Nota introductoria
 


Sealtiel Alatriste es conocido en el medio literario mexicano principalmente por sus novelas y es uno de esos casos en los que el narrador no tuvo necesidad de probar antes su pluma en la extensión breve y acaso más controlable del cuento. Efectivamente, Alatriste es un escritor de largo aliento que ha construido su obra narrativa a partir de ciertas obsesiones que se muestran ya muy claramente desde los inicios de su carrera. El mismo título de su primera novela Dreamfield —juego de palabras elaborado a partir del famoso cuento de Hawthorne, Wakefield— da las primeras señales de lo que construirá su mundo narrativo pues allí se hace claro que literariamente Alatriste apuesta en favor del sueño y en contra de la vigilia. ¿Y qué mundo más cercano a los sueños que el del cine? Porque bien se podría afirmar que buena parte de la obra de Alatriste gira en torno al mundo cinematográfico así como a toda la mitología que lo rodea. Como Woody Allen, Sealtiel parece sentirse a sus anchas describiendo un mundo en el que no hay fronteras entre lo que sucede en la vida cotidiana y lo que se proyecta en la pantalla, entre la realidad y la ilusión. Y eso mismo hace que su obra cierre un círculo por su carácter visual y por ende cinematográfico.

Es a partir de su interés por el cine que surge el tema fundamental de su narrativa: el enfrentamiento del individuo común y corriente en sus mitos. En sus novelas hay infinidad de referencias a divas y galanes del cine tratados desde una perspectiva que conlleva simultáneamente la admiración y la burla. La exploración de esos mitos lo ha llevado también a extenderse a la vida cultural mexicana, y a muchos de sus protagonistas. De manera que bien se podría afirmar que Sealtiel resulta a la larga un desmitificador de mitos. Enfrenta a los ídolos al ridículo igual que sus protagonistas y narradores —claros álter egos del propio autor— y con ello nos demuestra que para reírse de los demás hay que empezar por reírse de uno mismo. La sexualidad es también un tema importante de su narrativa y la llamo así y no erotismo porque Sealtiel no es de los que se enfrenta al sexo con sutileza sino con una franca carcajada. Y los muy lúbricos deseos de sus personajes, así como las reiteradas descripciones de los cuerpos y acciones de sus heroínas —a veces de rasgos y proporciones francamente fellinescas— están siempre inscritos en situaciones chuscas, propositivamente melodramáticas, que lindan directamente en lo cómico, cuando no en lo ridículo y hasta en lo patético, de modo que algunas de sus escenas eróticas llegan a tomar visos de auténticos esperpentos. Para lograr ese efecto Alatriste se sirve del melodrama, la parodia y del slapstick. Tal parece que para Sealtiel el sexo y la risa van inevitablemente aparejados.

Decía pues que Alatriste es fundamentalmente un novelista. Los tres relatos que conforman este volumen, sin embargo, son versiones modificadas, extraídas de tres novelas: “En defensa de la envidia”, “Verdad de amor” y “Por vivir en quinto patio”, y retrabajadas para dar el efecto de unidad y contundencia en el espacio breve y constreñido del cuento. Todos ellos son de carácter humorístico. El primero tiene un subtítulo (“Crónica de la verdadera muerte de Lupe Vélez”) y es un claro ejemplo de la indagación irreverente de Sealtiel para descubrir cómo murió la actriz Lupe Vélez a través de las chuscas y maledicentes versiones de Reyes, Gorostiza y Salvador Novo. El motivo y personaje principal del segundo es María Félix. Como Carlos Fuentes, como Paco Ignacio Taibo, Alatriste también se lanzó a jugar literariamente con el mito más renombrado del cine mexicano. Pero si en su novela Verdad de amor el personaje principal emprende una búsqueda sin fin para ver a María Félix desnuda, en este cuento Alatriste se limita a relatar el primer y único encuentro que tuvo José María Sánchez, alias Lucifer —personaje secundario en la novela—, con la diva antes de que ella alcanzara la fama. El tercer cuento se centra también en un encuentro sexual realizado esta vez bajo la mirada inquisitiva y voyeurística de Emilio Tuero. Éste es acaso el cuento de factura más esperpéntica en tanto que para aniquilar a Elvira Acevedo el autor se sirve de todo tipo de hipérboles mediante las cuales realza sobre todo la confusión del personaje principal. Es a través de su mirada siempre despiadada que Sealtiel Alatriste se inscribe entre los pocos novelistas humorísticos de nuestro país.

 
Hernán Lara Zavala