y se lo contaba a Eligio.

—Al frente son las 12, a mi izquierda las 9, a la derecha las 3. Y atrás, claro, las 6. Por ejemplo aquí, como a las 2, tenemos que doblar hacia Pachuca, o hacia Ixmiquilpan, no sé. ¿Ves? Acá, como a las 11, está esa vaca.

Poco a poco nos fuimos adentrando en el siguiente pueblo. No lograba saber si era Ixmiquilpan. Esperaba que algún indicio, por mínimo que fuera, nos indicara que íbamos por el rumbo correcto. Apenas recordaba que desde allí las aguas negras regresaban a la capital convertidas en chiles, jitomates, cebollas, lechuga... y se completaba así, generosamente, el ciclo de la vida y los desechos.

En medio de la calle, extraviados, sin saber exactamente en qué parte del mundo nos encontrábamos, se nos acercó un anciano y golpeó el cristal de la ventanilla: los ojos inyectados, extendiendo la mano. Cerré la ventana, sin discreción, disminuyendo a la vez la marcha debido a la cantidad de gente que se arremolinaba en torno al carro. Nos miraban con burla, sarcásticos. Algo me decía el anciano que no entendí muy bien.

—¿Qué dijo?

—Mejor no lo veas.

—Oye, por aquí no hay salida a Pachuca. ¿Por dónde? Carajo.

Unas mujeres salían de la iglesia. En la plaza, los vendedores levantaban sus puestos o los cubrían con plástico transparente. Una botella se estrelló de pronto en el cristal trasero. Di un arrancón como por acto reflejo, pero no por muchos metros. Parte del grupo se abrió gritando; nos mantuvimos quietos, otros campesinos se replegaban hacia la banqueta. Vimos entonces que en la esquina de la plaza estaba un Valiant estacionado, gris plateado. Sobre la puerta del volante se recargaba un hombre de guayabera, comiendo cacahuates. Adentro, en los asientos de atrás, asomaban otros dos tipos con sombrero, y de las ventanillas salía un par de armas largas. Un letrero azul añil cruzaba de lado a lado y horizontalmente las puertas laterales: POLICÍA. Los del Valiant nos miraban, tranquilos. Uno de ellos sonreía. Era domingo en la tarde.

Con la mayor naturalidad del mundo preguntamos al fin por la carretera a Pachuca. Un muchacho nos indicó que regresáramos por donde habíamos llegado, que diéramos vuelta en donde terminaba la plaza. Como las patrullas texanas de las películas, en dos movimientos y no en tres como suele hacerse, puse reversa, aceleré respetuosamente y retomé la calle por donde habíamos entrado. Yo sentí que hacíamos bien: el rumbo era hacia el oriente, no andábamos mal encaminados.

Empezamos a recorrer al pueblo transversalmente. Un caballo sin dueño nos dio el paso. A medida que avanzábamos me detenía preventivamente en las bocacalles y luego aprovechaba la inercia del carro para seguir adelante. En la próxima bocacalle, exactamente a las 9 y a una cuadra de distancia, apareció súbitamente el Valiant plateado, con su letrero azul añil, y los tipos dentro. Eligio no parecía darse cuenta de nada. De vez en cuando tomaba un trago de su tequila. No hablaba. Fijé la vista hacia enfrente: a las 12 en punto de nuestra imaginaria brújula japonesa, hacia la segura salida salvadora que nos esperaba en algún lugar distante.

—Oye —me dijo—. Mira.

—Sí. Son los mismos.

Los veíamos a cada bocacalle, del otro lado, a cada cuadra. Nos manteníamos en una dirección fija, anhelando la carretera, y en cada bocacalle, a mi izquierda, a las 9 en punto, volvíamos a ver el Valiant plateado. Y las letras azul añil de su letrero.

Paulatina y desenfadadamente nos íbamos alejando hacia el descampado. El Valiant parecía escoltarnos, seguirnos hasta las afueras, paralelamente, por las bien trazadas calles del pueblo.

Al tomar la carretera a Pachuca: silencio, sólo se escuchaba el ronroneo del auto que yo provocaba con el acelerador y sentía como una vibración de mi cuerpo.

—¿Cómo dices que decías?

—Nada, nada.

Veía por el espejo retrovisor. Nada, nadie a las 6, me decía a mí mismo, sosegado. A pesar del cristal astillado pude distinguir los faros de un camión de carga que lejos de aproximarse e intentar rebasarnos iba perdiendo distancia respecto de nosotros. Eligio bebía, ensimismado. Me pasó la botella.

—Mira —le dije—. Allá, como a las 10, en la plaza: el reloj de Pachuca.

Encendí las luces. Sólo de vez en cuando ponía a funcionar los limpiaparabrisas. No se decidía del todo la tormenta. La plaza estaba vacía. Seguimos sin detenernos hacia el sur. Pocos autos circulaban a esas horas por la carretera.

—Y es que le hicimos algo más que asustarlo.

—¿A quién?

—Al tipo.

—Ah.

Más de una hora después nos reintegramos a la ciudad por la entrada de los Indios Verdes. Eligio hablaba menos que antes. No se me ocurría decirle nada.

Y es que le hicimos algo más que golpearlo —dijo, poco antes de que lo dejara en una esquina del centro.

Entré en el departamento con la cariátide en la mano. La puse en la mesa. Me eché en el sillón, sin poder leer, fumando, sin hacer nada. Salí a caminar. En la pizzería de enfrente pedí una empanada y un café negro. "Más que golpearlo...", pensé.

Volví a casa: la cama destendida, los trastos sucios en la cocina; fragmentos de cascarón de huevo se pegaban a la pared, secos.

No podía dormir. Sentía los latidos del corazón en los tímpanos. Me volvía sobre la almohada. Se agolpaban en el interior de mis ojos cerrados, apretados, la mirada vidriosa del anciano en la plaza de Ixmiquilpan y el cristal de la ventana astillado, el par de casas de techos cónicos en las colinas de Tijuana, el pedazo de pizza rancia. Quité una de las cobijas. Me puse bocabajo, contra el colchón, metí la cabeza debajo de la almohada, y dejé caer el brazo hasta la alfombra. Sentí entonces algo con lo que tropezaba mi mano: una cinta de cuero, pequeña, la hebilla de un zapato, un tacón alto de mujer. Me aferré a las correas, busqué el otro zapato, sobé las suelas. Como si fuera el empeine, mi mano entró por donde antes salían los dedos de Laura, su pie, mis dedos, sus uñas sin pintar, sus pies sin medias. Entrelacé mis dedos en las correas y los apreté profunda, temblorosamente en la oscuridad.