De Las aguas derramadas

 

También hay inviernos fértiles
 

Para Eloísa
 


Cuando el amor se manifiesta por primera vez en cualquiera de sus formas, es siempre el mismo problema para todos los hombres. Pero la manera de enfrentarlo es diferente. Hay criaturas que traen en el corazón brújulas enloquecidas, extrañamente orientadas, que los obligan a tomar por caminos desconocidos para luego ahí abandonar sus almas a desoladas y terribles contemplaciones, apartándose trágicamente de su objetivo original.

Nuestra historia comienza con este invierno que ha sido el más frío y el más largo en el colegio. Casi con las hojas de los árboles cayó también la nieve. Las aves que presurosamente viajaban hacia el sur se detenían a descansar en las ramas de los gigantescos álamos cultivados en el jardín trasero, hasta que las hojas —desprendidas por el viento durante la noche— eran barridas, amontonadas y quemadas antes de que el sol saliera. Las gruesas columnas de humo blanco que se elevaban suavemente hacían que las aves emprendieran otra vez su prematuro vuelo.

Después de una noche fría, en la mañana el sol ya no salió. Todos los alumnos dejamos los dormitorios y asistimos bien arropados a clases. Y como a la una de la tarde, desde nuestros salones, vimos las primeras plumas de nieve bajar rompiendo apaciblemente las capas de aire y caer sobre el pavimento negro de las canchas de basquetbol o acomodarse en todos los lugares disponibles de los edificios. Bajamos al patio gritando, mirando al cielo blanco, dejando que los copos de nieve nos resbalaran por la cara. Mientras los frailes, desde las escaleras, nos invitaban a que saliéramos a la calle.

Ningún alumno se quedó en el colegio aquella tarde, excepto tú. Todos salimos bien abrigados con nuestras boinas, guantes de estambre y orejeras de terciopelo; armados con botes viejos de hojalata, con cacerolas agujeradas, tapaderas y palos; haciendo —con los gritos y porras que se ahogan entre el escándalo metálico— que la gente del barrio saliera a sus jardines, que los viejecitos, desde adentro, pegaran la cara a los cristales de las ventanas para mirarnos pasar, sin dejar de sonreírnos; que los niños del barrio se nos unieran en la manifestación de regocijo por la llegada del invierno.

Regresamos al colegio cuando el piso de las calles ya estaba cubierto por una fina capa de nieve y toda la naturaleza a nuestro alrededor ya tenía la primera mano de los brochazos del invierno. En el zaguán sacudimos nuestras gorras y nuestros abrigos para dirigirnos al comedor. Y más tarde, desde las ventanas de la sala de estudio, miramos a la ciudad envuelta en un vaho gris, que se iba borrando a medida que el tiempo transcurría y nos quedábamos como a la deriva en las inclemencias del invierno.

Desde esa tarde ya nadie entró ni salió del internado. Nos dedicamos en cuerpo y alma a tomar las clases en los salones entibiados por los calentadores eléctricos, a comer, a sentarnos en las tazas heladas de los baños, a leer y a hojear libros de estampas en la biblioteca; a jugar en las noches, por equipos, juegos de mesa; a esperar esas horas largas para irnos a dormir... Todo parecía tan aburrido aquí adentro, que no soportabas mirar hacia los vidrios de las ventanas —desde cualquier lugar que estuvieras— y, por la tibieza interior y el frío de afuera, llenarse como de lágrimas de agua, las cuales de repente se resbalaban culebreando sobre la superficie, arrastrando con ellas otras gotas. Todo el invierno nos viste hacer esto: nos parábamos frente a las ventanas y con un dedo escribíamos nombres sobre los cristales, jugábamos gatos, dibujábamos paisajes que al poco rato ya eran ilegibles, hasta que las superficies se cubrían de gotas nuevamente y continuaban con su constante lagrimeo. De vez en cuando te parabas para frotar una parte del cristal con una de las mangas de tu abrigo. Y contemplabas por largos ratos los álamos cercanos, cuyas ramas más inclinadas, las que estaban casi horizontales, retenían la nieve que no cayó al suelo, que se empezó a derretir y las gotas y chorros pequeños que escurrían se quedaban paralizados, suspendidos, como cristalizados en el viento. También ese paisaje contenía un hermoso pájaro verde, excepcional, que acurrucado en el hueco que formaban dos ramas, miraba tal vez a nuestra ventana, con sus plumas erizadas; quizá perdido, olvidado por la parvada, se dejaba morir lentamente en esos días helados sin poder hacer nada. Tú dejabas ese paisaje que de seguro te deprimía para pasear la mirada por las canchas de basquetbol. Y después de un buen rato me preguntabas: “¿Quién ganará el próximo campeonato? ¿Quedaremos otra vez empatados el equipo de Gilberto y el mío? ¿Ganará él?”.


Tal vez la impresión, el miedo a los pensamientos que se van aclarando, las deducciones que a cada momento que pasa son más convincentes, todos los recuerdos, el dolor —el arrepentimiento no, porque no lo conoces—; todo esto hace que tú no llores, como los demás, porque nuestro amigo Gilberto está para siempre encerrado en ese ataúd blanco, y su rostro, que vemos a través del cristal, con un hilito de sangre ya negra entre la nariz y el labio superior, es transparente como la cera.

Estás parado y muy tieso en la cabecera, haciendo guardia junto con otros tres compañeros que a cada hora son relevados por otros tres. Sólo tú permaneces aquí, porque el padre director había dicho que, siendo tu amigo inseparable, ahora debías acompañarlo hasta la última morada. Tal vez sea éste tu mayor castigo. Y con tu cara seria estás mirando ahora el féretro, después los cuatro cirios, luego las coronas que a cada momento son más, que recargan en las paredes y despiden este perfume fresco, solemne, que se mezcla al de los cirios cuyas flamas oscilan sólo cuando la guardia se retira o alguna otra persona se acerca. En estas interminables horas de vela recuerdas los momentos vividos con Gilberto en este internado para varones, al cuidado de frailes, sobre una de las lomas más altas de las que rodean la ciudad de Chihuahua. Revives en tu mente el rostro colorado —cuan diferente al de ahora— y rociado por el sudor, cortando el aire en las canchas de basquetbol a toda velocidad.

También recuerdas que a veces, sin que tú supieras ni cómo ni por qué, sólo obedeciendo ciegamente a un cruel instinto que tienes desde que eras pequeño, te parabas dormido, recorrías gran parte del internado y despertabas en su cama, junto a él. Sí, Gilberto te sonreía y después regresabas a la tuya para vestirte. Y bajabas a desayunar mientras te deshacías en mil conjeturas, buscando la razón o justificación de ese fenómeno, de esa cosa que cada día te atormentaba más por la burla que provocaba en los otros, nuestros compañeros, los cuales no entendían nada de lo que te estaba pasando. Mientras tanto, a ti ese vagar nocturno se te iba volviendo una costumbre incontrolable. A nuestras preguntas decías que andabas a solas, como recorriendo interminablemente una catedral: oías el eco de tus pasos botando entre los pilares y las naves, veías la luz de colores escurrir derretida de los vitrales, escuchabas tus pisadas sobre la escalera de piedra de sus torres, sentías el viento desgarrarse en las puntas filosas de sus pináculos, mirabas al sol embarrado sobre las paredes irregulares de sus campanarios.

Esa cara sin expresión no es la de Gilberto. En estos momentos sientes ese límite que hay entre los recuerdos que se tienen de una persona viva y los que se tienen de una persona muerta; la transformación que éstos sufren, como que ya no pertenecen a la realidad, sino que parecen venir de un sueño muy distante, velado. ¿Dónde está la sonrisa que tenía aquel viernes —la noche de un día caluroso de junio, en esta ciudad de los climas extremosos, aquellos días ardientes, de deseos latentes e insatisfechos, cuando a la hora de la siesta veíamos desde aquí la ciudad en un constante temblor, bajo un inquieto y endiablado espejismo— cuando tú, él y yo entramos al “Cilindro”, aquel cabaret situado sobre la avenida ancha, llena de nardos rosas y blancos, que termina en la estación del ferrocarril? ¿Dónde está la otra sonrisa, la que tú creíste burlona? Porque cuando salimos del “Cilindro” él no comentó nada, ni te preguntó por qué, no te pidió ninguna explicación. Se limitó a caminar mirando el suelo, sonriéndose, quizás repitiendo para sí la última frase con la que lo había desengañado la prostituta en el cabaret. Mientras tú, caminando un poco más adelante de nosotros para evitar que te viéramos a la cara, no sabías qué comentar, no podías reclamarle y decirle que su silencio te incomodaba, te ofendía, era humillante, te tenía al borde de la locura. Porque no sabías qué teoría en esos momentos estaba comprobando. Sólo comprendiste que ésa había sido la hora de la maldita verdad.


...Te quedaste parado entre la puerta y la sinfonola, la cual tocaba sin descansar danzones muy animados. Gilberto siguió caminando hasta un rincón caluroso y tomó asiento en una mesa donde había dos muchachas no muy jóvenes; las dos eran morenas con el pelo teñido color castaño. Empezó a platicar con ellas. Fumaban. Se veían animados. Y después de un rato sacó a bailar a una de ellas. Tú lo viste, sin que él lo hiciera, cuando la confianza que se tomaron fue obvia, en una conversación seguramente trivial, pero matizada por el mutuo regocijo; hasta que se perdieron entre las otras parejas que también bailaban despacio y muy juntas. Tú sabías que él se sentía observado, que estaba como actuando para ti.

—Quiero que me hagas un favor —le dijo Gilberto.

—Yo no hago favores; pero depende, si me conviene —le contestó sonriendo la muchacha.

—¿Cuánto? —preguntó el.

—Tres mil del águila.

—Que sea menos...

—No, mijito. Tú tendrás tu carita muy bonita, pero yo necesito la lana. Una está fregada y ustedes son riquillos.

—Bueno. Está bien, pero el negocio no es conmigo —Gilberto la hizo dar una vuelta rápida y se quedaron parados—. ¿Ves al muchacho que está parado entre la puerta y la sinfonola?

—Sí.

Y ella se había quedado mirándote por algunos segundos.

—¡Que no te vea!

Y siguieron bailando.

—Pues quiero que lo saques a bailar y te lo lleves.

—¿Que me lo lleve yooo...?

—Así es. ¿No comprendes? Es un muchacho que... ¿Cómo te dijera? Siempre... No sé... Pero de todos modos yo te pago, yo te voy a pagar. ¿Ya? Míralo ahora; se está aburriendo. Mientras —Gilberto señaló con un dedo hacia donde estaba la otra muchacha—, yo bailo con tu amiga.

—Okey —aceptó la muchacha.

Gilberto bajó el escalón de la pequeña pista e invitó a bailar a la otra muchacha. Entre tanto, la primera mujer se fue derecho hacia donde tú estabas. Y él, desde la pista, no dejaba de mirar hacia donde la muchacha intercambiaba palabras contigo. Luego, optimista, con la alegría del que sabe que le van a dar una sorpresa y que lo único que tiene que hacer es esperar, se volvió a perder entre las otras parejas e hizo que se olvidaba por un momento de ti.

Después de dos melodías que habían bailado, Gilberto invitó a su pareja a tomar una copa en la barra y, para su asombro, se encontró a la primera muchacha sentada también frente a la barra, tomando sola. Gilberto le puso una mano en el hombro y le preguntó impaciente:

—¿Qué pasó con mi amigo?

Ella dio un trago a su bebida, con una sacudida violenta se deshizo de la mano que tenía en su hombro y sin voltear a verlo solamente le contestó:

—No me estés chin-gan-do.


Sentado sobre el tapete de la sala de estudio y frente a las grandes ventanas que dan a la calle, tu tiempo transcurre entre miradas a las láminas del libro que hojeas entre tus piernas y largos ratos de contemplación al sol amarillento, del cual apenas se distingue una masa redonda y viscosa, que salió hoy por primera vez en muchos días. Y ese sol al fin se hunde entre los picos de las cordilleras al otro lado de la ciudad, cuyas crestas y pliegues todavía se encuentran completamente cubiertos de nieve ya sólida, que cayó desde el principio de la temporada y aún se defiende del deshielo que provocan estos aires barredores de febrero, que comienzan a derretir también las pasiones dormidas. Los últimos resplandores de oro que las montañas reflejan en los altos muros —casi lisos— del internado, te ciegan y te impiden ver, abajo, a la ciudad irse perdiendo entre las sombras de la tarde. Ya que los muros de la escuela, por estar situada en la loma más alta de las que circundan la ciudad al este, son los primeros en recibir los rayos del sol al amanecer y los últimos al ocultarse. Recorres con la vista el río que divide la ciudad en dos hasta convertirse en la barranca que marca el límite del colegio; luego cuentas los puentes que comunican las dos mitades para terminar con el más cercano, el puente de hierro negro por donde los trenes cruzan el río, y cuyo ruido llega hasta nosotros cuando estamos en clase, ya en la cama o jugando basquetbol en las canchas amuralladas con tela de alambre cubierta de enredaderas. Y es entonces cuando suspendemos el partido para irnos a pegar a los alambres y ver pasar el tren carguero larguísimo, casi interminable, con muchos hombres que caminan y corren sobre los vagones en movimiento, sin perder el equilibrio.

El hecho de que en el internado nunca se tome la lista de asistencia a clase fue la causa de que hoy nadie echara de menos a Gilberto. Dejas tus contemplaciones en la sala de estudio para unirte al asombro general que conmueve al internado. Todos los muchachos gritan o lloran, dicen que jamás en el colegio había pasado algo parecido. El pánico y el horror han hecho presa general. Ya nadie hace caso de nada. Todos los frailes están en los dormitorios y los alumnos amontonados en las entradas comentando: “Gilberto fue encontrado ahorcado. Uno de los mozos descubrió el cuerpo. Lo hicieron con una red verde. De esas que sirven para guardar los balones de basquetbol. Dicen que se la quiso quitar. Tiene la cara arañada con sus propias uñas. Y creen que lo mataron cuando aún estaba dormido”.

Subes al camión del colegio. Para esta ocasión está adornado con un moño de papel blanco en cada asiento. Vamos bien abrigados y enguantados. Nos hicieron ponernos el uniforme de gala. Es una tarde demasiado helada, hija de un día nublado. Mientras te acomodas junto a nosotros, en silencio, los vidrios de las ventanillas cerradas se empiezan a empañar por el aire que afuera acarrea el frío de los témpanos de hielo, que poco a poco se evaporan en las montañas. Sólo se escucha el ruido de las botas al contacto con el piso metálico del camión.

La carroza va adelante, la sigue el coche que conduce al general Aniceto López Morelos, padre de Gilberto, y a sus familiares que hoy en la mañana llegaron de su hacienda en Zacatecas. Luego otro carro en el que va el padre director y otros familiares: atrás los dos camiones del colegio. Vamos cruzando un largo puente escoltado por sauces escurridos y quietos. Ves, a través de los vidrios empañados que no te atreves a limpiar, el río cubierto de hielo y espuma que se extiende hasta perderse detrás de la colina en cuya cúspide, como un castillo medieval, se encuentra el internado y, al aire libre, en una meseta, las canchas escuetas y frías, donde el cielo gris, más bien descolorido, se rompe con los dibujos enmarañados que forman las ramas blancas de los álamos desnudos de hojas.

El tráfico se detiene, nos cede el paso y nos limpia la atmósfera de sonidos cuando atravesamos el centro de la ciudad, con su catedral de cantera morada, sus edificios modernos de cristal, grandes y lujosos hoteles, hasta que nos perdemos entre las calles largas, luego cortas, y giramos sobre glorietas con monumentos o sin ellos. Antes de llegar al panteón vimos pasar residencias de cantera carcomida y vieja, esos templos evangelistas, grises y húmedos, que imitan con sus vitrales y delgadas torres el estilo Gótico, y sus atrios sembrados de pasto un poco maltratado por la nieve y divididos por enrejados de elaboradas figuras; los jardines con sus fuentes rodeadas de pinos y cedros, cuyas ramas están quebradas por sostener, largo tiempo, pesadas cargas de hielo; andenes lodosos y bancas de granito heladas.

Ya a la entrada del panteón nos formamos atrás del féretro que cuatro frailes —con las capuchas cubriéndoles la cabeza— cargan solemnemente; luego una banda de músicos que estaban esperándonos. Emprendemos la marcha y atravesamos el cementerio hasta que llegamos a un rincón donde una fosa abierta en la nieve y la tierra húmeda, con un montículo al lado, nos aguarda. Caminamos escuchando la música y los llantos callados, casi suprimidos de la madre y las hermanas de Gilberto.


Al regreso de los funerales bajas tú el primero del camión, el cual se estacionó frente a la puerta principal del colegio. Te levantas el cuello del abrigo y, sin querer, miras la ciudad: los anuncios de neón corriendo y centelleando en la distancia, el alumbrado mercurial indicando la presencia de las grandes avenidas, los pequeños bosques apenas alumbrados en la orilla del río. Toda la ciudad te parece un lago fosforescente donde no se reflejan las montañas nevadas ni la colina donde está el internado, como que no acepta que sus cristalinas aguas sean el espejo del lugar donde un crimen se ha cometido.

Cruzas el pasillo por donde tú, yo y también Gilberto un día entramos por primera vez. Los tres somos zacatecanos y en este internado nos conocimos, nos descubrimos. Pero tú llegaste primero y como con una piedra labrada de nuestra catedral adentro de la cabeza. Subes los escalones despacio, acariciando los barandales de acero con tu mano enguantada y sientes el frío que traspasa el tejido. Te paras en el primer descanso y no sigues a tus compañeros que nos dirigimos al comedor, donde están puestas las mesas para la cena, sino que te quedas mirando la negrura de la cancha con sus hermosas cintas de pintura blanca, y cuentas con tus dedos los tres meses que no ha sido usada a causa de las nevadas y del frío que impide salir en pantalones cortos a jugar. Miras enfrente las montañas de donde escurren estas olas de aire, que te revuelven los mechones rubios que tu boina de estambre a rayas no alcanza a cubrir. Recuerdas que apenas hace cuatro días tú y Gilberto ya no habían podido resistir más el deseo de ir con el padre director y, en nombre de todos, preguntarle cuándo los dejaría usar las canchas. Y él les había contestado que a pesar de que ya no había nieve, el frío que bajaba de las montañas, aún nevadas, les podía causar una bronquitis; y no había necesidad de esas cosas. Sin embargo, ahora que te lo repites te parece tan lejano, como si los acontecimientos de estos dos últimos días hubieran ocurrido en años, en siglos, que te transformaron y que ahora te impiden comprender algo que tú ves al otro lado de una espesa muralla de pena, de rencor, de odio, de desamor por todo... Piensas que un funeral así es bonito, inolvidable, con coronas de flores blancas traídas de muy lejos, violines, trompetas y contrabajo. ¿Cómo estos instrumentos, que hasta ahora tú habías sabido que se utilizaban para provocar la felicidad, después eran usados para sentir más el dolor? Y tú lo comprobaste: cuando la melodía cambiaba compases, el llanto aceleraba, el dolor era más agudo, penetraba como un cuchillo. Sentías como tristeza, como envidia porque ese funeral no fue el tuyo.

Allí abrazaste la alegría, el dolor, el placer, la tristeza juntos; cómo una cosa ayudaba a sentir más la otra. Qué hermosos se escuchaban los violines en el panteón. Cómo la música, imposible de aprenderse a tararear de memoria, se deslizaba sobre los contornos de las tumbas de mármol y de cantera; cómo subía a las copas de los árboles y bajaba; cómo era su contraste con el sonido hueco que produjeron los primeros puños de tierra al caer sobre el ataúd, y el chirrido de las palas introduciéndose en el montículo de tierra húmeda para ser depositadas en la tumba. Sonríes cuando te convences que esos momentos son realmente los más bellos en la vida, porque crees que dejan un recuerdo bien aprendido por todos los sentimientos.

No vas a cenar. Pasas sin mirar al corredor y a los álamos de cuyas ramas cayó el pájaro verde que vimos a través de las ventanas, aquel día cuando nadie fue capaz de cruzar el frío del invierno para rescatarlo y ofrecerle algo de calor antes de que la nieve se lo tragara. Te diriges al dormitorio. Te sientas a la orilla de tu cama y miras la que fue de Gilberto. Hay algo de terror en tu cara. Te quitas los guantes, la boina, la camisa, los zapatos. Te bajas los pantalones y los dejas sobre una silla. Te hincas en el suelo y doblas la cintura hasta que tu cabeza toca el suelo, y ves debajo de la cama tu balón de basquetbol, lo acaricias con la mano derecha por unos momentos y luego te paras. Tú eres el único que tiene balón propio en el colegio; te lo trajeron de tu casa para la Navidad; los demás usamos los del colegio. No tenemos la satisfacción de siquiera tocar uno por mucho tiempo, porque están encerrados en el gimnasio. Tiemblas cuando se encuentra tu cuerpo semidesnudo entre las sábanas frías, casi húmedas. Y como que todo el dolor te llega de un solo golpe. Te retuerces como un gusano acabado de nacer, que apenas ha sido aventado a su pedazo de tierra. Lloras sin ninguna queja: el dolor y las lágrimas fluyen sin interrupción. Porque de alguna forma te has dado cuenta de que aquí y ahora acabas de tener ya la primera de una larga serie de pérdidas. Y con la amarga certidumbre de que eres un hombre diferente a partir de esta noche, cierras los ojos y te duermes después de muchas, muchísimas horas de no haber probado el sueño.


A la mañana siguiente comentamos lo que vimos muy de madrugada, cuando aún no había esperanzas del nuevo amanecer. En el colegio todos dormían, y la única señal de vida eran los focos encendidos en los pasillos, los reflectores sobre las canchas o el ruido de algún avión que volaba sobre la ciudad dormida, brillante y quieta. Y tú sin saberlo, sin sentir, sin quererlo, dormido y despacio saliste del dormitorio a los pasillos. Calculando cada paso, sin expresión en el rostro, con la mirada perdida, sin esperanza y fija en un punto que tal vez estaba en el centro de la cancha negra de hermosas rayas blancas. Con el balón de basquetbol en los brazos, bajaste las escaleras. Ibas semidesnudo y descalzo. En el centro de la cancha gritaste al tiempo que lanzabas el balón hacia el tablero, el cual se quedó oscilando ruidosamente. Corriste detrás de él y lo atrapaste para de nuevo tirarlo al otro tablero; hacías pases, creías oír un silbato marcando una violación a las reglas; una conmoción general. Sentías codazos en el estómago, manos que se interponían a tu paso y que estiraban tu ropa; te defendías de los atacantes imaginarios, de los partícipes de un juego atroz, sagrado, decisivo, en el cual tú solamente te defendías. De pronto todo se transformó en un llanto feroz, en un desahogo general que corría de tablero a tablero, emitiendo gritos desarticulados y horribles que hicieron a nuestros compañeros, que no estaban observándote desde el principio, despertar y, castañeándoles los dientes, vieron por las ventanas a un fraile en pijama salir corriendo y dirigirse al centro de la cancha, donde te encontrabas tirado sobre el balón, como si lo quisieras estrangular, en un acto lleno de ira y amor. En esos momentos no pude escatimar una lágrima por tu desdicha —que bien supe disimular delante de los otros—, así como no las evité por la desgracia de Gilberto.

El fraile te tomó de un brazo y automáticamente obedeciste. Sollozando te paraste. Él recargó tu cabeza en su costado y los dos juntos, despacio, cruzaron la cancha, subieron las escaleras y te dejó, otra vez, durmiendo en tu cama. El hermano había llevado a cabo tu rescate como si fuera algo cotidiano, que seguramente debía hacer muy seguido.

Tú sólo pudiste recordar que al acostarte habías visto y tocado tu balón rojo, y ahora para comprobarlo vas corriendo y lo sacas de abajo de la cama. Con él entre tus manos te das cuenta de que aún hay lodo fresco en algunas partes de su superficie corrugada. Lo tiras violentamente, como volviéndote loco de terror, arañándote la cara hasta hacerla sangrar, retorciéndote en el suelo y gritando: “¿Dónde está la red de mi balón? ¡La red verde, la red verde, la red...!”

Ya no sabes más de ti, no sientes cuando sales en una ambulancia de la cruz roja, y su sirena ensordecedora —anunciando que hay peligro, que lleva la muerte adentro, que nadie se le acerque—, baja rápidamente las lomas, atravesando junto con los aires de febrero el puente y la ciudad hacia el sur, como las aves que huían a tiempo del invierno.

Cargando con una culpa muy pesada y una verdad que en aquel momento no conocía, decidí irme del internado esa misma tarde y seguir estudiando en Zacatecas, en una escuela pública, para vivir con mis padres. Mientras empacaba mis libros de estampas —que tanto te gustaron a ti como a Gilberto— y guardaba mi ropa en la maleta, me despedía de todos los compañeros de clase, cuyos rostros inmediatamente asociaba a los de ustedes. Una secuencia interminable de recuerdos explotaba en mi cabeza: desde el momento en que todos nos hicimos amigos hasta las excursiones en verano a las montañas, las riñas y bromas en los salones de clase, los partidos de gala en el gimnasio, los paseos nocturnos por los barrios menos decentes de la ciudad, el velorio, la muerte.


Casi al final de un invierno también destemplado y frío, al despertar de mañana en una ciudad muy lejana y hermosa, de pronto reconocí horrorizado la cara de Gilberto y la cara de su amigo en las de otras amistades mías de una época tan diferente. Y aquella temporada ya perdida de mi vida, que permaneció muda, ciega y dormida por más de siete lustros, comenzó a despertar, a acercarse y a murmurarme primero muy quedito, y luego a gritos, a sacudirme ya de cerca —trayendo nuevos asombros y significados—, diciéndome con su voz, inequívoca y cruel, que en realidad yo nunca me había alejado del internado, que mi vida no era más que una prolongación de ese vagar de testigo solitario a través de las canchas y de los patios —del recreo y del juego— y los pasadizos y cámaras —del estudio y el misterio— de mi colegio, enfriados a lo largo de muchísimos fértiles inviernos. En esos momentos de revelación me preguntaba qué habría sido de ti; y llegué a la conclusión de que si habías muerto, ahora vivías en mis adentros.