Nota introductoria
 


María Elvira Bermúdez (Durango 1916-Distrito Federal 1988) fue una mujer extraordinaria en más de un sentido. Abogada de profesión, parecía una rara avis metida en los juzgados y en las cárceles litigando en un mundo considerado entonces privativo de varones. Ese pundonor, esa conciencia clara y firme de que las mujeres no tienen por qué ser menos que los hombres, la hicieron figurar entre las promotoras del derecho a votar de las mexicanas, cosa que con justa razón se consiguió. Pero María Elvira no era una feminista en sentido burdo: era, más bien, alguien convencida de la autenticidad de sus razones.

Publicó La vida familiar del mexicano, ensayo de corte sociopsicológico, y la antología Los mejores cuentos policiacos mexicanos, aunque esos trabajos no habrían de ser precisamente lo que la distinguiera en el ámbito de las letras nacionales, sino sus textos de ficción, divididos claramente en dos parcelas: en una, subyacen historias donde la experiencia humana atendida desde las perspectivas más disímbolas (la soledad, la muerte, el amor, la traición y su contraparte la fidelidad...) aflora como un abanico de propuestas para entendérselas mejor con el destino: si la desdicha o el momento postrero son inevitables, hay que enfrentarlos de tú a tú hasta desenmascararlos; en otra, campean asuntos de índole policial, criminológico. Y en ambas se desenvolvió con una seguridad incuestionable.

En el primer renglón figuran los libros de cuentos Alegoría presuntuosa (1971), Cuentos herejes (1984) y Encono de hormigas (1987). Sobresale en estos relatos la determinación de la autora de encontrar insospechados vínculos entre cosas en apariencia nimias y asuntos tan graves como la ruptura amorosa, el desgaste de afinidades familiares, el resquebrajamiento de ideas mantenidas hasta entonces como ciertas y, principalmente, el acecho implacable del destino feroz sobre las míseras criaturas que somos cada uno de nosotros. No obstante, es notorio que aun en esos ambientes dolorosos y sórdidos María Elvira sea capaz de abrir brechas por donde puede colarse cierto hálito esperanzador, esto a través del magnífico humor.

En la segunda línea vale la pena destacar Diferentes razones tiene la muerte (1953), novela policiaca que no dudo en señalar, junto con Ensayo de un crimen, de Rodolfo Usigli, y El complot mongol, de Rafael Bernal, entre lo mejor de la especie que hay en México. Ambientada en una casona de Coyoacán, y protagonizada por el detective aficionado Armando H. Zozaya —quien habría de aparecer en la mayoría de sus cuentos policiacos—, pone en entredicho muchos valores —éticos, sociales— de la época (mediados de los años cuarenta), apelando a las convenciones clásicas del género: la detection, el predominio del Bien sobre el Mal mediante el razonamiento y la inteligencia. Bajo fórmulas similares, siempre correctamente aplicadas, fluyeron sus libros de relatos policiacos: Detente, sombra (1984) y Muerte a la zaga (1985). (Por cierto, vale la pena destacar que en varios de esos textos aparece la detective María Elena, que si no me equivoco es primera de la literatura nacional; o por lo menos la más notable.)

En ambos rubros —el policial, el ortodoxo— María Elvira Bermúdez mantuvo el apego al ya advertido sentido humor, a no arredrarse ante el empleo de peladeces (inaudito, según las buenas conciencias, en una dama de su edad) y de recursos técnicos de lo más vanguardista según las necesidades de las historias por contar (ausencia de puntuación, utilización alternada de diferentes voces narrativas, trastrocamientos del tiempo y el espacio...). Todo ello hizo de Bermúdez una escritora sui géneris en nuestro panorama, del mismo modo que había sido rara avis en sus tiempos de litigante.

Pero la llamada con cariño por sus amigos “Agatha Christie Mexicana” fue además una constante, rigurosa y apasionada crítica literaria. Ejerció la reseña puntual en distintos diarios, revistas y suplementos; publicó con constancia ensayos sobre diversos tópicos literarios; y escribió admirables prólogos a obras de la literatura universal que la Editorial Porrúa incluye en su serie Sepan cuántos... Tengo noticia de que antes de morir reunió en uno o más volúmenes su trabajo crítico, aunque por desgracia ignoro su destino: ojalá lo veamos circular algún día.

Por último, no puedo dejar de lado la generosidad de María Elvira, su bellísimo lado humano: solía compartir su tiempo con los escritores jóvenes, quienes asistían a su casa de la colonia Roma para escuchar sus siempre amenas charlas, su vehemente defensa de algunas ideas y su rechazo inapelable de otras. Fue una suerte de hada madrina. O, como dije al principio, una mujer extraordinaria.

El cuento en este Material de Lectura pretende dar alguna idea de la literatura de María Elvira Bermúdez. Quizá sirva para atraer la atención de los lectores al total de su obra.
 
Ignacio Trejo Fuentes