El nacimiento

 

Con la cara frente a una linterna y en un camino yo llegué a este mundo donde todo es hermanos peleándose. Pasé varias noches de frío porque mis padres tenían problemas. Más tarde, cuando mis padres fueron atrapados yo fui con la abuela, al poco tiempo ella me llevó a casa de la nana.

Años más tarde mis padres volvieron para atraer con sus presencias otro buen número de catástrofes, pero esa historia no la relataré hoy, ni nunca.

Dicen que uno no recuerda nada a muy temprana edad, yo recuerdo muy bien que nadie me cuidaba nunca.

La casa de mi nana estaba situada en una ranchería; ahí hubo golpes, pero esos los presencié más tarde y nunca los contaré. Recuerdo claramente que al principio me llamó la atención que a los demás niños de la ranchería les caminaran moscas por la cara, más tarde me parecía normal, jugar con las moscas fue habitual durante una buena parte de mi infancia. Ahí en la ranchería estuve todos los años que mi madre y mi padre estuvieron en prisión, es decir, desde que los agarraron en ese camino, unas horas después de mi nacimiento, hasta que cumplí los cuatro.

Mi madre era una mujer hermosísima y hasta la muerte me hartaré de repetirlo, pero había adquirido una enfermedad a muy temprana edad, a una edad tan temprana como la mismísima aparición de las hembras sobre este mundo. Entonces por tal sedujo a mi padre, se acopló a él, lo obligó a tener hijos y a mover pancartas por las calles, cosa que aportaría un mejor futuro para los hijos que ella le obligó a tener. Yo fui el resultado de su copla número 636, detalle que me parece treinta puntos menos diabólico. Cuando estuve en el vientre de mi madre hubo problemas porque la abuela no dejaba de fastidiar. La abuela era en verdad diabólica y mi madre le agarró tirria; de pronto la vieja le tiraba golpes hasta sangrarle la nariz, sin razón, y yo desde mi periscopio veía todos los detalles del rostro arrugado y los nudillos cuando extendía el puño hacía la delicada nariz de mamá. Aquello en un principio me pareció emocionante, aunque me daba mareo, como si hubiera recibido un fuerte golpe en la cabeza, mi mamá le decía cosas como vieja puta o ramera de mierda, mientras la sensación de mareo se volvía más intensa; el mareo se convertía en una especie de borrachera en la que mi madre terminaba soñando que mi abuela había muerto. La abuela sólo pudo morir a través de una catástrofe en la que no vale la pena ahondar, siendo que en mi historia se desarrollan catástrofes aún más conspicuas. Aquel rostro arrugado, pues, me era conocido desde varios meses antes que el rostro de mi madre. Cuando me cargó tuve una sensación de vértigo que se calmó mágicamente con una mordedera que hacía ruiditos; cada vez que el vértigo me asaltaba había una mordedera para calmarlo, hasta que el vértigo se convirtió en rabia, la rabia en deseo, en alcohol y en playa, la playa en catástrofe, en tambor, en golpe. Eran tales las palizas que mi madre, igual que yo, aprendió a fugarse, su forma de hacerlo eran los mareos, esos mareos que después me sumergían en un estado astral. Cuando la abuela soltaba el golpe mi escenario se volvía un cielo completo, siempre nocturno y estrellado, con algo de perverso y de santo. Perverso y santo como las noches en que ondeaba mis caderas de espalda al mar, borracha, con deseos intensos de caerme al piso. Las borracheras eran una réplica de mi pueril divertimento, golpes que hacían a mi madre caer desmayada en el piso una y otra vez sin que a mí me pasara nada; sólo un sueño de estrellas que giran y avanzan frente a mí, vertiginosamente. Entonces, con la cadera tumbada sobre la arena después de un buen alcohol y un buen baile, yo conservaba la compostura, acordaba un pacto sexual, serenamente, con un chico que se fingía extranjero y estúpido, que algo debía tener de inteligente, como para irse a la cama con tanta espontaneidad. Había una química perfectamente entendida: todo en esta vida me vale un pito, excepto tú. Entonces nos íbamos para allá y de ahí en adelante había un largo periodo de placenteras catástrofes que se iban desgastando, como personajes de una miniserie de televisión, una escena de playa sucedía a otra, luego la rutina, el final, el nuevo y jubiloso comienzo.

Mi nacimiento fue, pues, la entrada a un mundo donde todo es gente peleándose y mandándose a la chingada. Primero una espalda que daba saltos bajo mi cuerpo contraído por una tela blanca, que lo inmovilizaba, había un agujero que expedía un frío seco hasta mi nariz y parte de mi boca: respiraba, cabalgaba. Mi montura tropezó y cayó al piso, aquel vértigo era algo que me tenía aprendido desde adentro, el frío se extendió a mi propia espalda, me vi despojada de la manta blanca y un hombre cuya dureza me recordó a los puños de mi abuela, me recogió y volvió a colocarme la manta encima, envolviéndome y poniéndome bajo su brazo. El hombre avanzó y no vi a mi madre ni a mi padre, hasta que pasaron cuatro años. Cuando la abuela me cargó extrañé profundamente el antebrazo duro del hombre. Me entregó en una oficina de la cual pendía una luz que me daba en la cara, también aquello tenía un eco en mi memoria. Lo primero que hizo la mujer fue ir a registrar mi nacimiento en una abigarrada ciudad llamada Guaguá. Cuando llegamos a casa la abuela me dio un puñetazo mucho más delicado que los que propinaba a mi madre, y me dejó en una dulce reminiscencia del vértigo. Cada vez que lloraba ocurría lo mismo, había veces que lloraba únicamente por el gusto de sentir su puño perverso y santo lanzarme con un impacto cada vez más feroz hacia el otro extremo de la cuna, donde no habían ganas de chupar la teta, sólo sueños de estrellas que se esfumaban a exceso de velocidad. El llanto se volvió pues, una maña para volar. Varios años después de muerta la abuela el alcohol sustituyó a su puño.