La ciudad de la noche

   

 
Lo despertó un ruido. Más que un ruido, la sospecha de que el susurro aquél pudiera no pertenecer al sueño. ¿Qué soñaba? Nada tremendo, alguna de esas nimiedades oníricas: una casa abandonada y él esperando, allí dentro, a un visitante anónimo y sin rostro... Un sueño extraño, sin angustia ni resabios.

Ciertamente el crujido aquél había sido como todos esos murmullos que pueblan la ciudad de la noche: un conductor desvelado, el inmisericorde gorgoteo de las cañerías, la lluvia sorpresiva de agosto a media madrugada...

“La ciudad de la noche”, se repitió, con los ojos abiertos. Intentó adivinar las siluetas del aposento: la silla, la cortina, la pantalla opaca de la lámpara. Oscuridad y silencio. Un hemisferio habitado sólo por enemigos. Todos duermen, creen dormir, se revuelven en sus camas recordando el gran sueño que vendrá, a perpetuidad, después del cáncer, la diabetes, el infarto. El cementerio nocturno tan temido.

Todos somos hipocondriacos, pensó al girar el cuerpo con suavidad, acomodarlo al reposo de Remedios, contagiarse de su tibieza. Juntos vinieron entonces el bostezo y el suspiro.

Descansó una mano en la cadera sinuosa de su mujer. Era un modo de ofrecerle ternura, consuelo, arrullo. “Todos somos paranoicos”, se dijo, y nuevamente cerró los ojos.

Aquello, afortunadamente, había sido el guiño simple de una pesadilla. Muy pronto ya se encargaría el sueño de remediar el sobresalto, porque durmiendo todo se arregla. Volver al agua primigenia, flotar en la mar de la amnesia, derivar como ahogados en el remanso del perdón. Dormir un poco es morir un poco...

Ahí estaba, otra vez, el ruido.

¿Qué podría ser?, o lo que era peor, ¿quién podría ser?... Recordó la anécdota aquélla de Gasea, su compañero de oficina: dos ladrones que tras irrumpir en su casa mantuvieron secuestrada a la familia entera en la alcoba matrimonial; un arma apuntándoles hasta que lograron cargar el auto con todo: joyas, relojes, dólares, el televisor y hasta la secadora de pelo. “En media hora se llevaron todo”, confirmó luego el gendarme que levantó el acta. “El noventa por ciento de los asaltos nocturnos ocurren entre las dos y las cinco de la madrugada.”

Remedios era enemiga de las pistolas, y el bat de beisbol estaba arrumbado en el clóset de trebejos. Además resultaría demasiado cinematográfico, demasiado ineficaz frente a una metralleta. Un asaltante va dispuesto a todo, eso lo leyó en alguna revista, así que abrazó a Remedios en silencio. “¿Y para qué querrán una secadora de pelo?” Enseguida pensó en Mercedes María, la pequeña.

Sacarla de su cuna... Sí, ¿pero sacarla para qué?

Silencio. La oscuridad era casi absoluta y no permitía ver las manecillas del reloj. Encender la luz equivaldría a despertar a Remedios, “¡Qué pasa! ¿Está llorando otra vez la nena?”, y violentarlo todo.

Esa primeriza lactancia había hecho de Remedios un costal de fatigas; un costal autómata que obedecía nomás palmotearle tres veces el costado. Después de todo, quizás ese ruido era todo imaginación. Una persiana vencida por la fuerza de gravedad, una cacerola acomodándose bajo el goteo del fregadero, una ventana mal cerrada... De cualquier modo, los asaltantes no se animaban a entrar en la alcoba. Seguramente habrían preferido actuar con sigilo, evitar el alboroto y ahí mismo, tras la puerta, estaría uno de ellos a la expectativa, con el revólver amartillado. “¿Ya habrán descubierto la caja con los centenarios oculta en el librero de la sala?”

“Ojalá no”, volvió a pensar, luego de contener el respiro, aunque se corrigió: “Sí, ojalá sí y que se vayan al demonio con esas nueve monedas de oro” porque una la había vendido, a espaldas de Remedios, para el préstamo que le solicitó Aurora, la secretaria... Pero ésa era otra historia. Ahora estaba solo, solo y despierto cuidando con su catalepsia el sueño de Remedios, de Remedios y la pequeña Mercedes María en su cuna, ahí, en la recámara contigua.

Al día siguiente, pasara lo que pasara, compraría un arma. De eso estaba seguro, dijera lo que dijera esa mujer de sueño tibio en la otra almohada.

Sí. Una pistola, de cualquier calibre, porque un arma disparando hiere más por su grito de pólvora que por el impacto mismo del proyectil. ¡Pum!... y todos los vecinos asomando en las ventanas; pero los asaltantes no llegaban. Seguramente habían encontrado la caja con los diez centenarios y ahora... los nueve centenarios y ahora discutirían en secreto si huir con el botín o quebrar el sueño de estos riquillos hijosdeputa, obligarlos a entregarlo todo. Violar a Remedios, robarse a Mercedes María, apuñalarlo a él con el cuchillo nuevo de la cocina.

Abrazó a Remedios. Quiso no infundirle ese pulso trémulo que invadía sus venas, pero ella giró sobre el costado soltando un mugido de protesta. Si todavía no era la hora de la teta, que no la estuviera fastidiando... Así es el frágil equilibrio de los lechos conyugales: facilitan el amor cotidiano pero también el hastío mutuo. Cuan pronto los tórtolos ardientes despiertan igual que escorpiones invernales...

Otra vez el ruido. Sí, el ruido por allá, sólo que esta vez fue innegable. Ahí andaba alguien. Comenzó a temblar entre las sábanas. Quiso musitarle a su mujer una palabra de amor, pero no pudo articular nada. Remedios, de hecho, era un regalo de los asaltantes.

Aquello había ocurrido años atrás. Un lapso que sumaba la edad de Mercedes María, su gestación y los meses que debieron esperar luego del divorcio de Remedios. Entonces preferían un motel en las afueras de la ciudad, hasta el día, o la noche, del asalto. La banda estaba integrada por siete tipos que, habitación por habitación, fue despojando de sus valores a las parejas ahí alojadas. Al momento de formalizar la denuncia, una hora después, nadie quiso firmar el acta ni mucho menos identificarse. Fue, por lo tanto, un delito inexistente para la ley, y Remedios, que al peinarse ante el espejo retrovisor, advertía al arrancar el auto: “Después de esto, Manuel, nunca más clandestinos. Me prefiero aburrida y viva con mi marido, que muy enamorada y muy muerta contigo”. El divorcio de ella no tardó demasiado. Aquel agradecible asalto fue, que ni qué, un regalo de Dios...

El ruido, nuevamente, atravesó uno de los pasillos. ¡Que se llevaran todo pero que los dejaran dormir, vivir en paz!

El tamborileo en la duela, sin embargo, resultó demasiado torpe; una delación que estuvo a punto de arrancarle la carcajada. Eso debía ser un bicho explorador: un gato, un ratón, un gato y un ratón persiguiéndose. Respiró tranquilizado. Sonrió en las tinieblas. Recordó a Tom y Jerry, aquellos dibujos animados habitando aún los resquicios de su infancia perdida, sólo que en casa no había gato.

En vez de pistola compraría una ratonera. La cuna de Mercedes María, afortunadamente, era de tubos de latón y no había alimaña capaz de trepar por esa bruñida superficie. Volvió a suspirar reconfortado.

Quiso entregarse al sueño, olvidar al intruso, no ser más el estúpido habitante de la ciudad de la noche.

Claro, el ratón podía ser pie de cría, el primer indicio de una plaga, y entonces recordó la genealogía del ratón Mickey, sus inverosímiles aventuras de audacia y fantasía. Él, en lo personal, había preferido siempre los desplantes enfurruñados del pato Donald, su bravuconería de chorlito, ese cuac-cuac-cuac incomprensible y altanero; sólo que ahora el desasosiego ya resultaba excesivo. Nada tan horrible como un amanecer a mansalva. ¡Tenía que dormir, dormir!...

Sí, tal vez un buen trago podría ser el remedio. Dos dedos de whisky para recuperar el sueño. Imaginó la risa mofletuda de Gasea, en la oficina, luego de escuchar el relato.

Intentar la cacería del roedor, a esa hora, resultaría empresa de locos. Encender todas las luces, alzar los sillones, blandir un palo. El ratón iba a lograr escabullirse, la nena se despertaría asustada, berrearía hasta el alba por los gritos y los escobazos, y después de la faena lo peor: Remedios le brindaría, con seguridad, una jornada de reproches y malhumor. Una madrugada con tres insomnios de aquelarre era demasiada dinamita para el equilibrio familiar. Además, ¡pobre Mickey!, tan imbécil en su fanfarronería de bolsillo. ¡Ah, qué diera por un golpe de J&B en su garganta!, pero levantarse en ese punto de la... ¿Qué hora sería?

No. El ratón no podrá robar los nueve centenarios, ni hurgar en el alhajero, ni utilizar sus tarjetas de crédito. Pobre ratoncito de mierda que pasado mañana morirá con la sangre envenenada por los fumigadores... ¿Qué husmeará en este momento?: ¿un trozo de pan bajo la mesa?, ¿el cenicero atestado de colillas?, ¿una lata de betún para el calzado? Habitar los basureros, temer la luz, fornicar en las cloacas; debe ser horrible la vida de un ratón.

Entonces, a lo lejos, un ladrido. Escuchó con atención aquel reclamo disipándose en la distancia. Un ladrido como relámpago nocturno.

¡Claro que sí! ¡Eso era! Mañana mismo compraría un perro. No una pistola, no una ratonera; ¡un perro, y no ser ya la víctima de otra noche ominosa!

Un perro son los ojos del hombre que duerme. Un perro es un juguete y una conciencia. Un perro, sí... ¿pero cómo llamarlo? ¿Sultán, Lobo, Atila? ¿Y de qué raza? ¿Pastor alemán, setter irlandés, cocker spaniel?...



No hicieron falta los tres palmoteos en su costado. Remedios ya se levantaba liberándose de aquellos paños a punto de la lactancia... la poca leche de Remedios.

Suspiró amodorrado. Agradeció, con todo, la rutina y la luz de un nuevo día. Quiso adivinar, en la duermevela, los ruidos primeros de esa mañana: el silbato de vapor de una caldera, un motor que aceleraba, el gorjeo de un gorrión... Ruidos benditos, solares, diurnos. Era la ciudad de la noche que languidecía, y en la recámara de junto, de pronto, el grito horrorizado de Remedios:

—¡Ay, Dios mío! ¡Manuel, Manuel; ven a ver esto!... —que lo hizo acudir solícito.