Nota introductoria
 


Autor de una obra abundante (novela, cuento, teatro, periodismo...), Jacques Ferron repartió su vida entre el ejercicio de la pluma y el de la medicina. La práctica de ésta constituyó una ventana privilegiada para observar a la especie humana. Como médico militar, rural, en un hospital o en su consultorio, nunca se alejó de su profesión pues consideraba que era la mejor manera de mantener el contacto con la realidad de su provincia. Este compromiso con su entorno lo condujo igualmente a expresar sus opiniones políticas y sociales mediante la pluma.

Por línea paterna, Jacques Ferron desciende de una familia de tradición campesina: el primero de sus antepasados en llegar a tierras del Nuevo Mundo se instaló cerca de Trois-Rivières hacia finales del régimen francés, es decir a mediados del siglo XVIII. La rama materna, en cambio, proviene de la región de Quebec, y en los inicios del régimen inglés gozó de una cierta influencia ya que varios de sus miembros se movieron activamente en el medio del clero, de la política y de los negocios.

Duhau, personaje de Le coeur dʼune mère, obra de teatro en un acto, nos ofrece la visión de Ferron acerca de la evolución generacional de su provincia; tal vez pensaba en su familia, o tal vez en las clases acomodadas en general. En todo caso, su percepción se acerca mucho a la realidad que historiadores y sociólogos nos describen:
Por generaciones entendemos las que salieron del pueblo, bendecidas por Dios y confirmadas por ellas mismas. La primera proporciona la holgura económica; la segunda el prejuicio aristocrático; la tercera cría para la tuberculosis, para el alcoholismo, a veces para las artes; en cuanto a la cuarta, ya sea que regrese al pueblo, ya que se anglicise o se exilie, desaparece. [...] Ése es el retrato de la burguesía quebequense.*

Ferron y sus hermanos hicieron sus primeros estudios en internados; era lo que dictaban las costumbres de la época; así que la familia completa se reunía sólo en los periodos de vacaciones. La madre murió de tuberculosis cuando Jacques tenía once años y el padre se encargó amorosamente de educar solo a los cinco hijos; al parecer esperaba que su primogénito, Jacques, fuera notario. Sin embargo, aunque no especialmente convencido, éste prefirió orientarse hacia la medicina y se trasladó a la ciudad de Quebec para cursar la carrera en la universidad Laval. No obstante, siempre conservó la sensación de que podía haber tomado otra opción y el recurso a la escritura se presentó como una especie de revancha. Obtuvo el título de médico en 1946 y de inmediato encontró un puesto en el ejército canadiense como médico con grado de capitán. Contaba que como en ese medio sólo se hablaba inglés y su manejo de dicha lengua era casi nulo, disponía de mucho tiempo libre, así que decidió ponerse a escribir; de esa época data su primera novela, La gorge de Minerve, que nunca quiso publicar.

Ya de regreso a la vida civil declaró sus simpatías por el comunismo. Sus posiciones políticas no suponían, sin embargo, una voluntad definida por inclinar su nacionalismo hacia a la izquierda. En realidad la necesidad de formularse una idea clara de cómo podía militar por sus ideales nacionalistas, se hizo manifiesta sólo después de deslindarse del partido. La toma de conciencia de la manera como concebía su participación en estos terrenos se produjo, según sus propias palabras, al constatar el abismo existente entre la cultura y la lengua de los habitantes de la Gaspesie y las que caracterizaban al suburbio obrero de Ville Jacques-Cartier. Le parecía que la lengua y la cultura de la apartada región de Gaspé —donde trabajó un tiempo— eran más ricas y llenas de vida, comparadas con la lengua empobrecida, enferma, contaminada por los anglicismos debido a la condición fronteriza de la zona proletaria y suburbana donde se instaló más tarde. Luchar por la perennidad de su lengua materna, de la lengua de su pueblo y de sus raíces, fue lo que condujo a Ferron al activismo político, primero en la filas del Partido Social Nacionalista (hasta 1960), luego en el Partido Quebequense. No obstante, podría decirse que donde actuó con mayor impacto por la causa de la soberanía de su provincia fue desde la tribuna de las letras.

El rasgo que mejor caracteriza sus escritos y a la vez refleja su conciencia alerta de ciudadano comprometido con su realidad es la actitud polémica con la que aborda la actualidad social. Así se explican lo mismo la lucidez y el escepticismo, la ironía y el desencanto, la mordacidad y la vehemencia que leemos en su trayectoria pública. Muy reveladora de esta actitud es la aventura que encabezó con la formación de un partido político que se definió como contestatario. A raíz de un reportaje publicado por el diario La Presse, donde se hablaba de unas elecciones en Sao Paulo en las que, como los candidatos eran tan poco confiables, los electores decidieron votar por el hipopótamo del zoológico ¡que resultó vencedor! La experiencia inspiró a Ferron y a un grupo de amigos la idea de fundar un partido federal de burla que bautizaron como el Partido Rinoceronte, cuyo lema era: “De un charco al otro” y su programa: “No hacer nada”. El rinoceronte simbolizaba la estupidez. Entre 1963 y 1965, el grupo emprendió campañas periodísticas para ganarse adeptos y lanzar a sus candidatos a las elecciones federales, pero sobre todo para poner en evidencia el carácter irrisorio de la política. Curiosamente el partido despertó muchas simpatías entre los canadienses anglófonos. Atrás habían quedado los años en que por haber participado, en 1957, en una manifestación contra la OTAN, Ferron conoció las paredes de la cárcel.

El mundo rural donde Ferron pasó varios años ejerciendo la medicina, le permitió conocer diversas facetas del universo popular quebequense. Pero fue sobre todo la región de la Gaspesie, al noreste de la provincia, la que más lo marcó: la gente, las costumbres, la lengua, las tradiciones dejaron tan profunda huella que muchos de sus textos constituyen un entrañable testimonio de esa experiencia. Después de los años pasados en Rivière-Madeleine, volvió a la región de Montreal y se instaló en Ville Jacques-Cartier, suburbio obrero que, cual champiñón, creció rápidamente a raíz de la construcción, en 1930, del puente del mismo nombre que unía a la isla de Montreal con la ribera sur del río. Ferron descubrió allí una cara diferente del mismo pueblo quebequense. Se trataba de campesinos que, expulsados por el espejismo urbano del despegue económico, compraron pequeñas parcelas, construyeron ellos mismos sus viviendas y padecieron los abusos de las hipotecarias y aseguradoras. El desarrollo de Ville Jacques-Cartier empezó realmente después de la Segunda Guerra Mundial a raíz de la expansión industrial de la zona. Ya avecindado en el suburbio, en 1966 Ferron cierra temporalmente su consultorio para entrar a trabajar a un hospital para niños dementes. Año y medio más tarde ocupa el puesto de residente en otro establecimiento hospitalario y regresa a la consulta privada cerca de su domicilio en Ville Jacques-Cartier.

Para estas fechas ya había escrito varias obras y si sus primeras inclinaciones literarias lo llevaron al teatro, no tardó en orientarse hacia los géneros narrativos, particularmente el cuento y la novela. Al principio publicó por su cuenta, pero en 1964 recibió el premio del Gobernador General de Canadá y a partir de entonces no dejó de escribir, tanto en los géneros mencionados como en la crónica periodística gracias a la cual manifestó abiertamente su postura política y su compromiso social.

Ferron da testimonio del surgimiento de una sociedad en transición que deja atrás el exotismo tradicional y empieza a estructurar nuevos esquemas. Es esta realidad la que parece empujar al médico-escritor-político a pensar en la necesidad de inventar otro Dios que tome en consideración las debilidades de ese mundo recién urbanizado. De este modo, junto a la ingenuidad mágica de la pequeña Tinamer, aparece Papa Boss, el antidiós que se incorpora a un universo norteamericano en plena evolución materialista. El gran mérito de nuestro autor fue, sin apartarse de una tradición carnavalesca, inventar una nueva mitología quebequense cuya misión es completar, rebatir, contradecir o adelantarse a la historia de su pueblo para transformarla. El centro de todo es la provincia de Quebec.

Los cerca de cuarenta títulos que componen la obra de Ferron están recorridos por la vena del humorista y del polemista que supo mirar con ternura y espíritu crítico a su pueblo.

Algunos de sus textos narrativos —novelas, cuentos, relatos— se desenvuelven en un marco rural donde la realidad y la imaginación, la fantasía y el humor se entretejen hasta alcanzar, en ocasiones, una dimensión simbólica cargada de poesía, como puede observarse en el fragmento de LʼAmélanchier que aquí presentamos.

Sus incursiones en el teatro, ya sea recurriendo a tramas con fondo histórico, ya con una abierta intención política, lo convierten en uno de los principales renovadores del género, con obras como Tante Élise, Les grands soleils y La tête du roi.
Laura López Morales
 



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Citado por Jacques Roussan, Jacques Ferron, Les Presses de lʼUniversité du Québec, Montreal, 1971, pp. 10-12.