width= Beatriz Espejo



Selección
y nota
introductoria
de Esther Hernández
Palacios



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Nota introductoria
 

 

Hermana, dulce hermana, Ismene amada, una
herencia de males nos dejó Edipo, ¿habrá siquiera
un infortunio que no haga caer Zeus sobre nosotras
mientras tenemos vida? ¡Todo, todo hay en ellos: dolor,
odio, persecución, vergüenza, ignominia y desdén; es
tu herencia es mi herencia: todo lo hemos saboreado!

 

Beatriz Espejo llega a la literatura cargada de interrogantes, de zozobra, de infelicidad, sus voces primordiales: madres, abuelas, tías solteras; himeneos incompletos, amores que el amor no llena, búsqueda de la felicidad en suma.

Hay creadores que acuden dichosos a la palabra e irradian una plenitud sin pliegues, pero también sin contradicciones.

Los felices, los dueños de una elocuencia prístina, los a veces simples o postulativamente rebuscados, pero siempre “dichos” enteros, vaciados en el molde de un lenguaje que no parece tener más que cauce, remansos o plácidos márgenes. A Beatriz Espejo le resulta incómodo el placer de describir, le parece premonitorio de amargura, de hosquedad, el descubrimiento de la soledad que tienen las cosas cuando la mirada del ser amado no las rodea, pule o mancha. Hay en sus Muros de azogue, la aceptación y el desenvolvimiento de un barroco lleno de minucias, detalles, encajes, puntos de cruz; ceremonias esperadas, encuentros mercuriales que el lector podrá gustar, paladear, con un ánimo casi historiográfico, casi frío y sin embargo, el atisbo de un destino en rebeldía (el enigmático destino de la condición femenina) llevará a este lector a voltear el rostro y a presentir —sin estar exento de temor— la inminencia de un peligro, la persecución de una verdad.

Pródiga y fértil ha sido la presencia del barroco en la literatura en lengua española, porque ¿cómo evitar el entramado tenso y cordial de un tapiz o laberíntico y azul de la nervadura de las hojas? En este siglo, en nuestra edad, Lezama Lima, Carpentier, el mismo García Márquez y sin embargo, aunque en el primer cubano hay un claro asomo de la Nada, me atrevo a sugerir que el barroco varonil se consume en sí mismo.

Beatriz Espejo retoma el oficio de Penélope, la pasión de Rosa Chacel, la elocuencia de Mercè Rodoreda, el gesto de extravío delante del crepúsculo de Katherine Mansfield, y quisiera decirnos y quisiera decirse a sí misma que ya no tiene más sentido el detalle, la filigrana de la que está rodeada el vacío; pero todavía coqueta, lo describe. Sí, lo describe, pero para descalificarlo, para afirmar que no es posible sostener la condición humana en el entramado de una celosía.

No siempre la individualidad se persigue por sus extremos, es decir, por las obsesiones, contradicciones, caídas, de un espíritu, pero en el creador que ocupa y ¿tortura? a nuestra autora, el ascenso de sus fantasmas interiores es magnífico. No sé si sería correcto calificar de hermoso el viaje que hacia sus propias entrañas, desde los Muros de azogue hasta los últimos cuentos pasando por El cantar del pecador, realiza la voz creadora que habita en Beatriz Espejo. Deberá, y ya lo intenta, dejar el Lastre hacia el mar blanco de su verdad, deberá hacerlo después de recordarlo todo: las nupcias de una abuela, el enamoramiento de una joven provinciana, el insospechado abandono de una viudez que en ocasiones es física y las más de las veces, moral. Deberá recorrer todo el camino, desde las entrañas, hasta la luz y todo este dolor, este relato, esta intensa comunicación, deberá el lector olvidarla para descubrir y aceptar esa saga de la condición femenina.
 
Esther Hernández Palacios

La caña de Iquimite, octubre de 1992
 

 


 

 

La modelo

Y qué ardiente deseo obsesiona mi alienado corazón.
Safo


Para Silvia Sentíes

   

No conduzcas tan aprisa. Los volkswagen no deben correrse a más de cuarenta. En el velocímetro la aguja marca setenta, a veces se inclina hacia la derecha según oprimes el acelerador. Setenta, ochenta, setenta, ochenta, noventa, cien. La vegetación tropical de Cuernavaca, buganvilias e hibiscos manchando de rojo los camellones. Luego, una curva pronunciada, rocas abiertas en dos a fuerza de dinamita y pinares apuntando un cielo sorprendido. ¿Por qué preferir este coche? En el garaje dejaste el otro grande y estable para correr sin problemas. Cien, ciento veinte, ciento cuarenta. Te hablan y no contestas, tienes la costumbre. Razonas en cosas ajenas como si te salieras del mundo. Desde el viernes pasado te sientes mal, duermes con dificultad. Te levantas para buscar pastillas que sólo te amodorran. Abres los ojos, esperas ardientemente el sol de las nueve y hallas la oscuridad de la madrugada. Por la cortina se filtra la luz del farol de la calle. Sientes un hueco en el estómago, una especie de inquietud semejante a un ardor por dentro. Te volteas bocabajo. Recuerdas la mirada de Ricardo irritada por los coñacs que tomó en tu compañía. Experimentas una repentina frialdad lejana al agradecimiento que te inspiró cuando lo creíste una especie de milagro. “La pureza del corazón consiste en querer una cosa”. ¿Escribió eso Kierkegaard? Perdiste la pureza porque no deseas cosa alguna, aunque el hueco en el estómago te hace extrañar a Ricardo. Echas de menos su conversación chispeante, llena de contrasentidos, de ideas tergiversadas y sin embargo divertida. Conformas su imagen en traje de baño y en aquella alberca donde ambos se asoleaban y de pronto necesitas acariciar su espalda. “La pureza del corazón consiste...” Ciento cuarenta, ciento sesenta. ¿Por qué conduces tan rápido? No hay prisa por llegar. En el asiento trasero duerme tu perrita. Sentada junto a ti, tu madre dice algo. No la escuchas, no le contestas. Es aburrido permanecer contigo cuando te alejas estando presente. ¿Rememoras entonces tu infancia? ¿Una especie de felicidad inverosímil en la cual te supusiste predestinada para lo mejor? Te preguntas cómo empezaste a fallar y en qué momento al presentarse la disyuntiva preferiste la ruta errada. Piensas en Ricardo, antes había sido Pablo y antes Mauricio y antes Enrique y antes. Varios de ellos opinarían que eres humorista, alabarían tu sentido de la alegría. Ninguno adivinó que te reías mucho como una obligación. Ninguno sospecharía tampoco lo cansada que te encuentras. Bostezas, los párpados casi se te cierran y, al mismo tiempo, sabes que al llegar la noche no podrás dormir, no controlarás un temblor interno y constante. Sube el velocímetro, aceleras. En las curvas pierdes el carril, coqueteas con las pendientes. Tú, la del rostro honesto, convertida en lo que cualquier mujer de treinta años quisiera ser. Disciplinada, trabajadora, luminosamente limpia, capaz de ganar dinero con tanta facilidad como lo gastas; pero ahora las pelucas, el maquillaje exagerado y las pestañas postizas te aburren hasta la náusea. Te enfermas con la idea de enfrentarte a tu fotógrafo siempre insatisfecho, el mismo que te inculcó miedo a que los años pasen denunciando su inevitable saldo de arrugas y deformaciones. Tu secretaria considera trágica una herencia de clase media que no logras superar. Conservas todavía puritanismo demudado. Ricardo intentó cualquier medio para llevarte a su cama. Se pregunta por qué no aceptaste. Ignora tu miedo a esta sensación imprecisa con la cual regresas. Al planear el viaje alentabas el propósito de verlo, sin embargo desde el hotel cancelaste la cita que acordaron para cenar. Hacía poco te entusiasmaba aquel hombre alto y elegante exasperándote con sus talentos de seductor. Algo así como sostenerse en el rojo mientras la ruleta marcaba el negro. Quizá ya te deprimen los moteles, los riesgos y las aventuras furtivas. No corras tanto. En los coches pequeños la velocidad es más peligrosa y a lo mejor por un accidente ni se muere uno y queda inválido o contrahecho. Reconstruyes la caricatura del gato empeñado en comerse un canario vivaracho. Hubieras anhelado que te atraparan, que al cesar el asedio surgiera un sorpresivo silencio. Para entonces el gato se consideraba vencido. Las nubes coronan las montañas como algodones plomizos puestos allí para ensombrecer el panorama luminoso unos kilómetros atrás. Mauricio te buscó en Cuernavaca. La semana anterior le confiaste que irías. Dio contigo porque regresas siempre a los lugares conocidos. Bastó con telefonear a la Hostería de las Quintas preguntando si habías tomado una suite. Otra vez más lo juzgaste conceptuoso y frío. Te asustan sus labios duros; pero cuando bebió unos martinis adoptó una risita entre picara e insinuante. Comieron pollo al curry en un restaurante cuyos jardines estaban concurridos por norteamericanos ataviados como para rivalizar con los pavos reales que el dueño del establecimiento mantiene cebados. Notaste la delicadeza de los geranios sobre la voz de tu madre emitiendo notas agudas en la referencia oficial de los agraristas que les quitaron la hacienda, los otoños del abuelo en Europa cuando no se viajaba a plazos, los turistas empeñados en visitar semanalmente la casa museo de la tía Emilia, el monumento fúnebre que la familia conserva en prueba de sus antiguas glorias. Mauricio seguía el casi monólogo con una expresión que interpretaste como de paciencia infinita, hasta que irónico y chocante —la frase fue un zarpazo—, dijo que las mujeres carecen de espíritu. Tu madre se interrumpió desconcertada. Durante un segundo insonoro pareció aludirse; sin embargo lo pasó por alto y celebró las excelencias del postre. Miraste las bellas manos de tu anfitrión, sus ojos incisivos. Te inquietó lo que ocultaban sus facciones regulares. Se apoyaba en ideas rígidas y preconcebidas tomadas de Uspensky, un filósofo que detestas porque simpatizas con Katherine Mansfield. Evocas la anécdota ¿dónde la leíste? sobre la escritora tuberculosa y moribunda en un establo parisiense, y el momento en que su maestro Gurdjieff le apagó la vela que la alumbraba, su último asidero a este mundo. Le preguntaste a Mauricio si realmente creía que las mujeres carecen de espíritu. Te respondió que las considera divinas y lo suficientemente encantadoras para ilustrar, como lo has hecho, la portada de Vogue y sonrió atusándose el bigote, mientras miraba a una señora de senos ostentosos ubicada en una mesa contigua y jugueteaba un cigarrillo entre los dedos de la mano libre. Ricardo te contestaría que lo tiene deformado por el sistema económico. Suele tomarla con el comunismo entre comillas. Una noche intentaste explicarle esto que sientes. Se burló de ti. No entiende que se padezca ostentando un broche de esmeraldas sobre un vestido de Pucci, como si tales cosas resultaran unos amuletos infalibles. Te examinó las piernas y retornó a su actitud de gato perseguidor. Fatigada quisiste dejarte pescar; te aburren las promesas de nuevos encuentros epidérmicos que por otra parte siempre propicias. Acudió al socorrido argumento de que nada reciben los avaros, sin intuir que lo veías como un playboy con las armas rotas y que no procuras transacciones románticas. Te felicitó. Encontraba sincera tu expresión en el comercial donde anunciabas lavadoras ante los televidentes, y se interesó por tus planes futuros. Respondiste que tal vez tomarías un respiro, una tregua. Noventa, cien, ciento veinte. Llueve torrencialmente, graniza. El coche patina un par de veces. Aceleras. De propósito coges mal las curvas, casi te despeñas. Tu madre enciende la calefacción, te pide nerviosa que no vayan tan rápido porque se pueden matar. Dejaste de dormir desde que el papel de canario empezó a cansarte. Tu apariencia lo acusa. Bajaste de peso y se te estragó la cara. Pierdes la frescura del cutis por el cual te escogieron los dirigentes de Estée Lauder para la publicidad de sus artículos de belleza; además trabajas mucho. Inventas quehaceres, asistes a todas partes, a los cocteles, a las galerías de pintura. No pierdes la oportunidad de aparecer en público aun sabiendo las consecuencias. Una regla fundamental en tu profesión radica en no popularizarse demasiado. Hablas de abrir una boutique con tu nombre, derrochas la suma destinada para el proyecto. ¿Cuánto transcurrió desde que en la escuela disfrutabas aquellas tonterías infantiles, premios, triunfos, competencias?

Escuchas de pronto un trueno. El volante vibra, te aferras a él; apenas controlas el auto. Huyen unos minutos violentos, logras detenerte en la cuneta. Tu madre habla del percance, recuerda que te lo había advertido. Esperas. Aparece la grúa que ayuda a los viajeros en problemas. Amaina la lluvia. Persisten unas gotas. Hombres uniformados te cambian la llanta. Tu madre les agradece sus esfuerzos. Baja del automóvil, se aleja varios metros. La sigue tu perrita en la que no reparas. Permaneces sentada. El mecánico te asegura que el incidente sólo fue un susto. Enciendes el motor. Buscas el espejo, te prodigas una mirada dolorosa y capturas dos imágenes amadas disponiéndose a regresar. Furtivamente ves en la guantera el catálogo que hiciste para la Ford Model Agency, tú, optimista e internacionalizada. Ves también el precipicio. Oprimes un pedal y no importa ya que en la disyuntiva escojas el camino equivocado.

 


 

 

 
Las dulces

   

 

Oíste hablar de Pepa Hernández, de niña estudiaba en el Colegio Americano donde estudiaba tu sobrino; luego el nombre de Pepa se convirtió en algo lejano y olvidado. La noche en que tu sobrino regresó, después de viajar por el extranjero, asististe a una reunión aburrida para recibirlo. Una fiesta como tantas otras en que las personas pretenden mostrarse contentas y comen y beben sin saborear y dicen frases inge­niosas o estúpidas. Te sentiste sola, siempre te sientes sola en las fiestas. Buscaste una silla. Todas estaban ocupadas. Fuiste hacia la escalera y permaneciste allí enajenada de los concurrentes. Te sentiste triste. Pensaste que la desdicha era como un bloque, una piedra sobre el pecho ¿leíste eso en alguna parte? De cualquier manera la desdicha te pesaba y la idea de la piedra sobre el pecho ilustraba bien una impresión agobiadora. Entre las figuras borrosas que parecían distorsionarse, empinar el codo, reír, atender un comentario, distinguiste a Pepa (hace meses el oftalmólogo te indicó la necesidad de cambiar anteojos). La viste caminar hacia ti, percibiste el timbre de su voz. Te arrimaste a un lado para que se sentara en el mismo escalón donde te sentabas, mirándote con aquellos ojos suyos negros y brillantes embellecidos por segundos. Movía los labios que al mismo tiempo sostenían un cigarrillo, sus labios en torno de los cuales han de marcarse pequeñas arrugas al pasar la juventud. Se interesaba por los detalles triviales de tu vida. Dijiste que eras maestra en una escuela, semillero de futuras maestras, que desde quince años atrás acudes puntualmente a tus clases, que tus alumnas agradecen la generosidad que demuestras al dedicarles tus ratos libres. Pepa mantenía sus ojos negros y hermosos muy abiertos y fijos en ti. Fumaba inquieta y, a su vez, comentó una larga estancia suya en San Francisco. Padecía una fuerte urticaria nerviosa cuyo efecto le desfiguró el rostro. Fuera de México encontró cierta confianza, una tranquilidad perdida. Al restablecerse volvió a casa de sus padres y a esas fiestas que también ella encontraba fastidiosas. Alguien planeó seguir con la música en otra parte. ¿Por qué no en el restorán del Lago? La orquesta toca bien y tras los ventanales panorámicos una fuente hace monerías, sube, baja, cambia de colores o de formas, un chorro líquido elevado más allá de las posibilidades previstas. Invitaron a Pepa. Aceptó. Te invitaron con esa torpe cortesía mexicana de cumplido, que de antemano obliga a rehusar. Antes de salir Pepa te dio una servilleta de papel en la que escribió una especie de envío, en vano intentaste leerlo. Entendiste tu nombre, “Lucero”, mezclado con palabras desdibujadas. Descifraste “gracias”, “intensidad”, “momentos”. Sonreíste al reconstruir de memoria los rasgos de Pepa. Sus facciones de niña inteligente y confundida, una combinación extraña. Por eso después cuando corregías los exámenes de tus alumnas, bajo la protección de los doce apóstoles presentes en una litografía de la Última cena colgada en una pared gracias a tu gusto de solterona conservadora y tradicionalista, no te sorprendió reconocer al otro extremo de la línea telefónica la voz de Pepa explicando su necesidad de encontrarse contigo en alguna parte, de estar cerca de ti. Aceptaste una cita para desayunar juntas y, aunque tu presupuesto reducido no te permite extravagancias, llegaste puntual a un lugar caro en que sirven bebidas humeantes. Ella te esperaba en el interior de la cafetería vestida con un suéter y una falda grises. Llevaba el corto cabello oscuro peinado atrás de las orejas. Unos atletas alemanes, que indudablemente pertenecían a un equipo de futbol, ocupaban las mesas próximas. Metidos en sus chaquetas iguales de cuero negro conversaban animados. Aunque la identificaste en seguida Pepa te hizo señales con la mano como para ser descubierta esperándote. De nuevo fumaba sin parar y entonces intentó confiarte incluso el incidente menos significativo de su propia historia, que su urticaria era causada por un estado emocional inestable, que sus padres se empeñaban en sostener un matrimonio aparente donde el diálogo se evitaba de manera obstinada desde hacía cinco o seis años, que ella principió a psicoanalizarse pero aún no lograba ningún resultado positivo, ningún adelanto ni luz para su conciencia atribulada. Sus confesiones brotaban de prisa y las ideas se daban tropezones y no se esclarecían. La veías fumar y te enternecías por sus ojos de niña desvalida, sus cabellos cortos, sus ojeras. La creíste hermosa, con una hermosura distinta a la de otras mujeres. Tu mirada resbalaba sobre ella, notaste la comisura de sus labios que se abrían y cerraban. Sus frases inconclusas no dilucidaban los pensamientos. De pronto reunió fuerzas y habló de lo que realmente deseaba hablar. Tres años antes tuvo una experiencia amorosa con una amiga y todavía no se recuperaba de esas relaciones. Cuando admitió eso la voz se le enronqueció. Siempre ingenua, a pesar de tus cuarenta años, comprendiste finalmente que en las confesiones de Pepa se planteaba una petición sobreentendida que te negabas a escuchar, sólo aprendiste a comportarte conforme a los ejemplos morales de esas tías tuyas protectoras de tu niñez huérfana y pobre. Practicas las enseñanzas de la doctrina. Arraigaron en ti los ejercicios espirituales preparados por el padre Mercado para un grupo entero de señoritas quedadas, a quienes consolaba con el argumento de que Dios no las guiaba rumbo al camino del matrimonio para reservarles el casto destino del celibato respetable; sin embargo ahora recuerdas, con una claridad irónica, que en tales momentos pusiste tus brazos encima de tu vientre virgen y conociste una enorme piedad por ti misma. Eso y muchas cosas inexplicables te impedían entender a Pepa. Ella preguntó la causa por la cual no te habías casado. Balbuceaste el cuento de aquel maestro de música frecuentado en la escuela donde trabajas, aquel hombre viudo que aceptó una plaza rural en Michoacán y desapareció de tu existencia. “Quizá pude ser feliz pero nunca supe cómo”, precisaste. Pepa te miró con sus ojos sensibles y contestó que tal vez tuviste la felicidad al alcance de la mano sin per­mitirte aprehenderla. A pesar tuyo nuevamente intuiste en su respuesta una insinuación velada. “Hay gente que la quiere y usted no se deja querer”, dijo. Su voz simulaba un hilo apenas audible. “Quizás sí”, confirmaste. Pepa enmudeció y apesadumbrada te miraba con sus ojos suplicantes y humildes. No acertaste a tomar una actitud inteligente, deseabas explicarle que ella era una muchacha atractiva, capaz de elegir y amar a cualquier hombre, a un hombre como uno de esos atletas alemanes sentados frente a las mesas cercanas. Pepa no quería comprenderte. Adoptó una actitud desencantada. Contra tu voluntad, te reprochaste haberla defraudado. La juzgaste bella y frenaste el impulso de tocarle el pelo y acariciarle la piel de la mejilla; sin embargo recordaste que había pasado mucho tiempo y te despediste en aras de tus clases. Pepa permaneció en su sitio. Antes de abandonar la salita llena de clientes, volviste la cabeza para echarle un último vistazo y la recuerdas inclinada sobre su taza de café moviendo el fondo con la cucharilla. Al llegar a tu aula, al abrir la puerta, te sorprendiste porque tarareabas una canción mientras reconstruías en la memoria los ojos negros y melancólicos de Pepa. Tus alumnas te encontraron risueña y le alabaste a Patricia el cambio de peinado, a Martha las pestañas rimeladas, a Bertha le aseguraste que eran bonitas sus medias color carne. Todo eso cuando pasabas lista y te interrumpías y tus discípulas comentaban tu inusitada amabilidad, y tú te descubrías a ti misma porque hasta ese momento jamás lo sospechaste.

 


 

 

 
El emparedado
 
 
 
Cuando me diste entrada en el jardín de tu amor
me ofreciste una flor que ya estaba deshojada.

Son jarocho
 
 
Aunque me advirtieran que no alquilara esa casa ¿dónde encontraría en todo Tlacotalpan otra así? Tenía muros que medían metro y medio, largos corredores que daban a un gran patio, con recámaras y salones inmensos para recibir en cena de gala a un ejército entero. Y la tomé y no me arrepentí a pesar de que las criadas se fueran despavoridas haciéndose cruces y contando cuentos. Estuvieron a mi servicio tías, primas y hermanas. Todas me plantaban a las ocho horas. Intenté pedirles alguna explicación y sólo conseguí respuestas incoherentes, palabras entrecortadas mientras se apretaban las manos o retorcían la punta de la enagua. Ninguna dijo nada. Se iban aprisa, tomaban sus cosas y me dejaban con un palmo de narices. Me acostumbré y ya ni la lucha les hice. Uno de los asistentes de mi marido se ocupaba de lavar patios y sótano. El resto de la casa yo misma lo medio limpiaba y de la ropa y la comida se encargaban dos mujeres que quisieron venir unas horas diariamente, siempre juntas, cuidándose las espaldas. Pero los niños estaban chicos y Humberto viajaba mucho y me gustaba aquella construcción adusta de techos altos situada a las afueras del pueblo.

Una tarde jugábamos canasta uruguaya. A punto de llevarse el pozo, boquiabierta y con ojos de plato, Dolores Prieto le preguntó a la Nena Olguín:

—¿Viste?

La Nena respondió: —¡Vi!— y las dos se levantaron en el acto decididas a partir llevándose consigo a Loreto Herrero que no había visto nada porque se hallaba muy entretenida en sus cartas.

—¿Por qué no me explican de una vez lo que pasa? Ya me cansaron sus misterios.

—Bueno, chulita —me contestó Dolores, pálida como cirio pascual—. Te lo cuento; pero te lo cuento en el jardín. Yo no me quedo en este cuarto ni un minuto más.

Apresurada, con los pelos de punta, en tanto caminábamos por un sendero rumbo a sus coches, me dijo que en el vano de la puerta apareció una muchacha muy triste. Llevaba falda larga, dos trenzas sobre el pecho y lágrimas cuajadas como diamantes en las mejillas.

—¿De dónde vino? —pregunté.

—¿A poco eres tan tonta que después de vivir seis meses entre estas paredes no lo sabes? —repuso un poco exasperada.

—Pues no lo sé —dije sinceramente.

—Es la novia del capataz, la hija del hacendado, la que busca sin encontrar.

—¿Qué busca y qué no encuentra? —insistí casi gritando.

—A veces se nos olvida que no creciste en Tlacotalpan —intervino la Nena Olguín—. Busca al amado que le arrebató el padre traidor, don Ildefonso. ¿Nunca oíste las coplas?

—Eres algo lela, Victoria, con razón el general te hace guaje y ni cuenta te das.

—Eso creen ustedes. Yo acepto que a los hombres les encanta andar de capillita en capillita y me conformo con ser la catedral...

Así nos despedimos. Volví a la casa, les di de cenar a mis hijos y los acosté. Durante un rato estuve ensimismada. Acababa de pasar muchos días sola y aburrida matando el tiempo en tonterías. Reflexioné en eso y me asaltó la idea de que me había equivocado al casarme con Humberto. Sin ganas de otra cosa permanecí al borde de una mecedora viendo a mis muchachitos dormir con la respiración acompasada. De pronto, movida por una fuerza ajena a mi albedrío, tomé la palmatoria y me puse a caminar. Recorrí todas las piezas. En mi dormitorio contemplé la enorme cama vacía y mi silueta reflejada en la luna del tocador. Contemplé mis ojos hundidos, mi nariz chata, mis ojeras profundas como si este sufrimiento no encontrara un consuelo. A pesar de la penumbra quise perfumarme para sentirme envuelta en un manto de nardos. Con manos temblorosas tomé el frasquito de esencia y me eché unas gotas detrás de las orejas y otra gotita entre los senos. Luego, dispuesta para un encuentro, bajé las escaleras al ritmo de mi sombra. Los retratos colgados en los aposentos acosaban mi peregrinación con sus ojos pintados. Abrí la puerta de la sala, abrí el piano y me senté en el banquillo antes de empezar a tocar; pero nunca supe tocar el piano, no me interesaron las lecciones del profesor ruso que contrató mi papá.

Y toqué la mazurca de Chopin que tanto te gustaba, Julián. Muchas veces afirmaste que te complacían aquellas melodías febriles. A la nota final siguió una catarata de aplausos que me procuró la concurrencia. Se oían alabanzas sobre mi destreza, sobre la habilidad de mis dedos fugaces atrapando escalas y arpegios. No me halagaban. Sabía que afuera, tras los vidrios, aguantabas la rabia parado junto a la ventana. Observabas lo que ocurría a tu pesar, te consumías de impotencia viéndome departir con los invitados. Sé que odiabas a Roberto Villasaña, sé que te torturaron unos celos atroces porque creíste que me casaría con él. Para remediar tu tormento procuré darte una señal de mi amor. Prendí al traje de tafeta la rosa que me regalaste esa tarde. Cerca de Roberto la rosa manifestaba tu presencia, tus ojos ansiosos persiguiendo mis movimientos a través del cristal. Cerré el piano, sua­vemente pasé la yema de los dedos sobre la tapa negra y reluciente como un espejo maléfico donde la lumbre de mi vela semejaba una estrella, y fui al comedor. Mi padre me había reservado la cabecera de la mesa. Roberto me pidió sonriendo con sonrisa de niño que le colocara la mano en el corazón para que se lo sintiera latir con ese roce, y encontré el bulto de un estuche bajo su saco. Era un anillo de compromiso. Retiré la mano asustada de que te dieras cuenta. Otro me amaba también, e incliné la cabeza hacia el hombro para sentir en mi mejilla los pétalos de la flor que me diste. Mi padre conversaba distraído y al cabo de un rato propuso un brindis por la felicidad de los presentes y en particular por la dicha de su hija que creció con tanto esmero en los mejores colegios europeos, su única heredera. Brindé contigo que no te­nías copa y que te morías de cólera pensando en mí. No lo adivinaste, Julián, a cada vuelta del vals entre los brazos de Roberto yo rememoraba nuestros encuentros secretos, nuestros paseos a caballo, el viento que me golpeaba la cara, esa risa tuya descubriendo tus dientes blancos y parejos como dos hileras de perlas. Roberto elogiaba mi vestido y yo recordaba que tú dejabas resbalar mis ropas. A la orilla del río me besabas el cuello, me tomabas por la cintura y nos metíamos a nadar. O recordaba que nos echábamos manotazos de agua y el agua nos caía encima simulando chaquira, luces de Bengala. Bajo el brillo de mi vela llegué a la cocina. En la penumbra parpadeante vislumbré las canastas de frutas y legumbres, las cazuelas, los cazos de cobre. Todo eso me llevó a pensar en mi mansedumbre doméstica, en la pobreza de mi alcoba, en las caricias desganadas y rápidas que me hacía Humberto, en mi sed siempre sin apagar. Y yo te deseaba, Julián, nunca imaginarás cuánto te deseaba aunque me rebajara esta pasión de hembra que no conoce barreras. Bastaba con reconstruir en la fantasía la forma de tus piernas, de tu pecho algo lampiño, bastaba con acordarme de tu sexo boscoso para volver a sentir cosquillas en mi centro y estar se­gura de que sólo había nacido para tenerte dentro de mí. Quererte, Julián, eso nada más me importaba. Tocarte, Julián, tocarte junto a mi cuerpo. Enternecerme al comprobar tu agradecimiento por las trenzas que me tejo para no agraviarte con peinados de señorita. Y Roberto decía que no dudara en aceptarlo porque no viviríamos aquí sino en México, lejos de tanto indio pata rajada. Prometía organizar fiestas y comprarme alhajas en las joyerías de Plateros. Al compás de la danza yo reconstruía tu rostro, evocaba tus mimos y me estremecía de puro placer. A mi padre debió parecerle un momento oportuno. Suspendió la música y con voz atronadora anunció el matrimonio. Los asistentes nos felicitaron, afirmaban que hacíamos buena pareja y que tendríamos una descendencia hermosa. Roberto se los agradecía contento y yo me ruborizaba en mi turbación. Las sirvientas descubrieron nuestro cariño. Fue Chole quien te contó cuanto sucedía en la casa grande, en las habitaciones interiores donde no podías espiar. Lo supiste enseguida. Todavía fantaseo con tu coraje al enviarme el recado en que me pedías verte. Planeaba acudir a tu cita esa noche como siempre, y me impacientaba que la gente tardara en irse. La angustia me tiró el papel al suelo. Mi padre se agachó a recogerlo, reconoció la letra y lo leyó. Intentaba autoconvencerme de que nada ocurriría, que las cosas seguirían igual, que nos encontraríamos en el campo durante los crepúsculos. Mi padre procuró no dar espectáculos frente a nadie; pero me atrajo a una esquina y me aseguró colérico que no iba a permitir mis relaciones con un desarrapado. Le supliqué inútilmente. Mi llanto sirvió para despertar su malicia, para descubrir la índole de nuestros amores. Y mandó que me encerraran en mi recámara y mandó a varios peones por ti.

El tizne había escrito viejas historias en el fogón. Me cansé de leerlas y fui al vestíbulo. Arriba de un sofá abracé mis rodillas y apoyé encima de ellas la cabeza. La vela debió consumirse y debí dormirme. En la madrugada, allí se tropezó conmigo Humberto. Creyó que lo aguardaba. No quise desengañarlo, ni confiarle mi recorrido, ni explicarle que no había hallado a la que busca sin encontrar.

Nadie me informó nada. Quienes pretendieron narrarme el cuento lo ignoraban, y quienes lo sabían se negaban a contarlo. Una mañana a la salida de misa, en el atrio de la iglesia oí que el cieguito del arpa cantaba el sonsonete de sus coplas. Hablaba de un capataz desaparecido como si se lo hubiera tragado la tierra, una novia desesperada y un padre dueño de la venganza. Sólo eso. Ninguna noticia nueva. Y mis hijos nunca se asustaron acostumbrados a que las criadas se fueran como almas que se lleva el diablo porque no soportaban los suspiros recorriendo los pasillos, ni los murmullos que entraban desde el patio.

Con la aguilota en la gorra, Humberto cada vez inventaba más pretextos para inspeccionar la zona. Conmigo se quejaba de sus muchas obligaciones y a sus amigas les alegraba la oreja y el bolsillo. El caso es que me fastidiaba en aquella soledad y el día de Todos Santos se me ocurrió levantar una ofrenda. Pretendí arreglarla bonito y que algunos conocidos vinieran sin poner caras de condenados a muerte ni castañetear los dientes. En la huerta crecía cempasúchil, corté unos manojos amarillos que relumbraban al sol, compré panes, tamales. Sobre un mueble extendí un mantel deshilado, acomodé los retratos de mis fieles difuntos y en un saloncito, como achicado a la fuerza, decidí juntarlo todo y colgar mi Dolorosa creyendo que su aflicción y sus puñales serían una garantía para visitas. Le dije al asistente que sostuviera el cuadro de una alcayata de plata encontrada sabe Dios dónde. El primer martillazo sonó hueco, el segundo causó un boquete y el tercero lo agrandó. Nos dedicamos a escarbar y entre los dos abrimos un agujero. Al principio supusimos que adentro brillaba un collar de perlas. Después nos quedamos perplejos. Eran los dientes de una calavera. Habíamos descubierto a un emparedado. El altar cobró de pronto una verosimilitud sorprendente. Como primera reacción se me ocurrió tapar el hoyo, dejar las cosas calladas y no prestarle al pueblo más leña verde; pero comprendí mi deber cristiano. Traje al cura y al jefe de policía y le di a ese hombre una sepultura honrada. Las Josefinas rezaron un novenario, la finca se regó con agua bendita, se exorcizaron las remembranzas y hasta se ofició un responso frente al muro derribado. Todo Tlacotalpan conoció tales medidas. Mis amigas cobraron confianza y decidieron volver a jugar. Llegaron alegres y dicharacheras. Con el asistente mandé decirles que me esperaran un momento en el cuarto acostumbrado. Cuando me paré bajo el dintel de la puerta, Dolores Prieto se puso blanca. Le preguntó a la Nena Olguín:

—¿Viste?

La Nena respondió: —¡Vi! —y las dos salieron en el acto llevándose consigo a Loreto Herrero.
 

 


 

 
Don't try this at home
 


Homenaje a Inés Arredondo

 

Con el control remoto cambiabas canales frente al televisor. De pronto la pantalla se oscureció y volvió a iluminarse en la brillosa nariz y los brillosos cachetes del cantante Barry White que vestido de lila ponderaba sus experiencias en un coro eclesiástico y los beneficios que le había traído a su interpretación del soul. También dijo que su madre era una reina y por eso vivía con él, su mujer y sus siete hijos, en una mansión de treinta cuartos. El programa se llamaba The rich and famous, dedicado a quienes lograban fama y fortuna en una ciudad con complejo de récord Guinness. Cosa comprobable en la siguiente entrevista. Seguido por la cámara, el cheik Mahommed Al Fass dejaba su lujosísimo departamento de la 5a. Avenida, abordaba su limusina que sin dilación lo transportaba suavemente hasta las puertas de la Joyería Cartier. Los dependientes doblados sobre sus barrigas lo recibían con profundas caravanas. El cheik iba a comprarle aderezos de esmeraldas a su hijita. La niña de cabellos negros y ondulados se veía extravagante, con aretes que le llegaban al pecho, aplaudiendo ante una hilera de estuches rojos. Festejaba cada alhaja que su padre le ponía encima como si fuera un juego divertido que en realidad no acabara de entender.

Colocaste dos almohadas tras tu espalda y recostada sobre la cama con las piernas extendidas, de vez en cuando y casi sin darte cuenta les echabas un vistazo. Siempre te sentiste orgullosa de tus piernas y has logrado conservarlas a fuerza de ejercicios y cremas y jabones contra la celulitis; pero descorazonada notaste un pliegue en la rodilla. No lo tenías y su aparición subrepticia trajo consigo una tristeza honda y desolada; además la tarde anterior te miraste de cuer­po entero y en paños menores en un vestidor de Lord & Taylor. Últimamente rehuías esas confrontaciones sin paliativos. Los espejos se vuelven unos objetos fríos y acusadores. Parada bajo la blanca luz neón notaste que tus senos no son ya tan firmes y que el resto de tu persona empieza a revelar un implacable deterioro que tanto duele a las mujeres atractivas cuando envejecen. Quizá por eso Enrique ya no muestra grandes entusiasmos. Pasaron los ardores de los primeros años matrimoniales y, veinte años después, duermen abrazados como hermanos inocentes y tiernos que olvidaron por qué Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso. Quizá eso te obligaba a creer que no participabas en la fiesta de la vida manteniendo la sensación de ver las viandas tras los aparadores sin comértelas.

Anoche experimentaste lo mismo caminando sin rumbo. Tropezaste con un grupo de transeúntes aglomerados frente al Radio City Music Hall. Impulsivamente había llegado un infinito camión de mudanzas, los costados dos lonas con idénticos letreros: Don’t try this at home. Sin duda los neoyorquinos están locos; pero no al grado de intentar en sus casas lo que aquellas gentes se proponían. Del camión bajó una locutora negra, cuyo nombre no recuerdas aunque la has visto en tus disipaciones televisivas, que animaba febrilmente a los reunidos para interesarlos en un espectáculo gratuito. Las toneladas del apabullante vehículo pasarían sobre los ochenta kilos de un hombre acostado en el pavimento. Y antes de tenderse bocarriba, con cachucha azul y chamarra roja, el desventurado se dejaba retratar en medio de reflectores.

La gente se aglomeraba por segundos. Subida en una barda del edificio opuesto atendiste los preparativos. Tu curiosidad no era mucha; pero hacía calor y no pensabas ir a otra parte. Esperaste buen rato el hecho maravilloso. La locutora hablaba sin parar con su excitante voz de fumadora que al expandir el humo por los pulmones evocaba voluptuosidades ignotas. Una rubia platino movió el camión diez centímetros con un aterrorizador ruido de frenos, falsa alarma para aumentar la expectación. Te puso nerviosa la idea de que semejante armatoste transformara en papilla la humanidad del sonriente individuo expuesto a las miradas ajenas con la resignación inconsciente de los changos del zoológico. No parecía molestarle ganarse la vida con tanto trabajo. Oíste comentarios y aunque algunos espectadores se preguntaban cuál sería el truco de quienes organizaban aquello, resultó insoportable la espera. Te hubiera encantado la imprevista presencia de un mago que mediante palabras cabalísticas y un trapo rojo desapareciera locutora, rubia, camión y víctima y los llevara volando por los aires más allá de las Torres Gemelas hacia el mar abierto, ante los atónitos testigos reunidos allí a falta de mejor entretenimiento.

No resististe la absurda demostración de la que en media hora sólo se habían oído frenazos atronadores a lapsos intermitentes y sin importarte su término feliz o desdichado emprendiste regreso a tu hotel, aunque sabías que Enrique aún no regresaba y que pedirías una ensalada para cenar en el cuarto, con el televisor prendido. Te siguieron unos pasos cansados que apuraron su ritmo cuando apresuraste el tuyo. Al voltear la cabeza comprobaste que era un muchacho de apenas veintitrés o veinticuatro años, uno de tantos vagabundos que pululan por Nueva York. Momentos antes había estado parado junto a ti. La blancura de sus dientes contrastaba con la piel renegrida. De pronto un cuerpo pasó corriendo y alguien te gritó que agarraras bien tu bolsa. Fue muy rápido; pero aprovechaste la advertencia, burlaste al ladrón y repa­raste en que tu perseguidor te había salvado; sin embargo no se te ocurrió agradecérselo, gratificarlo, o al menos sonreírle. Alargaste tus zancadas que encontraron eco en las pisadas a tu espalda, hasta que reconociste la entrada al hotel frente a Central Park. Te reconfortó el uniforme rojo y los botones dorados del portero a quien desde lejos saludaste con la mano. Guardó su distancia desdeñosamente, te respondió inclinando la cabeza y empujó la puerta para esperarte. Subiste la escalinata con una agilidad pasmosa. Desde arriba observaste que el vagabundo se detenía ante el primer escalón, te miraba con sus ojos pestañudos y te perdía en el momento que entrabas. La luz del farol te permitió reconocer que su pelo rizado de mulato cubría una cabeza torneada y te preguntaste si su madre también era una reina africana.

Los cambios de clima tan frecuentes y esa terrible humedad que convertía en vapor a las personas y las cosas, volvían chocante Nueva York en el verano. Tu marido vino para entrevistarse con un jefe de compras de Bloomingdale’s. Quería consolidar una importación de flores naturales y venderlas a la entrada del almacén envueltas artísticamente en papel picado de tonos vivos, con una tarjetita colgante diciendo ¡Viva México! Te rogó acompañarlo y luego te dejaba sola el día entero. Lo aprovechabas recorriendo tiendas o museos con un calor sofocante. Incluso la mañana del domingo, Enrique asistió en Albany a un desayuno para hombres solos, culminación de ajustes y contratos. No regresaría pronto. Creíste absurdo desaprovechar el tiempo oyendo esta vez las confesiones de Eddie Fisher que por miedo a ser rico y famoso se aficionó a las drogas y como castigo divino y biológico perdió la voz y el respeto a sí mismo. Demostraba su arrepentimiento con una sonrisa de payaso triste y unos ojos muertos de pescado, consecuencia de varias operaciones plásticas poco afortunadas.

Resolviste salir en busca de una copa. Al escoger la misma puerta por la que habías entrado la noche anterior, casi tropezaste descubriendo al vagabundo en el lugar donde lo dejaste. Te reconoció y musitó algo con un sonido silbante de serpiente. Desentendida, recorriste apresurada la escasísima distancia hacia el Café de la Paix. Elegiste una mesa que diera a la 6a. Avenida y procuraste distraerte curioseando a la multitud que pasaba por allí con trajes estrafalarios, señal de una libertad más ostentosa que auténtica. El colmo fue un Sócrates, igualito a Peter Ustinov, enfrascado en conversaciones peripatéticas a la vera de su discípula japonesa: cabello negro y lacio, lentitos montados en la punta de la nariz, minifalda y atención reverente. Salvo tú, nadie se fijaba en el prójimo y a ninguno preocupaba ser parte del mismo género humano. Aburrida, dejaste tu martini y te internaste en el parque. Deseabas un domingo entre neoyorquinos típicos viviendo en el corazón del mundo. Te dirigiste hacia la calzada de los poetas, con sus bancas y sus árboles laterales. Una turista trepó como gamo la estatua de Robert Burns. Sentada en su regazo le echó los brazos al cuello y urgió a su novio para que desde un ángulo propicio enfocara una cámara. Se resbalaba de las nada acogedoras rodillas de bronce y su brazo no rodeaba bien el sostén de una idealizada cabeza de poeta romántico, con los labios entreabiertos en el trance de la inspiración sublime. Sería una buena foto para presumir entre las amigas de Marión, Indiana. Sin presenciar el instante del ¡click! te encaminaste a otra parte.

La guía de turistas asegura que durante el verano los domingos hay conciertos al aire libre. No te extrañaron pues los sones caribeños a la distancia, en pos de los cuales brotaban de la tierra puertorriqueños decididos a conmemorar una reunión anual. Se vendía chancho, plátanos fritos, brochetas de carne, arroz, piña colada y Coca-Cola. Y se compraban porciones enormes devoradas con gusto. En un escenario al fondo, una banda proclamaba que los asistentes eran emigrados de la segunda generación y los versos se repetían incansablemente a ritmo de rumba. Te repugnaron los cajones destinados a platos y vasos sucios y desperdicios de comida. Cerca de uno descubriste al vagabundo. Sus facciones eran armoniosas, con esas cejas tupidas y ese cutis y esa boca joven, aunque su pantalón que apenas le tapaba el sexo y parte de las nalgas y su desaliño general lo mostraban tan desvalido. No profirió palabra. Se aguantó quieto, esperando; pero diste la vuelta y retomaste el camino andado.

Como caracoles con su casa a cuestas, abundaban los sin hogar; sobre los hombros cobijas deshilachadas para improvisar una cama en un rincón. Algunos cloqueaban sus zapatos de hule contra la grava; otros recogían en grandes costales latas para venderlas, porque se vende cualquier cosa. Si algo no se encuentra en Nueva York es que no existe, afirma un anuncio publicitario muy conocido. A nadie admira por ejemplo una colección de perreras donde la mejor pieza tiene en el techo un demonio alado capaz de provocarle pesadillas al pobre can. La dichosa perrera no parecía buena ni siquiera para un vagabundo hermoso y miserable. En la ciudad todo es lo más del mundo, la mujer más vieja que murió a los ciento siete años, la más gorda, la más alta, la más adine­rada. O la más flaca, la más enana, la más pobre. Y con tal criterio debió extender su tienda un negro piernas de araña sentado en el césped, ponía al primer postor sus últimas posesiones: unos guantes usados, dos cerraduras sin llave, una linterna. Faltaba el antifaz de los rateros holliwoodescos. Parecía que vendiera sus instrumentos de trabajo y le dijera adiós a una vieja y amada profesión, como un torero que en­tregara los trastes. Pensaste que pasarían semanas, meses para encontrar clientes, y que ese hombre estaba allí sólo por no sentirse desocupado y agresivo como la mayor parte de las gentes que tanto hablan de triunfo y fracaso, y son groseros y se conservan profundamente enojados de no ser Mr. Trump, dueño de rascacielos, ni su mujer que diario cambia lentes de contacto a juego con el color de sus atuendos.

Te sentaste en una banca y escuchaste un cuarteto de jazz que tocaba para el público dominguero, mientras otra muchacha oriental improvisaba una danza cuya única gracia consistía en simular los brincos de un grillito asustado. Nunca llegaría a Broadway. Percibiste una presencia cercana. Era tu vagabundo que esta vez te miraba morosa y obscenamente. Se detenía en tus piernas cruzadas, en tu falda de lino blanco que se había subido a medio muslo. Intentaste jalarla experimentando algo inexplicable. Procuraste hacerte la desentendida y poner tu interés en la bailarina que se contorsionaba y alzaba los brazos como si estuviera ahogándose. El mulato permaneció muy próximo. Desafiante, sacó una roja lengua, la pasó por sus labios y repitió el mismo gesto varias veces para que lo vieras. Procuraste fijar la atención en otra parte; sin embargo, a pesar de tu disimulo te ruborizaste. Y enrojeciste cuando el mulato, manteniendo con la cabeza el compás de la música, hizo con ambas manos un movimiento circular simulando que te acariciaba los senos que bajo la blusa de seda acusaban tu respiración anhelante. Decidiste enfrentarlo, intercambiar miradas, dejar que la imaginación cobrara fuerza, entrar en el juego mudo, erótico y pervertido. Te mordiste los labios y como sorprendente respuesta al mulato le creció un bulto bajo el pantalón. Farfulló frases en un inglés martajado e incomprensible. Te estremeciste con un cosquilleo y luego con algo mojado y tibio. Intentaste levantarte, tu bolsa cayó al suelo y rodaron hasta los pies del mulato tu polvera de plata y monedas brillantes al sol. Te agachaste para recogerlas, él se agachó también. Por un instante creíste que las tomaría y saldría corriendo. Te asombró que te las entregara con una mano grande y morena de largas uñas. Las aceptaste avergonzada, a punto de pedirle que guardara el dinero. Casi le rogaste que te acompañara; pero no te pudiste imaginar entrando a un cuchitril o soportando la cara del portero, guardián de los veinte pisos de soberbia del Plaza, viéndote llegar con un vagabundo. Dudaste, le diste las gracias en español. Oprimiste tu bolsa y procuraste alejarte rumbo a tu cuarto para cambiar canales con el control remoto. Entonces viste la carne dura del mulato, su ombligo a través de la camisa hecha jirones. Supiste que te perderías una aventura estimulante como el propio Nueva York y te quedaste parada mientras en la cara de tu enemigo comenzó a nacer una sonrisa lasciva y dulce.

 


 

 
Sólo era una broma

Para Jaime Labastida

Aquel sábado hubiera sido igual a cualquier otro, si Carmen Acosta Rosas del Castillo no hubiera reparado —como una premonición— en que se levantaba de la cama con el pie izquierdo. Apoyó la planta desnuda sobre la alfombra y un escalofrío horroroso le recorrió la espalda ¡Ojalá nada malo me suceda!, rogó a sus santos protectores. Pero no se detuvo más a pensar las consecuencias funestas que podría traerle su mal paso, porque una lista de pendientes se proyectó en su imaginación como película de dieciséis milímetros al ritmo apresurado de una carrera de obstáculos. La invadieron sin motivo las mismas náuseas que la invadían todas las mañanas antes de ir a la escuela. Se sobrepuso, así lo había hecho siempre, y se autordenó pasar al despacho para asegurarse de que el office-boy hubiera puesto en el correo la carta urgente que el señor Malvido dictó a última hora la tarde anterior. Luego, Carmen continuaría su camino rumbo a Liverpool. Detestaba los grandes almacenes que apenas franqueadas sus puertas la impulsaban a gastar en cosas innecesarias, la transportaban hacia un estado febril de competencia que vencía mediante esfuerzos de sensatez; pero quería comprarse unos aretes. Hacían juego con el vestido negro de lunares blancos que su tía Rosario le había enviado desde Perote dentro de una caja envuelta con papel manila. Regalo de cumpleaños confeccionado por una costurera aplicada en los terminados de ojales y bastillas y no muy al tanto de la moda.

Acomodados en un estuche de terciopelo, los aretes lanzaban destellos comandando varias hileras de piedras coruscantes y seductoras. La dependienta los había colocado allí por ser los más llamativos y costosos. Aunque Carmen era parca en sus costumbres de vez en cuando despilfarraba dándose pequeños gustos. Y su complacencia voló por el condominio de una recámara en el cual no faltaba nada, desde la tostadora de pan, la sarteneta eléctrica y el horno de microondas en la cocina, hasta los más modernos adelantos de la técnica audiovisual representados por un estéreo de discos compactos y una televisión de veintiuna pulgadas en la estancia. Por supuesto nadie le había regalado ese confort resultado de trabajos forzados adivinándole el pensamiento al señor Malvido como secretaria particular. Afortunadamente, casi en los principios del siglo XXI, las mujeres aprendieron a valerse por sí mismas con eficacia y orden y cuando saben que los bienes de hoy remedian las penurias futuras; sólo así enfrentan una vejez digna si no dependen de nadie ni cuentan con parientes que las mantengan. Y sin mediar más razonamientos prácticos a los cuales solía aferrarse, sintió que los años se le habían ido en un guiño, un parpadeo. Para ella antes de que se fuera el ayer, llegó el mañana y el hoy no había aparecido nunca. Se sumergió en una luz azul, en una tristeza vaga, con el conocimiento de que los días empezaban a contar. Tuvo esa certidumbre al servirse una taza de café y dos o tres galletas sobre un plato.

Una deformación profesional la obligaba a escribir mentalmente en taquigrafía los pendientes cotidianos. Por la tarde iba a poner orden en su clóset y a lavarse el pelo. Siempre se lo había dejado largo para tejerlo en una trenza alrededor de la cabeza. Reconstruyó la imagen de una compañera suya en la preparatoria, la más aplicada de la clase, que se burlaba a carcajada limpia por esa costumbre de lavarse el pelo sólo los sábados. Aquella niña tenía dotes de soprano: “¡Oh María, madre mía! ¡Oh consuelo del mortal! ¡Amparadme y llevadme a la patria celestial!”, cantaba parada en lugar de honor en tanto las demás formaban interminables filas, que daban vueltas y vueltas al patio, para depositar flores blancas a los pies de una Concepción estofada que subida en alto recibía la ofrenda cubierta por su manto azul, marco de un rostro hermoso e imperturbable.

Sin embargo aquella niña, dispuesta a tocar las campanas del paraíso, escondía algo diabólico bajo su mirada ávida, sus senos trémulos y su cinturita de avispa que ni la lana del uniforme azul marino lograba disimular. Era un demonio al que la suerte le había proporcionado cuanto una adolescente desearía. Un gran coche color camote que echaba chispas desde su cofre pulido la llevaba diario a las puertas del colegio y la esperaba antes de la salida. Usaba sobre el pecho una medalla guadalupana rodeada de brillantes. Se la había dado en prenda cariñosa un novio de dientes perfectos hechos para anunciar pastas dentífricas. Y, esto ya parecía imperdonable, sus padres le cumplían caprichos convencidos de que era un ángel de carne y hueso. No sospecharon que escondía una crueldad filosa ejercitada contra los débiles, contra una muchacha que tenazmente boleaba sus zapatos empeñada en borrar las raspaduras de la piel a base de betún negro. En un falsete, impostando la voz, le gritaba desde la punta más lejana del salón: “Carmen Acosta, que te pica una mosca”, y parecía rascarse con diez uñas su cabellera llena de ondas oscuras y sedosas. O se apretaba la nariz para no oler algo apestoso. Siete u ocho cretinas celebraban el chiste. Formaban un grupo homogéneo, cerrado. Juntas recorrían capillas y canchas de juego en alegre complicidad, desafiando el santo temor de Dios, convencidas de que el porvenir no les reservaba ninguna sorpresa desagradable, que siempre serían jóvenes, ricas y bellas. Y cuando veían que con sus impertinencias Carmen casi quería morirse, la consolaban convenciéndola de que estaban bromeando. Ella hubiera anhelado tenerlas de amigas; pero nunca se atrevió a enfrentar un rechazo.

Entre todas, aquella niña representaba el prototipo de la ventura no celeste sino terrena. Como si, con las notas sobresalientes de su boleta de calificaciones, hubiera llegado en primer término a la repartición de bienes. En cambio, Carmen sentía que le había tocado uno de los últimos lugares, cuando las flores de la virgen comenzaban a marchitarse. Y aquella niña se convirtió en objeto de su envidia sangrante. Soñaba con ella sueños donde la hacía representar distintos papeles, como una madre burguesa idolatrada por el hombre de dientes publicitarios, transformada en estrella hollywoodense, en ejecutiva neoyorquina, en cantante de ópera erguida a mitad de un escenario iluminado con rayos violetas, énfasis perplejo a las dulces notas de un aria que flotaba suavemente hasta la fila Z del tercer piso en el Palacio de Bellas Artes, donde Carmen Acosta sentada en una oscura butaca temblaba de admiración y de rabia. Al despertar ad­vertía que eran aprensiones falsas, cosas sin fundamento; pero en las horas de vigilia y tráfago cotidiano conservaba un sentimiento inexplicable, la certidumbre de que aquella niña le había robado absolutamente todo su patrimonio en este mundo, las oportunidades de ser feliz, y por tanto era su enemiga, su contendiente.

Con el tiempo se fueron desdibujando los rasgos de ese rostro tan amorosamente odiado. No lo había visto en un cine, a la salida del supermercado, al abordar algún vehículo o en reuniones de ex alumnas a las que, por otra parte, Carmen jamás asistía. No había descubierto fotos suyas en los periódicos ni leído su nombre en las secciones de sociales o en una esquela de defunción; pero, aunque las matemáticas del destino nunca son como las de un ejercicio escolar, Carmen presentía que volverían a encontrarse.

Bebió a sorbos pausados una segunda taza sin reconfortarse con el aroma del café veracruzano y, como si le hubiera caído encima un capote de lana, hizo con la mano un gesto espantándose una mosca inexistente que alejaría los malos pensamientos. Revisó su bolsa. Traía sus llaves y las de la oficina del señor Malvido, licencia automovilística, nota de la tintorería que amparaba su mejor traje, el sueldo quincenal. Aún no lo distribuía en sobrecitos dedicados a sus pagos mensuales, incluso la parte que iría a su libreta de ahorros. Llevaba, además, dirigida a su tía Rosario una tarjeta postal que necesitaba timbres. Se convenció de que nada le faltaba, y salió cerrando la puerta con la meticulosidad de un portero responsable.

Desde el fondo de sus moléculas de plástico, los iridiscentes zafiros le decían: ¡Cómpranos! Y a esa petición se unían los destellos de las circonias engarzadas en cerquillos que le suplicaban: ¡Haznos tuyos! Prometemos mejorar tu apariencia, fingirnos genuinos, tapar las sutiles cicatrices que detrás de las orejas te dejó la cirugía plástica. Carmen dudó todavía unos segundos. Al rato quién sabe si no le hubiera importado tanto; pero en aquellos momentos, sufría abandonándolos en espera de otra dienta. Se alejó algunos pasos y reconsideró la necesidad de poseerlos. Con gesto decidido de potentada sacó una mica amarilla y dijo ahogándose con el desplante:

—A mi cuenta, por favor.

Guardó dentro de su bolsa otra bolsita rosada con el precioso tesoro y, tal vez por la angustia que la decisión había significado, el café causó efecto y tuvo unas ganas enormes de orinar. Así pues fue al baño de mujeres. Entró despreocupada e instantáneamente experimentó una sensación desagradable en la nuca, la fijeza de una mirada bizca a su espalda. Una morena maquillada y que se recargaba desenvuelta contra el lavamanos la observaba con arrogante curiosidad. Carmen no prestó demasiada atención urgida de que desocuparan algún excusado:

“El primero libre, lo gano yo. Las necesidades imperiosas nos impiden ser corteses”, pensó recorriendo con los ojos puertecillas recortadas bajo las cuales asomaban piernas y zapatillas de distinto grosor y tamaño.

Por fin salió una señora y antes de extinguirse el ruido de la cadena, Carmen entró apresurada. Puso su bolsa en el suelo y se entretuvo levantándose la falda y bajándose la pantimedia. Entonces, incrédula, sin entender lo que pasaba, descubrió una blanca mano de largas uñas que en un rápido desliz agarraba su bolsa.

Carmen se vistió como pudo y corrió tras la ratera. No se encontraba ya en el baño, en el pasillo, ni era identificable entre las innumerables personas que recorrían los departamentos de distintos artículos, o entre las que subían o bajaban las escaleras eléctricas. Ninguna se parecía a la pintarrajeada en quien apenas había reparado y que sin duda era la delincuente. Furiosa, Carmen levantó su queja ante los detectives del establecimiento y hubiera pedido auxilio al cuerpo policiaco entero y al cuerpo de bomberos; pero sabía que resultaba inútil.

El enojo se le convirtió en depresión. Los espíritus visibles e invisibles eran causa de su mala fortuna. Con pies de trapo logró apretar el botón del elevador y pedirle a su vecina el duplicado de la llave que guardaba para emergencias. Esa noche no durmió. En un estado catastrófico concluía que la vida acaba con todo y deja que se escurra fuera de nuestro alcance. ¿La vida? Quizá nosotros mismos, se culpaba dando vueltas en el campo de batalla de su cama y ahuecando la almohada, esponja que sorbía el manantial de sus lágrimas.

Sin embargo, el lunes se presentó puntual al despacho y desempeñó sus obligaciones con un cierto automatismo que sólo hubiera notado alguien que la mirara con interés. Cerca de las doce sonó el teléfono. Una soprano ligera preguntaba por ella y enseguida se identificaba como la autora del hurto. Estaba apenadísima por haber sucumbido a su cleptomanía. Actuaba por impulsos y luego la vergüenza le causaba sufrimientos tremendos que los psicoanalistas no remediaban. Claro que devolvería lo robado para lo cual deberían encontrarse otra vez en el tocador de damas de Liverpool. Allí le entregaría sus cosas, incluyendo los aretes tan exquisitos.

Carmen se mostró dispuesta a perdonar y hasta dio las gracias por lo que creyó un elogio a su gusto personal. El señor Malvido se dispuso a prescindir de sus servicios esa tarde y ella llegó a la cita antes de las cuatro. A partir de esa hora consultó su reloj constantemente, cada quince, cada diez minutos, y un sudor frío perlaba su frente. Nadie dio señales de reconocerla o de intentar hablarle, ni siquiera mientras las luces fueron apagándose y los rincones de la tienda quedaron desiertos.

Segura de que la habían hecho víctima de una nueva jugarreta, Carmen Acosta quiso refugiarse en la tibieza de sus sábanas para llorar a grito pelado. Cuando regresaba, todavía pudo ver desde lejos un camión de mudanzas que partía de su casa a toda prisa.