Nota introductoria


Juan Villoro (1956) reunió en su primer libro de cuentos, La noche navegable (1980) una serie de relatos sobre adolescentes de la clase media, aficionados al futbol y a andar en patineta, eternamente vestidos con tenis y sudadera, cuya mayor proeza es jugar en la bañera o descubrir la manera de besar como adultos.

Estos personajes se ven aquí transformados en protagonistas de epifanías imaginarias en las que alguien que viaja a los Estados Unidos “lo único que hace es hablar de su novia y los nopales” y en las que viven con “una permanente sensación de estar al final de algo grandioso”, pero cuyas aventuras se reducen a pedir una leche malteada gigante “y llena de espuma” (en “El verano y sus mosquitos”).

El título del libro alude al cuento del mismo nombre, en cuyo final las manos de la protagonista avanzan despacio hacia el cuello de su novio “como un barco de vela que desaparece en la oscuridad cargado de pan, de miel, de flechas y de ánforas de vino”.

Al año siguiente de haber publicado su segundo libro, Albercas (1985), publicó Tiempo transcurrido, con el subtítulo de Crónicas imaginarias. Se trata, explica el autor, de “imaginar historias a partir de ciertos episodios reales y de un puñado de canciones”, con un relato para cada año en el lapso que va de 1968 a 1985. A pesar de que éstas son las dos fechas más significativas en la historia reciente del país —en el momento de su publicación—, estos relatos no tienen la pretensión de ser una crónica panorámica de estos años.

El resultado es un libro ligero y con personajes cuyas aventuras muestran los efectos del rock en toda una generación. Entre estos relatos destaca el de la cantante guadalupana (precisamente Madonna de Guadalupe), que ofrecía conciertos frente a la Basílica y en cuyo clímax los músicos la acariciaban sobre el escenario, mientras ella arrojaba al público hostias multicolores (en “1983”). O la historia de Rocío: en una época en que los gustos musicales se polarizaban, la chava indefinida, asediada por todos, seguía siendo incapaz de articular algo más allá de un rotundo “o sea...”

El humor de Villoro es, por la proximidad que muestra con sus personajes, una manera de ejercitar la autocrítica, y forma parte de la búsqueda de una identidad compartida, lo que es ya, de por sí, un rasgo generacional.


Lauro Zavala