L'Amélanchier1



Me llamo Tinamer de Portanqueau. No soy hija de nómadas ni de gitanos. Mi infancia fue fantasiosa pero sedentaria, de suerte que sigue viva, dentro y fuera de mí, gracias a mi memoria y a la topografía de los lugares en donde transcurrió. No podría disociarme de estos lugares sin perder una parte de mí misma. “¡Ah! —decía mi padre—, compadezco a los niños que tuvieron que crecer en alta mar.” Agudo conversador e hijo de campesino, se llamaba León, León de Portanqueau, señor, y mi madre, mi dulce y tierna madre, Etna. Soy su única hija.

Describiré mi infancia por el solo placer de recordarla, como un cuento que se volvió realidad, algo incierto entre los dos. También lo haré para orientarme, pues como tengo que vivir y ya me siento a la deriva, sé que en la vida igual que en el mundo, no se dispone más que de la estrella fija que es el punto de origen, única referencia del viajero. Partimos con derroteros imprecisos, hacia un destino aleatorio y cambiante que el mismo viaje se encargará de fijar. Así vamos, dichosos por lo menos de saber de dónde venimos. (p. 27)

[...]

Al principio creí estar en mi cama, pero después de haber palpado la hierba en lugar de la sábana, no se me ocurrió ni un instante volver a dormirme; al perder sus proporciones domésticas, la oscuridad se volvió inmensa y terrible; temí, al igual que Mary Mahon, estar perdida y tal vez para siempre. Los adultos, despreciables comediantes que siempre desempeñan el mismo papel, no comprenden que la infancia es ante todo una aventura intelectual en la que lo único importante es la conquista y la salvaguarda de la identidad, que durante mucho tiempo ésta sigue siendo precaria y que, pensándolo bien, esta aventura es la más dramática de la existencia. Los comediantes lo han olvidado y sacan libros estúpidos para favorecer el papelucho de su lamentable personaje.

Mi aprehensión obedecía al hecho de que para mi edad yo no estaba en condiciones de pasar toda la noche así y de que, al encontrarme a la mañana siguiente en parajes desconocidos, corría el riesgo de no ubicarme, convertida en una niñita sin nombre ni razón. Tenía que escaparme a toda costa, regresar a casa, a los espacios familiares que constituían la memoria exterior gracias a la cual, día con día, salía vencedora de la noche y volvía a convertirme en mí misma; pero ¿cómo hacer en la negrura, sin puntos de referencia, sin rumbo?

Alrededor del claro, el bosque se había transformado en una maraña inextricable. Por más que quise dejarme guiar por el azar, no alcancé a dar diez pasos cuando ya me fue imposible avanzar, atrapada por las ramas, incapaz de ver mejor que si tuviera los ojos vendados. En ese juego de gallina ciega lo único que conseguía era atraparme a mí misma y a tal grado me sentía extraviada que ya no podía moverme. Pensé que nunca podría salir del aprieto. Al mismo tiempo, ni siquiera podía llorar, segura de que nadie me oiría.

Fue en medio de esa oscuridad muda cuando, al volver la cabeza, el velo se rasgó de arriba abajo; vislumbré una luz vertical, muy estrecha. Para mi gran sorpresa, fácilmente pude deslizarme por la hendidura que, a partir de ese momento, igual que un corredor, fue ensanchándose. Caminé entre los árboles siguiendo la traza de una antigua acequia de irrigación, al menos eso suponía, pues el sendero era liso y tan mullido como si hubiera estado tapizado por las hojas secas de los últimos cincuenta años. Rápidamente llegué frente a un pequeño chalet abierto por los costados, en cuyo centro pendía una lámpara que, con su luz suave y cálida, arropaba una apetecible mesa. En sus cuatro esquinas, había cuatro botellas de Pepsi; en medio, dos enormes pirámides sabiamente construidas, una de bollos rellenos de crema, la otra de mandarinas, cuyo espectáculo me recordó que estaba en ayunas desde la mañana, y cuya selección, acorde con mis gustos, había sido probablemente hecha en especial para mí. Frente a la mesa sólo había una silla, una sillita a mi medida, por cierto igual que la mesa. No se me ocurrió indagar quién me había invitado. Sin ningún titubeo, entré en el chalet y me senté a la mesa, considerando completamente natural, después de mis tropiezos y penas, verme halagada de tal manera a mitad de la noche.

Estiré la mano hacia una de las cuatro botellas; cuando la acercaba a mí, noté que estaba tapada como las otras tres. Pero no tuve tiempo de sentirme frustrada: el tapón saltó solito: por el cuello salió un vaporcito con un ligero burbujeo. Cuando me llevé la botella a la boca, sentí unas deliciosas cosquillas en la nariz y luego en el paladar. Después comí, alternando los bollos y las mandarinas. Pensé que nunca terminaría con las dos pirámides. Sin embargo, la fruta era tan fácil de pelar y los pastelillos tan suaves que poco a poco mi temor se disipaba. En un momento dado, tuve incluso la impresión de que eran mucho más pequeños que los que comía en casa y que las botellas, la mesa, el chalet también estaban en armonía. Una duda me asaltó: ¿acaso yo había empequeñecido?, pero la descarté diciéndome:

Vamos, Tinamer, no trates de menospreciarte.

Por lo demás, entre más me atracaba, más me sentía en confianza. En otro momento, al levantar los ojos, me di cuenta de que la lámpara se había apagado, lo cual no me inquietó para nada pues seguía habiendo luz, ya fuera porque había amanecido, ya porque la noche en que me había perdido había sido sólo una ilusión. La luz caía del cielo, sin tamiz, a través de las ramas todavía desnudas; si trazaba rayas longitudinales, ¡por Dios!, probablemente era debido a los árboles y arbustos que rodeaban el chalet.

Estaba a punto de comerme el último bollo. Con esfuerzos, sin placer alguno, acabé por tragármelo. También terminé con la última Pepsi. En cuanto a la mandarina que quedaba pensé, mientras la deslizaba en el bolsillo de mi falda, que era más sencillo guardarla como reserva para los días difíciles. Concluido el banquete, hice simplemente ¡uff! y mi sorpresa fue mayor cuando mi exclamación de alivio fue como la señal para una ruidosa hilaridad de la que, a todas luces y con razón, yo era el blanco; había comido sin provecho alguno pues estaba completamente empequeñecida y cautiva en una jaula de alambre de latón. El cacareo y las carcajadas provenían de grandes pajarracos que danzaban a mí alrededor y de los que sólo veía las piernas y la parte baja del cuerpo. Al dejar la mesa para ponerme de rodillas, aferrada con ambas manos a dos alambres que me resultaban tan gruesos como barrotes de prisión, pude verlos de cuerpo entero. Se trataba de las gallinas de las que mi padre había hablado al Maestro Petroni, seis en total, que se habían escapado de los gallineros de Longueuil, adoctrinadas como no pueden imaginarse, tan grandes como mi mamá Etna, y que habían engordado, guardando las debidas proporciones, el equivalente de lo que yo había perdido en volumen.

Cosa sorprendente, sin dejar de ser gallinas, parecían humanas. Iban vestidas de plumas, con excepción de las partes expresivas: el cuello, la cara y las manos. Por la nariz encorvada y los ojitos malvados, su fisonomía, aunque al descubierto, no inspiraba nada tranquilizador. La pluma corta, delgada y rizada, a manera de cabellera, con un mechón como copete por encima de la frente, dibujaba no obstante un agradable peinado. Las piernas, cuyo nacimiento parecía un pantalón, terminaban en auténticas patas de gallina. Todas hablaban a la vez. “¡Vaya una linda cabeza de chorlito! —¡Qué bien mordió el anzuelo! —¡Es más glotona que un cerdito!” Sus comentarios eran a cual más de ofensivos. “Están adoctrinadas, tal vez, me dije, y por lo demás son bastante groseras.” En fin, después de haber gritado y bailado hasta hartarse, esas criaturas se apoderaron de mi jaula y se la llevaron con paso marcadamente militar por una avenida que yo no conocía hasta una especie de castillo, una inmensa jaula flanqueada por otras cuatro más pequeñas, igual que si se tratara de una torre rodeada por sus cuatro torreones.

Me llevaron ante la dueña del castillo, una pollita cebada aunque no lo pareciera. Su plumaje era amarillo canario; la silueta de su cara era bastante bella, la tez pálida, los ojos vivaces y bien dibujados, pero la mirada burlona. En su sonrisa había algo de astuto. La combinación de sus rasgos formaba una fisonomía inteligente, provocativa y perversa. Me acogió con grititos de alegría, quiso saber mi nombre, me dijo el suyo. Quedé completamente confundida: se llamaba Etna como mi pobre madre con la que no tenía ningún parecido.

—Esta pobre pequeñita ha comido demasiado —dijo—; sáquenla de su jaula.

En cuanto estuve fuera, me tomó sobre sus rodillas emplumadas y me hizo mil caricias a las que respondí lo mejor que pude pero con desgano, sin mucha convicción. Se percató de ello, me preguntó si algo andaba mal. Le respondí que, sin ser una damita ni una gran señorita, no podía acostumbrarme a mi repentino empequeñecimiento, sobre todo después de haber comido tantos pastelillos con crema y mandarinas.

—Es cierto, mi pobre Tinamer, no tienes ni siquiera el tamaño de una guacamaya de las islas.

—Soy más pequeña, señora Etna, que un bebé recién nacido.

—¿Y te gustaría crecer?

—Recobrar por lo menos la estatura que tenía.

La gallinita que llevaba el nombre de mi madre aprobó mi deseo y dijo poder cumplirlo gracias a una pomada, excelente para el caso.

—Desvístete, Tinamer, yo misma te la untaré.

No me dio tiempo de protestar: las seis gallinas adoctrinadas se abalanzaron sobre mí; en menos de un abrir y cerrar de ojos, me desnudaron, me tendieron sobre el piso, me sujetaron y la falsa Etna empezó a frotarme a sus anchas, de un lado, luego del otro y de la cabeza a los pies. Cuando terminó exclamó: “¡Ah!, se me olvidaba la punta de la nariz.”

—Es todo, querida Tinamer. Sólo te queda esperar los resultados. Anda, no quedarás defraudada. Durante mucho tiempo te acordarás del nombre de Etna.

La droga, lejos de darme nuevas energías, me dejó en una debilidad extrema. Apenas si me quedaban fuerzas para ver a la gallina, con su cara perversa, las cejas juntas por encima de la mirada burlona que me dirigía mientras se alejaba en medio de sus seis energúmenas, mitad gallinas, mitad mujeres; ella iba jugando con la mandarina que yo había guardado previendo los días difíciles, luego la lanzaba al aire, la atrapaba de nuevo, después ya no vi más que su copete amarillo flotando en la oscuridad...

Cuando recobré el sentido, me levanté con una precipitación que no tenía nada de natural; mis brazos se movían como por resortes; mis ojos estaban abiertos, redondos, como nunca habían estado, no distinguía nada. De repente, un viento furioso sacudió el castillo, una ventana se abrió estruendosamente, me sentí aspirada hacia fuera, me agarré de un palo, el palo me siguió y allí estoy planeando en la ola de los aires, sin saber bien a bien lo que me sucedía, qué vehículo me transportaba, qué espacio estaba recorriendo. En un momento dado, me pareció estar rozando la luna y me dije que el condado de Maskinongé ya no quedaba lejos, luego me percaté de que estaba descendiendo, a caballo sobre un palo de escoba, en medio de una asamblea tumultuosa. Era martes de Carnaval o la mitad de la Cuaresma. Por encima de las máscaras, envuelto en sus harapos, León de Portanqueau, más señor que nunca, presidía la fiesta desde lo alto de su trono. Sólo que, observé, en lugar de tener sus pies y piernas normales, tenía pezuñas y patas de chivo.

Apenas llegué, fui recibida por grandes carcajadas; me rodearon; sentí que me jalaban la nariz. No entendía cómo podían hacerme eso. Al mismo tiempo, se desató un abucheo general y todos, al unísono, me gritaban a los oídos: “¡oh!, ¡oh!, ¡oh! ¡Che naso brutto!"2 El presidente quiso alzar la voz para imponerse; pero las carcajadas no hicieron sino volverse más violentas, acompañadas por el mismo refrán: “¡oh!, ¡oh!, ¡oh! ¡Che naso brutto!”

Entonces me di cuenta de que yo, Tinamer de Portanqueau, estaba cubierta de plumas, con el cuerpo recogido, los ojos redondos, el pico largo y puntiagudo igual que un ave zancuda de Canadá; por encima del pico, allí donde estaba mi nariz, tenía incluso una especie de gamonito emplumado, muy largo y fino, del que carece la especie mencionada. Un duende me había atrapado por esta excrecencia anormal y me paseaba enfrente de la concurrencia, siempre seguida por las carcajadas y el naso brutto.

León de Portanqueau, exasperado, se levantó y de un pezuñazo sacudió el escalón del trono. De pie, se veía su larga y musculosa cola, miembro que mi padre no tiene, hasta donde sé. La patada fue tan brutal que esta vez todos entendieron que con el presidente no se juega. Toda la mascarada aterrada se postró en silencio. “Muy bien —dijo con voz ronca—, que en adelante todos se comporten con respeto.” Luego, señalándome, me indicó que me acercara.

—Amable zancuda de Canadá, éste no es tu lugar, tan cierto como incongruente resulta la larga pluma que rebasa tu pico. No contentos con transformarte en volátil y, creyendo burlar mi vigilancia, enviarte así disfrazada a una asamblea en la que las niñitas no son admitidas, te frotaron la punta de la nariz para que te creciera ese ridículo plumero... ¿Me parece que sigo escuchando risas? ¡Ah! ¡Cuidado si llego a oír hablar de naso brutto...!

Los que yo había creído que eran máscaras y que tal vez no eran sino gente mala, magos, grifos, hipogrifos, cocos, cíclopes, duendes y otras cofradías, permanecían temblorosos y postrados, sin el menor deseo de reír. La voz rasposa de León de Portanqueau, o del que suponía tal, los aterraba... Dirigiéndose a mí, reanudó llamándome por mi nombre, que conocía tan bien como yo el del autor del sortilegio del que era víctima.

—Se llama Etna y se esconde bajo las plumas de la gallinita. Tinamer, escúchame bien: regresa por donde viniste, ve al apartamento del castillo donde descansa esa señora, arranca el mechón de plumas que le sirve de copete y tendrás la oportunidad, hija mía, de desquitarte.

Todo eso estaba perfecto ¿pero, cómo regresar por donde había venido? Iba a decírselo con toda honestidad cuando ese príncipe del aquelarre, para sorpresa mía, soltó un prolongado pedo y en el acto me encontré de nuevo en el castillo de Etna o de la supuesta Etna. Pensé haber soñado. Fui a mirarme en un espejo y, sin dejar de sentir un gran respeto por la zancuda de Canadá, me pareció que su atuendo no me sentaba, no, ¡en absoluto! Y el naso brutto todavía menos. Entonces, sin titubear, completamente decidida a vengarme, entré en la habitación de la malvada mujer, de esa bruja que usurpó el nombre de mi madre. La encontré descansando en su lecho, con aire inocente, en el amarillo canario de su plumaje. Dirigí mi mano hacia su frente y le arranqué el copete. Ella pegó un grito agudo. ¿Qué veo? El Castillo desaparecía, Etna y sus compañeras, las gallinas adoctrinadas, despojadas de sus plumas, transformadas en asquerosas arpías se elevaban por los aires sobre alas de murciélagos, con un ruido de motor de gasolina y olor a hierba cortada... Mi padre terminaba recién de cortar el pasto. ¡Se acabaron las florecillas y los dientes de león! ¡Triste apariencia la suya, sirviente de esa Etna que acababa de causarme tantas tribulaciones! Acostada sobre el césped, justamente ahora puedo darme cuenta de que no tiene pezuñas de chivo ni cola grande... ¿Acaso mi sueño había empezado en cuanto me quedé dormida, en el momento en que el señor Northrop y la niñita de cabello rubio se me aparecieron en el lindero del bosque?

León de Portanqueau va a guardar su podadora en la troja y regresa a sentarse junto a mí. Tiene calor. Un mosquito se posa sobre su frente, ahíto de sangre cuando mi padre se da cuenta de que ya lo picó. Es la venganza de los dientes de león, también es señal de que la última flor del amélanchier deja caer sus pétalos en el pequeño claro y de que en lo sucesivo hasta el otoño, el bosque estará vedado para nosotros.

—¿Anduviste lejos?, me preguntó mi padre.

Le respondí que pasando cerca de la luna, fui tan lejos como el condado de Maskinongé, cosa que no le sorprende en absoluto puesto que es sábado y el sábado todo puede suceder.
 



  L'Amélanchier, vlb éditeur, Montreal,
1986, pp. 63-72

 

1 Arbusto de la familia de las rosáceas que produce flores en racimos y unas vainas comestibles de color muy oscuro, casi negro.

2 “¡Qué fea nariz!”, en italiano en el original.