El compromiso honorable



Cuando se creó el primer Frente de Liberación Quebequense (FLQ), el abogado Sheppard, haciendo una comparación con la situación del Tirol italiano, opinaba que los conflictos lingüísticos ponen la mecha a la dinamita y que ésa es una de sus características. ¿Acaso tenía razón? Lo que sí es cierto es que dichos conflictos no son de ninguna manera testimonio de una situación revolucionaria y pueden arreglarse sin grandes trastornos del orden establecido. Siempre nos ha parecido que el llamado a la Revolución era un procedimiento dudoso, incluso turbio, una demagogia para ahogar el conflicto real y suscitar una represión policiaca en contra de una lucha justa. De esta manera, los cabecillas son suplantados y rebasados por los provocadores.

Por supuesto que entramos en contacto con los cubanos, en ocasión de la Exposición. Yo fui testigo de un encuentro con el director del pabellón de Cuba quien nos escuchó con paciencia y amabilidad como si fuéramos hijos de familia que se rebelan en contra de papá y mamá; nos respondió hablando de la gran miseria de algunos sectores de América Latina. Nuestros reclamos le interesaban muy poco, tomando en cuenta que su gobierno se consideraba afortunado de poder mantener relaciones diplomáticas con Ottawa. No encontramos nada mejor que hablarle de Bolívar. Él sonrió y le pareció curioso que nos remontáramos un siglo atrás en medio de un decorado ultramoderno. “Por lo demás —nos dijo, si mal no recuerdo—, Bolívar prescindió perfectamente de los canadienses para hacer triunfar sus luchas de liberación nacional.” En resumen, me dio la impresión de que los cubanos no tenían el menor interés en nosotros. Que yo sepa, el Che no vino a morir en las Laurentides.

El general de Gaulle fue quien tal vez inició un proceso de internacionalización de Quebec. De manera diferente, se comportó con nosotros más cubano y chino que Castro y Mao. Pero Francia no lo secundaba para nada; regresó a Colombey-les-deux-Églises y Daniel Johnson está muerto. Este episodio pertenece ya al pasado. En adelante es Ottawa quien paga la nota de la francofonía.

Muy recientemente, Claude Roy nos escuchó con la misma amabilidad que el ministro cubano. Al final de la plática, nos dijo: “Si entiendo bien, en lugar de esta confederación con ribetes un tanto cuanto bastardos, ustedes se conformarían con una verdadera federación”. Nadie respondió. Roy pregunto: “¿Quién está a favor del pendejo?” Todos reímos y las cosas quedaron allí. Él no trató de saber nada más. Por definición, el compromiso honorable debe ser mantenido en secreto mientras dura la disputa, puesto que eso es lo que debe cerrarla.

Cuanto antes mejor. Sin embargo, no parecen tener mucha prisa de llegar a ello. Ambas partes piden más de lo que de verdad quieren. En esta coyuntura las exageraciones prosperan de lo lindo. Mientras que el señor Paul Rémi cuenta chinos para conciliar el sueño, el señor René Lévesque ve en la Casa del Pescador una legación extranjera y el fogoso señor Bellemare habla de provocación inglesa. Todo se vuelve muy confuso. El señor Lesage alaba su pomada. El señor Bertrand se enreda en su repertorio de estupideces y el excelente señor Wagner, que se dejó alargar el cabello, apenado de echar de menos el corte militar, sueña con estrenar su juguetito antimotines. Si no se resuelve el conflicto lingüístico, acabarán por crear —made in Canadá, Quebec sabe hacerlo— la situación revolucionaria que nadie desea, la crearán de cabo a rabo siguiendo las instrucciones de un tal señor Statu Quo, más maoísta que Mao, y eso resultará molesto para todos.
 




MacLean, 4 de noviembre de 1969.
Escarmouches, la longue passe, Tomo 1.
Leméac, Montreal, 1975, pp.77-79