width= Jacques Ferron



Presentación, selección
y traducción de
Laura López Morales



 


Nota introductoria
 


Autor de una obra abundante (novela, cuento, teatro, periodismo...), Jacques Ferron repartió su vida entre el ejercicio de la pluma y el de la medicina. La práctica de ésta constituyó una ventana privilegiada para observar a la especie humana. Como médico militar, rural, en un hospital o en su consultorio, nunca se alejó de su profesión pues consideraba que era la mejor manera de mantener el contacto con la realidad de su provincia. Este compromiso con su entorno lo condujo igualmente a expresar sus opiniones políticas y sociales mediante la pluma.

Por línea paterna, Jacques Ferron desciende de una familia de tradición campesina: el primero de sus antepasados en llegar a tierras del Nuevo Mundo se instaló cerca de Trois-Rivières hacia finales del régimen francés, es decir a mediados del siglo XVIII. La rama materna, en cambio, proviene de la región de Quebec, y en los inicios del régimen inglés gozó de una cierta influencia ya que varios de sus miembros se movieron activamente en el medio del clero, de la política y de los negocios.

Duhau, personaje de Le coeur dʼune mère, obra de teatro en un acto, nos ofrece la visión de Ferron acerca de la evolución generacional de su provincia; tal vez pensaba en su familia, o tal vez en las clases acomodadas en general. En todo caso, su percepción se acerca mucho a la realidad que historiadores y sociólogos nos describen:
Por generaciones entendemos las que salieron del pueblo, bendecidas por Dios y confirmadas por ellas mismas. La primera proporciona la holgura económica; la segunda el prejuicio aristocrático; la tercera cría para la tuberculosis, para el alcoholismo, a veces para las artes; en cuanto a la cuarta, ya sea que regrese al pueblo, ya que se anglicise o se exilie, desaparece. [...] Ése es el retrato de la burguesía quebequense.*

Ferron y sus hermanos hicieron sus primeros estudios en internados; era lo que dictaban las costumbres de la época; así que la familia completa se reunía sólo en los periodos de vacaciones. La madre murió de tuberculosis cuando Jacques tenía once años y el padre se encargó amorosamente de educar solo a los cinco hijos; al parecer esperaba que su primogénito, Jacques, fuera notario. Sin embargo, aunque no especialmente convencido, éste prefirió orientarse hacia la medicina y se trasladó a la ciudad de Quebec para cursar la carrera en la universidad Laval. No obstante, siempre conservó la sensación de que podía haber tomado otra opción y el recurso a la escritura se presentó como una especie de revancha. Obtuvo el título de médico en 1946 y de inmediato encontró un puesto en el ejército canadiense como médico con grado de capitán. Contaba que como en ese medio sólo se hablaba inglés y su manejo de dicha lengua era casi nulo, disponía de mucho tiempo libre, así que decidió ponerse a escribir; de esa época data su primera novela, La gorge de Minerve, que nunca quiso publicar.

Ya de regreso a la vida civil declaró sus simpatías por el comunismo. Sus posiciones políticas no suponían, sin embargo, una voluntad definida por inclinar su nacionalismo hacia a la izquierda. En realidad la necesidad de formularse una idea clara de cómo podía militar por sus ideales nacionalistas, se hizo manifiesta sólo después de deslindarse del partido. La toma de conciencia de la manera como concebía su participación en estos terrenos se produjo, según sus propias palabras, al constatar el abismo existente entre la cultura y la lengua de los habitantes de la Gaspesie y las que caracterizaban al suburbio obrero de Ville Jacques-Cartier. Le parecía que la lengua y la cultura de la apartada región de Gaspé —donde trabajó un tiempo— eran más ricas y llenas de vida, comparadas con la lengua empobrecida, enferma, contaminada por los anglicismos debido a la condición fronteriza de la zona proletaria y suburbana donde se instaló más tarde. Luchar por la perennidad de su lengua materna, de la lengua de su pueblo y de sus raíces, fue lo que condujo a Ferron al activismo político, primero en la filas del Partido Social Nacionalista (hasta 1960), luego en el Partido Quebequense. No obstante, podría decirse que donde actuó con mayor impacto por la causa de la soberanía de su provincia fue desde la tribuna de las letras.

El rasgo que mejor caracteriza sus escritos y a la vez refleja su conciencia alerta de ciudadano comprometido con su realidad es la actitud polémica con la que aborda la actualidad social. Así se explican lo mismo la lucidez y el escepticismo, la ironía y el desencanto, la mordacidad y la vehemencia que leemos en su trayectoria pública. Muy reveladora de esta actitud es la aventura que encabezó con la formación de un partido político que se definió como contestatario. A raíz de un reportaje publicado por el diario La Presse, donde se hablaba de unas elecciones en Sao Paulo en las que, como los candidatos eran tan poco confiables, los electores decidieron votar por el hipopótamo del zoológico ¡que resultó vencedor! La experiencia inspiró a Ferron y a un grupo de amigos la idea de fundar un partido federal de burla que bautizaron como el Partido Rinoceronte, cuyo lema era: “De un charco al otro” y su programa: “No hacer nada”. El rinoceronte simbolizaba la estupidez. Entre 1963 y 1965, el grupo emprendió campañas periodísticas para ganarse adeptos y lanzar a sus candidatos a las elecciones federales, pero sobre todo para poner en evidencia el carácter irrisorio de la política. Curiosamente el partido despertó muchas simpatías entre los canadienses anglófonos. Atrás habían quedado los años en que por haber participado, en 1957, en una manifestación contra la OTAN, Ferron conoció las paredes de la cárcel.

El mundo rural donde Ferron pasó varios años ejerciendo la medicina, le permitió conocer diversas facetas del universo popular quebequense. Pero fue sobre todo la región de la Gaspesie, al noreste de la provincia, la que más lo marcó: la gente, las costumbres, la lengua, las tradiciones dejaron tan profunda huella que muchos de sus textos constituyen un entrañable testimonio de esa experiencia. Después de los años pasados en Rivière-Madeleine, volvió a la región de Montreal y se instaló en Ville Jacques-Cartier, suburbio obrero que, cual champiñón, creció rápidamente a raíz de la construcción, en 1930, del puente del mismo nombre que unía a la isla de Montreal con la ribera sur del río. Ferron descubrió allí una cara diferente del mismo pueblo quebequense. Se trataba de campesinos que, expulsados por el espejismo urbano del despegue económico, compraron pequeñas parcelas, construyeron ellos mismos sus viviendas y padecieron los abusos de las hipotecarias y aseguradoras. El desarrollo de Ville Jacques-Cartier empezó realmente después de la Segunda Guerra Mundial a raíz de la expansión industrial de la zona. Ya avecindado en el suburbio, en 1966 Ferron cierra temporalmente su consultorio para entrar a trabajar a un hospital para niños dementes. Año y medio más tarde ocupa el puesto de residente en otro establecimiento hospitalario y regresa a la consulta privada cerca de su domicilio en Ville Jacques-Cartier.

Para estas fechas ya había escrito varias obras y si sus primeras inclinaciones literarias lo llevaron al teatro, no tardó en orientarse hacia los géneros narrativos, particularmente el cuento y la novela. Al principio publicó por su cuenta, pero en 1964 recibió el premio del Gobernador General de Canadá y a partir de entonces no dejó de escribir, tanto en los géneros mencionados como en la crónica periodística gracias a la cual manifestó abiertamente su postura política y su compromiso social.

Ferron da testimonio del surgimiento de una sociedad en transición que deja atrás el exotismo tradicional y empieza a estructurar nuevos esquemas. Es esta realidad la que parece empujar al médico-escritor-político a pensar en la necesidad de inventar otro Dios que tome en consideración las debilidades de ese mundo recién urbanizado. De este modo, junto a la ingenuidad mágica de la pequeña Tinamer, aparece Papa Boss, el antidiós que se incorpora a un universo norteamericano en plena evolución materialista. El gran mérito de nuestro autor fue, sin apartarse de una tradición carnavalesca, inventar una nueva mitología quebequense cuya misión es completar, rebatir, contradecir o adelantarse a la historia de su pueblo para transformarla. El centro de todo es la provincia de Quebec.

Los cerca de cuarenta títulos que componen la obra de Ferron están recorridos por la vena del humorista y del polemista que supo mirar con ternura y espíritu crítico a su pueblo.

Algunos de sus textos narrativos —novelas, cuentos, relatos— se desenvuelven en un marco rural donde la realidad y la imaginación, la fantasía y el humor se entretejen hasta alcanzar, en ocasiones, una dimensión simbólica cargada de poesía, como puede observarse en el fragmento de LʼAmélanchier que aquí presentamos.

Sus incursiones en el teatro, ya sea recurriendo a tramas con fondo histórico, ya con una abierta intención política, lo convierten en uno de los principales renovadores del género, con obras como Tante Élise, Les grands soleils y La tête du roi.
Laura López Morales
 



*
Citado por Jacques Roussan, Jacques Ferron, Les Presses de lʼUniversité du Québec, Montreal, 1971, pp. 10-12.

L'Amélanchier1



Me llamo Tinamer de Portanqueau. No soy hija de nómadas ni de gitanos. Mi infancia fue fantasiosa pero sedentaria, de suerte que sigue viva, dentro y fuera de mí, gracias a mi memoria y a la topografía de los lugares en donde transcurrió. No podría disociarme de estos lugares sin perder una parte de mí misma. “¡Ah! —decía mi padre—, compadezco a los niños que tuvieron que crecer en alta mar.” Agudo conversador e hijo de campesino, se llamaba León, León de Portanqueau, señor, y mi madre, mi dulce y tierna madre, Etna. Soy su única hija.

Describiré mi infancia por el solo placer de recordarla, como un cuento que se volvió realidad, algo incierto entre los dos. También lo haré para orientarme, pues como tengo que vivir y ya me siento a la deriva, sé que en la vida igual que en el mundo, no se dispone más que de la estrella fija que es el punto de origen, única referencia del viajero. Partimos con derroteros imprecisos, hacia un destino aleatorio y cambiante que el mismo viaje se encargará de fijar. Así vamos, dichosos por lo menos de saber de dónde venimos. (p. 27)

[...]

Al principio creí estar en mi cama, pero después de haber palpado la hierba en lugar de la sábana, no se me ocurrió ni un instante volver a dormirme; al perder sus proporciones domésticas, la oscuridad se volvió inmensa y terrible; temí, al igual que Mary Mahon, estar perdida y tal vez para siempre. Los adultos, despreciables comediantes que siempre desempeñan el mismo papel, no comprenden que la infancia es ante todo una aventura intelectual en la que lo único importante es la conquista y la salvaguarda de la identidad, que durante mucho tiempo ésta sigue siendo precaria y que, pensándolo bien, esta aventura es la más dramática de la existencia. Los comediantes lo han olvidado y sacan libros estúpidos para favorecer el papelucho de su lamentable personaje.

Mi aprehensión obedecía al hecho de que para mi edad yo no estaba en condiciones de pasar toda la noche así y de que, al encontrarme a la mañana siguiente en parajes desconocidos, corría el riesgo de no ubicarme, convertida en una niñita sin nombre ni razón. Tenía que escaparme a toda costa, regresar a casa, a los espacios familiares que constituían la memoria exterior gracias a la cual, día con día, salía vencedora de la noche y volvía a convertirme en mí misma; pero ¿cómo hacer en la negrura, sin puntos de referencia, sin rumbo?

Alrededor del claro, el bosque se había transformado en una maraña inextricable. Por más que quise dejarme guiar por el azar, no alcancé a dar diez pasos cuando ya me fue imposible avanzar, atrapada por las ramas, incapaz de ver mejor que si tuviera los ojos vendados. En ese juego de gallina ciega lo único que conseguía era atraparme a mí misma y a tal grado me sentía extraviada que ya no podía moverme. Pensé que nunca podría salir del aprieto. Al mismo tiempo, ni siquiera podía llorar, segura de que nadie me oiría.

Fue en medio de esa oscuridad muda cuando, al volver la cabeza, el velo se rasgó de arriba abajo; vislumbré una luz vertical, muy estrecha. Para mi gran sorpresa, fácilmente pude deslizarme por la hendidura que, a partir de ese momento, igual que un corredor, fue ensanchándose. Caminé entre los árboles siguiendo la traza de una antigua acequia de irrigación, al menos eso suponía, pues el sendero era liso y tan mullido como si hubiera estado tapizado por las hojas secas de los últimos cincuenta años. Rápidamente llegué frente a un pequeño chalet abierto por los costados, en cuyo centro pendía una lámpara que, con su luz suave y cálida, arropaba una apetecible mesa. En sus cuatro esquinas, había cuatro botellas de Pepsi; en medio, dos enormes pirámides sabiamente construidas, una de bollos rellenos de crema, la otra de mandarinas, cuyo espectáculo me recordó que estaba en ayunas desde la mañana, y cuya selección, acorde con mis gustos, había sido probablemente hecha en especial para mí. Frente a la mesa sólo había una silla, una sillita a mi medida, por cierto igual que la mesa. No se me ocurrió indagar quién me había invitado. Sin ningún titubeo, entré en el chalet y me senté a la mesa, considerando completamente natural, después de mis tropiezos y penas, verme halagada de tal manera a mitad de la noche.

Estiré la mano hacia una de las cuatro botellas; cuando la acercaba a mí, noté que estaba tapada como las otras tres. Pero no tuve tiempo de sentirme frustrada: el tapón saltó solito: por el cuello salió un vaporcito con un ligero burbujeo. Cuando me llevé la botella a la boca, sentí unas deliciosas cosquillas en la nariz y luego en el paladar. Después comí, alternando los bollos y las mandarinas. Pensé que nunca terminaría con las dos pirámides. Sin embargo, la fruta era tan fácil de pelar y los pastelillos tan suaves que poco a poco mi temor se disipaba. En un momento dado, tuve incluso la impresión de que eran mucho más pequeños que los que comía en casa y que las botellas, la mesa, el chalet también estaban en armonía. Una duda me asaltó: ¿acaso yo había empequeñecido?, pero la descarté diciéndome:

Vamos, Tinamer, no trates de menospreciarte.

Por lo demás, entre más me atracaba, más me sentía en confianza. En otro momento, al levantar los ojos, me di cuenta de que la lámpara se había apagado, lo cual no me inquietó para nada pues seguía habiendo luz, ya fuera porque había amanecido, ya porque la noche en que me había perdido había sido sólo una ilusión. La luz caía del cielo, sin tamiz, a través de las ramas todavía desnudas; si trazaba rayas longitudinales, ¡por Dios!, probablemente era debido a los árboles y arbustos que rodeaban el chalet.

Estaba a punto de comerme el último bollo. Con esfuerzos, sin placer alguno, acabé por tragármelo. También terminé con la última Pepsi. En cuanto a la mandarina que quedaba pensé, mientras la deslizaba en el bolsillo de mi falda, que era más sencillo guardarla como reserva para los días difíciles. Concluido el banquete, hice simplemente ¡uff! y mi sorpresa fue mayor cuando mi exclamación de alivio fue como la señal para una ruidosa hilaridad de la que, a todas luces y con razón, yo era el blanco; había comido sin provecho alguno pues estaba completamente empequeñecida y cautiva en una jaula de alambre de latón. El cacareo y las carcajadas provenían de grandes pajarracos que danzaban a mí alrededor y de los que sólo veía las piernas y la parte baja del cuerpo. Al dejar la mesa para ponerme de rodillas, aferrada con ambas manos a dos alambres que me resultaban tan gruesos como barrotes de prisión, pude verlos de cuerpo entero. Se trataba de las gallinas de las que mi padre había hablado al Maestro Petroni, seis en total, que se habían escapado de los gallineros de Longueuil, adoctrinadas como no pueden imaginarse, tan grandes como mi mamá Etna, y que habían engordado, guardando las debidas proporciones, el equivalente de lo que yo había perdido en volumen.

Cosa sorprendente, sin dejar de ser gallinas, parecían humanas. Iban vestidas de plumas, con excepción de las partes expresivas: el cuello, la cara y las manos. Por la nariz encorvada y los ojitos malvados, su fisonomía, aunque al descubierto, no inspiraba nada tranquilizador. La pluma corta, delgada y rizada, a manera de cabellera, con un mechón como copete por encima de la frente, dibujaba no obstante un agradable peinado. Las piernas, cuyo nacimiento parecía un pantalón, terminaban en auténticas patas de gallina. Todas hablaban a la vez. “¡Vaya una linda cabeza de chorlito! —¡Qué bien mordió el anzuelo! —¡Es más glotona que un cerdito!” Sus comentarios eran a cual más de ofensivos. “Están adoctrinadas, tal vez, me dije, y por lo demás son bastante groseras.” En fin, después de haber gritado y bailado hasta hartarse, esas criaturas se apoderaron de mi jaula y se la llevaron con paso marcadamente militar por una avenida que yo no conocía hasta una especie de castillo, una inmensa jaula flanqueada por otras cuatro más pequeñas, igual que si se tratara de una torre rodeada por sus cuatro torreones.

Me llevaron ante la dueña del castillo, una pollita cebada aunque no lo pareciera. Su plumaje era amarillo canario; la silueta de su cara era bastante bella, la tez pálida, los ojos vivaces y bien dibujados, pero la mirada burlona. En su sonrisa había algo de astuto. La combinación de sus rasgos formaba una fisonomía inteligente, provocativa y perversa. Me acogió con grititos de alegría, quiso saber mi nombre, me dijo el suyo. Quedé completamente confundida: se llamaba Etna como mi pobre madre con la que no tenía ningún parecido.

—Esta pobre pequeñita ha comido demasiado —dijo—; sáquenla de su jaula.

En cuanto estuve fuera, me tomó sobre sus rodillas emplumadas y me hizo mil caricias a las que respondí lo mejor que pude pero con desgano, sin mucha convicción. Se percató de ello, me preguntó si algo andaba mal. Le respondí que, sin ser una damita ni una gran señorita, no podía acostumbrarme a mi repentino empequeñecimiento, sobre todo después de haber comido tantos pastelillos con crema y mandarinas.

—Es cierto, mi pobre Tinamer, no tienes ni siquiera el tamaño de una guacamaya de las islas.

—Soy más pequeña, señora Etna, que un bebé recién nacido.

—¿Y te gustaría crecer?

—Recobrar por lo menos la estatura que tenía.

La gallinita que llevaba el nombre de mi madre aprobó mi deseo y dijo poder cumplirlo gracias a una pomada, excelente para el caso.

—Desvístete, Tinamer, yo misma te la untaré.

No me dio tiempo de protestar: las seis gallinas adoctrinadas se abalanzaron sobre mí; en menos de un abrir y cerrar de ojos, me desnudaron, me tendieron sobre el piso, me sujetaron y la falsa Etna empezó a frotarme a sus anchas, de un lado, luego del otro y de la cabeza a los pies. Cuando terminó exclamó: “¡Ah!, se me olvidaba la punta de la nariz.”

—Es todo, querida Tinamer. Sólo te queda esperar los resultados. Anda, no quedarás defraudada. Durante mucho tiempo te acordarás del nombre de Etna.

La droga, lejos de darme nuevas energías, me dejó en una debilidad extrema. Apenas si me quedaban fuerzas para ver a la gallina, con su cara perversa, las cejas juntas por encima de la mirada burlona que me dirigía mientras se alejaba en medio de sus seis energúmenas, mitad gallinas, mitad mujeres; ella iba jugando con la mandarina que yo había guardado previendo los días difíciles, luego la lanzaba al aire, la atrapaba de nuevo, después ya no vi más que su copete amarillo flotando en la oscuridad...

Cuando recobré el sentido, me levanté con una precipitación que no tenía nada de natural; mis brazos se movían como por resortes; mis ojos estaban abiertos, redondos, como nunca habían estado, no distinguía nada. De repente, un viento furioso sacudió el castillo, una ventana se abrió estruendosamente, me sentí aspirada hacia fuera, me agarré de un palo, el palo me siguió y allí estoy planeando en la ola de los aires, sin saber bien a bien lo que me sucedía, qué vehículo me transportaba, qué espacio estaba recorriendo. En un momento dado, me pareció estar rozando la luna y me dije que el condado de Maskinongé ya no quedaba lejos, luego me percaté de que estaba descendiendo, a caballo sobre un palo de escoba, en medio de una asamblea tumultuosa. Era martes de Carnaval o la mitad de la Cuaresma. Por encima de las máscaras, envuelto en sus harapos, León de Portanqueau, más señor que nunca, presidía la fiesta desde lo alto de su trono. Sólo que, observé, en lugar de tener sus pies y piernas normales, tenía pezuñas y patas de chivo.

Apenas llegué, fui recibida por grandes carcajadas; me rodearon; sentí que me jalaban la nariz. No entendía cómo podían hacerme eso. Al mismo tiempo, se desató un abucheo general y todos, al unísono, me gritaban a los oídos: “¡oh!, ¡oh!, ¡oh! ¡Che naso brutto!"2 El presidente quiso alzar la voz para imponerse; pero las carcajadas no hicieron sino volverse más violentas, acompañadas por el mismo refrán: “¡oh!, ¡oh!, ¡oh! ¡Che naso brutto!”

Entonces me di cuenta de que yo, Tinamer de Portanqueau, estaba cubierta de plumas, con el cuerpo recogido, los ojos redondos, el pico largo y puntiagudo igual que un ave zancuda de Canadá; por encima del pico, allí donde estaba mi nariz, tenía incluso una especie de gamonito emplumado, muy largo y fino, del que carece la especie mencionada. Un duende me había atrapado por esta excrecencia anormal y me paseaba enfrente de la concurrencia, siempre seguida por las carcajadas y el naso brutto.

León de Portanqueau, exasperado, se levantó y de un pezuñazo sacudió el escalón del trono. De pie, se veía su larga y musculosa cola, miembro que mi padre no tiene, hasta donde sé. La patada fue tan brutal que esta vez todos entendieron que con el presidente no se juega. Toda la mascarada aterrada se postró en silencio. “Muy bien —dijo con voz ronca—, que en adelante todos se comporten con respeto.” Luego, señalándome, me indicó que me acercara.

—Amable zancuda de Canadá, éste no es tu lugar, tan cierto como incongruente resulta la larga pluma que rebasa tu pico. No contentos con transformarte en volátil y, creyendo burlar mi vigilancia, enviarte así disfrazada a una asamblea en la que las niñitas no son admitidas, te frotaron la punta de la nariz para que te creciera ese ridículo plumero... ¿Me parece que sigo escuchando risas? ¡Ah! ¡Cuidado si llego a oír hablar de naso brutto...!

Los que yo había creído que eran máscaras y que tal vez no eran sino gente mala, magos, grifos, hipogrifos, cocos, cíclopes, duendes y otras cofradías, permanecían temblorosos y postrados, sin el menor deseo de reír. La voz rasposa de León de Portanqueau, o del que suponía tal, los aterraba... Dirigiéndose a mí, reanudó llamándome por mi nombre, que conocía tan bien como yo el del autor del sortilegio del que era víctima.

—Se llama Etna y se esconde bajo las plumas de la gallinita. Tinamer, escúchame bien: regresa por donde viniste, ve al apartamento del castillo donde descansa esa señora, arranca el mechón de plumas que le sirve de copete y tendrás la oportunidad, hija mía, de desquitarte.

Todo eso estaba perfecto ¿pero, cómo regresar por donde había venido? Iba a decírselo con toda honestidad cuando ese príncipe del aquelarre, para sorpresa mía, soltó un prolongado pedo y en el acto me encontré de nuevo en el castillo de Etna o de la supuesta Etna. Pensé haber soñado. Fui a mirarme en un espejo y, sin dejar de sentir un gran respeto por la zancuda de Canadá, me pareció que su atuendo no me sentaba, no, ¡en absoluto! Y el naso brutto todavía menos. Entonces, sin titubear, completamente decidida a vengarme, entré en la habitación de la malvada mujer, de esa bruja que usurpó el nombre de mi madre. La encontré descansando en su lecho, con aire inocente, en el amarillo canario de su plumaje. Dirigí mi mano hacia su frente y le arranqué el copete. Ella pegó un grito agudo. ¿Qué veo? El Castillo desaparecía, Etna y sus compañeras, las gallinas adoctrinadas, despojadas de sus plumas, transformadas en asquerosas arpías se elevaban por los aires sobre alas de murciélagos, con un ruido de motor de gasolina y olor a hierba cortada... Mi padre terminaba recién de cortar el pasto. ¡Se acabaron las florecillas y los dientes de león! ¡Triste apariencia la suya, sirviente de esa Etna que acababa de causarme tantas tribulaciones! Acostada sobre el césped, justamente ahora puedo darme cuenta de que no tiene pezuñas de chivo ni cola grande... ¿Acaso mi sueño había empezado en cuanto me quedé dormida, en el momento en que el señor Northrop y la niñita de cabello rubio se me aparecieron en el lindero del bosque?

León de Portanqueau va a guardar su podadora en la troja y regresa a sentarse junto a mí. Tiene calor. Un mosquito se posa sobre su frente, ahíto de sangre cuando mi padre se da cuenta de que ya lo picó. Es la venganza de los dientes de león, también es señal de que la última flor del amélanchier deja caer sus pétalos en el pequeño claro y de que en lo sucesivo hasta el otoño, el bosque estará vedado para nosotros.

—¿Anduviste lejos?, me preguntó mi padre.

Le respondí que pasando cerca de la luna, fui tan lejos como el condado de Maskinongé, cosa que no le sorprende en absoluto puesto que es sábado y el sábado todo puede suceder.
 



  L'Amélanchier, vlb éditeur, Montreal,
1986, pp. 63-72

 

1 Arbusto de la familia de las rosáceas que produce flores en racimos y unas vainas comestibles de color muy oscuro, casi negro.

2 “¡Qué fea nariz!”, en italiano en el original.


El arcángel del suburbio



El arcángel Zag no se encontraba en el cielo cuando ocurrió la famosa batalla que enfrentó a Lucifer con san Miguel; se hallaba en la tierra. Cuando se enteró de la noticia, consideró que emprender ese viaje había sido fruto de una inspiración y decidió prolongar su estancia. Es por esa razón por la que todavía en fechas recientes vivía entre nosotros, refugiado en una cabaña a orillas del camino de Chambly, cerca del pantano que entonces servía de frontera y de tiradero a las parroquias de Saint-Hubert y de Saint-Antoine de Longueuil. Los profanos lo tomaban por un viejo anarquista, un vagabundo retirado, uno de esos marginados simpáticos que imprimen su encanto a los suburbios. En cuanto a los clérigos, ni siquiera sospechaban su presencia; Zag los evitaba, desconfiaba de ellos como del diablo. Con excepción de uno solo: el hermano Benoît, de la orden de los franciscanos de Coteau-Rouge, que con frecuencia venía a verlo y al que acogía con placer. El hermano Benoît traía estampitas y baratijas devotas que Zag, por atención a él y también por precaución frente a la policía que siempre puede molestar a un indigente, utilizaba para decorar su cuchitril. Pero su complacencia se limitaba a eso. Un día dijo al hermano Benoît: “¿Por qué tratas de convertirme? Yo, en cambio, no intento hacer de ti un ángel”. No quería oír hablar ni del bien ni del mal, ni del cielo ni del infierno; detestaba esas divisiones. Así que el hermano Benoît cesó de sermonearlo; pero no por ello dejó de visitarlo, por simple cariño y por amabilidad, como buen franciscano que era.

Ahora bien, Zag que después de todo no era un terrícola, un día salió en la madrugada y se dirigió hacia Longueuil por el camino de Chambly. En el primer crucero tomó hacia la izquierda y se encontró en el camino de Coteau-Rouge, rumbo a Saint-Josaphat. A decir verdad no sabía bien a bien a donde se dirigía. Iba como borracho, zigzagueando; sus pies a veces despegaban del suelo y así avanzaba un buen tramo del camino. De no ser porque a ratos volaba, tenía toda la pinta de un vagabundo. Sin embargo la hora avanzaba, el suburbio despertaba, tres o cuatro gallos clandestinos cantaban haciendo caso omiso de los reglamentos municipales y la gente empezaba a aglomerarse en las esquinas de las calles para esperar el malhadado autobús amarillo que se llevaría a esta gente todavía exhausta por el trabajo de la víspera. Justamente ese autobús, pura chatarra ruidosa, se abalanzaba sobre Zag que, brincando por encima, lo evitó. Estupefacto, el chofer se pasó el siguiente alto, injuriado por aquellos a quienes había dejado plantados y cuyas protestas desembriagaron al arcángel. Se avergonzó de sí mismo y regresó a su cabaña como un humilde hombre. Pero al día siguiente por la mañana, otra vez estaba todo emocionado, alocado como un pájaro en vísperas de una migración. En esta ocasión, se lanzó a campo traviesa y bordeando el pantano no tardó en llegar cerca del convento de los franciscanos. El tiempo era agradable y hermoso. Se recostó sobre la hierba. A lo lejos veía los humos rosas y grises de la ciudad, los arcos del puente y la cima del Mont-Royal. No obstante, un arbusto le estorbaba la vista. Zag le dijo: “Deja que se te caigan las hojas”. El arbusto obedeció con tal diligencia que una gallina, encaramada en medio del follaje, dejó caer sus plumas al mismo tiempo. La gallina observaba azorada a Zag, quien no menos sorprendido contemplaba al volátil encuerado. Ambos acabaron por recobrar el sentido, la gallina para protestar, el arcángel para reír: y entre más reía éste, la otra se enojaba más. Cuando Zag se humedeció debidamente la garganta, dijo: “no te preocupes, querida, ahora arreglo todo. Sólo que no podría prometerte colocar las plumas exactamente donde las tenías; puedo equivocarme y poner en el ala una de la rabadilla, o una del pescuezo en la rabadilla”. Pero la gallina exigió que la reemplumara como antes.

—En ese caso —dijo Zag—, ve a buscarme virutas de madera seca—.

La gallina se las trajo.

—Ahora un alambre.

También se lo trajo.

—Finalmente —dijo Zag—, ve a la cocina del convento; allí encontrarás fósforos.

La gallina se fue a la cocina del convento, encontró los fósforos y se los llevó. Entonces Zag atrapó a la gallina, la atravesó a lo largo, encendió el fuego y la rostizó. El hermano Benoît, que estaba en la cocina del convento meditando frente a una marmita de garbanzos y arenques, pues era viernes, atraído había seguido al volátil desplumado.

—¡Ah, hermano Benoît —exclamo Zag—, llegaste en el mejor momento! Tengo que consultarte un problema de teología.

El hermano Benoît se recostó sobre la hierba.

—¿Qué le aconsejarías a un arcángel —preguntó Zag—, a un arcángel exiliado en la tierra que empieza a perder su densidad y a saltar en el aire como un chiflado?

El hermano Benoît respondió:

—No tiene más que una cosa: regresar al cielo.

—Muy bien —dijo Zag—, pero figúrate que ese arcángel estaba ausente cuando la pelea Lucifer-San Miguel: ¿crees que pueda estar seguro de que habría tomado el partido de éste y no de aquél?

El hermano Benoît preguntó...

—Cuando ese arcángel estaba en la tierra, ¿buscó a los orgullosos, a los poderosos, a los mandatarios y otros potentados?

—No —respondió Zag.

Y mientras discurrían, tendió una pierna de gallina al hermano Benoît. El franciscano en ayunas le hincó el diente y le pareció sabrosa. En su satisfacción declaró:

—¡Que suba al cielo!

—Entonces adiós, amigo mío —dijo el arcángel Zag.

Y los harapos del pobre hombre, los andrajos de vagabundo cayeron en medio de las hojas del arbusto y de las plumas quemadas de la gallina. El hermano Benoît corrió hacia el convento y contó al padre superior la maravillosa historia.

—¿Qué es eso?

—Es un hueso de gallina.

—¿Y qué día es hoy, hermano?

—Viernes —tuvo que admitir el pobre Benoît.

Y fue así como un gran milagro culminó con una confesión. Un ángel, por más arcángel que sea, no puede permanecer en la tierra sin contraer en ella alguna malicia.
 



Contes du pays incertain.
Contes, édition intégrale,
Quebec, 1985, Lʼarbre HMH.
pp. 43-45


Dios y sus escribas




Dios era muy inteligente; en todo caso, su amor propio se lo había demostrado. Creó al mundo y no se contentó con eso; contrató a unos escribas para describir su proeza. Los tomó así como eran, no muy versados en cosmogonía. Les dijo: “¡Vayan!, hagan lo mejor que puedan”. Y describieron una tierra plana en los siguientes términos, dando a entender que existen dos clases de aguas, las aguas de arriba, las aguas de abajo. Omnipotente como son todos los megalómanos en su soledad, no por ello Dios era pretencioso. Es incluso la cualidad más bella que le reconozco. Es más hasta puede decirse que era un artista, inclinado al borrador y al retoque, y que desde el Edén, antes del pecado original, del cual él sería el primer culpable, gracias a su tierra plana y a su sistema hidráulico, ya había previsto el diluvio.

Dios dijo: que haya un firmamento en medio de las aguas y que separe las aguas de las aguas. Así dijo y así sucedió. Dios hizo el firmamento que separó las aguas que se encuentran bajo el firmamento de las aguas que están por encima del firmamento y Dios llamo cielo al firmamento. Y hubo una noche y hubo una mañana. Así fue el segundo día de la creación.

Lo que el divino creador se cuidó bien de revelar a sus escribas es que acababa de fabricarse, como quien no quiere la cosa, una estupenda esclusa, y que un día o el otro, con un pretexto o con otro, le asaltarían las ganas de probarla. No desaprovechó la ocasión y si entonces ahogó a no poca gente, incluyendo a mujeres y niños pequeños, como un viejo bribón, como un verdadero gringo, inventó la navegación; con ella mejoraba su creación. Entonces Dios, a pesar de todos sus talentos, no dejó de ser un gran salvaje del mismo calibre que Papa Boss, su doble en Vietnam, con la ganancia de Pentecostés.

Había creado al hombre como un simulacro, moldeándolo con arcilla, y cuando sopló en él, el sorprendente bípedo, sin cola que lo sostuviera, se puso a caminar —un progreso respecto al canguro—. En este caso, no olvidemos constatar que lo hizo en lo exterior y no en lo interior, igual que cuando se fabrica a un autómata; y este hombre visto del exterior por Dios, con la diferencia de algunos pelos, de algunos detalles de color, apenas si se distinguía de los demás primates desnudos, a cuya serie pertenecía.

Y Diosito se sintió dichoso como un imbécil durante todo el Antiguo Testamento. A pesar de todo, gracias a su talento de inventor, le entró la curiosidad de saber lo que sucedía en el interior de la criatura de su elección, y con una aguja muy fina se introdujo en ella, por un estrecho virginal, y allí permaneció nueve meses, cinco más que en el arca de Noé, luego vino al mundo como cualquier homínido, con una sola diferencia, a saber que para ocultar su nacimiento, se apresuró a recoser a su pobre madre para que las matronas más experimentadas, las parteras, las papisas y los papas, todos sin excepción, la declararan virgen. Pero todos esos remilgos, más bien musulmanes, no cambiaron gran cosa: el famoso Dios, el Creador, el Todopoderoso, el Muy Alto, el Gringo superequipado, el Papa Boss, el Sin-Corazón, el Asesino felicitado, se hallaba cautivo dentro de un niño, encerrado en las entrañas de un hombre, único entre los demás primates y destinado, después de algunos éxitos como predicador, a la pasión y a la muerte. Ése es el Nuevo Testamento, el del yo crucificado, el del Padre que expira en su Hijo.

Con el perdón del cardenal McLuhan, del pequeño papa de matraca que está en el aparador, de todos los frenéticos del audiovisual, o Cristo eléctrico, de la panza de vaca y del boato superestrella de los fantoches pueblerinos, fueron los escribas quienes escribieron el Nuevo Testamento después de haberse entrenado con el Antiguo. Es más, esta Biblia que no es la Biblia de Jerusalén, un libro entre tantos otros, está tejida con los hilos de toda la biblioteca del mundo. A pesar de los mugidos, de los violines, nuevos libros se añaden a los antiguos y la verdadera Biblia nunca será terminada.

Al desdoblarse, Dios marcó los dos polos de Pascal; por un lado, gracias al Padre, reina en el Paraíso mediante la proliferación de la especie, por el otro, al vivir su agonía en el huerto de los Olivos, le imprime sentido a la vida que para todos y cada uno no es sino perdición; además, al participar en el uno y en el otro, se convierte en el lenguaje común a través del cual lo irreconciliable y único en el mundo se encuentra, aquello que la muerte corroe por el interior, que comunica con todos los demás, que la vida multiplica por el exterior. Principio del verbo, suprema expresión lingüística, Dios no se contenta con ese papel intermediador; en una conversación en la que las palabras se deslizan una tras otra en una secuencia lineal donde el lugar ocupado por cada una le asigna un papel, que la matiza y la precisa, dentro de la frase, primera instancia del discurso, un lugar de sujeto, de verbo o de complemento, lo que la reduce, antes de cualquier comprensión, a ser sólo un instante, casi intemporal, como el segundo que saltando marca la manecilla en el reloj, entre el pasado de las horas, de los días, de los años y de los siglos, y por delante un futuro tan largo, por lo menos así se desearía, Dios deja en el presente su evidencia, su fonema, su palabra, y compone la frase, el párrafo, el libro en una duración más larga, que incluye el pasado y el futuro; es más, cada palabra que pasa no lo restringe; es el aval de todas las demás palabras inutilizadas, guardadas en los diccionarios cerebrales, de la enorme y tenebrosa masa sin consideración de la que el inconsciente sólo es una pequeña bodega; se le califica de Eterno debido a esa perennidad, a esos tres tiempos que domina y al ave, del tipo de la gaviota, que cuida en el cielo por encima de un vasto espacio existencial, que, con el nombre de Espíritu Santo, no deja de volar y que, de tiempo en tiempo, se hunde en el mar y en el olvido para ir al encuentro de la palabra que falta en la secuencia del discurso y correría el riesgo de interrumpir monólogos y conversaciones en los que el verbo se complace y continúa su proceso de engendramiento iniciado con san Juan para el mayor provecho del hombre.

Se sigue conversando, pero desde hace algún tiempo parecería que se habla menos de Dios. Las vedettes tienen altibajos. En este caso, sin embargo, se trataría de algo más que de una fluctuación de renombre. En un hangar de Toronto y en los sótanos del Vaticano querrían transformarlo un poco con el fin de volverlo tan famoso y rentable como antaño. Según parece están reduciendo considerablemente el personal de escribas. Se le suprimirá el silbato y un buen pedazo de verbo. En cambio, podrá gesticular mejor, se lanzará en los contoneos y en los guiños. Está estudiando su nuevo personaje. En cuanto se sienta dueño de él, ni duda cabe de que volverá a encontrar sus antiguos talentos, su popularidad y sin duda tampoco Marshall McLuhan, que está entrenándolo en un hangarcito de Toronto, será nombrado cardenal con un sombrero de cowboy teñido de púrpura.
 


Du fond de mon arrière-cuisine
Montreal, 1973, Éditions du jour, pp. 149-153


 

La fiesta de la vieja señora



El canónigo Groulx1 no nació siendo mal muchacho. Alma no le faltaba; fue probablemente por eso que llegó a una edad tan avanzada. Su primera obra lo pinta mejor que los demás, Une croisade dʼadolescents: un libro religioso, sin más. Fue el nacionalismo lo que lo echó a perder; optó por él estando en Francia —en las filas de Acción Francesa y de santa Juana de Arco—. En Francia ya se había mostrado malsano al oponerse al socialismo y al judío Dreyfus. En Canadá se convirtió en una especie de agitación frente a la raza pura y a los arreos; ¡Jesús de mi vida! Que si éramos franceses, más franceses que los de Francia por ser franceses y católicos, ¡nomás! Eso podía sostenerse poniéndole un poco de retórica y de eso pedíamos nuestra limosna, habida cuenta de que éramos bastardos como el que más. Groulx se volvió orador y mal historiador.

Con los salvajes acabó de un bocado. ¡Los pobres desdichados le echaban a perder su teoría! Apenas si servían de burla para la virtud francesa. ¡Frente a esos degenerados, la raza pura! Sin darse muy bien cuenta, el buen abate alcanzó en esto el acento de un puritano de Boston. Es por ello que goza de bastante consideración en el Canadá inglés y Ottawa le dio, en 1960, un pequeño timbre para celebrar a Dollard, personaje de su hechura, su hijo —el canalla más ilustre que haya existido.

El error de ese buen hombre fue el siguiente: no comprendió que la América francesa no era, en el fondo, sino la América amerindia. A través del San Lorenzo, de los Grandes Lagos y del Mississippi, los franceses habían organizado una red comercial, nada más. La América amerindia estaba dividida por las lenguas; la América francesa la unificó y hasta cierto punto la pacificó. Una vez más era el comercio el que permitía que civilizaciones extranjeras se acostumbraran mejor unas a otras. Los franceses sacaban provecho de ello y los amerindios, que no conocían la metalurgia, el suyo.

La virtud de los franceses era ser poco numerosos. Ocuparon la Nueva Francia, entre Oka y lʼÎle aux Coudres, a lo largo de la parte navegable del San Lorenzo, territorio del que no evacuaron a nadie, puesto que estaba vacante. Esa colonia servía de base para el comercio, al igual que la Luisiana al otro extremo de la vasta red. Si se quiere añadir algo de religión, podemos poner algunos jesuitas. Para un descreído como yo, la abolición de la orden jesuita, que fue la primera en poner a Dios por encima de la raza blanca, constituyó un verdadero escándalo, una infamia del catolicismo europeo. Que Voltaire estuviera en su contra, era normal, ¡pero el Papa! Y como que se olvida más de la cuenta de que esos hombres estuvieron a punto de transformar el mundo y de conseguir lo que ahora se busca. Estaban adelantados para su época. Enterados de las cosas, casi cínicos, eran sin embargo los alfiles de Dios. En América del norte no hubo nada más hermoso que su ciudad de los hurones. ¡Que nos dejen en paz con los malvados iroqueses! Acaso estos no fueron también sino comparsas y víctimas de un trágico malentendido. Esos jesuitas fueron santos por sí mismos, punto, sin más.

Que la América francesa haya sobrevivido hasta fines del siglo XIX, lo sabemos por la crónica del lejano oeste, pero apenas si se habla de ello. Y lo hizo por la fidelidad y la nostalgia de la América amerindia. Y así murieron juntas. Durante más de un siglo, representó una ventana, una puerta de escape, una aventura al oeste de Quebec. También nos dio una carta política.

Esa carta, la entenderán gracias a La Fayette. El señor de La Fayette fue un gran pendejo. Vino a América a ayudar a los norteamericanos a hacer su revolución. Perfecto. Pero después, los gringos, nada tontos, lo mandaron a pavonearse a los territorios salvajes. ¿Con qué objeto? Simplemente para mostrarles que la prestigiosa Francia daba su apoyo a Washington, para mistificarlos y preparar su genocidio. La Fayette, here we are! Un reconocimiento que entendemos.

En 1867, pónganse a temblar, apareció la Confederación. Se trataba de llevar el acoso de costa a costa, era urgente, de otro modo los norteamericanos que ya le habían arrancado a la Reina la región de Oregon y el estado de Washington, se hubieran comido en un dos por tres el oeste canadiense. Eso es la Confederación, nada más. Que al principio Quebec haya salido beneficiado con eso, es fácil explicárselo: lo necesitaban. Primero por lo que era. Luego por lo que representaba en el oeste. En el oeste, todavía no habían exterminado al bisonte. Los amerindios seguían representando una fuerza. Para amansarlos se necesitaba la presencia francesa. Por eso se portaron amables con Quebec; se le concedieron algunas satisfacciones, teniendo, sin embargo, buen cuidado en privilegiar a la minoría inglesa.

Cuando el asedio llegó a Vancouver, cuando la América amerindia se había desvanecido y Riel había sido ahorcado, ya podrán imaginarse que nuestro sueño de un Canadá biétnico y bicultural no pudo llegar más lejos. La provincia bilingüe de Manitoba quedó borrada del mapa y pasó a los archivos, la inmigración quebequense fue desviada hacia Nueva Inglaterra. Resultaba menos caro ir de Belfast a Calgary que de Trois-Rivières a San Bonifacio... ¡Nos pusieron los cuernos, unos cuernos que parecían brazos! Y cornudos pero contentos, tan contentos, que no basta una vez, el numerito va a repetirse para las fiestas del Centenario. ¡Y adelante con los caballos de la vieja señora!

Mientras tanto, permítaseme alzar los hombros y seguir pensando si el alguacil tiene a bien concederme el derecho, que la Confederación, tal como nos la proponen, está simple y sencillamente podrida, dado que la colgaron en Regina con Louis Riel.
 



Historiettes,
Montreal, 1969, Éditions du tour, pp. 28-31

  



1 Lionel Groulx (1878-1967), importante prelado e historiador quebequense que a partir de la publicación de La Naissance dʼune race renovó el enfoque de la historia de la provincia, haciendo una diferenciación progresiva del devenir local frente a la evolución de la antigua metrópoli. Su labor dejó una huella importante tanto en la institución eclesiástica como en la escolar y contribuyó a la consolidación de la identidad francesa en territorio americano. Además de fundar dos revistas, fue autor de una obra histórica considerable, así como de varias novelas que marcaron un hito en las letras franco-canadienses.


 

El compromiso honorable



Cuando se creó el primer Frente de Liberación Quebequense (FLQ), el abogado Sheppard, haciendo una comparación con la situación del Tirol italiano, opinaba que los conflictos lingüísticos ponen la mecha a la dinamita y que ésa es una de sus características. ¿Acaso tenía razón? Lo que sí es cierto es que dichos conflictos no son de ninguna manera testimonio de una situación revolucionaria y pueden arreglarse sin grandes trastornos del orden establecido. Siempre nos ha parecido que el llamado a la Revolución era un procedimiento dudoso, incluso turbio, una demagogia para ahogar el conflicto real y suscitar una represión policiaca en contra de una lucha justa. De esta manera, los cabecillas son suplantados y rebasados por los provocadores.

Por supuesto que entramos en contacto con los cubanos, en ocasión de la Exposición. Yo fui testigo de un encuentro con el director del pabellón de Cuba quien nos escuchó con paciencia y amabilidad como si fuéramos hijos de familia que se rebelan en contra de papá y mamá; nos respondió hablando de la gran miseria de algunos sectores de América Latina. Nuestros reclamos le interesaban muy poco, tomando en cuenta que su gobierno se consideraba afortunado de poder mantener relaciones diplomáticas con Ottawa. No encontramos nada mejor que hablarle de Bolívar. Él sonrió y le pareció curioso que nos remontáramos un siglo atrás en medio de un decorado ultramoderno. “Por lo demás —nos dijo, si mal no recuerdo—, Bolívar prescindió perfectamente de los canadienses para hacer triunfar sus luchas de liberación nacional.” En resumen, me dio la impresión de que los cubanos no tenían el menor interés en nosotros. Que yo sepa, el Che no vino a morir en las Laurentides.

El general de Gaulle fue quien tal vez inició un proceso de internacionalización de Quebec. De manera diferente, se comportó con nosotros más cubano y chino que Castro y Mao. Pero Francia no lo secundaba para nada; regresó a Colombey-les-deux-Églises y Daniel Johnson está muerto. Este episodio pertenece ya al pasado. En adelante es Ottawa quien paga la nota de la francofonía.

Muy recientemente, Claude Roy nos escuchó con la misma amabilidad que el ministro cubano. Al final de la plática, nos dijo: “Si entiendo bien, en lugar de esta confederación con ribetes un tanto cuanto bastardos, ustedes se conformarían con una verdadera federación”. Nadie respondió. Roy pregunto: “¿Quién está a favor del pendejo?” Todos reímos y las cosas quedaron allí. Él no trató de saber nada más. Por definición, el compromiso honorable debe ser mantenido en secreto mientras dura la disputa, puesto que eso es lo que debe cerrarla.

Cuanto antes mejor. Sin embargo, no parecen tener mucha prisa de llegar a ello. Ambas partes piden más de lo que de verdad quieren. En esta coyuntura las exageraciones prosperan de lo lindo. Mientras que el señor Paul Rémi cuenta chinos para conciliar el sueño, el señor René Lévesque ve en la Casa del Pescador una legación extranjera y el fogoso señor Bellemare habla de provocación inglesa. Todo se vuelve muy confuso. El señor Lesage alaba su pomada. El señor Bertrand se enreda en su repertorio de estupideces y el excelente señor Wagner, que se dejó alargar el cabello, apenado de echar de menos el corte militar, sueña con estrenar su juguetito antimotines. Si no se resuelve el conflicto lingüístico, acabarán por crear —made in Canadá, Quebec sabe hacerlo— la situación revolucionaria que nadie desea, la crearán de cabo a rabo siguiendo las instrucciones de un tal señor Statu Quo, más maoísta que Mao, y eso resultará molesto para todos.
 




MacLean, 4 de noviembre de 1969.
Escarmouches, la longue passe, Tomo 1.
Leméac, Montreal, 1975, pp.77-79

 

 


Rodesia-in-McGill



Nada más curioso, más excitante, más extravagante y más conmovedor, capaz de hacer llorar a un cocodrilo, como entrar en el vestíbulo del Community Center de McGill y encontrar al pie de la gran escalinata, a la vista de todos, imposibles de evitar, a una docena de chiflados, chicos y chicas, vestidos con overol como verdaderos proletarios que, con la misma flema y sencillez que si se tratara de Biblias, salmos, utensilios o papelería gótica y anglicana, ofrecen al recién llegado retratos de Lenin, con o sin boina, y propaganda en francés (que por lo demás no entienden) proclamando que se acabaron los privilegios, que en adelante la Universidad no es para los burgueses sino para el pueblo. Nada más extravagante ni más conmovedor, tampoco, como descubrir a lo largo de la pared, cerca de la puerta, frente a la escalera, al vicecanciller, Michael Oliver, que observa con deleite a los citados chiflados, queridos apostolitos, buenos niños scouts, y los arropa con una mirada lánguida, casi maternal.

¿Qué significa todo eso? ¿Acaso McGill está en manos de los Rojos? ¿Acaso el Consejo de Administración está integrado sólo por falsos capitalistas? ¿Acaso Moscú y Pekín, reconciliados para la ocasión, estarían dirigiendo todo y preparando sin vergüenza alguna, en las narices de los meguilinianos,1 la gran velada y la prometedora aurora? No es seguro, para nada seguro. Creerlo es correr el riesgo de equivocarse en todo y contra todos, como el último de los pendejos. McGill, desde su sacrosanta administración hasta la masa estudiantil, sigue siendo lo más conservador que pueda existir, lo más instalado en sus privilegios, lo más satisfecho de serlo y decidido a conservarlos.

¿Qué pretenden hacer creer las payasadas de esos chiflados al pie de la escalera y su propaganda inútil, ridícula y estúpida, ante la mirada paternal de Michael Oliver? ¡Pues bien! Se trata de farolear, de montar un ceremonial grotesco con confetis, una boda entre mulas, una engañifa montada, arreglada por el mismo vicecanciller para aparentar lo contrario de lo que se es. Pero, ¡demonios!, ¿qué interés hay en mostrarse así? ¡Una institución tan ilustre, que ha servido tanto a Quebec! ¡Una institución penetrada de sí misma, casi engreída y pretenciosa, más bien inclinada a vanagloriarse! ¡Pretendería mostrarse como lo opuesto a ella misma! De verdad, no habría nada que entender si no se tratara de un síntoma: McGill tiene un miedo espantosamente visceral de su subconsciente rodesiano.

En tales condiciones las payasadas, los confetis, los retratos de Lenin, con o sin boina, los slogans extravagantes en contra de los privilegiados, el Michael Oliver que le hace un guiño a su alma bondadosa, todas esas excentricidades, son para decir: “Vean, nosotros, la minoría dominante, y por lo mismo gente de derecha y de extrema derecha, ante la imposibilidad de ser de izquierda si no es por error o por hipocresía, vean, nuestro subconsciente no es rodesiano”. ¿Qué prueba este discurso? Prueba todo lo contrario de lo que no se quiere ser, prueba que se es, y eso es justamente lo que se llama un síntoma.

Si no hubiera más que un síntoma, podría decirse que McGill sólo está predispuesta a la rodesitis y que los remilgos de Michael Oliver, de los chiflados y de los lindos scouts demuestran que la institución trata de defenderse de la enfermedad, ¡gracias a Dios! Pero hay algo más que el síntoma del pie de la escalera, está la incesante reacción con la que desde hace veinte años los intelectuales meguilianos nos honran proyectándose en lo que hacemos. Si tenemos la malhadada ocurrencia, nosotros la mayoría dominada, de formular la menor reclamación, no pedir sino sólo evocar una liberación posible, McGill no tarda en chillar que somos unos fascistas, ladra que somos unos nazis. En términos infantiles, la proyección se enuncia de la siguiente manera: “El que lo dice, lo es”. Y en términos políticos puede decirse sin equivocarse que los meguilianos son rodesianos blanqueados.
 



Information Médicale et Paramédicale,
2 de enero de 1970.
Escarmouches, la longue passe, Tomo 1.
Montreal, 1975, Leméac, pp. 81-83



1 Adjetivo derivado de McGill, creado por Ferron para designar a los miembros de esa universidad.


 

El sí y el no



Hacia finales de su vida, el llorado Pío XII no se dejaba fotografiar más que en medio de los pajaritos. Mientras tanto, estaban cavando en el subsuelo del Vaticano en busca de la tumba de san Pedro; al parecer, acabaron por encontrarla, cosa que permitió al Santo Padre preparar la suya, justo en frente, en una excelente ubicación. Probablemente tenía ganas de canonizarse en vida, pero eso es algo que no se hace. Tuvo que renunciar a ello. De todos modos consideró importante señalar que no existía ninguna obligación de esperar dos o tres siglos antes de elevarlo a los santos altares; canonizó a Pío X que no estaba tan lejos y cuyo sepulcro justamente no se hallaba frente al de san Pedro. También canonizó a María Goretti, la que había dicho no. En este caso, encontró cierta oposición.

Hay que recordar que esta canonización tuvo lugar en una época en que la educación sexual no figuraba en los programas de la escuela primaria. La mayoría de las niñas, en los medios decentes, a los 14 años no sabían de qué se trataba:

—Si la Goretti dijo no, Santo Padre, es porque sabía demasiado.

El cardenal Tisserant era de la opinión de dejarla como bienaventurada. De verdad, era lo mejor que podía hacerse por ella. El Santo Padre estaba dando de comer a sus pajaritos y es muy posible que no haya escuchado a su cardenal.

—A esa edad, no se dice nada. Es más tarde, entre los 16 y los 68 años, cuando las señoritas dicen no. ¿Y eso qué quiere decir, Santo Padre?

—¿Qué quiere decir eso, Tisserant?

El cardenal alzó los hombros, con cara de preguntarse a dónde había llegado su patrón. Ambicioso, gran político, éste quizá no estaba al tanto de los humildes menesteres del sexo.

—Las doncellas dicen no para que se les ruegue más.

—¿Y entonces?

—Entonces ya no dicen nada y todo sucede como si hubieran dicho sí.

Le tocó el turno al Santo Padre de alzar los hombros. Estaba más interesado por Prusia que por Francia, por Cerdeña que por el Oriente. Y el pobre Tisserant era francés y levantino.

—Se ve que la teología y los honores de la Iglesia —dijo el Santo Padre— no han echado a perder la vieja herencia francesa. Cardenal o lavaplatos de restaurante, todos ustedes son iguales, formados por estribillos de cabaret.

María Goretti fue pues canonizada. El cardenal hubiera podido hacer otra objeción: el patronímico, Goretti, ¡por favor! Entrados en gastos, ¿por qué no inventar otra Nuestra Señora? ¡Una más, una menos! Nuestra Señora de los cochinos, no estaría tan mal y así enseñaría al extremo Oriente, donde este animal es considerado como un símbolo de pureza y de espíritu caballeresco, que la Iglesia es universal. Pero el cardenal guardó para sí su objeción, sobre todo después de haber oído que el Santo Padre dijera que la iniciativa siempre venía de la mujer.

—La Biblia me basta, Eminencia. Y qué veo en ella: a Eva ofreciendo la manzana a Adán.

El cardenal se conformó con decir mientras se despedía:

—Es probable que Su Santidad tenga razón.

Pero en sus adentros, estaba casi seguro de que Eva tenía la manzana en la mano porque Adán había sacudido previamente el árbol.
 



Information Médicale et Paramédicale,
19 de mayo de 1970.
Escarmouches, la longue passe, Tomo 1.
Montreal, 1975, Leméac, pp. 93-95

 


 

Bibliografía



Teatro:

LʼOgre, 1949
La barbe de François Hertel, 1953
Le Licou, 1953
Le Dodu ou le Prix du bonheur, 1956
Tante Élise ou le Prix de lʼamour, 1956
Le cheval de Don Juan, 1957
Les grands soleils, 1958
Cazou ou le Prix de la virginité, 1963
La tête du roi, 1963
La Sortie, 1965
Le Don Juan chrétien, 1968
Le cœur dʼune mère, 1969
La mort de monsieur Borduas, 1975
Le permis de dramaturge, 1975
LʼImpromptu des deux chiens, 1975

Novelas, cuentos y relatos:

Contes du pays incertain, 1962
Cotnoir, 1962
Contes anglais et autres, 1964
La Nuit, 1965
Papa Boss, 1966
La Charrette, 1968
Le ciel de Québec, 1969
LʼAmélanchier, 1970
Le salut de lʼIrlande, 1970
Les roses sauvages, 1971
La chaise du maréchal ferrant, 1972
Le Saint-Élias, 1972
Les confitures de coings et autres textes, 1977
Gaspé-Mattempa, 1980
Rosaire, 1981

Antologías de textos diversos:

Historiettes, 1969
Du fond de mon arrière-cuisine, 1973
Escarmouches (dos volúmenes), 1975
Les lettres aux journaux, 1985