Nota introductoria
 

 

Hermana, dulce hermana, Ismene amada, una
herencia de males nos dejó Edipo, ¿habrá siquiera
un infortunio que no haga caer Zeus sobre nosotras
mientras tenemos vida? ¡Todo, todo hay en ellos: dolor,
odio, persecución, vergüenza, ignominia y desdén; es
tu herencia es mi herencia: todo lo hemos saboreado!

 

Beatriz Espejo llega a la literatura cargada de interrogantes, de zozobra, de infelicidad, sus voces primordiales: madres, abuelas, tías solteras; himeneos incompletos, amores que el amor no llena, búsqueda de la felicidad en suma.

Hay creadores que acuden dichosos a la palabra e irradian una plenitud sin pliegues, pero también sin contradicciones.

Los felices, los dueños de una elocuencia prístina, los a veces simples o postulativamente rebuscados, pero siempre “dichos” enteros, vaciados en el molde de un lenguaje que no parece tener más que cauce, remansos o plácidos márgenes. A Beatriz Espejo le resulta incómodo el placer de describir, le parece premonitorio de amargura, de hosquedad, el descubrimiento de la soledad que tienen las cosas cuando la mirada del ser amado no las rodea, pule o mancha. Hay en sus Muros de azogue, la aceptación y el desenvolvimiento de un barroco lleno de minucias, detalles, encajes, puntos de cruz; ceremonias esperadas, encuentros mercuriales que el lector podrá gustar, paladear, con un ánimo casi historiográfico, casi frío y sin embargo, el atisbo de un destino en rebeldía (el enigmático destino de la condición femenina) llevará a este lector a voltear el rostro y a presentir —sin estar exento de temor— la inminencia de un peligro, la persecución de una verdad.

Pródiga y fértil ha sido la presencia del barroco en la literatura en lengua española, porque ¿cómo evitar el entramado tenso y cordial de un tapiz o laberíntico y azul de la nervadura de las hojas? En este siglo, en nuestra edad, Lezama Lima, Carpentier, el mismo García Márquez y sin embargo, aunque en el primer cubano hay un claro asomo de la Nada, me atrevo a sugerir que el barroco varonil se consume en sí mismo.

Beatriz Espejo retoma el oficio de Penélope, la pasión de Rosa Chacel, la elocuencia de Mercè Rodoreda, el gesto de extravío delante del crepúsculo de Katherine Mansfield, y quisiera decirnos y quisiera decirse a sí misma que ya no tiene más sentido el detalle, la filigrana de la que está rodeada el vacío; pero todavía coqueta, lo describe. Sí, lo describe, pero para descalificarlo, para afirmar que no es posible sostener la condición humana en el entramado de una celosía.

No siempre la individualidad se persigue por sus extremos, es decir, por las obsesiones, contradicciones, caídas, de un espíritu, pero en el creador que ocupa y ¿tortura? a nuestra autora, el ascenso de sus fantasmas interiores es magnífico. No sé si sería correcto calificar de hermoso el viaje que hacia sus propias entrañas, desde los Muros de azogue hasta los últimos cuentos pasando por El cantar del pecador, realiza la voz creadora que habita en Beatriz Espejo. Deberá, y ya lo intenta, dejar el Lastre hacia el mar blanco de su verdad, deberá hacerlo después de recordarlo todo: las nupcias de una abuela, el enamoramiento de una joven provinciana, el insospechado abandono de una viudez que en ocasiones es física y las más de las veces, moral. Deberá recorrer todo el camino, desde las entrañas, hasta la luz y todo este dolor, este relato, esta intensa comunicación, deberá el lector olvidarla para descubrir y aceptar esa saga de la condición femenina.
 
Esther Hernández Palacios

La caña de Iquimite, octubre de 1992