La gelatina y el cernícalo
 
 
Permítaseme expresar una ley humana (no más falsa y controvertible que muchas otras): todo lo que es ambiguo, equívoco, anfibológico nos produce inquietud, asco, asombro, aversión y hasta terror. La gelatina anaranjada detenida entre el sólido y el líquido, que va y viene como un ponto secretamente atado y secretamente libre, palpitante y trémula, esa materia dudosa que atarea más allá de toda esperanza las manos que quieren atraparla, monstruo remiso al vaso y a la cuchara e indócil al modelado y a la caricia, perdurable vuelo de acróbata, Babel de la solidez, hueso alimenticio y baile de máscaras es la histeria de las construcciones. ¿Quién no ha soñado que una gelatina lo traga y asimila? Cuando sepultamos la cuchara en la gelatina de leche, ¿quién recoge a quién? Todo por andar queriendo ser dos cosas a la vez.

El museo de cera es así, como la gelatina, ambiguo y desesperante. Los fijos entes de cera perturban el espíritu y no de balde se congregan en exhibición las cabezas cortadas, los asesinos, enfermos, portentos, las envenenadoras y los locos. ¿Puede concebirse un alegre, luminoso, apacible museo de cera? No creo, esos lugares son el manicomio de las tendencias, los apetitos, las inclinaciones; la versión de la “mujer bella” en cera puede espeluznar e inducir a una misoginia fulminante y definitiva. Pueden darse otras atrocidades: un hombre muy rico tenía en la sala de su casa la reproducción en cera de sus padres cómodamente sentados; otro caso para el doctor Freud, me dije; más tarde, sin embargo, pude averiguar que los padres aún vivían y que los cuatro, misteriosamente multiplicados, se sentaban a tomar el té. Desde entonces he soñado con regalarle a algún odioso su retrato en cera de tamaño natural, de ser posible disfrazado de Holofernes.

El cadáver molesta exactamente por la misma ambigüedad de movimiento y quietud, por estar totalmente quieto, parado, inmóvil. Hay seres que debieran alentar, menearse, y seres que no debieran. ¿Qué opinaríamos de los amados cabellos bruscamente vivos, delgadísimas serpientes voluntariosas, que atrapan nuestra mano comedida y la obligan a cosas? Así sucede con esas piedras que en la precipitación del juego recogemos y que en nuestra mano se transfiguran en cangrejo o en tarántula, o con los alimentos de consistencia y sabor dudosos que nos hacen suplicar “dime de una vez qué me diste de comer”. La estatua de piedra puede ser hermosa porque no entraña ningún truco y no incurre en las aberraciones de cera del extremo realismo, porque es perfectamente clara y distinta como el gorila, la flor, el rubí o la luna (y hasta eso que la flor no siempre: recordemos las fauces de las engullidoras de insectos, o algunos perfumes confusos, perversamente vegetales en los que también acecha el asco). Es muy difícil que una estatua de bronce pueda causar aversión u horror: en alguna película de Fritz Lang hay una fuente que parece de piedra labrada, pero que está hecha de inmóviles enanos vivos; en algún momento los enanos echan a andar cada uno por su lado y la fuente desaparece; la escena tiene una insuperable nitidez, no hay ambigüedades, no hay tiempo para que el espectador tenga otra emoción que el pasmo que produce la belleza. Hay quienes no pueden tener en las manos una inofensiva estrella de mar sólo porque es una bestia primitiva; lo mismo sucede con las convulsiones de la almeja que regocijan al goloso y encaminan hacia el vomitorio al gazmoño de la nutrición. La almeja, la figura de cera, el cadáver, la estrella de mar y la gelatina, la tarántula, la flor predadora, a veces el cangrejo y el sapo, se sitúan en peligrosas zonas de umbral, en la afilada indecisión de un límite, son y no son, simulan, se ocultan, se transfiguran. La primera visita al taller del taxidermista siempre desconcierta. Habremos de olvidar su prestigio legendario de anatomistas, magos momificadores, brujos que murmurando dejan caer la cucharadita de veneno en el caldero, gente anómala que opera con huesos, entrañas y linfas, tipos de reconcentrado y misterioso con mirada monomaniática y peinado a la idea fija; nada de eso encontraremos: el taxidermista es una variante terrena y prosaica del escultor. Dado que la disecación es la escultura vestida de pieles curtidas, en el taller abundan los moldes de yeso, el barro, los alambres, las herramientas del artista. Orgulloso el maestro nos enseña un amasijo de hilos y pegamento amarillo, “esto es un ganso salvaje”, nos dice, “nada más le faltan el pico, las plumas, las alas, la cola, las patas y los ojos”. Un taller de taxidermista es tan inofensivo como una peluquería. Ya nada queda de aquello que se lee en la Teoría general e historia de la disecación del Abate Rapuz con sus pingüinos voladores y murciélagos de cobre, los tigres y puercos a quienes sigue creciendo la piel, la disecación del huevo de avestruz, el simio-cometa, el pelícano de barbas rojas, y sus celebradas bestias diversas y simultáneas. Hay que decir que el animal disecado muy raras veces produce horror. Estos adormilados son más bien criaturas melancólicas sometidas a una extraña cautividad, vertebrados que se tragaron una jaula y ahora están paralizados.

Hacia el final de mi visita al taller entró un cliente con una bolsa de plástico en la mano. “Aquí le manda esto el licenciado”, dijo el cliente, “es un cernícalo”. El maestro disecador sacó de la bolsa un pobre pájaro ensangrentado, muerto. El desdichado cernícalo (una suerte de gavilán pequeño) tenía una enorme herida en el pecho; según escuché había sido muerto a pedradas. El maestro al examinarlo le extendió las alas: eran dos hermosísimos abanicos grises. “Dígale al licenciado que el martes se lo tengo.” Salí del taller con una tristeza y una especie de ira difíciles de clasificar que, según me dije, me aproximaban de verdad a los misterios de la disecación.