El asedio del fuego




“Quizá queda algo de qué escribir”, así reunía Joseph Conrad sus dudas y esperanzas literarias en el prólogo a Nostromo, la más ambiciosa y conflictiva de sus obras. Para Conrad, la incertidumbre de avanzar por los desconocidos parajes de un país latinoamericano se mezclaba con el deseo de encontrar ahí un terreno virgen donde las historias florecieran como la vegetación bajo las lluvias tropicales.

Las obsesivas jornadas en las que Nostromo se fue delineando como una intrincada red de cambios temporales y largas frases sujetas por los hábiles nudos marinos, representan en forma ideal la lucha de un autor por someter con las armas de la técnica un tema que le es particularmente ajeno. Conrad conocía la anécdota básica de Nostromo más de treinta años antes de escribirla; la prodigiosa estructura del libro revela en qué se le fueron los años.

Sirva la historia del marino de introducción a Asimetría, la más reciente obra de un viajero de otras latitudes. Al igual que Conrad, Sergio Pitol se ha enfrentado a un material tan exuberante como insólito. Una aldea veracruzana, hundida en un eterno estío, condenada a la depredación moral de la familia Ferri; una sala de conciertos que igual puede estar en Viena o en Barcelona; una remota historia china que cobra vida en un tren que se dirige a Occidente; el bosque de Sródborów, cuya vegetación de taiga sirve de impulso para que el protagonista recuerde una mugrosa fonda de Orizaba; una anciana que en el invierno de Varsovia establece un mágico contacto con el tiempo mexicano. Éstos son algunos de los escenarios y las situaciones por donde transitan los personajes de Pitol. Sin embargo, el tratamiento de los temas se aleja desde un principio de la búsqueda de lo exótico, de las historias efectivas en las que se podría pensar cuando uno de los personajes aborda el Expreso de Oriente o se extravía en el mítico Barrio Chino de Barcelona. No, los relatos de Asimetría deben su intensidad y su verosimilitud a que dejan a un lado la aventura.

Al no aceptar las facilidades de las narraciones misteriosas, truculentas, “raras”, en países lejanos, Pitol abandona lo que podrían ser las historias de un turista, el mundo lleno de anécdotas tan variadas y enigmáticas como las figuras de un bazar, pero que al fin y al cabo constituyen la visión de un extranjero, de alguien que permanece al margen del tráfico de acontecimientos, por interesantes que éstos sean. Pitol no apuesta al impacto de la trama y así evita el costumbrismo exótico, la minuciosa recreación de la vida cotidiana que aparentemente otorga realidad a las situaciones más extrañas. La fuerza de Asimetría radica, por el contrario, en la densidad de las atmósferas, en la riqueza de las reflexiones, en la vida que se recrea y se discute a sí misma.

A primera vista, la prosa de Pitol parece un manto de agua, una superficie inmóvil que no conoce los saltos del diálogo a los cortes de la acción. Sin embargo, la lectura depara una sorpresa esencial: las corrientes de ese mar son submarinos y se desplazan caudalosamente en los cambios temporales y en las extensas frases que parecen tender un cerco que reduce su diámetro a medida que el relato avanza. La historia es ante todo un pretexto, la primera chispa de la lumbre que crece hasta calcinar a los personajes.

Los cuentos de Pitol extraen su marca de fuego de una reminiscencia del pasado. Casi siempre, la escena se indica después de que ocurrió algún impacto lamentable, por lo general una traición (al hijo, a los ideales de juventud, a un viejo amor que se mantenía inmaculado en la memoria) o una pérdida (de la familia, del país, de una voz privilegiada). De este modo, los relatos son el espacio donde los personajes se debaten por conseguir la redención que los libre de su infierno personal. Lord Jim ante su segunda oportunidad de convertirse en héroe; Nostromo y la opción de restablecer su intachable reputación.

Los personajes de Pitol se enfrentan a la disyuntiva de aceptar la fatalidad, la caída irremediable al abismo abierto por el pecado original, o lograr la reparación definitiva. En medio de la tormenta se vislumbra el cielo despejado de la recuperación del amor, la ternura, los ideales perdidos. Pero los círculos del infierno se estrechan a cada línea y los personajes se ven sometidos a un enfrentamiento irreparable con los hechos, con un mundo donde la salvación no es más que la mejor de las causas perdidas.

En medio del naufragio, algunos personajes deciden sepultar su pasado bajo la última ola de la tormenta, otros encuentran un exiguo escape en la locura (en el cuento “Los oficios de la tía Clara”) o en la pérdida de la conciencia (el desmayo en “Hacia Varsovia”, el sueño en “Hacia Occidente”) y algunos más tienen el valor de vivir con un careo permanente con sus actos reprochables.

Pero esta preocupación central de Asimetría no le ha impedido a Pitol aproximarse a sus personajes de distintas formas. En los primeros relatos, el autor llega al lugar de los hechos cuando ya todo ha terminado y sólo le queda asistir a la relación de algún testigo para convertirse en el intermediario entre el relator y el lector. Poco a poco los personajes van pasando de testigos a actores, hasta llegar al cuento “Mephisto-Waltzer” una virtuosa narración donde los personajes no sólo viven una sino varias vidas paralelas. Así, sin disminuir el peso del lenguaje y de la atmósfera, la tensión subacuática de ese mar aparentemente tranquilo, Pitol ha logrado que sus protagonistas respiren cada vez más por cuenta propia.

En el incendio que amenaza a cada personaje, en el cerco de palabras que no ofrece resquicios, Sergio Pitol ha hecho definitivamente suyos los relatos. Al renunciar a escribir en bitácora del extranjero, se ha vuelto nativo de su propio mundo, tan intenso y rico en cambios y matices como el más vigoroso de los elementos, el fuego.


Juan Villoro