Con alas blancas

 

Fue a finales de los años cincuenta cuando salí por primera vez de mi pequeño pueblo. Y aunque regresé y volví a salir muchas veces —hasta que hice el viaje sin retorno— en esa primera vez creí que ya nunca iba a volver o que si regresaba otros iban a ser mis intere¬ses. Por lo tanto, recuerdo que regalé mis pertenencias: lo más importante para mí eran una yegua y un burro que le doné a mi hermano, el que me seguía en edad; a otro le regalé mi único libro que poseía: Corazón, diario de un niño y un rifle viejo que sí servía; a alguno más mi colección de patoles de colores y una petaquilla enorme de madera. Todo porque la tradición familiar dictaba leyes inquebrantables: el primogénito debía abandonar la casa y los campos donde había nacido y había crecido para que estudiara los números y supiera sobre la medición de las propiedades, para que supiera hablar con propiedad y escribiera y contestara cartas, para que conociera las leyes y supiera de litigios. Y para eso había que irse lejos: a la ciudad de Zacatecas, a Guadalajara o a algún lugar más distante como la ciudad de Chihuahua.

A través de cartas y giros postales, los preparativos para mi viaje habían empezado muy al principio del verano. Y aunque yo veía muy lejano el día para partir, pronto llegó el otoño y para entonces ya casi todo estaba preparado.

En la larga lista de objetos que cada alumno debía llevar consigo al ingresar al internado, había uno que consistía en un colchón individual, y se especificaba que éste debía estar hecho de lana de borrego blanco o de plumas. Sin embargo, eso no planteaba ningún problema, ya que en la casa había la costumbre de trasquilar las alas a la parvada de patos igual que si se tratara de los borregos, y las plumas les volvían a crecer; o se guardaba en un costal todo el plumaje de los que se sacrificaban para comer su carne. De aquí salió el mullido colchón que confeccionó mi madre. “Para que cada vez que te acuestes te acuerdes de tu madre”, me dijo.

El largo viaje desde Zacatecas hasta Chihuahua con semejante estorbo se tenía que hacer. En ese tiempo duraba dos días, pero a mí se me hizo lento y eterno. Pero no me debo adelantar.

Llegaba el día para partir. Una tarde inolvidable me fui a despedir de mis abuelos, de mis tíos y de mis primos. De mis amigos. De los vecinos. De mi maestro de primaria. Y yo sentía que todo el mundo ya me trataba como a un extraño, que ya no les pertenecía, pues se dirigían a mí con un respeto desconocido, con una distancia que en ese momento empezó a crecer, sin que yo lo supiera entonces. Muy temprano en la mañana, en el único camión que en ese entonces pasaba por el pueblo, saldría con mi padre para la ciudad de Zacatecas. De ahí tomaríamos el ferrocarril. De pronto, una confusión de sentimientos me volvía los espacios de mi casa, los corrales, las huertas, las calles del pueblo y las montañas en la distancia, todo como un lugar desconocido, pues tenía muchos deseos de irme y estaba feliz porque iba a conocer ciudades grandes y modernas, pero al mismo tiempo me daba miedo, qué tal si mientras estaba lejos se moría alguno de mis padres, o uno de mis hermanos, o mis abuelos. Y porque no estaba seguro de poder aguantar tanto tiempo sin verlos. Mi destino estaba en un internado de la remota ciudad de Chihuahua. Más allá de los desiertos del norte de nuestro estado.

Y esa excitante mañana, miraba por la ventana del autobús que el pueblo se iba haciendo chiquito hasta que por fin desapareció. Arriba del techo iba mi maleta y mi colchón nuevo enrollado, bien atados con lazos y cubiertos con una lona por si nos agarraba el agua en el camino. Cruzamos muchos campos de maíz y de trigo ya maduros antes de llegar a Jerez y luego a la ciudad de Zacatecas al mediodía.

Una hora más tarde, sentados sobre mi colchón enrollado, a medio andén de la vieja estación, de cantera y rejas de hierro negro, esperábamos el tren, yo con mi sombrero puesto, pues yo sentía que era parte de mí, que había nacido conmigo, por eso no lo quise dejar, a pesar de que mis hermanos y mi madre insistieron. Mi gusto no tenía límites, pues iba a ver el tren por primera vez en mi vida.

Repentinamente el ferrocarril llegó silbando y echando gruesas nubes de humo. Se arrastraba como una larga serpiente negra entrando al túnel de la estación. Los fuertes silbidos hacían cimbrarse al viejo edificio y sus fierros y vidrios. Venía repleto. La mitad del viaje lo hice en un pasillo y sentado sobre mi colchón de plumas.

En la tarde comenzamos a cruzar el desierto. Eran los últimos días del otoño y parecía como si el cielo azul empezara a enfriar la tierra. Nubes de pájaros negros cruzaban muy rápido y muy arriba, espectacularmente, los amplios valles. Mi padre me decía que se alimentaban de semillas en el desierto. A lo lejos solamente se veía un hilito azul de montañas y luego otra vez el inmenso cielo. El viento no tenía hojas secas que arrastrar, sólo el polvo que se metía por las rendijas de las ventanas y de las puertas y luego a mis ojos y me hacía llorar sin tener ganas. Y, después, el atardecer rosado a la hora de la puesta del sol me hacía pensar en las tibias sementeras del rancho de mis abuelos.

Pasamos por muchas ciudades y pequeños pueblos a la orilla de las vías del tren, y éste se paraba en todos. Subían y bajaban gentes que hablaban con diferentes entonaciones a las nuestras. Pero el recorrido nocturno fue un espectáculo grandioso: un desfile interminable de luces de colores. Y lo más hermoso y mágico era ver las antenas de las radiodifusoras, largas, en los valles o sobre las montañas, salían en medio de las ciudades, como plantíos de espigas de focos rojos. Eran las antenas de las radiodifusoras cuyas señales recibía el radio de madera que se encontraba en la sala de mi casa. El radio junto al cual pasábamos muchas horas de nuestras vidas, sin hablar, casi religiosamente, pues a través de él entraba en nuestros oídos el resto del mundo, el mundo desconocido y lejano, casi inalcanzable. El radio que solamente podíamos escuchar las primeras horas de la noche, ya que ése era el único tiempo que la planta eléctrica del pueblo funcionaba.

Como llegamos a la ciudad de Chihuahua al anochecer, nos hospedamos en un hotel cerca de la lujosa estación. Mucho tiempo antes de dormirme lo pasé frente a la ventana de nuestro cuarto, a oscuras; miraba hacia una ancha avenida por donde subía y bajaba un río de coches, y todas las luces de neón de la ciudad prendían y apagaban, se escurrían sobre los anuncios o desfilaban sobre los techos, anunciando productos o lugares desconocidos para mí. Eran las señales de una larga cadena de signos que esperaban ser descifrados, dar su mensaje.

A la mañana siguiente, después de desayunar, un taxi nos llevó hasta las puertas del instituto. En un amplio vestíbulo esperamos a que el rector nos recibiera. Y cuando estuvimos frente a su escritorio trató a mi padre como si ya lo conociera, como si hubieran sido viejos amigos. A través de una larga serie de cartas y giros postales, enviados desde las oficinas de correos de mi pueblo, habían hecho nacer esa amistad.

Mientras mi padre y el rector hablaban, un prefecto y el que después supe que era el jardinero me llevaron a mí, a mi colchón enrollado y mi maleta, a través de una serie de pasillos de un edificio cuyas largas ventanas daban a un precipicio. En el fondo corría un delgado hilo de río de aguas sucias. A lo lejos se veía un puente de hierro negro, donde ahora iba entrando un tren. Pareciera que la escuela estaba vacía si no fuera porque de los otros edificios escurría un murmullo como de panal de abejas, de olla hirviendo, de una gran máquina misteriosa que estuviera triturando frases, oraciones, exclamaciones. Una máquina que estuviera transformando niños en hombres sabios, conocedores de la vida y del mundo. Y esa máquina despidiera un olor de virutas de lápiz y goma de borrar. Esa semana habían comenzado las clases.

El jardinero desenrolló mi colchón sobre una de las camas de madera del centro del dormitorio y se fue. El prefecto me entregó la llave de una cómoda también de madera que estaba en la cabecera y me dijo que ahí acomodara mi ropa. “Y quítate tu sombrero. Guárdalo ahí como un recuerdo de cuando llegaste. Si no quieres volverte el hazmerreír, no se lo muestres a nadie”, me dijo. Luego me dio las tres piezas del uniforme del colegio para que me lo pusiera antes de llevarme a presentar a mi grupo y a mis maestros.

Cuando me dio esas ropas tan gruesas sentí que se me venía encima el invierno. Del desierto llegaban esos lengüetazos de aire helado que recorrían y circulaban el colegio y esta ciudad entera. El mundo se había vuelto hostil, oprimente, tanto cambio drástico al que no estaba acostumbrado hacía más grande mi sensación de acabar de entrar a un lugar extraño. Me sentía como un caracol o una tortuga fuera de su concha; mis miembros estaban desgastados y débiles.

Me desnudé y, antes de ponerme el uniforme nuevo, me senté por algunos instantes sobre mi colchón de plumas blancas, hecho de cientos de alas que habían volado, que habían cruzado ríos y charcos hondos, alas que se habían movido en muchas dimensiones. Alas que habían estado henchidas por el viento de mi pueblo, por el agua de sus ríos, por mi tierra, por el fuego de la vida. Me tiré repentinamente sobre mi nueva cama, sobre esa superficie suave, amable. Mi cuerpo desnudo era como una larva a la cual le estuvieran creciendo sus alas. Entonces me di cuenta de que había salido de mi pueblo, que había huido de los míos sobre alas blancas, para caer en ese colegio para varones que era como un nido. Y los encuentros y desencuentros que sobre ese campo de plumas se dieron, son motivo para otra historia.