Nota introductoria

 
 
 

 

Dicen que el mejor prólogo es el que no se escribe. Desde luego con Aline Pettersson es debido y justo, dada su rebelión de alas creadoras, el aire y la luz en el cerebro, los cautelosos y deslumbrantes pasos interiores de la inteligencia. Sabe de palabras exactas y de ráfagas, de resolanas o huellas de la fugaz estrella que miramos en la carretera. Leerla es aquel placer de oler el perfume de la abuela que olvidó en un rincón del ropero: alhelíes, no, heliotropos, sí. Pegado el tapón con cera de París y encima un listón en moñito, prodigiosamente nuevo.

Creo que en México no existe otro escritor como ella, que tenga el don de darnos en un cuento breve el resumen de las obras leídas, de los designios inolvi­dables que nos han hecho levantar los ojos para per­cibir mejor el aliento. Si hablo de Virginia Woolf casi peco de pueril, mas no tengo otro remedio que caer bajo el recuerdo de sus diáfanos aromas que Aline me regresa, los jardines minuciosos y vivos, palpitantes. Es en mí una fijación áurea compararla; quizá sea la elegancia y el misterio debajo de la taza de té, de la hoja de la violeta, del paso de la mirada intempestiva y reveladora.

Y en ese vaivén está arraigada la fuerza del relato construido con hilos y agujas invisibles, como si escribiera la autora la intocabilidad del deseo o del desgarramiento. Tras el tacto y el sabor yace el significado, como el erotismo secreto de Henry James, o los terrores de Edith Wharton.

Los prólogos poseen además el ingrato adelanto del estreno. Allí va el indiscreto arrebatándole el sortilegio a la historia. Pero Aline vuelve a cruzar el cielo dejando la estela transparente de un avión rumbo a alguna parte mágica anhelada, y por eso escribo este papelito para que usted no deje de mirar lo que ella desde arriba como un Orlando observante. “Las moscas y la leche”, que es siempre el amor, el signo-sino de la escritora; “Un buen tema”, confidencia de una creadora condenada a olvidar; “Secreto sellado”, tan cruel como irse muriendo a pedazos con arsénico en gotas, y “La otra historia”, que si la platico se me seca la lengua para siempre jamás.

La literatura de Pettersson es intemporal, de le­janía, enhiesta y juiciosamente encantada, ilustrada, que la hace asomarse, también, a la eternidad de los mitos. Hay detrás un temblor temible, una especie de pavura apenas perfilada, mas queda flotando en la memoria el perfume de un pebetero, prosa de sembradío a cosechar. La distingue la originalidad insólita, su poder de concreción para que el lector crea de principio a fin su contaduría de hechizos y soledad. Va, qué duda cabe, más allá de la mirada, más allá de las palabras.

 


María Luisa Mendoza

Septiembre de 1994