Nota introductoria

 

Los textos de Rowena Bali atrapan la atención de los lectores como lo haría un paisaje inusitado, una suerte de sueño líquido, circulante e imborrable. Son textos que parecen nacidos de la más pura ingenuidad. Sus personajes en ocasiones adoptarían inclusive actitudes y voces instaladas en una inquietante inocencia. Ingenuidad, inocencia: una perturbadora naturalidad, un encadenamiento irremediable de hechos y delirios, conductas imprevistas y escritas en la nebulosa y radiante red de los destinos.

En primer lugar hallan los lectores una escritura que circula sólo para contar hechos, ideas, sensaciones, deseos de los personajes. En aquellos mundos están todos los signos, los resortes y las líneas con que va trazándose y determinándose la vida de aquellos personajes tan comunes y corrientes en el curso normal de los días y tan poseedores de secretos que sólo la escritura a todos —antes que a nadie a ellos mismos— puede develar.

Para que sea de veras efectiva, cumpla su función de acuerdo con la mirada de la autora, con sus sentimientos y visión del mundo, la prosa de Rowena Bali ha de nacer y transcurrir sin falta desde el seno de sus inventos. Encontramos de este modo una prosa que linda con el monólogo interior y que apela siempre a los lectores, incluso en referencias directas. ¿Se trataría de confesiones? En buena medida podría decirse que sí. Los cuentos entonces se convierten en material confiable de mujeres y hombres inexistentes que cuentan cosas reales y también imaginarias.

Se despliega en estas coordenadas un estilo que, habrá que decirlo de una buena vez, es único en la narrativa que se escribe hoy en nuestro medio. Un estilo que consiste en la extraña y feliz suma de lo espontáneo y de lo pacientemente cincelado en favor, claro está, de aquella misma espontaneidad.

Esta prosa cumple un cometido esencial en la construcción de estas piezas admirables. Da el tono de naturalidad, y de inevitabilidad, de lo que pasa en cada historia. Lo da con suavidad, sin aspavientos ni lujos ni alardes de ningún tipo. Los lectores se enteran de esta forma de historias que bien pueden ser comunes y que comúnmente se mantienen reservadas. La forma en que se manifiestan da a las historias aquel sello de inocencia que las caracteriza, y que brilla al contrastar con lo frecuentemente terrible que hay en la normalidad.

Todo de pronto parece ser en la vida una vía de escape, salvo las propias palabras que dicen los personajes a sí mismos y a los lectores. Acechan los complejos, la estupidez de quien pasa los días en persecución de la fuga inútil, la violencia soterrada o explícita, la muerte, el deseo nunca satisfecho porque sólo nace y transcurre en busca de entidades ideales por más carnales que parezcan. Tales acechos, que acaso definen las vidas del de junto y la mía propia, es lo que cuenta Rowena Bali con delicadeza, dominada rabia, disciplinada ternura en estas piezas memorables.

 

Juan José Reyes