Notas sobre el papalote,
también llamado cometa



Cuenta Ovidio que consumados los horrores del diluvio universal los delfines treparon por los árboles; recordemos nosotros que también miraron las caras de las estatuas y se asomaron perplejos a las salas con lechos, juguetes y jarras de vino. Así vive, como el delfín entre manos, flores y sortijas, la cometa navegante, sueño de Dédalo en el cruce de caminos de los vientos, trémula de asombro, incómoda, asustada, siempre dispuesta a escapar, por la vía de la caída libre, hasta el suelo.


Sumamente insensato sería detenernos en la enumeración de los diversos usos del papalote. En algunos casos como la utilización que de él hacían “barraganas y pelanduscas en las casas de prostitución”, sería imprudente. En otros como el del tratado Las dos fuentes del abatimiento y la persuasión donde se dice que el papalote es “gorro del alma, guante del espíritu, pantalón del entendimiento, capa de la mente, camisa de la inteligencia, bota de la psique” y toda esa compleja sastrería, no se alude —acaso por su precipitada voluntad de edificación— a ningún uso peculiar o nuevo del papalote, como no sea en la parte donde se acusa a los impostores de la levitación y el éxtasis que se ayudaban con hilo fino y cometas de las llamadas de caja en la perpetración de sus engaños. El asunto de los combates de papalotes —también conocidos como guerras bobas y silenciosas— es sobradamente conocido. Las ritualidades del vuelo de la rata y el cangrejo en las tribus melanesias (atados ambos a los rabos de un papalote en forma de oreja de cerdo) son inaccesibles a estas notas. Todo lo dicho en el poema geográfico-didáctico La cometa, la mar, la nieve y la noche, en especial aquella estrofa que arranca con “extendida señora que al aire haces visible” (algunos leen risible), ha sido ya aclarado por don Dámaso Alonso y Fernández de las Redondas en su libro El nabo y la mosca (Gredos, 1979). Los estudios de psicopatología que tratan del Anciano de las Cometas que enloqueció en el intento desesperado por construir el papalote insuperable que “del tamaño de una taza se remontaría a los cielos cargando una vaca”, nada nos dicen acerca de los planos de construcción ni de los propósitos de los papalotes que lo llevaron a enfermar de la mente. Es preciso, sin embargo, desmentir algunas cosas: el fanático australiano Hargrave no logró que alzara el vuelo su papalote de ciento ochenta y seis toneladas; las cometas sólo detectables con microscopía de barrido no existen ni pululan en la pelusa del durazno; no se ha registrado ninguna acumulación de papalotes sobre las serpientes de piedra; el papalote delincuente, suspenso sobre las calles de la ciudad, no ha sido copado ni será pronto reducido a cautividad, sino que no existe, no ha existido nunca; puede afirmarse sin reservas que los papalotes no son culpables de nada.


El papalote, dicen, fue llevado de China al Japón por los monjes predicadores budistas en el siglo VI. (Los más fervientes aseguran que los monjes mismos se trasladaron en papalotes.) Esta unción budista permitió al famoso Kakinoki Kinsuke cometer los primeros robos aeronáuticos en los techos de los templos japoneses. Poco le duró el gusto: Kinsuke fue capturado y echado vivo a un caldero de aceite hirviente junto con toda su familia, sus amigos y algunos conocidos. Más astuta fue Irene la Explayada, huesuda, según dicen, mujer de los Siglos de Oro. Acosada por los mongoles, Irene se burló y fue blasfema; los protervos acometieron e Irene operó el mecanismo que guardaba en sus ropas. La brisa gentil la levantó sobre los yelmos y las pieles de zorro de los codiciadores. Su vestido ocultaba el sistema de alambres y sedas de la cometa e Irene flotó. Más amplia y henchida que nunca, Irene vejaba a las turbas y se atareaba en reír de las manos que intentaban asirla. En el momento más alto de su dicha fue el céfiro poco comedido con ella: su atuendo de papalote secreto dio corcovos, tumbos y se jorobó. Desplomose Irene y cayó entre gritos abominables hasta la repugnante piara mongola. Tres días de ultraje, fiesta y beodez vivió la horda erotómana. En la mañana del cuarto día sobrevino la apoteosis de Irene la Explayada, que fue investida reina de los pueblos mongoles. Todavía hoy en las fiestas —una vez cada dos años— se eleva una cometa y gimen y gritan los mongoles arrogantes de largos arcos, flechas de lengua de serpiente y apetitos tumultuarios.


Ser es ser percibido: allá va la cometa. Idéntica al aire, razón suficiente de la luz: allá va la simétrica cometa. Contradicción de la plomada: allá va la cometa lepidóptera. El hombre es al ángel lo que la pajarita de papel a la cometa: allá va la cometa impromptu. Prueba de la existencia del cielo y reducción al absurdo de la molicie: allá va la cometa dialéctica. La pluralidad de las formas, la unidad del hilo que las rige, la totalidad de la cometa: allá va el títere volador, títere de cabeza, la cometa. Impresión, dato sensible, atributo de la brisa: allá va la cometa, armonía preestablecida. Allá va y viene la res extensa, la cometa, volador problema de los cuatro colores, mapa de las provincias de Bóreas, Euro, Céfiro y Austro. El dragón, la farola de papel, por lo tanto, la cometa: allá va el silogismo chino. Letra de la gramática universal, vestido de las ideas: allá va, a su albedrío dando bandazos, la libre cometa. Su causa final es más la luna que el pájaro: allá va flotando la cometa de plata. Fecunda el viento el trozo de papel y allá va, grávida, la cometa. Sí, allá va la cometa.