Verdad de amor

 

 

“No me lo va a creer, amigo mío”, me dijo con la mirada turbia, bebiendo a pequeños sorbos de su copa, “pero debo ser uno de los pocos privilegiados que han visto desnuda a María.” Como siempre, me sonreí y le di unas palmadas en el brazo. Él detuvo mi mano y con mucha seriedad me pidió que por favor le creyera. “No ha sido gracioso, el duende de María, que no ella, me ha perseguido toda la vida.”

Todo había sucedido hacía unos doce años, cuando Chema y María estaban por cumplir los veinte; para más datos, durante el verano del treinta y cuatro, cuando él se trasladó a Guadalajara para probar fortuna como periodista y estudiar Letras en la Universidad del Estado. Ya fuera por uno de sus frecuentes líos de faldas, ya porque no aguantaba más las presiones constantes de su familia para que no abandonara su carrera de abogado y se dedicara a la literatura, su vida había entrado en un periodo de zozobra del que quiso escapar fugándose de su natal Silao. Ya en Guadalajara se inscribió a la Universidad y rentó un departamento en la calle de Pedro Moreno, hacia el seiscientos más o menos, con la firme intención de olvidar su pasado pueblerino. Ahí tuvo de vecina a una mujer espigada, altiva, muy guapa, que con el tiempo sería una de las luminarias del cine nacional. Entonces, María de los Ángeles, como efectivamente se llamaba, era una bella desconocida que había trastornado la apacible vida de los vecinos de la calle de Pedro Moreno. Si estaba casada o no, era cosa sin importancia, pues hacía vida marital con un interfecto (que para todos era un crápula) como si nada.

Lo que para todos fue motivo de sueños indecentes, pero sin consecuencias en su vida personal, para Chema fue prácticamente el derrumbe de sus ilusiones (o el nacimiento de ellas, como se quiera ver), ya que en el silencio de su habitación, sin haber conocido nunca a María, sin haber cruzado una sola palabra con ella, se había enamorado perdidamente de los secretos que escondía su cuerpo alabastrino, de gladiolas perfumado, pues cada noche de aquel otoño definitivo vio la consumación de un ritual que le trastornó la cabeza para siempre: llegaba de madrugada, agotado de corregir galeras en el periódico donde trabajaba para financiar sus estudios, con el tiempo justo para ver a María desvestirse, pausadamente, en el recuadro de una de las ventanas del otro lado de la acera. Era casi una escena de cine mudo. Chema —boquiabierto, las manos sudorosas, la piel crispada— la veía aventar sus prendas íntimas a un macetero, para continuar, frente al espejo, con morosas caricias a sus senos y pubis. A lo lejos, curiosamente, se oía el sonido apagado de un saxofón que tocaba un dixieland criollo. Chema, que con el tiempo la vería representar a mujeres engalladas, a tiranas apocalípticas, a celebridades despechadas, a un sinfín de soldaderas, y que durante muchas noches la soñaría interpretando los papeles más extraordinarios de la historia del teatro, se llenaba de ilusiones mientras María actuaba la única escena que reservó para su intimidad.

“Así la vi todas las noches”, me dijo Chema, sentado en una de las mesas del salón Singes, con el nudo de la corbata a un lado del cuello, la camisa desabrochada y haciendo un gesto con la mano como si estuviera, en ese momento, viendo la ventana encendida frente a la suya. “Se deshacía paulatinamente de todas sus prendas y las aventaba a un macetón lleno de flores de papel maché —coloradas, verdes y amarillas— convirtiéndolo en una naturaleza muerta con pasiones encendidas. Después se paraba frente al espejo para iniciar el sobeteo. Aquella larga espalda tras la ventana, y los senos y el sexo en el espejo, me estaban quitando la voluntad para siempre. Pobrecito de mí, a los mortales no nos está permitido tocar la gloria, mucho menos a un soñador en cierne como yo. ¿Qué me quedaba, querido amigo?, ¿masturbarme, buscarla y declararle mi amor? Nada, enloquecer y ya. Nadie en mi familia lo va a insultar si dice que soy un esquizofrénico, pues de ahí en adelante no he hecho más que soñar con ella y volverme un esquizofrénico de remate.”

Pero esos momentos de delirio idílico no fueron más que el preámbulo de su tragedia, pues un día, tiempo después de ver y rever la manera como el proyecto de diva saciaba sus deseos, Chema se atrevió a hacer lo insospechado: saltó al jardín de la casa de María y trepando por una enredadera llegó hasta su recámara. La sorprendió en el ritual de las caricias. Ahí estaba ella, dándole la espalda inmensa, grandiosa, rosada; ahí él, admirando sus nalgas; los dos mirándose a través del espejo. Ella se volvió y lo encaró cubriendo su sexo con una mano y los senos con el antebrazo de la otra; con las rodillas juntas y los muslos frotando el oscuro callejón de sus delicias; el cabello negro desparramado por los hombros y la mirada (un tanto ausente y gelatinosa) puesta en el intruso: toda ella encantada. “¿Quién eres tú?”, preguntó la voz de barítono. José María Sánchez, alias Lucifer, hizo una mueca cómica, se limpió las manos sudorosas en el pantalón y contestó rápidamente: “No importa mi nombre María, sólo sé que te amo, que he perdido la razón por ti”. Silencio. Zumbido de moscas. Chema no podía apartar la mirada de sus caderas redondas, un tanto oscilantes, un tanto temblorosas: el culo como centro vital de su universo. El cuerpo de ella, entonces, se fue cubriendo de un rubor escarlata, y el bello de su pubis —fino y escaso, tan negro como el de su cabello— se crespó todito, como poseído de un enjambre de deseos pecaminosos; su mirada, en cambio, se heló llena de indiferencia: parecía la mirada de una muerta. Chema trató de avisarse del peligro incierto que tanta belleza le anunciaba, pero siguió adelante, sin compostura alguna: “Quiero hacerte el amor, María, a eso he venido. Todas las noches desde que me mudé a esta calle te veo tras la ventana, observo detenidamente cómo te desvistes, cómo te acaricias... Me has robado el seso”. Esta poética exposición de sus urgencias, que estaba destinada a inflamar el pecho (y todo lo demás) de María, no consiguió sino hacerla pasar de su pseudo indiferencia a la cólera que hizo famosa muchas de sus escenas: “Vete”, le contestó sin un solo gesto, como si su cara inerme y su cuerpo mohíno se hubieran divorciado; y con un suspiro largo y melancólico, como si estuviera considerando sus conceptos sobre lo que es la vida y la muerte, agregó: “a mí nadie, nunca, va a volver a hacerme el amor”.

“Emitida la declaración de principios”, me dijo mi amigo con voz ya no trémula, pero sí indecisa, a la que dio un descanso de suspenso con un trago del champagne, “la escena parece introducirse en la leyenda o volverse calumnia de periodicucho barato”:

María se volvió hacia el espejo para continuar el rito lúbrico de sus caricias, y mientras elevaba el rostro al techo, gimió por el placer solitario que a sí misma se prodigaba. El aire enrarecido del cuarto —apenas iluminado por una luz ambarina, con el aroma de los nomeolvides del jardín repentinamente flotando en todas partes— cubrió el cuerpo de la diva con una pátina que daría forma al mito que José María Sánchez, alias Lucifer, el futuro creador de la columna amarillista de Cinema Reporter, iba a perseguir por el resto de sus días, pero él, haciendo honor a la tradición de su familia, se comportó no como el crápula que su padre cree que lo convertirá su vocación periodística, sino como el caballero que su mamacita había querido educar: no hace nada, no mueve un dedo, está tocado en lo más vivo y se queda inmóvil, con los brazos inertes sobre los muslos, admirando solamente aquel cuerpo perfecto, que ahí, tan real, al desatarse en un murmullo desenfrenado de placer, se empieza a convertir en su fantasma. Chema, sospechando que María no se ha percatado realmente de nada, empezó a caminar de espaldas sin apartar la mirada de su nuevo mito; tenía los ojos enrojecidos y el pelo, prematuramente cano, se retorcía en su cabeza como llamas de fuego fatuo. Antes de saltar nuevamente por la ventana ya sabe que su vida rueda por un abismo de nostalgias.

¿Se puede imaginar lo que pudo ser aquello para cualquier hombre? ¿A la María que todo México idealizaría, desnuda, actuando desde entonces su propio personaje? No creo que ni él ni nadie hubiera sospechado en lo que se iba a convertir María con el andar del tiempo, pero una década después, cuando Chema vio su primera película —¿qué otra cosa le quedaba?— decidió perseguir la imagen de su diosa en cualquier cine, aunque fuera de barriada, aunque fuera a representar los papeles más extravagantes (en una de sus muchas obras mediocres) o su interpretación resultara ramplona (pero siempre altiva): a Chema no le interesaba la película, ni la trama, ni la fotografía; el cine era lo de menos y María lo de más; él, hiciera lo que hiciera, la imaginaba repitiendo aquella escena que había representado solamente para él. Muchas noches, a solas o acompañado, se emborrachó hasta decir basta pensando una y otra vez aquella escena de su desnudez.

“Si usted la vio alguna vez, querido amigo”, me comentó Chema, acomodando su plato en la mesita lateral que nos habían dejado los meseros antes de irse, “estará de acuerdo conmigo en que el suyo era un cuerpo irresistible pero maléfico, que nadie, en su sano juicio, sería capaz de olvidar jamás.”

En su voz había un resto de nostalgia, de envidia incluso, nada más de imaginar que alguien pudiera disfrutar una imagen de María que, estaba seguro, solamente le pertenecía a él. Ese recuerdo, ese desnudo guardado en su memoria, fue su tesoro más preciado.

Salimos de madrugada. La franja naranja del horizonte le daba al Sena una apariencia de melocotón maduro y París entero era como un fantasma al arbitrio de la luz. Dejé a José María Sánchez, alias Lucifer, en la esquina del Boulevard Saint Michelle. Antes de despedirse me hizo el comentario más críptico y extraño de aquella noche: “¿Sabe?”, me dijo con una voz apenas audible, “para mi desgracia, María era sonámbula. Como de película muda, ¿no le parece? Estoy seguro de que aquella noche sonambuleaba y no me reconoció”. Calló un momento, bajó los ojos y se quedó mirando el adoquín de la calle, se dio vuelta y lo vi alejarse lentamente, bamboleándose, con la botella de champagne, que había insistido en llevarse, colgada de una mano.