Los escapistas

 

Contaban con la fortuna suficiente para escapar del destino cuantas veces quisieran, y si un día les daba algún capricho lo llevaban a cabo con alegría. Sabían que en esta vida es posible hacer cualquier cosa; que matar es bueno y que robar es divertido.

En teoría tenían que rendir cuentas al padre por sus actos, pero en realidad esto no ocurría nunca: eran casi libres. Tenían la advertencia de que no escaparían del padre, que algún día les pediría cuentas, eso sí.

Traían siempre los bolsillos llenos de billetes y nunca recordaban de dónde diablos habían salido. A veces acudían al banco en ropa deportiva y con mano armada antes de ir al club. En el club eran recibidos siempre por caras nuevas y amistosas. pasaban la mayor parte del tiempo paseando y besándose por los rincones del jardín de alguna de las casas de campo, ellos tenían una casa de campo en todas las ciudades; ahí se olvidaban de todo, tenían una naturaleza desinformada del caos.

Una sola cosa perturbaba su idilio: ella comía manzanas. Cuando lo hacía se ponía muy mal, es decir: perdía el estilo. Le daba por salirse a la calle y en lugar de dirigirse al club, se dirigía a alguno de los barrios bajos, armaba un escándalo y la cosa acababa en matanzas sangrientas. Qué lío con las manzanas. Hasta los asaltos dejaban de ser divertidos.

Cuando las crisis pasaban volvían a los altos barrios y a los jardines a recuperar sus vidas. Nunca recordaban las caras de los vecinos, ni recordaban el pasado.

Era frecuente que en los jardines de las casas de campo apareciera un manzano a arruinarlo todo. Él empezó a tomar las medidas necesarias para que esto no ocurriera; mandaba podar todos los árboles para que no cupiera una sola duda.

Cuando ella comía manzanas desparecían las reglas. En estado manzánico hablaba con necedad sobre la muerte. Él temblaba cada vez que asomaba el tema.

—¡Mira!, ya me tienes hasta la madre con tus pinches mentiras, ¡mira! ¡mira! —Y se arrojaba una y otra vez desde la azotea de la casa.

—¡Mira, mira! —Y se cortaba las venas, mientras él corría a buscar la gasa o lo que fuera. Hasta que en una de esas entraba en coma. Cuando regresaba había sufrido una transformación radical, encontraba siempre a su amor con los ojos hinchados al pie de la cama, tras esto venía comúnmente un periodo de larga felicidad que jamás era olvidado.

—¿Otra vez las manzanas?

—Sí —Y reían. La paz y el amor volvían a reinar en los nuevos jardines. Toda la tragedia era olvidada.

Un día llegó una crisis terrible; inició cuando él encontró rastros de mermelada de manzana en el suelo, y las huellas de las zapatillas de ella lo llevaron hacia un hallazgo atroz: un pequeño pasadizo secreto en el jardín, que daba a hectáreas interminables de manzanares; y no sólo eso, sino algo mucho peor: ella había afinado a tal grado su técnica del engaño que ya poseía su propia planta procesadora de manzana.

Se sintió tan lastimado que quiso quitarse la vida: las manzanas eran mejores en los barrios de los pobres que en las plantas procesadoras, las manzanas no fueron tan malas nunca como aquella tarde, ni siquiera en el Génesis.

Era tarde y ella lo obligó a ir de picnic a un manzanar particularmente perverso, y ahí, justo debajo de un árbol se quitó la ropa. Él se sentía avergonzado. Entonces ella sacó de la canasta un sandwich de mermelada de manzana y se lo ofreció, amablemente, empezó a hablar con una verbigracia que lo dejó helado:

—La muerte es un mito, una mentira.

No consiguió que él cediera al encantamiento, entonces sacó un frasquito de manzana pulverizada, tampoco consiguió nada, una manzana petrificada, nada. Sólo conseguía que él temblara de miedo. Entonces acudió a la falta de control, empezó a arrojarle a la cabeza los frascos de las distintas presentaciones de manzana que traía en la canasta del picnic, y con los vidrios rotos se cortaba las venas una y otra vez.

—Mira, ¿ya ves imbécil? La muerte es una mentira. ¡Que te comas el sandwich de mierda! —Y seguía sacando frascos de la canasta, y seguía cortándose las venas.

En esta ocasión él se quedó quieto y cansado, ya no hizo ningún esfuerzo por salvar a su mujer. Este cansancio dictó el triunfo de la manzana sobre la voluntad del hombre. Ella ablandó entonces la estrategia; dulcemente lo condujo hacia una cabana construida al fondo del manzanar, donde había colocado velas e incienso con olor a manzana. Ahí se acopló a él.

—Mi amor, ¿verdad que la muerte es una mentira? —preguntó.

—Sí —respondió él. Entonces se escuchó el reclamo estridente del padre, quien más tarde mandó destruir todos los jardines en las casas de campo.