Nuevos elementos de literatura telefónica

 

Algunos amigos de las Musas me solicitaron, por oscuras y oblicuas razones, que vuelva a incurrir en el tema de la literatura telefónica. Transportado por la emoción de autocitarme, acepté inmediatamente. El martes 22 de noviembre de 1977 (nada como la precisión histórica para confundirlo todo) me atreví a publicar en el cuerpo mismo de nuestro diario, junto a las cosas alarmantes, unos “elementos” de este arte menor que, claro, pasaron inadvertidos. No vacilo ahora en exhumar el asunto ni en reproducir la vieja cuartilla extraviada en lo que algún clásico llamaría la fugacidad de lo urgente.


I

Definición: llámase literatura telefónica a aquella que es suscitada por el uso del teléfono y transmitida por él. La manera canónica de disfrutarla consiste, simplemente, en situarnos cerca (o a la vera, como decía Juana la Loca) de un teléfono e incorporarnos al universo que nos propone el autor y ejecutante del trabajo que habremos de apreciar. Podemos asistir a una representación espeluznante, como la siguiente: “¿destrozado?” (pausa, el actor escucha y hace o no hace muecas). “No me digas, ¿muy mutilado?” (Pausa.) “El tronco en decúbito supino, sí...” (Pausa.) “Mejor.” (Pausa.) “Y, ¿la cabeza?” Llámase pura a aquella representación o pieza cuyo desenlace se ignora y grosera o basta a la que nos proporciona claves para su comprensión. Así, por ejemplo, la vigorosa proposición neorrealista “ya sé dónde anda, perra, pero me vengaré...”, habrá de malograrse segundos más tarde, cuando después de una pausa el furioso añada: “mañana es día de mi cumpleaños y me fue a comprar de regalo un mono araña”. Por eso algunos sibaritas se taponan los oídos oportunamente: “la solución del misterio siempre es inferior al misterio”, dicen los conocedores. No toquemos, no indaguemos en los pozos de una buena representación que arranque con “te digo que es un degenerado, una bestia, y me sales tú con que va a venir con su abuelo”, puede tratarse de una obra maestra.


II

Para los cultivadores del género no todo es un jardín de delicias. En una ocasión acudí a la oficina de un funcionario público y permanecí con él unas dos horas. Hablamos ocho minutos; el resto del tiempo asistí a torpes y confusos ejercicios del arte que nos ocupa. La llamada telefónica gratuita, inmotivada, es un género menor que no todos saben practicar con elegancia —sobre todo hacia la madrugada—. Reprobables son, desde luego, las llamadas locas a desconocidos, las abominables encuestas periodísticas y el uso sistemático o casual de seudónimos. Este último vicio está singularmente arraigado entre nosotros; falsedades como “habla fray Toribio de Benavente, mejor conocido como Motolinía”, “de parte de la Bestia de Querétaro”, “habla tu padre” o “habla González, del Instituto de Claustrofobia Recreativa” pululan entre nosotros echando a perder la diafanidad de las cosas.


III

El ejemplo más conocido de este arte sigue siendo el procedimiento literario conocido como deletreo. Pueden hallarse en él poesía y curiosa erudición. He aquí una transcripción de un ejercicio de este género.

Voz que nos llega desde San José de Gracia:

A de Alfieri, sí, Victorio Alfieri, dramaturgo italiano que se hacía atar a la mesa de trabajo por su criado.

M de monotrema, de los mamíferos monstruosos que nacen de huevo; se incluyen en este orden el ornitorrinco y el equidna.

A de Adán, primer difunto. Murió a la edad de 900 años y cuenta que fue sepultado en el Gólgota.

L de Lugones, poeta argentino cuyo hijo, célebre torturador, pasa por el inventor de los usos atroces de la picana.

T de Tarquino, de Sexto Tarquino violador de Lucrecia e hijo de Tarquino el Soberbio.

E de Esmaltes y camafeos, libro de Teófilo Gautier cuya lectura recomienda Ezra Pound.

A de Accoromboni, de Victoria Accoromboni, asesina renacentista que cobra su mayor interés dramático en las Crónicas italianas de Stendhal.

Con estos breves ensayos de ocasión se forma la palabra amaltea. ¿Por qué se habla de la preciada cabra Amaltea en esta conversación? Respetemos el enigma y gocemos el arte. Ahora bien, el deletreo calificado de comprometido es aquel en que se transmiten mensajes como TODO DESTRUIDO, CESE FULMINANTE o PARO CARDIACO, en estos casos la intensidad poética y la extravagancia en la erudición pueden llegar a límites de delirio difíciles de alcanzar.


IV

Sin pretender elaborar una teoría de la literatura telefónica, puede entenderse que este arte se funda en la alusión, que esté construido con palabras y proposiciones que buscan un contexto o un orden que las haga cumplidamente comprensibles; son palabras y proposiciones que corren como monedas de una sola cara o, si se prefiere, que se aproximan a la revelación de una totalidad de sentido que nunca se produce y por ello nos permite jugar libremente. Así, por último, considérese una pequeña pieza de texturas múltiples, titulada El baile de las dos osas: “No, no, no y no, de arlequín, no; sería bestial”. (Pausa.) “Costero enloquecido...” (Pausa.) “Está bien si tú lo dices...” (Pausa.) “Peimbert viaja a Chile... Sí.” (Pausa.) “Muy imprudente, no es aceptable.” (Pausa.) “¿De bola de boliche? No tiene tipo de acróbata y puede ponerse a cantar.” (Pausa.) “De piezas de ajedrez todos juntos representando partidas famosas mientras se desplazan.” (Pausa.) “Sí, no es tan fácil, pero, ellos son astrónomos.” (Pausa.) “¿De bolas de billar? No, no vaya a haber lastimados al caer en la buchaca.” (Pausa.) “Bueno y, ya de plano, ¿qué tal de firmamento?”