width=
Sealtiel Alatriste



Selección y nota
introductoria
de Hernán Lara
Zavala

 

 


Nota introductoria
 


Sealtiel Alatriste es conocido en el medio literario mexicano principalmente por sus novelas y es uno de esos casos en los que el narrador no tuvo necesidad de probar antes su pluma en la extensión breve y acaso más controlable del cuento. Efectivamente, Alatriste es un escritor de largo aliento que ha construido su obra narrativa a partir de ciertas obsesiones que se muestran ya muy claramente desde los inicios de su carrera. El mismo título de su primera novela Dreamfield —juego de palabras elaborado a partir del famoso cuento de Hawthorne, Wakefield— da las primeras señales de lo que construirá su mundo narrativo pues allí se hace claro que literariamente Alatriste apuesta en favor del sueño y en contra de la vigilia. ¿Y qué mundo más cercano a los sueños que el del cine? Porque bien se podría afirmar que buena parte de la obra de Alatriste gira en torno al mundo cinematográfico así como a toda la mitología que lo rodea. Como Woody Allen, Sealtiel parece sentirse a sus anchas describiendo un mundo en el que no hay fronteras entre lo que sucede en la vida cotidiana y lo que se proyecta en la pantalla, entre la realidad y la ilusión. Y eso mismo hace que su obra cierre un círculo por su carácter visual y por ende cinematográfico.

Es a partir de su interés por el cine que surge el tema fundamental de su narrativa: el enfrentamiento del individuo común y corriente en sus mitos. En sus novelas hay infinidad de referencias a divas y galanes del cine tratados desde una perspectiva que conlleva simultáneamente la admiración y la burla. La exploración de esos mitos lo ha llevado también a extenderse a la vida cultural mexicana, y a muchos de sus protagonistas. De manera que bien se podría afirmar que Sealtiel resulta a la larga un desmitificador de mitos. Enfrenta a los ídolos al ridículo igual que sus protagonistas y narradores —claros álter egos del propio autor— y con ello nos demuestra que para reírse de los demás hay que empezar por reírse de uno mismo. La sexualidad es también un tema importante de su narrativa y la llamo así y no erotismo porque Sealtiel no es de los que se enfrenta al sexo con sutileza sino con una franca carcajada. Y los muy lúbricos deseos de sus personajes, así como las reiteradas descripciones de los cuerpos y acciones de sus heroínas —a veces de rasgos y proporciones francamente fellinescas— están siempre inscritos en situaciones chuscas, propositivamente melodramáticas, que lindan directamente en lo cómico, cuando no en lo ridículo y hasta en lo patético, de modo que algunas de sus escenas eróticas llegan a tomar visos de auténticos esperpentos. Para lograr ese efecto Alatriste se sirve del melodrama, la parodia y del slapstick. Tal parece que para Sealtiel el sexo y la risa van inevitablemente aparejados.

Decía pues que Alatriste es fundamentalmente un novelista. Los tres relatos que conforman este volumen, sin embargo, son versiones modificadas, extraídas de tres novelas: “En defensa de la envidia”, “Verdad de amor” y “Por vivir en quinto patio”, y retrabajadas para dar el efecto de unidad y contundencia en el espacio breve y constreñido del cuento. Todos ellos son de carácter humorístico. El primero tiene un subtítulo (“Crónica de la verdadera muerte de Lupe Vélez”) y es un claro ejemplo de la indagación irreverente de Sealtiel para descubrir cómo murió la actriz Lupe Vélez a través de las chuscas y maledicentes versiones de Reyes, Gorostiza y Salvador Novo. El motivo y personaje principal del segundo es María Félix. Como Carlos Fuentes, como Paco Ignacio Taibo, Alatriste también se lanzó a jugar literariamente con el mito más renombrado del cine mexicano. Pero si en su novela Verdad de amor el personaje principal emprende una búsqueda sin fin para ver a María Félix desnuda, en este cuento Alatriste se limita a relatar el primer y único encuentro que tuvo José María Sánchez, alias Lucifer —personaje secundario en la novela—, con la diva antes de que ella alcanzara la fama. El tercer cuento se centra también en un encuentro sexual realizado esta vez bajo la mirada inquisitiva y voyeurística de Emilio Tuero. Éste es acaso el cuento de factura más esperpéntica en tanto que para aniquilar a Elvira Acevedo el autor se sirve de todo tipo de hipérboles mediante las cuales realza sobre todo la confusión del personaje principal. Es a través de su mirada siempre despiadada que Sealtiel Alatriste se inscribe entre los pocos novelistas humorísticos de nuestro país.

 
Hernán Lara Zavala
 

En defensa de la envidia
(Crónica de la verdadera muerte de Lupe Vélez)


 
                   Me parece que perdonar a nuestros enemigos
                   es el más morboso y curioso placer.

OSCAR WILDE
Cartas a Lord Alfred Douglas

 

Mi único instante de gloria es un recuerdo o, si se quiere, un recuerdo que proyectado hacia el futuro resulta glorioso, pues yo, Uriel Eduardo Alatriste, como todos los mortales tuve un primer amor, pero al contrario de muchos mortales, el mío fue con un mito, con la Afrodita azteca, con The Mexican Spitfire, nada más y nada menos que con Lupe Vélez.

Ahora todo el mundo sabe que Lupe fue una envidiosa de lo peor, pero entonces, cuando se inició nuestro romance, nadie tenía la menor idea de que un cuerpecito tan redondo y suculento como el de ella fuera capaz de almacenar tanta envidia. Tengo una foto en la que (sentada frente a un tocador, vestida con un camisón transparente, de espaldas a la cámara, su rostro se refleja en un espejito de mano) muestra su portentosa anatomía. La dedicatoria es un insulto y prueba que, además de envidiosa, en los años en que dejé de verla se dejó crecer en vanidad sin límites: “Para que veas lo que te perdiste”. Alude a nuestro romance, cuando todavía se llamaba Guadalupe Villalobos y no era famosa; cuando nos íbamos dizque a platicar a la sombra del ahuehuete que estaba en la esquina de casa de su abuelito, y yo le sobaba los senos mientras ella me contaba la película que había visto esa tarde, mezclando la anécdota con descripciones casi pornográficas de los hombres que habían aparecido en la pantalla, y, para variar, terminábamos haciéndonos promesas de matrimonio, pidiéndonos que no nos fijáramos ni en otros hombres ni en otras mujeres, medio jadeantes, sin que yo hubiera acabado de comprender nada de lo que me había contado.

En alguna de nuestras usuales tertulias del año 45, Salvador Novo descubrió la foto de Lupe, que yo tenía sobre una mesita llena de objetos familiares. Mientras la observaba dijo con sarcasmo inaudito (no en él, que siempre se burló de todo, sino inaudito porque iba dirigido a Lupe en esa pose de tentación) que la Vélez siempre fue de aspecto muchachil y rostro lilial, dulce, arrogante y querubínico, pero de un carácter, heredado de la rama paterna de su familia, que desmentía su apariencia angelical.

—Lupe fue propensa a la ira —agregó Novo, levantando su hoy famosa mano siniestra—, caprichosa, mimada, dilapidadora, orgullosa, arisca. Su imagen venía a ser el reverso de su temperamento melindroso.

—Y eso por decir lo menos acerca de ella, ¿no, Chava? Y, claro, sin el menor deseo de ofender.

—Al contrario, querido Uriel: ¡en su defensa! Y, ya que la quisiste tanto, tú deberías hacer lo mismo.

Levantó su copa y brindó por ella con voz engolada y estentórea:

—En defensa de la envidia.

Le conté entonces, conmovido por su frase, cómo nos cachó su mami en un retozón non sancto, cómo me sacó del armario (donde nos sorprendió), y nunca más me permitió verla. Lo nuestro era amor, amor del bueno, y hubiéramos hecho una pareja histórica si su bendita progenitora no hubiera soltado el tipludo grito de “puutaaa”; si no me hubiera jalado de las orejas; si al menos me hubiera dejado explicarle, para que no se estuviera imaginando cosas, por qué tenía metida mi mano dentro de la pantaletita de su hija. No creo que haya sido adrede, pero con aquella actitud su madre condenó a Lupe a asumir eso que ahora se llama “rol vital”, y, la mera verdad, queriendo evitarlo le metió lo puta hasta la médula de los huesos, y no solamente hizo pedazos su autoconfianza, sino parte de la mía también.

—Pude haber sido su redentor, Salvador, y mírame, fui el instrumento que el destino usó para tirarla a la perdición. Llevo esa culpa sobre mi conciencia.

—Urielito de mi vida, siento decirlo, pero estás que ni mandado a hacer para personaje de don Federico Gamboa.

Preferí ignorar si su comentario era un insulto o un piropo, y seguí pensando en la cara de espanto que puso Lupe, ahí en el armario, paralizada en su posición fetal; en sus ojos que me suplicaban que la salvara de la arpía, que no la dejara sucumbir ante la loba; en los girasoles que yo le había ido ensartando en el cabello; en su cuerpo terso, todavía delgado, aunque lleno de curvas por todos lados; en su seno albo, fuera del sostén, que fue la última imagen que tuve de aquel amor pendenciero (pues el jalón de su madre me nubló la vista). Por más que hice después, nunca la pude volver a ver, parece que alguna vez me escribió una nota de auxilio que no llegó a mis manos, y que para liberarla de mi influencia e insistencia, su madre (otra vez su madre) se la llevó a vivir a Los Ángeles. Obras son amores y no buenas razones, pero no pude hacer nada por detenerla, por evitar que la loba cimentara la desvaloración hacia sí misma que la llevó a su trágico final. Algún amigo que la vio hacer sus pininos en Hollywood me habló de ese sentimiento de inseguridad que fue su peor defecto, y que sin duda se acrecentó cuando su relación conmigo terminó de manera tan abrupta.

—Ya sé que vas a pensar que es una explicación simplista —le dije a Novo bastante contrito, con la foto de Lupe entre las manos, sintiendo el dolor de su dedicatoria—, pero no he podido liberarme de la culpa que siempre he sentido hacia ella.

—El destino es el destino, Uriel. Contigo o sin ti, la ambición de Lupe hubiera triunfado sobre sus buenos propósitos. ¡Convéncete!

No sin amargura, entonces, me puse a contarle todo lo que sabía acerca de la serie de acontecimientos, dignos de película de los hermanos Marx, que a Lupe le costaron la vida.

Resulta que una mañana (muy quitada de la pena, como si su historia no estuviera a punto de ponerla a prueba) Lupe entró al vestidor de su mansión de Beverly Hills, y sin qué ni para qué, sin justificación alguna, encontró a una de sus secretarias probándose uno de sus vestidos favoritos: la Vélez, que se las traía como pocas, montó en cólera, se le fue encima a la chica vociferando maldiciones, e importándole un rábano el valor del vestido, se lo arrancó a manotazos dejándola desnuda. ¡Menuda sorpresa! La muchacha tenía un cuerpo prodigioso; firme, pequeño, torneado, apenas cubierto por un levísimo vello rubio que le hacía aparecer la piel como cáscara de melocotón. La Vélez, muda, retrocedió. En ese momento se le vinieron a la cabeza multitud de cosas que había venido escuchando en los últimos días: le habían dicho que su agente (que era el amante en turno de Lupe) salía con esa secretaria, que había perdido el seso por ella, que la malvada medio lo explotaba, y que si él seguía con Lupe era por birlarle los dolarucos que la chamaca le exigía. El chisme le había parecido una exageración, ¿cómo iban a pensar que ese galancete muerto de hambre iba a preferir a otra mujer?, pero tener enfrente el motivo de la exageración (propiamente de carne y hueso) la amedrentó un poco, y, dado que era muy morbosa, la conmovió la intimidad inintencional que se había creado en el estrecho vestidor. La jovencita, ofendida, se sacó de dentro un mal carácter que nunca le hubiera sospechado, se quedó parada donde estaba, abrió las piernas como para que sus caderas y su sexo resaltaran, acarició sus senos, alborotó su cabellera negra y le dijo: “Vieja envidiosa, lo que pasa es que ya está refea y no soporta que una esté tan güena”. Lupe se acordó de la chiquilla indocumentada que le habían traído hacía tres años, de su mirada gacha, su vestido negro y sus modales michoacanos; “dele chance”, le había pedido la señora Beulah Kinder (que había sido su asistente y compañera durante los últimos años), y, por lástima, la Vélez había contratado a la infeliz. ¿En este monstruo se había convertido aquella niña tímida? ¿Qué contestarle ahora? ¿Con qué argumentos rebatirla (que no fuera darle un buen jalón de pelos)? ¿Cómo defenderse de la insolencia de la fiera? ¿Cómo sacar la garra, la autoridad, si su cuerpecito la había desarmado? Sin pensarlo más, Lupe le aventó un cojín que tenía a mano y le dijo, con voz temblorosa, de pito de tren alejándose de la estación: “Vístete y lárgate, desgraciada. Uno las saca del fango y así pagan, canijas”. No satisfecha con la humillación, la secre tomó el vestido rojo de lentejuelas (el famoso vestido del escote que llegaba hasta el principio de la nalga, que tantos desvelos le causó al último marido de Lupe), unos zapatos de raso blanco y el chal bordado con chaquiras e hilo de oro donde se veía el paisaje mexicano, con los dos volcanes, la nopalera y el sol despuntando en el horizonte. “A mí se me va a ver muchísimo mejor”, dijo la escuincla envalentonada, “así que me lo llevo, total, como dice el Johnny” (o sea, el hasta ese momento no mentado agente, pero nombre del hombre en el que habían estado pensando las dos mujeres), “usté yaʼstá paʼl arrastre. ¡Quédese con su rencor, vieja horrible, que yo me llevo puesto este vestido!”, y se fue.

La Vélez no pudo, o no fue capaz de detenerla. Se derrumbó en el sillón de su tocador, llorando, cumpliendo una rutina de sobresaltos faciales que terminó en una expresión similar a la que se ve cuando alguien se mira en un espejo estrellado. Parecía un picasso cubista. Nunca (lo sé a ciencia cierta) en todos sus años de actriz había logrado tal eficacia en el gesto, tal dimensión de la actuación, tan conmovedora imagen. Presa de la impotencia prendió la marquesina que rodeaba el espejo. La luz, su reflejo, la mala suerte, le mostraron un rostro surcado por líneas de rímel, donde las patas de gallo, la incipiente papada, las arrugas en las comisuras de la boca, la V en la frente, le enseñaban la versión actual de lo que había sido su belleza. Lupe pasó una mano por su cara, intentando inútilmente reencontrar la lozanía de su juventud, sustituida ahora con plastas de maquillaje, con rubor exagerado, con sombras verdes y violetas en los ojos, falseada en las fotografías que circulaban por ahí con tomas bien pensadas, con ángulos en que la luz la favorecía, con gestos repetidos hasta el cansancio; su juventud truncada, disimulada su gordura, ocultando su decrepitud, simulando su belleza, que en la soledad de su vestidor era un lujo de la ausencia. Se le apareció entonces, como fantasma en el espejo, el cuerpo esbelto de la secretaria. Lupe creyó ver los movimientos suaves, como de película en cámara lenta, con que abrió las piernas, irguió el busto, alborotó la melena, y ella, The Mexican Spitfire, imaginó cómo se entreabrían sus labios, los de la cara, brillantes por un resto de saliva, y esos otros de su bajo vientre, humedecidos por la violencia de su rabia, por el poco recato con que ella la miraba. La Vélez sintió que se desvanecía, que se derretía su famoso orgullo en el charco de su pasión, humillada porque deseaba que su secretaria no se hubiera ido, porque se excitaba con el solo recuerdo de sus muslos firmes, con el de las nalgas musculosas, con el de los vellos tupidos y abultados que remataban en la imagen escondida de su sonrisa vertical; pensó en la cabellera —rumorosa, estrepitosa, volcánica— que no era más la de la chica, sino la de una ninfa odiada y deseada al propio tiempo. El mismo deseo que sentía era una forma de humillación, de locura, de decrepitud anticipada. En el espejo se le aparecieron (filmados en blanco y negro) los ojos oscuros, la piel satinada, la tez canela, la carcajada lanzada al aire, el orgullo sin medida, el desprecio en todo su esplendor. El recuerdo entero contrastaba con su rostro en el espejo, cada momento más estropeado, tupido de colores revueltos en los párpados, resquebrajado el colorete de las mejillas, la tristeza y la envidia campeando por todos lados. Con esa cara, con esa mueca descompuesta, la Vélez decidió su vida.

—No sigas, Urielito —me dijo Novo, cubriéndose los ojos con las manos—, ¡nomás de imaginármela se me pone la carne chinita, chinita!

—Ojalá y todo hubiera acabado ahí, Chava, pero no.

—Te imaginas lo que hubiera hecho De Sica con ella de tenerla al alcance de la cámara.

Esa noche Lupe dio una gran fiesta a la que asistieron todas sus amistades, y por lo que se dejó ver, también una que otra de sus enemistades. Cuando todos se hallaban reunidos en un patio mexicano —lleno de fuentes, arreglos florales y mesas rebosantes con bandejas de sopes, guacamole, quesadillas, pambazos y tacos diminutos— Lupe apareció en lo alto de una escalera, ataviada como princesa azteca —falda blanca y colorada, sin blusa pero con un portabustos verde (en forma de nopal), y penacho monumental, gris y blanco, manufacturado con plumas de guajolote— custodiada por una docena de guerreros entre babilónicos y olmecas —con cascabeles huicholes en las muñecas y los tobillos, que agitaban al ritmo de un tunkul que resonaba a lo lejos—. El público quedó perplejo frente a la aparición precolombina, y los guerreros, aprovechando la confusión que causó entre la concurrencia la sofisticada vestimenta de la anfitriona, empezaron a besarse los unos a los otros mientras un rumor de escándalo surcaba el patio mexicano. Lupe, parada en lo alto de la escalinata, iluminada por dos poderosos reflectores, con una mano en lo alto y la otra sobre su chichi izquierda, glamurizada por el hielo seco que brotaba de unos enormes jarrones de Talavera, era lo más parecido a la visión del más allá hollywoodense. Su belleza, pese a todo, era deslumbrante y le iba al parejo a su enorme inseguridad.

Gracias a que el agente se lo había pedido, los invitados se formaron en una larga fila al pie del primer escalón y empezaron a aplaudir y a gritar bravo bravo, mientras Lupe descendía lentamente, en zigzag, tomando de la mano a cada uno de sus guerreros. Cuando estuvo abajo, uno por uno de aquellos sorprendidos invitados al ágape (ya para entonces calificado de inmisericorde por los partidarios del buen gusto), le dijeron que estaba hecha un mango. Ésa fue la manera que el agente encontró para pedirle perdón.

La historia, el origen y los motivos de este perdón son una apología de la truculencia, pues esa mañana, por teléfono, su agente y amante de turno se había tenido que zampar no sólo la chuleta de Lupe, sino el reclamo que no podía contener un segundo más en la garganta: “Cómo puedes engañarme con una tipeja como mi secre”; “¿pero cómo crees, Lupita?”; “¿de verdad le dijiste que estaba palʼ arrastre?”; “¡híjoles, pero qué mentirota!, ¿me crees capaz, mi reina?”; “ella misma me lo dijo, canalla, bajo, padrote, cinturita. ¡Te creo capaz de eso y más!”; “darling, donʼt be silly, si para mí tú eres todo, lo mejor de lo mejor, me cai”; “que te caiga tu abuela, mantenido, conmigo no vas a jugar”; “ay, ay, ay, Lupitita, no me trates así”; “si tú crees que una mujer de esa calaña es más guapa que yo lo vas a pagar muy caro”; “mira nada más, ora sí que la hicimos. Te apuesto lo que quieras a que en la próxima fiesta todo el mundo te dice que estás muy buena, que eres la más buenísima de todas las mexicanas de California”; “pus entonces que esa fiesta sea esta misma noche”. Y así quedó concertado el convivio, y que él, Johnny The Greatest, se ocuparía de que asistiera la crema y nata del mundo celuloide.

La fiesta resultó carnavalesca, esperpéntica, apoteósica, digna de la fábrica de sueños en que siempre quiso vivir mi Mexican Spitfire. Empezó como una ilusión de Cecil B. de Mille y terminó con la mayoría de los ilusionados cantando Cielito lindo, completamente borrachos. Dicen que Cary Grant (que ya empezaba a destacarse como el prototipo de la futura virilidad de la meca del cine) estuvo muy solícito, platicando alegremente con Ricardo Montalbán; que Dolores del Río se paseó por los jardines bailando tap, al ritmo del jarabe tapatío, con la peregrina intención de volver a fascinar a Fred Astaire (ya se sabe que así había conseguido su contrato para Flying Down to Rio, entre otras malas artes que también puso en práctica); que Chaplin perdió el sentido por una mesera de trece años a la que le propuso que actuara con él en su próxima película; y que el Ciego Benítez (que, aunque no hablaba ni escribía inglés, reporteaba para una revista norteamericana de nota roja), creyéndose Mike Hammer le fue a dar una patada en los güevos a Ronald Reagan, que empezaba a destacar en papeles de segunda, pero que ya le caía muy gordo; esto no solamente echó por tierra el buen ambiente que se estaba creando en la fiesta, sino que ahora a él, al Ciego, le ha costado la visa americana porque Reagan tiene influencias en el gobierno gringo y ha puesto a Benítez en la lista de indeseables. Este hecho (patada en los güevos y no pérdida de visa) fue seguido de otros, a cual más desafortunado: el primero fue que Benítez, huyendo de unos gorilones amigos de Ronnie, empezó a llamar a los gritos a la secretaria, la provocadora de todo el drama, y Lupe, ipso facto, se sintió ofendida.

—No vayas a creer, Chava —dije, interrumpiendo mi relato para darle más suspenso—, que todo esto lo estoy inventando; nanay, me lo contó el mismo Ciego en La Mundial, la cantina de todos los periodistas, cuando me vi con él para saber toda la verdad sobre este negro suceso en la vida cultural mexicana.

—El Ciego siempre ha sido bueno para el chisme, ni hablar del peluquín.

“Mira, hermanito”, me dijo Benítez muy circunspecto, “ofendida es poco, Lupe se sintió mancillada, ultrajada, casi violada, pues como tú bien sabes, no tenía ni pizca de sentido del humor, y fíjate, lo que vino después le destrozó el corazón.”

Como respuesta a los gritos del Ciego apareció la secretaria de marras, enfundada en el vestido de lentejuelas (también de marras), tras unos macetones que guardaban la alberca. ¿Cómo había entrado ahí?, ¿cómo burló la orden de “disparen a matar” que había dado Lupe a los guardias por si la veían aparecer de incógnita? La luz entera de la fiesta, entonces, pareció caer sobre la joven que, entre los restos de la neblina provocada por el hielo seco, caminó hacia donde se encontraban los mudos espectadores; el vestido se le amoldaba al cuerpo como anillo al dedo, y todos pensaron que venía desnuda, firme y dura, tal como Lupe la había visto esa mañana en su vestidor, con la misma soberbia con que le infligió el insulto y la clandestina excitación. Los invitados, sorprendidos por la nueva aparición (la primera había sido la de Lupe), recularon, guardando un silencio temeroso, con la vaga impresión de que las mexicanas tenían la costumbre de presentarse de esa forma fantasmagórica. El camarada Benítez (como entonces era conocido en el gremio reporteril), valiéndose del desconcierto fue a donde se había quedado parada la secre, la abrazó, y en el mejor estilo de Rodolfo Valentino la besó prolongadamente.

“A mí me había dado la impresión”, acotó el Ciego en la aludida comida que tuvimos, “de que todo el mundo mostraba una excesiva alegría, una forma terrible e involuntaria de hilaridad, que yo atribuí a que todos se habían percatado de los graciosos gestos que hacía Reagan al sobarse los bajos. Desgraciadamente, Urielito, ésa no era la causa.”

Cundía entre los invitados, efectivamente, un tono de bacanal, de desmadre, o de pelea campal en cantina de western. En ese momento, Lola del Río, que empezaba a darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, suspendió el zapateado que ejecutaba sobre una de las mesas rebosantes de manjares nacionales, y dejó escapar algo similar a un aullido. The Howling, dijo uno de los invitados. Los entonces jovenzuelos, Grant y Montalbán, fueron a consolar con palmaditas en la espalda a la ya para ese momento histérica Lola del Río; ésta los codeó demostrando aptitudes pugilísticas hasta ese entonces ignoradas, fue hasta donde el Ciego y la secretaria protagonizaban su escena de amor, y de un aventón los tiró a la alberca. “Hoy mismo, cuando me hacías el amor, mendigo invidente, me juraste felicidad eterna”, jadeó Dolores, ya histerizada sin remedio, incapaz de cualquier pensamiento constructivo.

“Ojalá, y eso hubiera sido cierto, Uriel”, me comentó el Ciego visiblemente perturbado, saboreando unas enfrijoladas de fantasía. “Ojalá. Es cierto que la cortejaba y que de haber podido me habría acostado con ella, pero Lola era rejega, y aunque se decía enamorada de mí, nunca me las dio. Alguna vez escribiré una especie de largo reportaje autobiográfico en el que, aunque mienta, me la eche literariamente con todas las de la ley, pero te juro que en la realidad no se me hizo con ella, ¿qué gano yo con negártelo?”

“¡Vieja arpía!”, gritó desde la alberca la secretaria, dando palmotadas para no ahogarse, “todas ustedes son unas envidiosas.” El destino, que aparentemente no tenía nada que ver con la pobre, la había colocado frente a las únicas dos mexicanas que habían triunfado en Hollywood —y ese mismo destino truncó sus ambiciones de tiple—. La versión que el Ciego dio de ese suceso (en un fragmento que publicó el suplemento México en la Cultura de su proyectado reportaje autobiográfico) es una vil mentira. Ni Lupe fue a tratar de ahogar a la jovencita, ni Lola del Río se soltó a llorar desconsoladamente en el hombro de Fred Astaire, ni Ronnie Reagan echó balazos al cielo, ni pasaron ninguna de las otras mentiras que el Ciego escribió. Lo sé porque yo tengo en mi poder un recorte de The Beverly Hills Herald, donde se puede comprobar que la verdad fue muy otra, verdad que yo estoy tratando de reproducir aquí (por así convenir a mis intereses): a duras penas la secretaria salió de la alberca empapada hasta el último milímetro de su piel de melocotón, el vestido se le había enrollado a la altura de la nalga y era un remedo inútil de su piel morena, el maquillaje y el peinado se le habían descompuesto, pero aunque estaba para dar lástima, su belleza era aún más patente gracias a las gotas de agua que le escurrían por todo el cuerpo, reflejando con destellos multicolores la luz de los reflectores; y si antes había aparecido como un fantasma, entonces, en esa pose —embravecida, encueradona y vulgar— era uno más de los manjares mexicanos preparados para esa cena. Desde lejos, Lupe Vélez lo miraba todo, medio espantada, con la excitación crispándole el deseo, pero encorajinada, sin atinar a comprender la encrucijada que la mala suerte le había tendido. Quizá se acordó del día en que su santa madre nos descubrió en el armario a punto de cometer lo peor y sintió el mismo escalofrío de angustia recorriéndole el cuerpo, con la certeza de que el tiempo de la saña volvía para acabar con su vida. Sus ojos, grandes y expresivos, se achinaron con el mismo horror de siempre, chasqueó la lengua, encogió los hombros, miró al cielo, pero un instante después, su mirada chocó con la figura enclenque de su agente, con su rostro habitualmente baldío, y una corazonada fulminante le hizo saber que algo había tenido que ver él en todo aquel enredo que se había creado a su alrededor. Lupe quiso encender sus pupilas, pero el famoso hechizo hipnótico de su mirada la había abandonado, y su labio inferior la hacía aparecer como una imbécil; sin embargo (consta en la crónica de sociales a la que hice referencia) el ya mentadísimo agente tuvo la delicadeza de enrojecer cuando se percató de que The Mexican Spitfire se lo hubiera querido escabechar. Tenía la cara inflamada, pálida e hinchada y le costaba trabajo respirar.

“Y sí, mi hermano, fue todo culpa de él”, me aseguró el Ciego. “Él me había contratado para asistir a la cena y representar la escena de amor con la secretaria, ¿qué te voy a contar?, aunque no estaba tan buena como decían. Yo de güey que acepté, bueno no tanto, pues estaba muy pobre y necesitaba unos dólares milagrosos, así que estuve de acuerdo en representar el papel de galán. Según el tipo, ésa era la única manera para que Lupe se convenciera de que él no andaba con la secretaria: si la chica tenía el mal gusto de andar conmigo, la Vélez sabría que era imposible que hubiera aceptado salir con él. Cuando me lo dijo, así con esa desfachatez que tienen los pochos, me dieron ganas de madreármelo, y si no lo hice fue por hambre, te lo juro. Él inventó toda la escena, la aparición, el beso y todo, pero no contaba con mi odio visceral hacia Reagan, ¿pero a quién no le dan ganas de patear a un tío así, que es un descastado y un arribista? Y, bueno, ya sabes todo el resto.”

—El asunto no fue ni tan fácil, ni tan claro, Urielito —me interrumpió Novo, que tenía su propia versión de los hechos—, en la base de todo se encontraba una injuria, o en el mejor de los casos, una mala jugada. Tú ya sabes que Pepe Gorostiza vivió enamorado de Lupe, ¿no? —(yo ya sabía)—, pues él me dio otra versión de los hechos.

La versión de Gorostiza, palabras más, palabras menos, es la siguiente: parece ser que fue el mismo agente el que le sugirió a la secretaria que se burlara de Lupe, pues ésta estaba últimamente muy engreída y por cada contrato quería cobrar una fortuna. Sammy Goldwyn ya se había quejado con el representante, pues de seguir Lupe en ese plan de expensive diva, todo el negocio se iba a ir al traste. Una bajadita de humos, viniendo de la misma secretaria, no le haría ningún mal, pensó el agentucho, pero el tiro le salió por la culata. Con la bromita la Vélez cayó en tal estado depresivo que se vio obligado a inventar la fiesta apoteósica, el show de Benítez y todo lo demás, pero la Lupe salió con su domingo siete: no fue más que ver el estado del desaguisado que se había armado para sentir la misma corazonada fulminante de esa tarde: tomó tres botellas de tequila, llamó a los que parecían los más machitos entre los guerreros de su comitiva olmeco-babilónica, y se fue a la recámara con ellos (y las tres botellas) dispuesta a una encerrona de alcohol y sexo. En la madrugada la fiesta había degenerado hasta el punto de parecer una caricatura. En el jardín, varios de los invitados, arrodillados, le rezaban a una Diana cazadora (reproducción de la del Paseo de Reforma), que estaba en lo alto de una de las tantas fuentes, otros se arrastraban por el suelo en busca de botellas semivacías, con colillas de mariguana en la comisura de los labios; algunos otros simplemente seguían haciendo el amor cubiertos por manteles que habían jalado de las mesas, para que con el sereno de la mañana no les diera pulmonía. Lupe, en su cuarto, desmayada en su cama, en medio de los guerreros muy machitos, se despertó con un agudo dolor en el bajo vientre. Algunos dicen que había bebido tequila hasta decir basta, otros que unas quesadillitas de huitlacoche le cayeron mal; unos que se había embotado de barbitúricos, los más coinciden en que una combinación de todo le había no solamente destrozado el intestino, sino que, como era de esperarse, le habían robado las ganas de vivir, y así, en ese estado que lindaba con la extravagancia nutricional, Lupe se levantó de su cama y fue al baño a volver el estómago. Encendió la luz, se hincó sobre el guáter, y en el agua de la taza volvió a ver la imagen que, como remordimiento, desde esa mañana la acechaba. Volvieron las arrugas de los labios, las patas de gallo, la mueca cadavérica, las oquedades marcadas por el rímel: la decrepitud, toda, reflejada en el fondo del caño.

—¿Te la imaginas? —me preguntó Novo, al ver que me era imposible cerrar la boca del puro susto—. La belleza deslumbrante, el orgullo sin fronteras, la vieillesse dorée del star system nacional derrotada en un escusado como espejo. Cualquiera que se precie se suicida y Lupe no iba a ser menos, metió la cabeza en el agua y se ahogó.

Los diarios del día siguiente dijeron que había sido un desafortunado accidente. A mí, Novo (transmitiéndome la versión de Pepe, que en su vida dijo una mentira) me dejó convencidísimo de que había sido un suicidio, y, para no quedarme con la duda, me volví a ver después con el Ciego Benítez, que me lo confirmó, aunque con una variante un poco más asquerosa.

—Así es, Urielito, Chava no te mintió, aunque no es que haya metido la cabeza en el agua de la taza, sino que el susto le provocó náusea, y la náusea un desmayo, y Lupe murió ahogada, voluntariamente o no, en su propio vómito.

Oyéndolo vi a la muerte en Lupe Vélez como rondándome por todas partes, sentí que me acompañaba una calaca, y pensé en ella asustada, en cuclillas dentro del armario, ajada en el espejo, humillada por la secretaria, asustada porque su madre la llamaba puta, desahuciada en el fondo del caño, noviando en la esquina conmigo creyendo que el futuro entero le pertenecía. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que la acompañaba a comprar el pan?, ¿cuánto desde que su abuelito, don Antonio Villalobos, nos contaba historias de la Revolución, en su casa de la calle de La Fuente? La vida, entre el miedo, la obstinación, la envidia y las imágenes desproporcionadas, seguía y seguiría siendo siempre un circo. Tal vez en ese momento me prometí, en recuerdo del brindis que Novo hizo de mi amada, salir en defensa de la envidia y escribir la extraordinaria historia, de malentendidos y mala saña, de aquella siniestra fiesta en que mi amada perdió la vida.

 
 

 


 

Verdad de amor

 

 

“No me lo va a creer, amigo mío”, me dijo con la mirada turbia, bebiendo a pequeños sorbos de su copa, “pero debo ser uno de los pocos privilegiados que han visto desnuda a María.” Como siempre, me sonreí y le di unas palmadas en el brazo. Él detuvo mi mano y con mucha seriedad me pidió que por favor le creyera. “No ha sido gracioso, el duende de María, que no ella, me ha perseguido toda la vida.”

Todo había sucedido hacía unos doce años, cuando Chema y María estaban por cumplir los veinte; para más datos, durante el verano del treinta y cuatro, cuando él se trasladó a Guadalajara para probar fortuna como periodista y estudiar Letras en la Universidad del Estado. Ya fuera por uno de sus frecuentes líos de faldas, ya porque no aguantaba más las presiones constantes de su familia para que no abandonara su carrera de abogado y se dedicara a la literatura, su vida había entrado en un periodo de zozobra del que quiso escapar fugándose de su natal Silao. Ya en Guadalajara se inscribió a la Universidad y rentó un departamento en la calle de Pedro Moreno, hacia el seiscientos más o menos, con la firme intención de olvidar su pasado pueblerino. Ahí tuvo de vecina a una mujer espigada, altiva, muy guapa, que con el tiempo sería una de las luminarias del cine nacional. Entonces, María de los Ángeles, como efectivamente se llamaba, era una bella desconocida que había trastornado la apacible vida de los vecinos de la calle de Pedro Moreno. Si estaba casada o no, era cosa sin importancia, pues hacía vida marital con un interfecto (que para todos era un crápula) como si nada.

Lo que para todos fue motivo de sueños indecentes, pero sin consecuencias en su vida personal, para Chema fue prácticamente el derrumbe de sus ilusiones (o el nacimiento de ellas, como se quiera ver), ya que en el silencio de su habitación, sin haber conocido nunca a María, sin haber cruzado una sola palabra con ella, se había enamorado perdidamente de los secretos que escondía su cuerpo alabastrino, de gladiolas perfumado, pues cada noche de aquel otoño definitivo vio la consumación de un ritual que le trastornó la cabeza para siempre: llegaba de madrugada, agotado de corregir galeras en el periódico donde trabajaba para financiar sus estudios, con el tiempo justo para ver a María desvestirse, pausadamente, en el recuadro de una de las ventanas del otro lado de la acera. Era casi una escena de cine mudo. Chema —boquiabierto, las manos sudorosas, la piel crispada— la veía aventar sus prendas íntimas a un macetero, para continuar, frente al espejo, con morosas caricias a sus senos y pubis. A lo lejos, curiosamente, se oía el sonido apagado de un saxofón que tocaba un dixieland criollo. Chema, que con el tiempo la vería representar a mujeres engalladas, a tiranas apocalípticas, a celebridades despechadas, a un sinfín de soldaderas, y que durante muchas noches la soñaría interpretando los papeles más extraordinarios de la historia del teatro, se llenaba de ilusiones mientras María actuaba la única escena que reservó para su intimidad.

“Así la vi todas las noches”, me dijo Chema, sentado en una de las mesas del salón Singes, con el nudo de la corbata a un lado del cuello, la camisa desabrochada y haciendo un gesto con la mano como si estuviera, en ese momento, viendo la ventana encendida frente a la suya. “Se deshacía paulatinamente de todas sus prendas y las aventaba a un macetón lleno de flores de papel maché —coloradas, verdes y amarillas— convirtiéndolo en una naturaleza muerta con pasiones encendidas. Después se paraba frente al espejo para iniciar el sobeteo. Aquella larga espalda tras la ventana, y los senos y el sexo en el espejo, me estaban quitando la voluntad para siempre. Pobrecito de mí, a los mortales no nos está permitido tocar la gloria, mucho menos a un soñador en cierne como yo. ¿Qué me quedaba, querido amigo?, ¿masturbarme, buscarla y declararle mi amor? Nada, enloquecer y ya. Nadie en mi familia lo va a insultar si dice que soy un esquizofrénico, pues de ahí en adelante no he hecho más que soñar con ella y volverme un esquizofrénico de remate.”

Pero esos momentos de delirio idílico no fueron más que el preámbulo de su tragedia, pues un día, tiempo después de ver y rever la manera como el proyecto de diva saciaba sus deseos, Chema se atrevió a hacer lo insospechado: saltó al jardín de la casa de María y trepando por una enredadera llegó hasta su recámara. La sorprendió en el ritual de las caricias. Ahí estaba ella, dándole la espalda inmensa, grandiosa, rosada; ahí él, admirando sus nalgas; los dos mirándose a través del espejo. Ella se volvió y lo encaró cubriendo su sexo con una mano y los senos con el antebrazo de la otra; con las rodillas juntas y los muslos frotando el oscuro callejón de sus delicias; el cabello negro desparramado por los hombros y la mirada (un tanto ausente y gelatinosa) puesta en el intruso: toda ella encantada. “¿Quién eres tú?”, preguntó la voz de barítono. José María Sánchez, alias Lucifer, hizo una mueca cómica, se limpió las manos sudorosas en el pantalón y contestó rápidamente: “No importa mi nombre María, sólo sé que te amo, que he perdido la razón por ti”. Silencio. Zumbido de moscas. Chema no podía apartar la mirada de sus caderas redondas, un tanto oscilantes, un tanto temblorosas: el culo como centro vital de su universo. El cuerpo de ella, entonces, se fue cubriendo de un rubor escarlata, y el bello de su pubis —fino y escaso, tan negro como el de su cabello— se crespó todito, como poseído de un enjambre de deseos pecaminosos; su mirada, en cambio, se heló llena de indiferencia: parecía la mirada de una muerta. Chema trató de avisarse del peligro incierto que tanta belleza le anunciaba, pero siguió adelante, sin compostura alguna: “Quiero hacerte el amor, María, a eso he venido. Todas las noches desde que me mudé a esta calle te veo tras la ventana, observo detenidamente cómo te desvistes, cómo te acaricias... Me has robado el seso”. Esta poética exposición de sus urgencias, que estaba destinada a inflamar el pecho (y todo lo demás) de María, no consiguió sino hacerla pasar de su pseudo indiferencia a la cólera que hizo famosa muchas de sus escenas: “Vete”, le contestó sin un solo gesto, como si su cara inerme y su cuerpo mohíno se hubieran divorciado; y con un suspiro largo y melancólico, como si estuviera considerando sus conceptos sobre lo que es la vida y la muerte, agregó: “a mí nadie, nunca, va a volver a hacerme el amor”.

“Emitida la declaración de principios”, me dijo mi amigo con voz ya no trémula, pero sí indecisa, a la que dio un descanso de suspenso con un trago del champagne, “la escena parece introducirse en la leyenda o volverse calumnia de periodicucho barato”:

María se volvió hacia el espejo para continuar el rito lúbrico de sus caricias, y mientras elevaba el rostro al techo, gimió por el placer solitario que a sí misma se prodigaba. El aire enrarecido del cuarto —apenas iluminado por una luz ambarina, con el aroma de los nomeolvides del jardín repentinamente flotando en todas partes— cubrió el cuerpo de la diva con una pátina que daría forma al mito que José María Sánchez, alias Lucifer, el futuro creador de la columna amarillista de Cinema Reporter, iba a perseguir por el resto de sus días, pero él, haciendo honor a la tradición de su familia, se comportó no como el crápula que su padre cree que lo convertirá su vocación periodística, sino como el caballero que su mamacita había querido educar: no hace nada, no mueve un dedo, está tocado en lo más vivo y se queda inmóvil, con los brazos inertes sobre los muslos, admirando solamente aquel cuerpo perfecto, que ahí, tan real, al desatarse en un murmullo desenfrenado de placer, se empieza a convertir en su fantasma. Chema, sospechando que María no se ha percatado realmente de nada, empezó a caminar de espaldas sin apartar la mirada de su nuevo mito; tenía los ojos enrojecidos y el pelo, prematuramente cano, se retorcía en su cabeza como llamas de fuego fatuo. Antes de saltar nuevamente por la ventana ya sabe que su vida rueda por un abismo de nostalgias.

¿Se puede imaginar lo que pudo ser aquello para cualquier hombre? ¿A la María que todo México idealizaría, desnuda, actuando desde entonces su propio personaje? No creo que ni él ni nadie hubiera sospechado en lo que se iba a convertir María con el andar del tiempo, pero una década después, cuando Chema vio su primera película —¿qué otra cosa le quedaba?— decidió perseguir la imagen de su diosa en cualquier cine, aunque fuera de barriada, aunque fuera a representar los papeles más extravagantes (en una de sus muchas obras mediocres) o su interpretación resultara ramplona (pero siempre altiva): a Chema no le interesaba la película, ni la trama, ni la fotografía; el cine era lo de menos y María lo de más; él, hiciera lo que hiciera, la imaginaba repitiendo aquella escena que había representado solamente para él. Muchas noches, a solas o acompañado, se emborrachó hasta decir basta pensando una y otra vez aquella escena de su desnudez.

“Si usted la vio alguna vez, querido amigo”, me comentó Chema, acomodando su plato en la mesita lateral que nos habían dejado los meseros antes de irse, “estará de acuerdo conmigo en que el suyo era un cuerpo irresistible pero maléfico, que nadie, en su sano juicio, sería capaz de olvidar jamás.”

En su voz había un resto de nostalgia, de envidia incluso, nada más de imaginar que alguien pudiera disfrutar una imagen de María que, estaba seguro, solamente le pertenecía a él. Ese recuerdo, ese desnudo guardado en su memoria, fue su tesoro más preciado.

Salimos de madrugada. La franja naranja del horizonte le daba al Sena una apariencia de melocotón maduro y París entero era como un fantasma al arbitrio de la luz. Dejé a José María Sánchez, alias Lucifer, en la esquina del Boulevard Saint Michelle. Antes de despedirse me hizo el comentario más críptico y extraño de aquella noche: “¿Sabe?”, me dijo con una voz apenas audible, “para mi desgracia, María era sonámbula. Como de película muda, ¿no le parece? Estoy seguro de que aquella noche sonambuleaba y no me reconoció”. Calló un momento, bajó los ojos y se quedó mirando el adoquín de la calle, se dio vuelta y lo vi alejarse lentamente, bamboleándose, con la botella de champagne, que había insistido en llevarse, colgada de una mano.


 

 
Por vivir en quinto patio
 
                          
La noche estaba muy oscura. Tenía la ventana abierta y por ella me llegaba el resplandor de un anuncio de cerveza Superior. No se veían las estrellas, no había luna, nada más el rostro sonriente de la rubia de categoría, y fugaz intermitente, la luz roja de una frase: “La rubia que todos quieren es cerveza Superior”. La habitación, entre los ires y venires de la luz exterior, quedaba abandonada al humor pajizo de las menguadas veladoras. Del otro lado, en el cuarto contiguo, solamente se escuchaba el radio (ahora un locutor decía con voz trémula: “Su programa favorito, Serenaataaa. Su estación, la B grande de México”). Me quedé mirando la puerta, esperando expectante que se abriera. A un lado, en la penumbra, pude distinguir que el Barítono de Argel había llegado; en la comisura de los labios se acurrucaba un punto de cigarro rojo; cuando absorbía el humo, la cara se le iluminaba tenuemente y me enseñaba un gesto entre mofa y agonía; me recordó las calaveras de dulce; seguía vestido de beige y no se había quitado el sombrero; seguramente meditaba en mi intrépida conducta. De repente, la música, el radio, su volumen, se intensificó; se escuchó claramente el clic del picaporte y la puerta se abrió dejando entrar una leve corriente de aire que hizo titilar las llamas y le dio a la aparición de Elvira Acevedo un carácter macabro. Al instante la vi, ahí estaba, por fin, vestida con un conjunto (camisón y bata) de nylon azul celeste, con el pelo rizado, luciendo su figura más bien baja, a la que sus ochenta kilos (calculados a ojo de buen cubero) no le iban nada bien; tenía un radio monumental, agarrado con la mano derecha y para mi desconcierto, Emilio Tuero empezaba a cantar un tango de Luis Alcaraz: “En la casa de juego de la vida, en la loca ruleta del amor, una noche sin ver lo que exponía, contra el tuyo jugué mi corazón”. Elvira cerró la puerta y caminó hacia el sillón.

—Es de onda corta —fue lo que me dijo, levantando el radiote a la altura de sus enormes senos.

No supe qué contestar; mi sílfide, mi Afrodita, se había convertido en una matrona yaqui. Elvira Acevedo era todo menos bella. Su nariz era un gancho alevoso que se ensanchaba en las fosas nasales. Tenía los ojos rasgados y pequeños. Por su cabello, el champú Vanart, los enjuagues de Wella, todos los menjurjes que podían haberlo tornado sedoso, nunca habían pasado. Destacaban en su figura, sus senos, sus tetotas: mi matrona era chichona, chichoncísima, y entre la vaporosa bata se le notaban varios anillos de grasa, venciendo lo que yo había supuesto una cinturita como la de Mapita Cortés.

Tuero, desde su rincón, soltó una carcajada sonora que hizo que me levantara como impulsado por un resorte, pensando que ella, Elvira Acevedo, se sentiría ofendida. Pero no, siguió ahí parada, sonriéndome ahora. Su sonrisa, curiosamente, era de una belleza magistral. Reparé en que tenía una boca frondosa: su labio superior era delgado, el inferior, grueso, discretamente carnudo, y en medio los dientes se alineaban perfectamente. “A lo mejor”, pensé, “su papá es dentista y sólo le cuidó la boca.” Cautivado (¿si no por qué otra cosa?) por ese oasis que era su sonrisa en medio de tanta imperfección (carne descuidada, patas de gallo y restos de una crema amarillenta), cometí la primera de mis imprudencias: adoptando una pose de galante melancolía le tomé la mano libre y se la besé como dando lección de donjuanismo. Ella no pudo contener un suspiro, ni Tuero otra carcajada.

—Siéntate aquí, a mi lado —la invité sin soltarle la mano.

Tuero (en el radio, que no en su rincón), culminaba, ahuecando la voz, su tango. “No me quejo, son cosas de la vida, si en la loca ruleta del amor, el corazón jugué en una partida y un golpe del azar se lo llevó.”

¿Para qué voy a entrar en detalles de lo que sucedió esa noche si se lo debe estar imaginando? Primero averiguamos si estudiábamos o trabajábamos; nuestro lugar de origen; nuestros nombres; le tupimos, claro está, a las cervezas que yo había puesto en hilera sobre la mesita, custodiando las veladoras. Elvira, que al principio se mostró un poco cohibida, empezó a tomar confianza y cuando se estaba acabando su tercera cerveza (en el lapso de veinte minutos solamente), me contó una historia truculenta: era huérfana de madre; su papá, un hombre maravilloso, respondía al nombre de Eulogio Acevedo (ella lo nombraba con una seguridad jactanciosa, como si todos supiéramos quién era Eulogio Acevedo. Yo por supuesto, no tenía ni idea, pero no dije nada para no herir la susceptibilidad de mi invitada); él era dueño de una tlapalería en Navojoa; ella, hija única, fue educada en la virtud por aquel noble trabajador; un día maléfico, un costal de cemento cayó sobre la espalda del desdichado padre, imposibilitándolo para continuar con la faena, quedando desde entonces atado a una silla de ruedas; eso obligó a Elvira a atender la tlapalería; ella que había sido formada para ser una damisela (así me dijo), no dio pie con bola y pronto las deudas, los acreedores, se la comieron (por un momento creí que había dicho “cogieron”; dudé, primero porque era muy remoto que alguno de los acreedores quisiera cobrarse con sus carnes magras; y segundo, porque las deudas, por sí mismas, que yo sepa, nunca se han cogido a nadie. Para salir del posible mal entendido le dije “te devoraron”, y me contestó, “sí, me devoraron”. “¡Ah!”).

Hasta aquí había ya suficientes elementos de melodrama como para componer una verdadera tragedia familiar, sin embargo, no era todo. Cuando Elvira entregó la tlapalería a la canallada, le asaltó un profundo, enorme, abismal, sentimiento de culpa: por su culpa había muerto su madre, por su culpa su padre estaba inválido, por su culpa se había perdido el patrimonio familiar. Azotada por remordimientos brutales, se prometió hacerse cargo del lisiado, se iba a ofrendar (así me dijo) a él y no lo defraudaría; entró, ella una damisela, a trabajar como contable en una fábrica. De esto hacía doce años (Elvira estaría rozando, por abajo, los cuarenta); tuvo en estos años que enfrentarse a muchas tentaciones: hombres que le ofrecían riqueza; aventureros que le suplicaron que se fugara con ellos; amigas ligeras; pensamientos mal habidos; pero la memoria de su padre (todavía no estaba muerto y sin embargo ella lo hacía todo en su memoria) la ayudó siempre a salir airosa; desgraciadamente el viejo, ora sí, falleció de lo que para ella era una inexplicable cirrosis hepática, y Elvira, nuevamente, fue presa de los sentimientos de culpa, sentimientos aún más espantosos que la vez anterior: se decía que era una mala hija, que no había podido apartar a su noble padre del vicio (el lisiado se chupaba dos y hasta tres botellas diarias de Ron Rico, ron de altura); ella, no le cabía la menor duda, era una mala mujer.

—Hasta a un médico de esos de locos tuve que ir a ver —me dijo—, me encontraba deshecha. Si me hubieras conocido entonces, tú no hubieras dado crédito.

Elvira me narró todo el episodio fúnebre, cuidándose de mostrar su perfil, pero hasta en ese ángulo era posible notar su frente estrecha, los arcos superciliares botados, la nariz con punta de bola y su boca perfecta.

—¿Hace cuánto murió tu papá? —le pregunté.

Ahora, entonces, esa noche, habían transcurrido ya ocho meses y su doctor le había recomendado distracción. Ella, decidida a olvidar los infortunios del pasado, se había venido en “bus” hasta Hermosillo, y al otro día tomaría un avión a la ciudad de México para unirse a un “tur” a Europa.

Esta última parte, verdadero desenlace de su historia, me la contó llorando a torrentes, mientras yo le acariciaba una mano, enternecido. En ese momento, ante mi asombro más absoluto, pude ver sus piernas: eran gruesas, firmes, pero varicosas y de color amarillento. A pesar de esta visión sobrecogedora (las várices, no el llanto), me acerqué para darle un beso en la mejilla; volteó la cara, poseída, y me entregó su boca, dándome un beso de chupetón, lengüetazo y mordidita. Yo quedé enfebrecido.

—Es lo más a lo que puedes aspirar —me dijo desprevenidamente al terminar. Con voz grave, modulada, marcando todas las sílabas—, no insistas, que yo sólo seré del caballero que sepa apreciar mi pureza.

Se levantó, se alejó unos pasos con ritmo de mambo y me dio la espalda viendo hacia donde, cruel testigo, seguía observándome Emilio Tuero. La luz roja del anuncio iluminaba alternativamente el culo monumental de Elvira Acevedo.

Me quedé completamente pasmado, no sólo por su declaración, hecha con una afectación falsa, sino por la misma enunciación, clara, precisa. Ella, que hasta hacía muy poco usaba todas las muletillas del hablar norteño, ahora se expresaba como siguiendo un dictado. Casi le iba a decir “¿cómo?”, cuando volvió a hablar.

—Tienes que jurarme que me respetarás o solamente conseguirás que abandone este recinto.

Sin quererlo me fui a mi infancia. De chico había sido testigo de muchos paroxismos públicos, donde ese lenguaje afectado, radionovelero, hizo su aparición; como cuando mi hermana Magali, en un cumpleaños de mi abuela, le dijo a mi madrina Marichu que no fuera cuento, que ella no había querido a nadie en la vida; Marichu fue por mi papá, que estaba seguramente en otro cuarto, para exigirle una disculpa: “Dile a tu hija que se hinque y me ofrezca una reparación. Estoy transida de dolor. ¡Me insultó, Felipe, me insultó!” Todos los que escuchamos nos quedamos de a seis. “Que se hinque o me sentiré mancillada... ¿Cómo es la palabra paʼdecir loco?... ¡Ah, sí! ¡Es vesánica, Felipe!” No vaya usted a creer que esta forma de hablar avergonzó, amedrentó o divirtió a mi papá (tampoco a Marichu), pues él, con un gesto soberbio, le respondió en los mismos términos: “Lo siento Maruchita, Magali es mayor y dueña de su libre albedrío, que se hinque si le place. Y no te preocupes, en nuestro mundo, afortunadamente, todos saben lo que son nervios”. Para mí, que tenía ocho años, aquella lucha verbal era una de las formas en que asaltaban mi vida los personajes del cine o del radio (Carlos Lacroix; Dalia Íñiguez, los niños catedráticos, el Dr. I.Q., Fernando Soto “Mantequilla”, Nelly Montiel). Entre ellos (los personajes y mis familiares) se batían a duelo sin que se supiera a ciencia cierta cuáles eran más reales, si los de la vida o los del radio o los del cine. Pero esa noche, en Hermosillo, lo que menos esperaba era que aquellos fantasmas regresaran e irrumpieran tan inesperadamente en el discurso de Elvira.

Entonces caminó dos pasos más hacia adelante (dándome todavía la espalda y la cara a Tuero), conteniéndose, de una manera que la hacía aparecer como una versión rolliza de María Félix. (Elvira, cosa rara, imitaba a la Félix, cuando le hubiera sido más fácil Lucha Villa o Chabela Vargas; pero no, María era su modelo de modales.)

—¡Ah! Tal como me lo sospechaba. No puedes pronunciar palabra. Eres un falso y un vil. Sí, un vil —dijo, zumbona, haciendo el ademán displicente de espantarse el humo de las veladoras.

¿Cómo demonios me había descubierto? Ella tan simple, tan vulgar, con sus frases aprendidas en el abrevadero del radio. Recordé las palabras que Laura usó cuando me echó de la casa; las de Alejandra cuando les pidió a mis amigos que no fueran a mi boda. Aunque tenía que reconocer que ninguna de las dos había empleado aquel epítome: vil. Ya había sido canalla, degenerado, pero vil no; ése era un tanto en el haber de Elvira Acevedo.

Nadie hablaba. Ni Tuero ni Elvira ni yo. Solamente se escuchaba la voz del locutor de la B grande de México: “Aquí tenemos una carta, queridos amigos. Proviene de las Choapas, Veracruz, ese maravilloso lugar nacido de la fiebre petrolera, lugar de genuina gente trabajadora. Veamos qué dice... Ah sí... su programa Serenaataaa...” En esos momentos pareció como si la misiva nos distrajera y pasamos de ser, yo un vil y Elvira un adefesio, a meros radioescuchas. “Nos la envía Rosa Aurora Corrales. ¡Qué bonito nombre! Rosa Aurora, combinación de la flor más bella y el nacimiento del astro rey... Está dirigida a Roberto, así nada más, y dice: ʻRoberto, sé que te has ido. No te culpo. Te llevas lo mejor de mí pero no importa. Quiero que sepas, que sepa todo el mundo, que no tengo coraje. Siempre tuya, Rosa Auroraʼ.” ¡Sabor! El locutor hizo una pausa y suspiró. Suspiró Elvira, suspiré yo, y Emilio Tuero salió de su escondite para mirarme bien a los ojos. También suspiró.

—¿Qué esperas? —me dijo.

No supe, tampoco a él, qué contestarle. Elvira, abriendo el compás de las zancas, se había vuelto hacia mí y me miraba con cierta seriedad. Tuero a su vez acentuó el gesto duro de sus ojos. “Esta es una mujer de valor”, continuó el locutor, “toda una mujer. Rosa Aurora, sepa que nosotros somos de los que valoramos sus actitudes... y la vamos a complacer, ¡claro que la vamos a complacer! Esta gentil damita nos pide que pongamos en la tornamesa Tenía que ser así, el bolero de Bobby Collazo, en la voz del hombre de la eterna cachucha, Rolando Laʼserie. Esta pieza, mi querida Rosa Aurora, es un homenaje de su programa Serenaataaa... un homenaje a las mujeres como usted. ¡Arriba corazones!” Rolando Laʼserie, el guapo de la canción, se arrancó con su bolero, contradiciendo con su aire guapachoso la solemnidad de la letra: “Tenía que ser así, mi alma lo presintió, que cuando más te adoraba, te vas de mí. Te vas, yo no sé por qué, la vida, la vida lo quiso así, sabiendo cuánto te quiero, te quieres ir”.

Por mi mente pasó la idea de levantarme y con el mismo tono radionovelero que ella había usado, decirle: “Elvira, yo no soy como Roberto. Si me das una oportunidad te demuestro que soy un hombre a carta cabal”. Inmediatamente después pensé que se acercaba el momento de ver saciados mis más bajos instintos, no importaba que el vehículo satisfactor fuera la chungona y jamona matrona yaqui. “Tengo que hacer algo que la conmueva”, me dije, y en vez de continuar con la actitud caballerosa con que la había recibido, decidí utilizar un estilo un poco más agresivo: me levanté, fui hasta Elvira (se le habían enrojecido los ojos por las lágrimas, pero ya no lloraba), tomé su mano derecha, la besé y chupeteé su palma. Se contorsionó, dando unos pasitos dignos de un berrinche, y me dijo “ay, ay, ay”, así, tres veces seguidas. Al verme Tuero se cubrió los ojos y movió lentamente la cabeza.

—Despáchala ya de una vez, hombre —fue lo único que me dijo mientras regresaba a su rincón. (La verdad que su lenguaje y el tono de su voz eran más bien sospechosos en un hombre tan fino, al menos tan fino como lo había visto en sus películas.)

Entendí despachar en el sentido de escabechármela, fornicar con ella; no en el de echarla, correrla de mi habitación. Por eso cuando la vi (con la bata abierta, que dejaba libre a mi mirada su camisón casi transparente), sentí la turgencia de mi bajo vientre y una pasión incontrolable que me obligó a literalmente aventármele encima. Ella había vuelto al sillón, y estaba ahí, medio tendida (una pierna a lo largo del sofá), medio erguida (la cabeza sostenida por el brazo que descansaba en el mismo sillón), expectante, misteriosa, retumbante en curvas. Me lancé y caí cuan largo soy sobre su mullido cuerpo. El sofá hizo un crac insignificante. Inmediatamente, ella empezó a soltar una interminable secuencia de noes, pero no le hice caso. Con mucha lucha, forcejeos, negativas hipócritas, logré quitarle la bata. En el fragor de la batalla se le salió un seno. Era el más grande que había visto en mi vida (tal vez, a la fecha lo siga siendo); su pezón, duro, negro, estaba henchido y formaba una depresión a su alrededor; la aureola, que empezaba negra y acababa pardusca, cubría tres cuartas partes de su chichi. Caímos al suelo. Elvira continuaba con sus noes, pero movía el vientre de arriba a abajo con un frenetismo que contradecía la vehemencia de su negativa. Besé sus labios carnosos para enmudecerla (su boca, lo confirmo, era un oasis), de entre ellos salió su lengua y chorros, alternados, delicados, de saliva. Cuando traté de arrancarle la pantaleta, se revolcó furiosa. Mi mano notó que su monte de Venus, peludo más allá de los calzones, se continuaba sin solución en la bola de su barriga: cordillera de Venus, olimpo total. Separó su boca de la mía y sus noes se hicieron como el mar picado: intensos, graves, amedrentadores, con altibajos y con eco. Yo no iba a cejar, me había convertido en un violador, en Rodolfo Acosta al finalizar Salón México, que quiere a como dé lugar que Marga López le entregue su Cuchita. Elvira, con su violencia, había pasado de ser la casta Félix, a una versión norteña de Isela Vega: entre sus negativas empezaron a mezclarse exclamaciones almibaradas, pero soeces: “No me vayas a meter tu picha, cabroncete, no me la dejes ir que me muero, no, no, no, puteque”. Apretó entonces sus muslos con tal fuerza, que mi mano quedó prensada entre ellos. Fue ahí que se desencadenó el final. Mi miembro, que no supe a qué hora se había salido, empezó a escupir fuego. Me vine sobre los muslos inmensos y mi mano encadenada. Ella calló y gimió en el torrente espasmódico que mojaba su piel y su pantaleta virgen; su vientre se agitó y retumbaron sus nalgas contra el suelo, mientras con voz leve repetía: “Noo”, y después, “nooo, nooooo”, por un momento temí que continuara con la canción de Manzanero que tan bien interpretaba Carlos Lico: “Nooo, porque tus errores me tienen cansado, porque en nuestras vidas ya todo ha pasaaado, porque no sentimos lo mismo que ayer. Nooooo”. Pero no dijo nada más, ni un sí, ni un no, como pasa en los buenos matrimonios. Acosté mi cabeza en su seno desnudo. Nos quedamos quietos y la voz del locutor surgió de las tinieblas: “...fue el amor, esa fuerza que contra todo arremete, el amor que nos hace hombres”. Yo pensé: “¡Que viva el placer, que viva el amor! Ahora soy libre, quiero a quien me quiera. ¡Que viva el amor!"

Bruscamente, Elvira me echó abajo. Rodé sobre su cuerpo y caí de espaldas. Ella se hincó y me conectó un doloroso gancho al hígado.

—Vil —me gritó—, me dijiste que eras de fiar y mira cómo me dejaste las piernas, ¡todas embarradas de mecos! ¡Vil y mil veces vil! ¡Berengo!

Se levantó y se fue.

En el radio, que se le olvidó llevar consigo, el locutor seguía analizando lo que seguramente era otra carta: “¿O hay otra lección en todo esto? Díganme amigos, ¿no creen que el embrujo del amor, este amor que a raudales nuestro amigo Juango ha vertido en sus sentidas letras, es lo que lleva a la humanidad a congraciarse con su destino? ¿Qué es el amor? ¿Es una pasión, es un sentimiento, es un algo sin nombre que apasiona al hombre por una mujer? Díganme amigos, ¿qué experiencias tienen ustedes con el amor? ¿Creen que el sentimiento obnubilador del que nos ha platicado Juango, es amor? ¿Y si no, qué puede ser? Yo pienso...” No pude seguir escuchando porque Elvira, nuevamente al ataque, gritó desde su cuarto.

—¡Ay, mi radio! ¡Ratero!

Regresó, tomó el radiote y volvió a su habitación. Estaba medio desnuda y con un par de tubos en la cabeza. Fue cuando regresó la luz y nuevamente el aire acondicionado produjo su ruido ensordecedor.

No me había levantado, trataba de tomar aire y me sobaba bajo las costillas. Miré hacia el rincón de Tuero. Se había ido. Estábamos, nada más, mi vergüenza y yo.

Las siguientes horas fueron un monólogo constante, ya estuviera revoleándome en la cama, ya golpeando el aparato de aire acondicionado. Empecé diciéndome: “No entiendo, yo soy guapo, ella es fea, ¿por qué se negó a coger?” Y acabé diciéndome: “¿Vil yo? ¿Ratero yo? ¿Berengo yo? (¿qué quiso decir, a propósito, con ese insulto desconocido?) ¡Vil, maldita, berenga su chingada madre! ¡Que se vayan a la mierda todas las putas viejas!” Frase con la cual, en realidad, finalizaba mi depresión posdivorcio.