Yalula, la mujer de fuego
 


No, no, nunca. Qué esperanzas. Aunque te diré que desde el principio, desde chiquita ya traía en el cuerpo las ganas de ser artista: me gustaba bailar; nomás oía música y me brincaban solas las patitas, dice mi mamá. Pero estábamos tan jodidos que no teníamos ni radio. Eso sí: siempre quise ser alguien en la vida. Doctora, por ejemplo. Y las cosas fueron llegando. Una cosa me llevaba a otra y otra y así cuando volteaba para atrás yo era la más asombrada. Me mareaba. Y a luchar para mantenerme en pie, sin pensar en lo que estaba pasando. Es duro, claro que es duro, pregúntamelo a mí; pero si no piensas en eso no es tan duro. Ahora yo no entiendo esas cosas de ustedes las feministas; pero las respeto como a los jotos, que he conocido a muchos muy humanos y cuatitos. Como el primero que me metió en esto. No entiendo eso de la explotación y de la humillación y la denigración de la mujer. Yo no me creo explotada ni nunca me creí. En todo caso ellos, los hombres, serían los explotados. Yo tengo mis casas, mis negocios, mi dinerito bien invertido y produciendo. Pero el principio, te lo digo de nuevo, para nadie, creo, es fácil. Las cosas me fueron llegando. Yo siempre digo que mis comienzos fueron un zapateado en un bailable de la escuela. Pero lo traigo en mi sangre calentada por el desierto donde nací y me crié. Pues mi mamá vendía comida y refrescos en un jacalón a la entrada de una mina allá por el norte de Zacatecas; de eso nos mantenía, y cuando íbamos creciendo la ayudamos mi hermano y yo. Hasta que tuve quince años y me casé. O a los catorce, ya no me acuerdo, porque era revolada. Me casé, te decía, con un muchacho que lo que tenía de guapo, lo tenía de mentiroso y macho; se hacía pasar por ingeniero en la mina y no sé cuántas cosas; era de esas gentes que como el desierto no sabes de dónde agarrarte, para dónde orientarte, pues todo está igual. Así que un día se fue y me dejó con dos niñas chiquitas —una apenas con días de nacida— allí a medio desierto, desamparada. Bueno, no tanto, pues estaban mi madre y mi hermano. Y me dije: voy a trabajar y salir adelante. Y un sábado, me acuerdo bien, en una borrachera que se pusieron los ingenieros y trabajadores de las minas en el jacalón de mi mamá, iba con ellos un muchacho acá todo modoso que se decía coreógrafo; y me acuerdo que me dijo que yo tenía bonito cuerpo y que él podía hacerme una buena bailarina. Yo sin pensarlo dejé que me llevara a un lugar espantoso de tercera o cuarta en Fresnillo —por ahí cercas— donde tenía un grupo de ballet que daba dos funciones todas las noches. Y estuve allí como mes y medio. Me acuerdo que después de las funciones me ponía a llorar: ganaba bien poco, lejos de mis hijas por allá, que cuidaban mi mamá y el pobre de mi hermano, que siempre fue tan bueno y aguantador; y yo acá, rodeada de borrachos, botellas por todas partes y humo por todos lados, y preguntándome: ¿cómo pude caer tan bajo? ¡No!, me decía yo. Qué pensaría mi madre y la gente que me conoce allá, si supieran que yo estaba en mero enmedio de la zona roja. Me sentía sucia, ¿tú crees? Es que estaba como dormida, como borracha del hombre que me había dejado; y yo que quería tanto a ese desgraciado; y el pensamiento de mis dos criaturas tan chiquitas las inocentes —y pensando que eran también mujeres—, y de mi mamá que también la había dejado mi padre, que nunca conocimos. Y yo la comprendía; la entendía hasta entonces, ya lejos de ella ¡y en semejante lugar! Y tamañita que me viera un conocido. Fue horrible, me acuerdo. Estaba como enceguecida por las cosas que me estaban pasando. Sólo así me pude haber puesto unos biquinis tan feos y grandotes. Y el mentado coreógrafo dale y dale con el tesón de desnúdate. Y yo: ¡cómo voy a bailar encuerada! ¡Cómo crees! ¡No!, me pelié con él. Y yo lloraba, pero aún así me ponía unos biquinis más chiquitos. ¡Imagínate! Ahora me da risa, claro. Dame uno de tus cigarros, que veo que te los fumas muy sabrosos. Te digo que jamás fumo, pero cuando me acuerdo de estas cosas me dan ganitas de fumar o de echarme una copita. Luego me fui con mis hijas y mi madre una temporadita, pero como ya andaba en el ajo me fui a Juárez porque me habían dicho que allá sí había trabajo pa público más fino, y oportunidades. Me dieron trabajo en un lugar que se llamaba “El gallinero”. Y fíjate que no me acuerdo cómo me nombraban entonces, pero yo entraba en el relleno y hacía lo que quería: bailaba con minifalda y al final del numerito me quedaba en calzones. Así y allí empecé a hacer experimentos con las reacciones del público. Pero me daba un no sé qué con la familia y eso. Pero estaban mis hijas que mantener. No quería hacer nada que las fuera a molestar. Pero luego me decía: ni modo, así es la vida y hay que entrarle. Para esto ya me los había traído a vivir conmigo y los sostenía a todos. Como éramos muchos tenía que trabajar mucho. Me daba miedo, no creas, por ellos, pues son de ideas antiguas. Aún ahora y todo no me gusta que mis hijas ni mi hermano ni mi mamá me vean haciendo estriptís en vivo. Por respeto a ellos ¿no? Aunque mi mamá no es espantada a pesar de que sí es persinada, ni se fija ni nada. Con decirte que por su cuenta y riesgo fue a ver Yalula, la mujer de fuego y le gustó mucho, dice, bastante. Y eso que salgo encuerada toda la película. Ella me quiere y me comprende. Yo la adoro y por eso la puse a vivir en la casa más bonita, rodeada de puros millonarios pudientes para que no se acompleje, para que se reponga de todos los trabajos que pasamos, para que ahora que está vieja viva tranquila. Quisiera darle el mundo porque ha sufrido mucho, y conmigo más. Ah, sí, el nombre. Me lo puso el dueño del teatro del burlesque. Cuando llegué a trabajar allí —después de Juárez, Tijuana, Puerto Vallarta y otros lugares que ya ni me acuerdo— me llamaba Lupy. Con ese nombre trabajé en muchos lugares antes: “La terraza”, “La fuente”, “Capri” y muchos de primera. Pero él me bautizó de nuevo con el nombre que me trajo la suerte. Tú eres Yalula, la mujer de fuego, me dijo el día que firmamos el contrato para el burlesque; y me recomendó que tuviera representante y quién me administrara mi tiempo y todo. Muy bueno el viejo, honrado como pocos. Sabía. Me acuerdo que ya con ese nuevo nombre un día se me acercó un hombre muy interesante y cuero que al verlo me brincó el corazón. Y me dijo: ¿Tú eres Guadalupe, Yalula? Sí, le dije muerta de miedo. Era mi ex marido. ¡Uy, cuánto me rogó el pobre! Me dijo que yo estaba preciosa. Que él no me había conocido así. Que qué me había hecho. Pero ya era muy tarde, ya habían pasado muchas cosas desde aquel día que se fue sin avisar, sin decirme cuándo lo volvería a ver. Yo ya iba muy lejos, ya estaba yo como en otro planeta. Imposible, soy orgullosa. Dame una oportunidad; cometí un error, me dijo. ¡No! No nos conocimos en realidad, éramos dos extraños por eso se había ido desde el principio; pero esto hasta ahora yo lo veía bien claro. Y él me decía: si no me he ido no hubieras llegado tan alto. Soy parte de tu destino. Como diciéndome: convídame de lo que has recogido de la vida, no seas. No le guardaba ni le guardo rencor porque la vida lo puso en su lugar, le dio su merecido. Mis guardias —cuando trabajo mucho contrato unos que me acompañan noche y día— le dijeron que se retirara, ¡que dejara en paz a la señorita Yalula! Así lo hizo. Pero luego trató de acercarse a las niñas; que cuando salían del colegio, que cuando las llevaba a pasear. Le mandé decir que andaba con un politicazo (que además era cierto), y desapareció de mi vida para siempre. Soy valiente, te digo. Recordé que cuando él se fue sufrí mucho; era la mujer más pobre de todo el estado de Zacatecas, más pobre y desgraciada que el desierto, más seca y sedienta de amor. Nadie ahora sabe cómo luché. ¡De veras! Yo andaba descalza, se me acabaron los zapatos y me fui a Fresnillo con los de mi mamá: ella se quedó descalza en mi lugar. Por eso debes luchar y luchar; no sufrir, no pensar que sufres aunque sufras. Nada de nada, que no se te nuble la vista y que no te pesen las armas. No me da pena decirlo porque la pobreza no tiene nada de vergonzoso. La vergüenza es cruzarse de brazos y no hacer nada por salirse de la pobreza. Queda la satisfacción de decir: padecí, pero ya estoy bien. Y una vez aquí hay que tener cuidado, pues si no sabes lidiar con el cansancio te va mal. Yo he visto de todo en el camino; compañeras con las que empecé y que se han ido cayendo, una por una, a lo largo de la pasarela —un decir— como soldaditas de plomo. Muy poquitas mantenemos el equilibrfio en la cumbre. Tengo compañeras que beben y tienen muchos vicios. Otras se deprimen y solitas se van envenenando. Otras que se quieren hacer más buenas y bonitas y nomás las chingan los cirujanos y doctores. Este ambiente es muy engañoso y traicionero. No hay que dejarse deslumbrar. Yo he visto chiquillas hermosas y capaces que truenan como chinampinas de buenas a primeras; pues de seguro se dice: aquí hay de todo, hay que llegarle a todo. Si quieres pasar por la vida intacta sólo te queda cerrar los ojos y pensar en el fin, en la meta, no hacer caso de nada más a tu alrededor: la pasarela es un camino que recorres mientras todo a tus lados está oscuro. Oyes ruidos, sí, voces, música. Es un camino que no sabes a dónde te lleva, y que tiene mil destinos. Como te puedes perder, puedes llegar al cielo. La pasarela es un viacrucis. No que yo sea mojigata, no, simplemente hago lo que se me dice: encuérese, enséñenos, siéntese, párese, muévase, métase, sáquese. Y yo digo: sí, pero sin tocar, por favor. Y ya. No tomo, no fumo, ni arreo ningún vicio. Vamos a decir que no me comprometo, como me dicen unas compañeras; aunque he llegado a pensar que te comprometas o no te comprometas es lo mismo: te vas a morir, te vas a acabar, ya no vas a gustar, el tiempo va a pasar... Como que Dios nos está dirigiendo en su película y nosotros no vamos a poder ver esa película; qué chiste. Y eso que no soy creyente. Pero así es. Yo a veces me siento que soy como un cuchillo al que la vida le sacó filo; y soy de fierro, voy cortando el aire y todo, nada ni nadie me puede hacer daño ya. Como esos picos del desierto que el aire afila. No hay de otra: tú te vuelves enclenque y todo te lastima; o de fierro y nada te toca. Por eso te digo que le gusto a la gente por otra razón que no sé qué es. No soy ni nunca he sido bonita. Como yo vengo desde abajo —como los gusanos— lo primero que me obsequió el público no fue un aplauso, sino una rechifla. Ahora soy una venganza a esos primeros chiflidos. Desde esos momentos me propuse que les iba a cobrar caro mi parte de aplausos, éxito y mundo, que iba a hacer todo a mi alcance para lograrlo. Me acuerdo que Nefertiti era la estrella entonces. La fui a ver al teatro en la tarde y al cabaret en la noche, el mismo día, para ver y saber lo que hacía. Y me dije: Yo lo hago mejor. Me encuero y bien. Fue cuando me cambiaron el nombre. Y con unos ahorritofs me hice unas correcciones: el busto, tú sabes que los hijos se las acaban, las caderas se te cuelgan. Total, me dejaron un cuerpazo. Empecé abriendo el programa, en el montón, de las que salen hasta atrás. Pero a los tres años: la estrella de todos los días. Los hombres llevaban binoculares al teatro; y un buen día a uno se le ocurrió ¡qué ocurrencias! llevar una lámpara de esas de pilas y con ella me alumbraba las partes que quería ver mejor, desde lejos. Y a los pocos días ¡qué te cuento! había cientos de lámparas en la oscuridad del teatro y todas aluzando al mismito lugar y yo feliz, como si fuera por una pasarela del cielo lleno de estrellas. Y el más lindo detalle es que sólo las prendían cuando salía yo. Pero lo más bello fue el día que me despedía: un viejito del público llegó con un desfile de mariachis tocándome “Las golondrinas”. Mientras la gente gritaba: ¡No te vayas! Hice mucho dinero: dos funciones de burlesque y dos de cabaret diariamente. Dormía todo el santo día de Dios, mientras mis hijas crecían sólitas de día. Pero también me pasaron cosas muy feas. Una vez a la salida del teatro una bola de chiquillos, de ésos sin educación, morbosos, que parece que nunca han visto, me dejaron encuerada a tirones en un santiamén. Desgraciados. Todavía me acuerdo y me hierve el buche. No entiendo a la gente morbosa y con malicia y mal de la cabeza. Tal vez por eso no me he vuelto a casar. Nomás se me arriman morbosos y degenerados, libidinosos que Dios guarde la hora. Por eso me da pavor desnudarme frente a un hombre, o si alguien me está viendo o espiando; no lo aguanto. Soy muy pudorosa, muy íntima y nadie me lo cree. ¡Ni mi propia madre! ¿Tú crees? En el estriptís es diferente, allí yo no veo a nadie, el público es mucha gente que no conozco, y estoy haciendo un trabajo bien concentrada, pues por eso me pagan. Y requete bien. Y permanezco en el gusto del público porque soy medida. No es por criticar a la competencia, pero ahora ya no trabajo en un chou donde se hagan indecencias y peladeces, donde vaya a salir una de ésas como Nefertiti, que hace unos desnudos tremendos. Buena para enseñar, eso sí, y de las que se abren y no sé cuánto relajo; se meten un zapato, por ejemplo, y se sacan cosas como un listón que se va desenrollando y se lo avientan al público morboso, y por eso nos faltan al respeto a todas por igual. Eso yo ya no lo acepto, de plano. Y llámame retrógrada y provinciana. Después de una de esas señoras yo no saco ni la nariz. Figúrate que el otro día vino ese mago, ¿cómo se llama?, y quería que preparáramos algo juntos y me iba a sacar un conejito y que un ramito de flores para el público. Lo mandé a sacárselo a la más vieja de su casa. Yo lo más que hago es simular que hago el amor sobre una silla transparente, o un baño en una tina transparente también, que es diferente a estarte abriendo, metiendo y sacando cosas. Yo también le doy al público regalos, pero más sentimentales: una vez que iba hecha la mocha por la pasarela que se me dobla un pie y se rompe el tacón, me quito los zapatos para caminar de puntitas y alguien en la oscuridad me grita ¡regálamelos, mamacita! Y aviento un zapato para un lado y el otro para el otro y el público aullaba de contento. Desde entonces, cuando acaba mi número beso mis zapatos y van pal público. Y cuando los estoy aventando siempre me acuerdo de aquel día que me fui a Fresnillo con los zapatos viejos de mi madre, prestados. Y estos que ahora regalo son finos, de raso o de cuero bueno, caros, pero que a nadie le van a servir, que a nadie hacen falta. Y así es la vida: a lo mejor el amor por ella te llega cuando ya estás grande de afuera y de adentro. Cuando ya no lo necesitas. Hace poco entré a una butik en Miami y de pura puntada compré todos los zapatos de mujer que tenían de mi número allí, de todos los colores y estilos. Para regalar. Pero eso sí, cuando yo quiera. Porque una vez un tipo me jaló el tacón y se quedó con él. Luego puse a mis guaruras a la salida del teatro para que si lo veían le quitaran mi zapato. Esas cosas sí me dan mucho coraje. Por ejemplo, si alguien del público me quiere agarrar o tocar me meto. Salgo otra vez. Y si vuelve a suceder ya no salgo y prenden las luces del teatro. Pero el público aprende. Con sangre, pero aprende. Porque una noche un tipejo me agarró y me metí enojada. El público le aventó de cosas porque yo me había metido por culpa de él y lo descalabraron allí mismo. Siempre me he hecho respetar mucho. Y más ahora que puedo decir no o sí cuando yo quiera, como te digo. No es que tenga domado al público, como dicen, pero es que siempre doy sorpresas en escena. Un día que llegué retardadísima al teatro y ya casi había terminado el ballet que me acompañaba —¡ni modo de salir yo a bailarles más!— me aventé a salir ya completamente desnuda y descubrí que eso es lo que más les gusta a los hombres: lo inesperado, la sorpresa, el truco bien hecho. Y ése fue el éxito. O sea, como que es parte de la sinceridad ¿no? Como llegar sin rodeos al asunto ¿no? ¡Así pegué! A partir del siguiente día yo ya era la estrella. A partir de entonces, lugar al que llegaba Yalula se llenaba a reventar. Claro que así como me tengo medidito al público me manejo a un solo hombre. Digo, los amantes que he tenido siempre han hecho lo que yo diga, entran en cintura o ya saben que se me van así. Pues tengo un hasta aquí. Y cuando digo ya, es que ya. Hasta aquí te quise, hasta aquí me gustaste y ya. Soy dócil y en el fondo tengo mucho aguante, pero mucho. Me gusta que los hombres sean apegados, aunque no sean bonitos, pero que sean buenos. Con atenciones, con detalles, con ternura, cariñosos. Como ya te dije, no aguanto a los morbosos; me requetechocan. Esos que nada más están pensando en eso, me fastidian, me dan asco. Me los tengo que estar espantando como moscas. Y más bien te diré que yo creo que nunca he estado enamorada, lo que se dice bien. Me enamoro pues, por un año o por meses. Y así. A veces me digo: este año no me he enamorado, ¿qué me pasa? No, eso del amor es un cuete. Si del padre de mis hijas que fue mi primero en todo, me olvidé de él pronto, y que yo creo que a ése sí quise, y ya ves... Los hombres son diferentes a nosotras, a ellos no les importa el amor. A mí tampoco, pues. Pero no ha faltado un cínico que me lo venga a gritar en mi cara, que no conozco el amor y así; de ardidos. Porque no llego puntual o no llego de plano a la cita, porque no me pongo a temblar como cuerda de guitarra guapanguera, ni se me derrama la copa de la emoción. Hazme el pinche pliz. Dime tú a qué horas voy a tener tiempo de hacerles esas payasadas, si siempre ando ocupada, pensando en lo que voy a hacer. Yo ya estuve casada, vi cómo se me marchitó el amor en las manos y todo. ¡Es horrible! Después de casada no hay nada de lo que tú te imaginaste. Por eso no creo en el matrimonio. Eso ni los políticos ni los sacerdotes lo creen. Eso de aguantar un monigote a tu lado, siempre, es para las que no les queda otra. Y se tienen que fletar, de por vida. Ya he visto muchas, muchas veces marchitarse el amor, como te digo, en mis manos. No creas, a veces me da por pensar: ¿por qué no les di su padre a mis hijas, si tuve la oportunidad en las manos? Qué me hubiera costado decirle: está bien, quédate. Vamos a ver si nos avenimos otra vez. Y cuánto y más que todavía lo recordaba mucho y me gustaba. ¡No!, me dije, ¡no! Aunque me arrepienta de por vida. Luego pienso: si lo que soy se lo debo a él; si él no se hubiera ido yo estaría vendiendo sopa de arroz y huevos cocidos en las minas. ¡Qué horror! Él me hizo mucho bien sin quererlo, se hizo a un lado para que yo triunfara. No, no, si a veces me reprocho yo misma: ¿por qué no les di su padre a mis hijas, que es lo único que les falta? Pues están en los mejores colegios; y yo les digo que sean aplicadas, porque hay pa darles la mejor carrera del mundo. Quiero que sean doctoras como un día yo quise serlo; pero de las jodonas, no fregaderas. Lo que yo no puedo hacer, ustedes lo van a hacer, les digo. Pues a mí se me ha ido todo en acomodarles el mundo. Pues por principio tienes que luchar porque en tu casa te dan una mente así de chiquita. Y como si te dijeran: no la crezcas, no la saques de sus límites, si la haces más grande, si la dejas que crezca te apuntamos con el dedo. Mi misma madre con su sonsonete: Ay, hija, como que eso no está bien... hasta a ella la tuve que hacer a mi modo. Ya salte de eso, ya tienes bastante, no te lo acabas ni con dos vidas, ya dale gracias a Dios. El mundo lo tienes que hacer a tu modo, digo yo. Imagínate si no he luchado con todos, con todo. Y sigo... Nunca terminas, aunque te mueras en la raya. Y sigo y sigo y me digo, por lucha no va a quedar. No hay nunca ni un momento en el que no tengas que batallar: con los explotadores, con los envidiosos, los estafadores, la gente te mete la pata nadamás porque tú estás en un punto que ellos quisieran, pero que no han hecho nada por ganárselo, o porque no saben cómo llegar y tú tuviste suerte, por eso te tiran, y a matar. Además de ir aprendiendo tu trabajo y progresando con él, tienes que aprender a capotearte a los enemigos, que nunca sabes dónde van a estar escondidos o disfrazados de qué. Y si eres débil te apantallan y te quieren asustar con que inmoral, con que pornografía, con que las buenas costumbres y su chingada madre. ¡Perdón! Pero me sulfuro con sólo pensar en eso. Por lo que a veces me digo, pues ahora los voy a torear: me voy a abrir bien abierta y me voy a meter y a sacar cosas y me van a oír el hociquito que me boto. Te provocan por todos lados. Pero la vida te enseña muchas cosas, sabes así de rápido quién es bueno y quién es malo. Y eso que no soy creyente, pues sólo creo en lo que veo. Mi mamá es al revés: se la vive rezando en todos los templos por mí, según ella. Estás loca, le digo; y me regaña y a veces llora. Que eres una hereje, malagradecida. Qué voy andar yo rezando si mi trabajo me costó y me cuesta todo. ¿Cuántos curas no me habrán ido a ver encuerada y a los mejores lugares? Ellos no se van a revolver con los pelados. ¿Cómo voy a besarle la mano o a pedirle consejo a un tipo así? Pero a la mejor hay Dios, pero como no lo veo... Y los de los milagros, pues nomás no. Los milagros tú los haces y para eso tiene que sudar el lomo. ¡Y lo chistoso es que nací el mero doce de diciembre! Me dice mi mamá: El día de la Virgen. ¡Cuál Virgen, mamá! Ay, hija, tienes razón, has pasado por tantas cosas que ya no crees ni en ti misma. Dios te perdone. Mi hermano era católico y nadie lo salvó del carreterazo que se dio en su moto. Y mis hijas, también creen, y rezan y me encomiendan a Dios, pues van a colegios de monjas, que son los mejores, pero lo hago para que se junten con niñas como ellas. Ahora ¿me quieres decir que si volvería a nacer escogería lo mismo? ¿O que si ahora haría lo mismo que hice hace casi veinte años? Ay, no, qué matado, qué flojera volver a empezar. Imagínate hacer todo lo que hice de nueva cuenta. Mejor sería otra cosa. O nada. He luchado tanto que ya estoy cansada. Si así... a veces me digo para mis adentros: ¿qué caso tiene que me desvele y luego me levante tan temprano todos los días a lo mismo: ejercicios para conservarme, que son tan matados y aburridos; luego las clases de baile, canto, actuación y el trabajo en las tardes y en las noches, bailar y bailar y encuerarse. ¿Cuántas veces me he encuerado en estos años? ¿Cuántos miles de ojos me han visto? ¿Y cuántas majaderías de borrachos? ¿A quién le ayuda o le beneficia que yo me encuere, así nada más, el puro hecho de encuerarse, sin tomar en cuenta el dinero que me gano? ¿Cómo le pudo dar alegría a alguien verme encuerada? En serio. No entiendo, de plano. Si te pagan tan bien por hacerlo, entonces algo tiene que tener de malo. Pero luego me digo: mis hijas; y me salen ganas y fuerzas de no sé dónde. Siento que ellas son como dos rieles y yo el trenecito; de esos trenes que se usan para entrar a las minas y sacar el metal de las profundidades. O como dos postes de fierro a los que se amarran los barcos en los puertos para que no se los lleve el aire y las olas. Claro que mis hijas no quiero que sean como yo; se sufre mucho en este ambiente. Si les puedo evitar este viacrucis es como si yo nunca lo hubiera recorrido, es como hacer un borrón y cuenta nueva de mi vida. Cuando me quedo sin hacer nada es como si se me parara el mundo, no creas. Imagínate que una vez que estuve desocupada por unos meses a mi hija más chica se le ocurrió decirme: Mamá, ¿qué estamos haciendo aquí?, a nadie le hacemos falta ni nadie nos hace falta. Por eso trabajo día y noche, caray. Y no es que le tenga miedo a la muerte, no. Si me muriera descansaría: ¡qué rico! Luego me digo: a lo mejor Dios me castiga por estos pensamientos, pero luego luego me contesto: ay, ojalá tengamos muerte de perro, que todo se acabe al morir y ya, sin tener que entregarle cuentas a nadie.