El dios de los juguetes

 

El Altísimo me encomendaba varias tareas; yo salía cada mañana de mi casa, entregaba al niño en el colegio y me disponía a cumplirlas. De ahí volvía a mi casa, hacía los quehaceres hasta que mi hijo salía del colegio, luego le daba de comer. Llegaba el día quince y el Altísimo me mandaba el dinero en la mochila del niño. Él era bueno; le regalaba juguetes.

Una mañana me sentí muy mal, como un fusil descargado después de un tiroteo estéril, algo me había hecho daño y no pude cumplir con las tareas del Altísimo.

Aquella tarde esperaba encontrar los encargos en la mochila del niño. Llegó a buscarlo como todos los días, como si fuera su padre; revisó discretamente la mochila pero no encontró el bulto. Entonces se llevó al niño a dar una vuelta y lo interrogó, le estuvo comprando juguetes hasta que se convenció de que no había tomado nada de la mochila.

El niño llegó a la casa con la mochila llena de juguetes y una vez más le tuve que dar las gracias al Altísimo; le expliqué que aquel día algo me había hecho daño.

Me acarició la frente; con la bondad de siempre, me dijo que descansara y que mañana a primera hora estaría bien. Pero no tuvo razón; amanecí más enferma.

Otra vez se llevó al niño y volvió a interrogarlo, mi hijo llegó cargando varios kilos de juguetes.

El Altísimo supo que yo estaba más enferma que antes, me puso la mano sobre la frente y me dijo que en una hora a más tardar, ni más ni menos, tendría que estar lista para cumplir mi tarea, sino tendría que interrogar al niño. Pero se equivocó, yo me sentía cada vez peor, como una espada destemplada.

Entonces el niño fue interrogado por el Altísimo hasta que se enfermó con los juguetes; con tal de obtener más empezó a mentir en el interrogatorio, mientras más ingeniosa y grande era la mentira más grande e ingenioso era el juguete.

El niño regresaba de la escuela con montañas de juguetes, hasta que en la casa dejamos de caber.

Le dije a mi hijo que sacara los juguetes, él se los llevó al patio y pronto ahí no hubo espacio para las plantas. Entonces empezó a molestarme la conducta del Altísimo. Toda la casa estaba llena de juguetes y el niño, apoderado de una furia alegre, seguía trayendo más. El Altísimo podía comprar cualquier cosa.

Yo seguía sintiéndome muy mal. Como un tanque que atropella a un camarada en la victoria.

Una noche me levanté a medianoche sintiéndome peor que nunca. Me encontré a un gendarme en la entrada de mi recámara, cuando intenté cruzar la puerta mi rostro topó con su estómago, al parecer era casi tan alto como el Altísimo. El contacto con mi rostro lo hizo invisible. De pronto sentí que unos brazos se interponían entre la salida y yo. Con las manos los aparté sin mayor dificultad, eran unos brazos ansiosos; brazos de muñeco desmembrado. Había una sombra al fondo de mi habitación, tras ella reapareció el gendarme, quien al verme caminar con tanto apuro quiso burlarse de mí un rato. Fui por él, ahora mi mano se apoyó sobre un muslo duro como un tubo. No pude mirar hacia arriba porque el gendarme no me lo permitía. se hizo una armadura acuosa en la que se hundió mi palma. Yo sentía el tubo en el fondo, luego se deslizó y dio un salto al otro lado del cuarto, yo ya no quería tocarlo. Era de unos dos metros y medio, muy ingenioso; un vigilante. Me pregunté si el niño lo habría dejado ahí, era un juguete molesto y peligroso. Pero fue una advertencia del Altísimo. Cuando al amanecer pude salir de mi recámara me le paré enfrente al Altísimo, algo en el encuentro con el gendarme me había dado bríos. Le dije que dejara de llenarme la casa de juguetes o bien que me pagara una renta adicional para mudarme y dejar la otra casa como bodega. El Altísimo me dio una sabia respuesta: véndelos.

Puse una juguetería; había tantos juguetes en el jardín que no sé cómo no se me ocurrió antes.

La enfermedad dejó de pesarme por completo. Me sentí liviana como una victoria. Festejé la bondad de aquel ángel que era el Altísimo.

Aquellos juguetes costaban una barbaridad y se vendían como pan caliente, pronto tuve que comprar un camión y contratar a un chofer para que fuera a recoger al niño del colegio.

El niño era interrogado todos los días y traía novedades cada vez más caras y atractivas. Pero la felicidad duró poco y el Altísimo cobró su generosidad; sin previo aviso comenzó a prolongar los interrogatorios. El chofer se quejaba de tener que esperar por horas en la puerta del colegio y los pedidos se atrasaban. Pudimos llegar a un acuerdo; el niño pasaría más horas en el interrogatorio pero él mandaría mercancías de mejor calidad y en mayor volumen.

Entonces compré un tráiler para que fuera a recoger al niño al colegio y las ventas se me fueron al cielo. Luego compré otro y otro, contraté un total de siete choferes para ir a buscar al niño al colegio, incluso mandé imprimir el nombre del Altísimo en ellos. Hasta que un día conté las horas que pasaba el niño en el interrogatorio y otra vez me planté frente al Altísimo, le dije: tenemos que negociar; ¿Cuántas horas de interrogatorio al día requieres y cuántas toneladas de juguetes me darás a cambio? El Altísimo me dijo; veintitrés. Yo podría recoger mercancías durante todo el día, no importaban las veces que cargara los tráilers. A mí me pareció una oferta estupenda. Trabajamos a gusto en ese convenio durante mucho tiempo; hasta que un día los choferes llegaron asoleados y molestos diciendo que la mercancía no había llegado nunca.

¿Acabó el interrogatorio? pregunté, los siete respondieron que no lo sabían. Fui a la bodega y comprobé que aún quedaban suficientes juguetes para cubrir los pedidos.