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Selección y nota introductoria
de Alejandro Toledo



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Nota introductoria



En un tiempo (en la ya no tan noble ni leal Ciudad de México), allá por los años cuarenta y cincuenta del siglo XX las familias Paz Garro y Peláez Farell eran vecinas. Las calles en donde vivían aún permanecen en la geografía metropolitana; las guías actuales las ubican en la colonia Hipódromo Condesa. Coincidían una y la otra por su respectivo patio trasero. En una casa, la de los Paz Garro en la calle Saltillo, había frecuentes tertulias de tono decididamente poético a las que acudían las máximas figuras de la lírica mexicana de ese entonces; en la otra casa, la de los Peláez Farell en la calle de Etla, y según testimonio de los propios poetas, continuamente se escuchaban por las noches ruidos extraños (extravagantes, decía Octavio Paz), como si de la epifanía del verso se pudiera ir, con sólo saltarse la barda, a Transilvania o uno de esos sitios que la literatura de terror ha vuelto míticos y en donde el grito o el aullido pueblan la atmósfera nocturna. De esos muros salía también música, cual si un pianista melancólico viviera ahí encarcelado por un vampiro o una siniestra criatura de laboratorio. ¿Qué pasa en ese lugar?, ¿qué clase de locos viven junto a ustedes?, les preguntaban sus invitados a Octavio Paz y Elena Garro. No sabemos, respondían ellos, habrá que averiguarlo.

Y lo hicieron. Se trataba de los Peláez Farell: él, de nombre Francisco, había publicado ya algunos libros bajo el seudónimo de Francisco Tario; y ella, Carmen, era una mujer hermosa y feliz, madre de dos hijos (Sergio y Julio) y atenta escucha de los relatos de su marido, en los que aparecían féretros con la sexualidad en crisis, ropas de vestir excitadas y deseosas o gallinas con instinto asesino, entre otros personajes de una galería singular… Pero los gritos y los aullidos no salían de los libros sino que se debían a una costumbre curiosa: había comprado el hombre de la casa un gran aparato para grabar discos de gramófono, lo que hoy equivaldría a un quemador para computadora pero del tamaño de un ropero, y por las noches montaba dramatizaciones hogareñas con su hermano Antonio Peláez (de oficio pintor) y otros figurantes, quizá Rosenda Monteros (actriz) o José Luis Martínez (historiador y crítico literario). Llegó a estar con ellos en varias ocasiones el torero Manolete al que, ya pasado de copas, le daba por cantar esta tonada: “Ya se murió el burro que acarreaba la vinagre,/ ya se lo llevó Dios de esta vida miserable”.

En esos discos hay una adaptación del Drácula de Bram Stocker, una lectura de poemas realizada por el propio Paz (el vecino curioso cayó en la trampa y su voz fue grabada, acaso por vez primera) e interpretaciones pianísticas a cargo de Francisco Peláez… al que a partir de aquí llamaré con su nombre de pluma que era, como dije arriba, Francisco Tario. Algunas de esas grabaciones hace poco fueron restauradas y digitalizadas por la Fonoteca Nacional y pronto se podrán escuchar. Alimentarán la leyenda de un autor raro o marginal de las letras mexicanas, un extravagante, como lo calificaría Paz. O, para decirlo con Julio Cortázar, un cronopio auténtico.

De esos modos podría definirse, en efecto, la obra y la persona de Francisco Tario (1911-1977), quizá empezando por apuntar que fue portero de futbol en el equipo Asturias (cuando el balompié en México era semiprofesional), pianista amateur y administrador en Acapulco de un par de cines. En la madurez su aspecto físico (musculoso, la cabeza rapada a lo Yul Brynner) imponía cierta distancia. Como escritor, su labor cuentística se inicia en el año 1943 con La noche, en donde objetos, animales o fantasmas llevan la voz narrativa; por ejemplo: un féretro explica los rituales que guían su vida y la de sus semejantes, y asegura que ese momento de gravedad para el humano que es el entierro tiene para ellos, los féretros, un ángulo distinto, pues es el momento en donde un féretro masculino se casa con un cuerpo de mujer, una hembra humana muerta, o al revés… El entierro es para los féretros una ceremonia religiosa de comunión entre la cosa en sí y el ser en proceso de ser cosificado.

Hay en Tario la costumbre de sorprender. Su escritura consiste en una o muchas vueltas de tuerca humorísticas o sarcásticas, y a la vez serias y terribles, en las ceremonias de la humanidad. Se ríe del hombre y su circunstancia. Toma asuntos como el deseo y lo transporta, sea al ataúd (cuya sexualidad se frustra cuando recibe un cuerpo masculino, al que escupe en pleno velorio) o a un traje gris que para no espantar a los mortales asesina a un hombre en la carretera y se viste con su cuerpo, y de esa forma, con ese disfraz, poder acechar vestidos coquetos en un cabaret. Igualmente en La noche, recoge Tario el testimonio de una gallina que se presume platillo navideño y decide, como acto final, comer frutos envenenados que llevarán a la tumba a quienes se la merienden.

Lo extravagante acompaña a lo monstruoso. Para huir de las definiciones a la mano (que conciben al monstruo como anormalidad, algo que se sale de la norma o de un sentido, por lo común estrecho, de lo normal), acudo a una distinción surgida de la propia obra de Tario, poblada de monstruos y fantasmas, y separo a los unos de los otros. Lo que mata al fantasma, decía Tario, es el olvido. Es decir, la esencia del fantasma es el recuerdo y su permanencia incorpórea se mantiene en el mundo sólo a partir de la memoria. El fantasma es un recuerdo a punto de ser olvidado, pero que se obstina en continuar vivo.

Hay fantasmas en la obra de Tario. Está el cuento magistral que se llama “La noche de Margaret Rose”, aquí incluido; en “El éxodo”, refiere una redada de fantasmas ocurrida en Inglaterra en el año 1928; y dedica Una violeta de más a su mujer ausente, Carmen Farell, a la que llama “mágico fantasma”.

También están esas otras presencias inquietantes, a las que me he referido antes (féretros, gallinas, perros, trajes grises…), y que no entran en ese terreno de lo fantasmal sino que representan a lo “otro” alterado, lo que probablemente definiríamos como monstruoso.

Los monstruos tienen, literariamente hablando, una aura romántica. Es un concepto que ha perdido en la actualidad ese halo, pues la noticia diaria está llena de personajes monstruosos y de hechos que pueden ser así calificados. Lo anormal es la norma en estos tiempos. En Tario hay aún el anhelo de sorprender. Su tercer libro de relatos (el primero fue La noche, el segundo Tapioca Inn: mansión para fantasmas, de 1952), que se titula Una violeta de más (1968), se inicia con “El mico”, en donde asistimos al parto singular de una especie de animal anfibio (o enano con características zoomórficas) que sale expulsado del grifo, al abrir la llave del agua, y se convierte, a lo Cortázar, en el inquilino inesperado de un hombre soltero. El mico, escribe Tario, “era pequeño y rojo como una zanahoria”; también lo llama “un mísero renacuajo”; y “un intruso, un fortuito huésped, un invitado más, o, en el mejor de los casos, un hijo ilegítimo”.

El mico es el otro; el monstruo es el otro. O quizá se trata, más bien, del reconocimiento de lo semejante en los otros, el enfrentarse a espejos inesperados en donde se descubren rasgos comunes, pero ocultos, que nos espantan. Lo que aterra al narrador de “El mico” es la convivencia, y cómo sus costumbres solitarias se alteran por este monstruillo nacido absurdamente en la bañera que incluso llega a decirle “mamá”.

En el cuento “El mico” vemos al hombre en soledad enfrentado a sus propios fantasmas: de forma inesperada, al abrir la llave del agua, se convierte no en padre sino en madre; y más tarde se dará cuenta, el hombre, de que está preñado… Es el terror ante lo femenino, que termina por ser expulsado de la casa del modo menos honroso, vía la taza del baño.

Esas dos recurrencias en Tario, la del fantasma y la del monstruo, tienen quizá estas características: en un caso, el de los fantasmas, se trata del recuerdo y su obstinada lucha por permanecer; en el otro, el del monstruo, es la semejanza informe la que nos aterra al confrontarnos con el espejo. Entre una cosa y la otra está el sueño, motor de la fantasía, que ata y desata (una y otra vez, como ocurre en el cuento “Entre tus dedos helados”, hasta conformar un laberinto) esas presencias.

Aun ahora, la obra de Francisco Tario es una casa vecina en la que, por las noches, los poetas tertulianos siguen escuchando ruidos extravagantes.

  Alejandro Toledo

 


 

Nota bibliográfica

 

Francisco Tario nació en la Ciudad de México en diciembre de 1911 y murió en Madrid en diciembre de 1977. Aunque se considere al cuento fantástico como la columna vertebral de su obra con títulos como La noche (1943), Tapioca Inn: mansión para fantasmas (1952) y Una violeta de más (1968), intentó un par de veces la novela en Aquí abajo (1943) y Jardín secreto (1993), la minificción o greguería en Equinoccio (1946), e incluso el teatro en El caballo asesinado y otras piezas teatrales (1988), sin contar algunos textos que se resisten a las clasificaciones como La puerta en el muro (1946), Acapulco en el sueño (1951, con fotografías de Lola Álvarez Bravo) y Breve diario de un amor perdido (1951).

De los textos seleccionados el relato “La desconocida del mar” permanecía inédito y pertenece, acaso, a una primera etapa en la escritura de Tario. “La noche de Margaret Rose” es uno de los cuentos de La noche. Y “Entre tus dedos helados”, de Una violeta de más, suele representar en las antologías la labor narrativa de este autor singular.

Agradecemos a Julio Peláez Farell, hijo del escritor, el haber otorgado los permisos correspondientes para publicar este Material de Lectura.

 

 


 

Entre tus dedos helados

   

Preparaba yo, por aquellos días, el último examen de mi carrera y, de ordinario, no me acostaba antes de las tres o las tres y media de la madrugada. Esta vez acababan de sonar las cuatro cuando me metí en la cama. Me sentía rendido por la fatiga y apagué la luz. Inmediatamente después me quedé dormido y empecé a soñar.

Caminaba yo por un espeso bosque durante una noche increíblemente estrellada. Debía de ser el otoño, pues el viento era muy suave y tibio, y caía de los árboles gran cantidad de hojas. En realidad, las hojas eran tan abundantes que me impedían prácticamente avanzar, ya que mis pies se sumergían en ellas y quedaban temporalmente apresados. Tan luego arreciaba el viento, otras nuevas hojas se desprendían de las ramas, formando una densa cortina que yo me esforzaba por apartar. Despedían un fuerte olor a humedad, como si se tratara de hojas muy antiguas que llevasen allí infinidad de años. Llevaba yo varias horas caminando sin que el bosque variara en lo más mínimo, cuando me pareció ver la sombra de un alto edificio, con una sola ventana iluminada. Tenía un tejado muy empinado y una negra chimenea de ladrillo, que se recortaba en el cielo. Casi simultáneamente, escuché a unos perros ladrar. Ladraban todos a un mismo tiempo y sospeché que se me acercaban, aunque no conseguí verlos. A poco los vi venir corriendo por entre los árboles, saltando sobre las hojas. Debían ser no menos de una docena y advertí qué gran esfuerzo llevaban a cabo para no quedar también apresados entre aquellas hojas. Posiblemente estuvieran ya a punto de darme alcance, cuando llegaba yo a la orilla de un viejo estanque, cuyas aguas se mantenían inmóviles. Eran unas aguas pesadas y negras, sobre las cuales se reflejaba la luna. Los perros se detuvieron de pronto, aunque no cesaron de ladrar. Así transcurrió un tiempo, sin que yo me resolviera a tomar una decisión. Entonces vi cómo de las aguas del estanque emergían los cuerpos de unos hombres, que me observaron con gran atención. Eran tres. Llevaban puestos sus impermeables y se mantenían muy quietos, con el agua a la cintura. Uno de ellos sostenía en la mano una vela encendida, mientras otro anotaba algo en su libreta. No dejaban de mirarme y comprendí, por su aspecto, que deberían ser policías. Tenían los semblantes muy graves, intensamente iluminados por la luz de la luna. Había un gran silencio alrededor y noté que los perros continuaban allí, a la expectativa. Uno de aquellos hombres —sin duda el jefe de ellos— dio unos pasos hacia la orilla y, apoyándose en el borde del estanque, me preguntó quién era yo, qué buscaba en aquel lugar a semejante hora y de qué modo había conseguido penetrar allí. “Estoy soñando” —le respondí. El hombre no pareció entender lo que yo decía y repetí con fuerza: “Estoy simplemente soñando.” Apartó su mano del borde del estanque y sonrió con ganas. Los demás se le reunieron y cambiaron con él unas cuantas palabras en secreto. Cruzaron unas nubes por el cielo y nos quedamos repentinamente a oscuras. Pero tan luego apareció la luna, aquel hombre dijo: “Si es así, baje usted y acompáñenos.” Me tendió cortésmente la mano, ayudándome a bajar las escaleras. El agua era muy tibia y despedía un olor nauseabundo. Eran unas aguas turbias y espesas, en las cuales no resultaba fácil abrirse paso. El hombre parecía muy afable e iba apartando las hojas, a fin de que yo penetrara más fácilmente. Continuábamos bajando. Él me sostenía del brazo, mientras los demás nos esperaban en el fondo. Era muy sorprendente la luz que iluminaba aquel recinto, como si el resplandor de la luna, al penetrar en las aguas, adquiriese una vaga tonalidad verdosa, muy grata a la vista. Caminába mos ya bajo las aguas, pisando sobre una superficie blanda, cubierta de limo. “Tenga usted cuidado —me dijo el hombre— y no vaya a dar un traspié.” El asunto me pareció grave desde un principio y habría deseado escapar. No me atraía realmente aquello. Entonces llegaron a un rincón del estanque donde el hombre que sostenía la vela se inclinó para levantar una sábana que ocultaba algo. “¿La reconoce usted?” —me preguntó con voz muy ronca. Era la estatua de una jovencita desnuda, que aparecía decapitada. Comprendí al punto que se trataba de un horrendo crimen del cual yo debería resultar sospechoso. No sé desde qué tiempo estaría allí la estatua, pues toda ella aparecía recubierta de limo, como una estatua verde. Sin duda debía haber sido en su tiempo una bella jovencita, pese a que le faltaba el rostro. Sus dos pequeños senos parecían aún más verdes que el resto y en torno a ellos evolucionaba incesantemente gran cantidad de peces. Al verla, no dejé de sentir una viva curiosidad por adivinar cómo habría podido ser su rostro y la expresión de sus ojos. “¿La reconoce usted?” —me preguntó de nuevo el hombre. Repliqué que no, que era la primera vez en mi vida que veía semejante cosa y que además no estaba muy seguro de que todo cuanto venía aconteciendo fuese cierto. Yo era simplemente un joven común y corriente que se había quedado dormido en la cama hacía apenas unos instantes. Había apagado la luz de mi cuarto y había cerrado los ojos. Eso era todo. Los hombres proseguían muy serios, pero intentaron sonreír. Seguidamente cubrieron el cadáver con la sábana y me mostraron el camino. “Acompáñenos” —dijeron. Volvimos sobre nuestros pasos, avanzando trabajosamente hacia las escaleras. Fuera, las hojas seguían cayendo, pero se había ocultado la luna. Todo estaba profundamente oscuro, aunque los hombres parecían conocer bien el camino. Fuimos avanzando en grupo, seguidos por los perros, que se mostraban más pacíficos y habían dejado de ladrar. Tuvo un gran trabajo el hombre para introducir la llave en la cerradura y hacer girar la enorme puerta, que tuvimos que empujar los cuatro. De hecho, era una puerta descomunal para una casa como aquélla, con una sola ventana iluminada. Y en virtud de que la escalera central aparecía perfectamente alfombrada, nuestras pisadas no producían el menor ruido, igual que si unos y otros continuásemos pisando sobre las hojas. Uno de los tres hombres iba al frente de nosotros encendiendo las luces. Las puertas permanecían cerradas y los muebles ocultos bajo unas fundas de color crema. Habíamos entrado ya a un gran salón, cuando uno de mis acompañantes se me aproximó cautelosamente para rogarme que no hiciera ruido. Señaló algo al otro extremo del salón, indicándome que me acercara. Avanzaba yo solo, sin dejar de mirar hacia atrás ni perder de vista a los tres hombres, que se mantenían muy atentos a cuanto ocurría. Todo el interés, por lo visto, se centraba ahora en aquel alto biombo al cual iba yo aproximándome. Detrás del biombo había alguien, lo adiviné desde un principio. No es que propiamente lo hubiese visto, ni que lo hubiese oído, pero lo adiviné. De pronto, quien me observaba a través del biombo debió hacer algún movimiento, pues se hizo un gran silencio y nadie se atrevió a moverse. El silencio se prolongaba más de lo debido. Era muy angustioso todo y sospeché que estaba por amanecer. Al fin se dejó oír la voz de un hombre muy apesadumbrado, que decía: “No, francamente no lo recuerdo.” Y enseguida: “Vigílenlo, no obstante.” Fui a objetar algo, pero uno de quienes me acompañaban me hizo señas desde lejos, recomendándome la mayor prudencia. Yo iba a decir solamente: “Soy inocente. Estoy soñando.” Y el hombre que se escondía detrás del biombo prorrumpió con sorna, como si adivinara mis pensamientos: “Es lo que dicen todos.” Por lo visto la entrevista había terminado y fuimos saliendo uno tras otro. Subíamos ahora por una nueva escalera, que parecía no tener fin. Jamás hubiera imaginado que la casa fuese tan alta. La escalera se iba haciendo más y más es trecha y el techo más bajo, lo que me produjo la impresión desoladora de que explorábamos una cueva. No fue así, por fortuna, sino que llegamos a una puerta. El hombre que marchaba al frente la empujó suavemente con el pie, rogándome que penetrara. Obedecí. Al punto, él, desde la puerta, volvió a dirigirse a mí para decirme: “Procure dormir bien, porque mañana será un día muy agitado.” Uno por uno me desearon buenas noches y los sentí bajar en silencio después de haber cerrado con llave la puerta. “¡Estoy soñando!” —grité esta vez. No se me ocurría otra cosa. Había una sola ventana y me asomé. La altura era considerable y sólo alcancé a distinguir con claridad las copas entremezcladas de los árboles, formando una mullida alfombra. Por entre las ramas negras asomaba el brillo plateado del estanque. Estoy casi seguro de que pasé allí la noche entera, reflexionando. O no sé si, en realidad, me quedé dormido, porque, en un momento dado, comencé a dudar ya seriamente de si aquello que venía ocurriendo era un simple sueño o, por el contrario, lo que era un sueño era lo que yo trataba de recordar ahora. Sucedía así: me veía yo en mi cama, en la cama de mi casa, ya de día, profundamente dormido. Veía la lámpara de mi mesita de noche, el libro que había dejado sobre la alfombra, la ventana entreabierta. Alrededor de mi cama estaba toda mi familia, mientras el doctor me levantaba con cuidado un párpado y se asomaba a mirarlo. Tenía el semblante muy pálido y no me gustó la expresión de sus ojos. Todos se mantenían muy quietos, al pendiente de lo que él veía en aquel párpado. Mi padre tenía las manos en los bolsillos y mi madre daba vueltas sin cesar a su pañuelo. Estaban también mis hermanos menores, que acababan de llegar de la escuela. Y cuando el doctor dejó caer el párpado, unos y otros lo rodearon en grupo, conteniendo el aliento. Entonces él me observó con preocupación desde lejos y se volvió hacia ellos. Dijo únicamente: “Está atrapado. Seriamente atrapado.” “¿Es grave?” —preguntó mi madre. Y el doctor repitió: “Está seriamente atrapado.” Mi padre salió en compañía del médico, y mi madre, para darse ánimos tal vez, expresó en voz alta este pensamiento: “Acaso necesite dormir. Ha trabajado mucho últimamente.” Penetraba tan sólo una línea de luz, pese a que el día era luminoso y dorado. Les sentí hablar en voz baja y cerrar con temor la puerta. Se oían pasar los carruajes y alguien revolviendo algo en la cocina. Una voz ronca y muy conocida prorrumpió cerca de mí: “Recuerde. Haga memoria.” Me senté en la cama. Ya estaban allí de nuevo los policías. Se habían sentado a mi lado y no cesaban de repetir lo mismo: “Recuerde. Es conveniente que haga memoria.” Habían abierto un gran álbum, que me mostraban ahora. Pero se habían estrechado tanto contra mí y se mantenían tan apiñados, que no me permitían moverme. Es más, ni siquiera conseguía mirar con calma los retratos, pues cuando aún no había empezado a mirar uno, pasaban con precipitación la hoja y ya me estaban señalando otro. Era un álbum muy voluminoso, forrado de terciopelo gris, con una inscripción dorada que no me había sido posible leer, pues cuantas veces intenté hacerlo, ellos retenían fuertemente el álbum o procuraban distraerme de algún modo, mostrándome un nuevo retrato. Tan sólo cuando les hice saber que no me hallaba dispuesto a continuar mirando más retratos si no me permitían leer la inscripción aquella, convinieron en cerrar el álbum para que yo pudiese leer libremente. Era la historia del crimen, y esto sí lo encontré interesante, al comprender que había llegado la hora de poner ciertas cosas en claro. Les rogué que me autorizasen para pasar yo mismo las hojas, a lo cual accedieron gentilmente. Los retratos aparecían muy bien ordenados y como colocados allí por una mano maestra. En el primero de todos se veía a un niño y una niña, de pocos meses, en brazos de su madre. Después, a estos mismos niños lanzándose una pelota o sentados sobre el césped del parque, mientras un caballero muy alto los contemplaba sonriente. Había infinidad más de retratos de este género en los que podía apreciarse que los niños iban creciendo. Ahora se les podía ver en sus bicicletas, o columpiándose alegremente, o sentados sobre el borde del estanque, pescando. Debían haber pasado algunos años y las criaturas eran ya dos bellos adolescentes que se paseaban bajo los árboles o leían juntos un libro, o permanecían pensativos y tristes, uno al lado del otro. Algunos de los retratos mostraban unas tiernas leyendas escritas con tinta violeta. “De vacaciones” —decía una de ellas. “Mi hermano y yo en aquella tarde de mayo” —decía otra. Realmente no parecían hermanos, sino el propio espíritu de la tragedia, y así se lo hice ver a los policías, preguntándoles, de paso, si podrían facilitarme algún informe más preciso sobre el asunto. Replicaron al tiempo que no, invitándome a pasar la hoja. No fue sino hasta mucho más adelante que empecé a darme cuenta de que había en todo aquello algo en extremo comprometedor para mí, ya que aquel joven, que sostenía, riendo, la sombrilla de su hermana, era justamente yo. Se me antojó tan descabellada la coincidencia, que me eché a reír con ganas. Los policías me taparon la boca e incluso uno de ellos se encaminó hasta la puerta, con objeto de cerciorarse de si estaba bien cerrada. Ahora era ya la primavera y aparecían los dos jóvenes bajo un árbol, sentados sobre la hierba. Tenían las cabezas muy juntas y los ojos iluminados por un dulce bienestar. Se iba adivinando el secreto, aunque yo seguía sin descifrar lo esencial. Aquellas fotografías me delataban, esto era incuestionable, y yo no dejaba de preguntarme de qué medios podría valerme para salir con bien del aprieto. Esta vez la sostenía él por el talle, amenazando con arrojarla al agua. Llevaba ella un vestido muy vaporoso y los cabellos enmarañados, como después de una fuerte lucha. Debía haber sido una jovencita muy alegre y provocativa, con sus claros ojos soñadores y aquellas formas tan delicadas, que se adivinaban bajo su vestido. Lo que aparecía ahora escrito sobre la arena de una calzada era simplemente esto: “Te amo, te amo, te amo.” Pero, de pronto, dejaba yo de aparecer en los retratos y en mi lugar se veía a otro joven. Bien visto, parecían ser los mismos retratos, aunque yo había dejado de existir. Pasaba y pasaba las hojas y siempre aparecía el mismo joven. Esto se me antojó misterioso, máxime que los policías se habían apartado de mí con disimulo y fingían mirar por la ventana. Obviamente la seductora joven había olvidado su primer amor. Sólo hasta la penúltima página volvía yo a aparecer en lo que pudiera representar acaso la clave del siniestro enredo, pues en este nuevo retrato se nos veía a los dos fundidos en un doloroso abrazo de despedida, al pie de un coche de caballos que se disponía a partir. Supuse que en la página siguiente estaría el retrato definitivo, aquel que explicaría, por fin, el enigma. Pero no fue como me esperaba, puesto que la página estaba vacía y el enigma, por tanto, seguía en pie. Ello me desilusionó y, cuando fui a objetar algo al respecto, los policías abandonaron la ventana y me rogaron que me vistiera cuanto antes. No parecían muy satisfechos, sino más bien compungidos. Cuando ya estuve vestido, me indicaron que me sentara y escribiese con toda calma esta sencilla misiva: “A las seis en el estanque.” Comprendí de sobra sus maquinaciones y lo que se jugaba allí de mi destino. Cogí el papel que me ofrecían y, con la mayor desconfianza, empecé a escribir muy parsimoniosamente, procurando que mi caligrafía fuese lo más complicada posible, a fin de evitar que, por mala suerte, pudiera coincidir con la del homicida. Pero aún no había terminado, cuando uno de los policías exclamó: “¡Lo siento!” Y sin decir una palabra más, se guardó el papel en un bolsillo. Lo que dijeron después fue esto: “Le daremos todas las garantías, pero usted deberá restituir la cabeza. Es de todo punto indispensable que confiese sin rodeos dónde escondió la cabeza.” “¡Estoy soñando!” —prorrumpí a mi vez; y sólo alcancé a distinguir al doctor, que en aquel instante daba media vuelta y salía del cuarto en compañía de mi padre.

A primera hora de la mañana siguiente, inicié la búsqueda. Habían caído por aquellos días más hojas y yo me preguntaba, perplejo, cómo sería posible dar con nada de provecho entre tal cantidad de hojas. Quizá, más bien, conviniera evadirse, saltar el muro, una noche, y regresar a casa. Pero jamás recordaba haber visto un muro de semejante altura, sin una miserable puerta, y al que únicamente podía mirarse protegiéndose del sol con la mano. Los perros me acompañaban siempre, sin perder uno solo de mis movimientos. Sacaban sin cesar la lengua y parecían sonreír entre sí con burla. Tal vez estuviesen seguros de que jamás encontraría lo que buscaba o posiblemente sólo ellos conociesen el secreto. Hasta pudieran ser muy bien los homicidas aquellos perros del demonio. Tenía a mi servicio un gran número de jardineros que iban removiendo la tierra allí donde yo les indicaba. Eran sumamente activos y en un abrir y cerrar de ojos habían cavado una sima. Los policías, desde la terraza, no me perdían de vista. Cuando me decidía a mirarles, dejaban de hablar un instante o me hacían señas amistosas con la mano. La ventana del edificio continuaba iluminada, pese a que era de día. Y una vez que sentí la tentación de bajar por mi cuenta al estanque para echarle un nuevo vistazo a la decapitada, los perros se sublevaron, formando un cerco en torno mío y enseñándome los dientes. Esto era desolador y me originaba una profunda tristeza. Entonces me sentaba en una banca y miraba sin cesar al estanque, tratando de recordar algo. Desde el lugar en que me encontraba no se alcanzaba a distinguir gran cosa, pues las aguas durante el día centelleaban con el sol y se volvían más impenetrables. De tarde en tarde el viento las removía o cruzaban unos peces de colores, persiguiéndose. Todo ello tenía lugar en mitad de un gran silencio, pero seguido ocasionalmente de unas leves risas, como si los peces fueran capaces de reír o fuese ella misma quien no lograba contener la risa al sentir los peces evolucionar alrededor de su cuerpo desnudo. Yo no conseguía apartarme del estanque ni apartar de él siquiera la vista, aunque los policías me invitaban desde lejos a proseguir la búsqueda. Los jardineros aguardaban a mi lado, con los brazos cruzados, fumando. Pero yo continuaba allí sin moverme. Sentía necesidad de no moverme, de mantenerme el mayor tiempo posible próximo a ella. Había un extraño placer en imaginar cómo los peces darían vueltas y más vueltas en torno suyo, golpeándola delicadamente con sus colas rojas y negras, asediándola, impacientándola, haciéndola reír de aquel modo. No pensaba en otra cosa de día y de noche, a toda hora. Comenzaba a desconfiar de mí mismo, a adentrarme en las entrañas del crimen. Ni remotamente suponía qué había ocurrido conmigo aquella noche en que me quedé dormido de pronto. Tal vez ni me interesaba saberlo. Había empezado a notar un peculiar sabor en la boca e intuía que era el sabor de los medicamentos que el doctor me iba prescribiendo. De un modo pasajero, solía oír a mi madre pedirme: “¡Despierta! ¡Haz un esfuerzo!” Oía también el roce de sus faldas. Cuando era niño, llevaba ella unas faldas muy ruidosas, a fin de que la advirtiera de lejos y no sintiera miedo de la oscuridad. Solía también sacarme a pasear por las mañanas; o por las tardes. Comenzaba asimismo a perder la noción del tiempo. Por ejemplo, acababa de ponerme de pie junto al estanque, en espera de que mi madre me sacara a pasear esa mañana. Sin embargo, no podía compaginar muy bien aquellas aguas que tenía delante con el sabor de los medicamentos y ese paseo matinal, que tanto me ilusionaba ahora. “Debo tener calma y no precipitarme —me dije—. Despertaré de un momento a otro.” “¿Alguna novedad?”, me preguntaron a mis espaldas. Miré al policía, que arrojaba una piedra al estanque, y repuse: “Ninguna novedad en absoluto.” Y él repitió dos veces: “Lo siento.” Aunque añadió enseguida: “Queda usted formalmente preso.” Y deduje que mi suerte estaba echada.

Había caído el invierno, los jardineros habían sido despedidos y los policías regresaron a sus puestos habituales. Aquella sola ventana, que tanto tiempo permaneciera iluminada, amaneció un día a oscuras y jamás volvió a verse una luz en ella. La lluvia y el granizo barrían el bosque, y a toda hora del día y de la noche se oía aullar a los perros, ateridos de frío junto al estanque, en sus puestos. Únicamente ellos y yo parecíamos haber quedado en la casa —eso supuse—, aunque nunca pude estar muy seguro de ello, porque todas las puertas continuaban cerradas con llave, salvo la mía. Alguien, no obstante, debía haber olvidado una ventana abierta, pues, al subir o bajar las escaleras, se percibían breves ráfagas de viento. Ignoraba desde qué tiempo no tenía noticias de mi familia, y para pensar en ello tenía que concentrar muy bien mi pensamiento. Comenzaba a olvidar a mi madre, a mi padre, a mis hermanos pequeños, que aproximadamente a aquella hora deberían regresar de la escuela. Un día escuché un rumor conocido, pero tan irregular y confuso, que no supe si, en realidad se trataba del reloj de mi mesita de noche o de aquel otro que, inopinadamente, había echado a andar en la escalera y que señalaba las ocho. Mataba el tiempo paseando, rodeando pensativamente el estanque, reflexionando. Aunque lo que esperaba, de hecho, era el momento —que ya parecía inminente— en que los perros cayeran rendidos de sueño o abandonaran sus puestos, dejándome el camino libre. Habían enflaquecido alarmantemente e incluso, para hacerse oír o infundir algún respeto, tenían que llevar a cabo un gran esfuerzo, bien alargando cuanto podían los cuellos o apoyándose en un árbol. Se mantenían todos en grupo, formando un apretado círculo, y, aunque no cesaban de aullar a toda hora, no me inspiraban ya ningún temor. Más bien me ilusionaba mirarlos, pues estaba casi seguro de que, en el momento menos pensado, rodarían por tierra unos sobre otros y dejarían de aullar para siempre.

Así ocurrió una madrugada, en que se hizo, de pronto, el silencio, un silencio nada acostumbrado en la casa. Consideré que era el momento oportuno para bajar sin temor al estanque, y ya me disponía a abandonar mi cama cuando sentí que alguien abría muy sigilosamente la puerta y a continuación la cerraba con llave. Mi habitación estaba a oscuras, pero supe al punto de quién se trataba. No tuve ni la menor duda. Atravesaba ella mi cuarto pisando suavemente sobre la alfombra, deslizándose sin ruido sobre ella, como a través de una infinidad de años. “¿Eres tú?” —pregunté, por preguntar, muerto de miedo, a sabiendas del tremendo riesgo que corríamos. Adiviné que se llevaba un dedo a los labios, incitándome a callar. Quiso saber enseguida si, por tratarse de un caso excepcional, podría hacerle el honor de admitirla a mi lado. Hablaba en un tono burlón, pero muy familiar y querido. Y yo dije solamente: “¿Pero es que te has vuelto loca?” Aunque no tardé en cambiar de parecer y le propuse: “Entra, si quieres.” Desdobló por una punta las sábanas y se fue introduciendo bajo ellas, acomodándose junto a mí. Jamás me había visto en un trance semejante y no supe, de momento, qué hacer o pensar ni de qué modo conducirme. Le eché un brazo por el cuello y ella se estrechó contra mí. Todo ocurría misteriosamente, en mitad de un gran silencio. Así continuamos largo rato, sin que yo me atreviera a respirar o a moverme, muy atento, en cambio, a lo que venía aconteciendo, hasta que ella rompió a reír de improviso, apartando su cuerpo. “¿De qué te ríes?” —le pregunté, avergonzado. “De nada —replicó maliciosamente—. De que tienes los pies muy fríos.” A partir de este incidente, casi ya no dejó de reír, encogiendo y estirando las piernas y cambiando sin cesar de postura. “O procuras estarte quieta —le dije— o acabarán por descubrirnos.” “Ya me estoy quieta” —repuso; y estrechándose todavía más contra mí, fingió que empezaba a dormirse. “No sé por qué has hecho todo esto —seguí diciéndole—. Jamás deberías haber venido aquí.” Levantando un poco la sábana, me preguntó si sentía miedo. Le respondí que sí y que no tenía por qué ocultarlo. Entonces ella me aseguró que ese miedo que yo sentía no le disgustaba en lo más mínimo, sino que, por el contrario, la divertía y la hacía casi feliz. Y como yo le manifestara que no lograba darme cuenta de lo que quería darme a entender con aquello, replicó con toda naturalidad que si yo fuese mujer, como ella, lo sabría. Tenía unos ojos luminosos y profundos, como los de un gato, y temí, por un instante, que le fuera posible ver en la oscuridad. También a mí me hubiera gustado mirarla ahora, seguro de que habría sido algo embriagador, y si no me decidí a encender la luz fue por el temor que me inspiraba el comprobar con mis propios ojos, cuanto, desde hacía rato, venían dejándome entrever mis pensamientos. Prorrumpí, en cambio, notando que alguien se había puesto a pasear en la planta alta: “¡Calla! ¿Qué suena?” Sin inmutarse en absoluto, balbució: “Es papá.” Debía estar aconteciendo algo positivamente inconcebible, porque yo percibía, cada vez más próximo a mí, algo tan sutil y acogedor que escasamente tuve fuerzas para susurrar: “¡Estás rematadamente loca!” Y ella dijo: “Ya lo sé.” Bien visto, aquella noche, parecía una criatura que hubiese perdido el juicio y ya no pensé en otra cosa que en deshacerme de ella cuanto antes, no fuera a abrirse, por sorpresa, la puerta y apareciese alguien de la familia. Más recordó a poco que estaban por reanudarse los cursos en el colegio y que yo debería partir a primera hora de la mañana siguiente. Ya estaba listo el equipaje desde la víspera y mi primer traje de pantalón largo colgado en una silla. Sin explicarme por qué, tuve el triste presentimiento de que nunca más volveríamos a vernos. Entonces me abracé a ella con todas mis fuerzas repitiéndole que era muy desdichado, que la vida me parecía insoportable y que me sentía el ser más ruin de la tierra, a causa de aquel amor culpable. “¡Abrázame! ¡Abrázame!” —repetía ella sin cesar. De pronto se puso muy seria y exclamó con una voz extraña, que no le conocía: “¡Tengo una idea!” Mas, al preguntarle que de qué idea se trataba, ella replicó que no, que no me la revelaría por ahora, puesto que todo debería ocurrir a su tiempo. Me eché a temblar. Tenía ella una gran inventiva y, desde que tuve uso de razón, la consideré una criatura diabólica de quien podía esperarse todo. La recordaba sudorosa y ágil, sofocada, recorriendo a gran velocidad las calzadas del parque, montada en su bicicleta. O columpiándose alocadamente, sin dejar de reír y gritar, exigiéndome que la lanzara con más fuerza, que la impulsara más rabiosamente, hasta que lograse alcanzar con los pies la punta de aquella rama. Hacía apenas unos días había osado amenazarme: “Has de saber una cosa: ¡que tengo poderes muy especiales!” Enseguida había echado a andar, muy disgustada, pero yo corrí tras ella para decirle que la adoraba, que no comprendía la vida sin ella y que nuestros destinos debían tener un signo muy especial o algo por el estilo. Entonces ella, cogiéndome de un brazo, me había pedido que la acompañara, pues deseaba bajar al jardín para cortar unas flores. Yo había accedido, gustoso, pero aún no habíamos llegado a la escalera, cuando se detuvo de pronto y, sin pensarlo demasiado, me besó largamente en la boca, determinando que aquella noche no consiguiera yo dormir un sueño, al tratar de olvidar y recordar al mismo tiempo lo que pasó por mi cuerpo en tan extraños instantes. Comenzaba ya a clarear el día cuando me senté en la cama con una sensación de horror que ni yo mismo alcancé a explicarme. “Dime —le pregunté, perplejo, sin saber bien lo que decía—, ¿por qué te arrojaste al tren? ¿Por qué?” Aquí volvió a reír con ganas, escondiendo la cara bajo la almohada. Todavía sin dejar de reír, me aseguró que en toda su vida había escuchado nada más divertido y que deseaba que le explicara cuanto antes cómo pudo ocurrir nunca tal desatino, si se encontraba ahora allí, a mi lado. Y agregó, también sentándose: “¡Estoy viva! ¿No lo crees? ¡Mira cómo late mi corazón!” Me había llevado la mano a su pecho y yo la retiré escandalizado, casi con estupor. “¡Te odio! ¡Te odio y te odiaré siempre! ¡Esto es un terrible pecado!” Y prometió ella: “Pues aunque así sea, quiero tenerte conmigo por una eternidad de años.” No fue sino hasta entonces que descubrí plenamente su maldad, la perversa pasión que la dominaba y sus infernales propósitos. “Ahora sé que no hay tal mujer decapitada y que el estanque está vacío. Todo han sido argucias tuyas y una imperdonable mentira.” Así dije. Y ella volvió a estrecharse contra mí y a reír sin ningún recato, olvidada ya de la familia e insistiendo con el mayor ahínco en que le explicara con todo detalle a qué disparatados sucesos venía refiriéndome. Me besaba y me besaba en las tinieblas, cuando, en un determinado momento, pude descubrir con asombro que quien me besaba con tal ansia era mi propia madre, que yacía arrodillada junto a mi cama de enfermo. Esto me contrarió en sumo grado al comprobar que estaba nuevamente soñando y que era víctima, una vez más, de otra ignominiosa burla. “¡Despierta! ¡Despierta! ¡Debes hacer un último esfuerzo!” —imploraba ella.

Y desperté. Continuaban allí los policías, los perros, la ventana iluminada. Nada había cambiado, por lo visto, ni si quiera aquel diluvio de hojas que proseguía cayendo de los árboles. Debía de ser mediodía. Los policías paseaban por la calzada, limpiándose el sudor de sus frentes o abanicándose con el sombrero. Grupos de jardineros iban y venían transportando sus utensilios o haciendo rodar trabajosamente las carretillas llenas de tierra. Por primera vez, en tanto tiempo, cruzaron a gran altura unos pájaros; más tarde, volvieron de nuevo, se mantuvieron un rato inmóviles y por fin se perdieron de vista, volando majestuosamente. “¿Fuma usted?” —me preguntaron. Había cesado el viento, y el cielo era azul y luminoso. Una sola cosa me preocupaba gravemente ese día: aquella cinta color de rosa que había amanecido entre mis sábanas y que ahora apretaba con susto en un bolsillo. Quizá conviniera entregarla. O quizá resultara ser, a la postre, como el cuerpo mismo del delito. No supe. El doctor anunciaba en aquel momento: “¡Ha muerto!” Y el policía exclamó, muy pálido, echando a correr de pronto hacia la casa: “¡Algo muy grave está sucediendo!” Mi habitación se hallaba atestada de familiares y amigos, que apartaron con malestar la vista del lecho y se quedaron mirando pensativamente el muro. Oí a mi madre sollozar y a alguien que se servía un vaso de agua. Mi padre se había dejado caer en un sillón, con la cabeza entre las manos. Me enderecé como pude y no dudé en proclamar: “¡Son ustedes unos incautos! ¿O acaso no se han dado cuenta de que estoy simplemente dormido?” Dio la impresión de que nadie había conseguido oírme, así que me puse en pie de un salto y comencé a recorrer el cuarto, procurando atraer la atención de todos. Sólo mi madre pareció descubrir mi presencia, pues levantó con ilusión el rostro, aunque después siguió llorando. Yo daba vueltas y más vueltas, tratando de hacerme oír, hablando hasta por los codos, hastiado ya de aquella voz del policía, que no cesaba de repetirme: “¿Pero aún no se ha vestido usted? Dese prisa o, de lo contrario, no llegará a tiempo a su funeral.” Había un gran número de automóviles alineados frente a mi casa y un nauseabundo olor a flores marchitas, que el viento iba deshojando. El viento penetraba en la casa por la puerta principal, ascendía a la planta alta y dispersaba, a través de los balcones entornados, aquellas detestables flores. Vi a un grupo de curiosos en la acera de enfrente, al que me reuní. Ya salía el cortejo solemnemente, y los caballeros inclinaban la cabeza, sosteniendo en alto sus sombreros. Era una tarde primaveral y dorada y parecían no ser más de las cuatro, aunque yo debía haber olvidado dar cuerda a mi reloj, que continuaba señalando las ocho. Nos pusimos en marcha, yo a pie, aturdidamente, siguiendo la gran caravana de automóviles. Era un largo recorrido hasta el cementerio y sospeché que se haría de noche antes de llegar a él. Por fortuna, las avenidas eran muy espaciosas, con abundante sombra, y soplaba una refrescante brisa. Ya a la puerta del cementerio, no pude soportar mi aflicción y rompí a llorar amargamente, apoyado en el muro. Todos los asistentes habían traspuesto ya la puerta y lo irremediable parecía estar a punto de consumarse. Protestaría por última vez; haría ese último intento. Me lancé a correr desaforadamente, hasta dar alcance al cortejo, y grité con todas mis fuerzas: “¡Es injusto! ¡Es terriblemente injusto lo que están haciendo conmigo! ¡Deténganse, se los ruego!” El cortejo se detuvo de golpe y todos volvieron la cabeza, observándome con desconfianza. “¡Estoy aquí! ¿No se dan cuenta? ¡Deténganse!” —repetí por última vez. Pero ya habían reanudado la marcha, como si nada hubiese ocurrido. El policía se me acercó, muy gentil, y, poniéndome una mano en el hombro, expresó con voz compungida: “Estas cosas son así y no vale la pena desesperarse.” Enseguida me tomó de un brazo y agregó: “Acompáñeme. Salgamos a tomar un poco el fresco.” Accedí, y caminamos un buen trecho en silencio por entre la doble hilera de sepulturas. De pronto, deteniéndose con gran misterio, me miró fijamente a los ojos y confesó, tras un titubeo: “Me había propuesto ayudarle, pero usted nunca se prestó a ello. ¿Por qué se empeñó en ocultar la verdad? Las cosas rodaron mal para usted, y mi ayuda, a estas alturas, no le serviría ya de nada. ¡Lo siento!” Y como yo titubeara en replicar, a mi vez, añadió con desencanto: “Sólo usted tenía la clave.” Habíamos llegado a la puerta de entrada donde me aguardaba el coche de la familia. Tenía las cortinillas echadas y el cochero me sonrió desde el pescante. Alguien, desde el interior, entreabrió la portezuela cuando yo me despedía de mi acompañante, quien se mostró consternado. Al estrecharle la mano, todavía me dijo: “Me lo temía. ¡Buena suerte!” Acto seguido, ocupé mi asiento y partimos. “¡Abrázame!” —balbució ella, con un suspiro de alivio. Y la envolví entre mis brazos, notando que la noche se echaba encima.

 


 

La desconocido del mar

 

HISTORIA:

Ha transcurrido un tiempo y Aurelia, a instancias de su marido, consiente al fin en abandonar la finca, en busca de aires más propicios y saludables, instalándose, al cabo de varios días de viaje, en un pequeño chalet alquilado a orillas del mar. No lejos existe un balneario de moda y la estación veraniega se encuentra en pleno auge. Sin embargo, el bullicio de la gente, la sensación íntima del bienestar ajeno y el propio mar, luminoso y excesivo, no logran sino acentuar visiblemente su profunda melancolía. Sobresaltada por toda suerte de remordimientos y alucinaciones, acúsase injustamente de la catástrofe acaecida.

Mas descubre allí, una mañana de tantas, en la playa, al hombre que con el tiempo tan importante significación habría de tener en su vida. El único que lograría, temporalmente, destruir en ella la fantasmal imagen del hijo muerto. No llegará a hablarle, acercársele, cambiar con él una sola palabra, pues su marido la acompaña siempre, limitándose exclusivamente a sostener aquel juego del renovado y ocasional encuentro con el desconocido. Y a merced que pasan los días, una íntima e invencible alegría asoma a sus ojos, levanta su espíritu, exalta su ánimo; un interés desusado y creciente hacia aquel hombre descubre a su alma que misteriosa e irremediablemente se ha enamorado. Admite, por cierto, cuán sencilla y enigmática es la vida y con qué poca cosa el corazón humano se conforma. Aurelia acepta tácitamente que podría haber continuado así siempre; siempre. No pedía más.

Ya el amor ha sometido a su alma, se extravía y confunde en aquel amor, y este amor, sino compartido, precisa al menos ser comunicado a alguien. ¿Comunicado? ¿A quién? Y resuelve escribir una carta, que terminaría asimismo por resultarle fatal. Es a una amiga, y termina así: “¡Soy feliz! ¡Feliz! ¿Te sorprende? Aunque no sepa determinar muy claramente en qué consiste mi felicidad. Por lo pronto, escríbeme, repróchame, injúriame, dime algo... háblame de este amor”. Y la súplica final y urgente: “Destruye esta carta, te lo ruego. Tú comprenderás por qué”.

Tal vez la transformación del ánimo de Aurelia o la insistente y familiar presencia del desconocido despertaran sospechas en el marido; o quizás no. Jamás Aurelia penetrará debidamente sus sentimientos. Pero una tarde, y sin previo aviso, le anuncia a ella que deben partir. Ya termina la temporada, el tiempo es cada vez más desapacible y los veraneantes comienzan a emigrar.

En cuanto al desconocido, trátase de un hombre medianamente joven, también casado, cuya mujer y dos hijos habitan en la ciudad. Para él, ciertamente, tampoco ha pasado inadvertida la presencia de la bella desconocida, por quien un interés particular e inesperado comienza a despertar en su alma. No se ha enamorado, no; mas le divierte y atrae observar diariamente a la mujer, acecharla, seguir incluso los interrumpidos giros de sus conversaciones escuchadas al azar, construir y ordenar caprichosamente la ignorada y secreta vida de la misteriosa mujer. Le halaga y exalta tropezarse hoy con su mirada, descubrirla a lo lejos en la playa, caminar hacia él, desaparecer. Cada pormenor de aquella vida le ofrece una emoción distinta, un aspecto nuevo y atrayente, singular. Y en ocasiones, por las tardes, pasea ingenuamente frente a su chalet.

Mas he aquí que la mañana en que descubre de pronto que la desconocida se ha marchado, su vida se desploma repentina e incomprensiblemente. Está solo. Y aquel lugar tan luminoso y plácido, aquel mar tan ruidoso y azul, se transforma, en virtud de la súbita soledad, en el más lóbrego y aborrecible rincón, del que quisiera escapar a toda costa. Las tardes son ventosas y frías y las avenidas aparecen desiertas. El mundo, igualmente, es lóbrego y sombrío. Acepta, pues, inevitablemente que él también se ha enamorado.

El tiempo adelanta y los últimos veraneantes están por partir. El mar es grueso y opresivo y nuestro hombre vaga taciturno y confuso. No posee el menor indicio de la mujer que se fue, no dispone de nadie a quién recurrir. Se fue, y esto es cuanto le alcanza. E inventa, como un trivial paliativo a su soledad presente, alquilar él mismo el pequeño chalet desocupado: el que ocupara ella. Así se sentirá más próximo a la mujer, penetrará ilusoriamente en su vida y su espíritu descansará más tranquilo en compañía de la invisible presencia.

Y una tarde, del modo más inesperado, una carta dirigida a Aurelia le trae la más sorprendente noticia que pudiera imaginar en sus tormentosos días. Es la respuesta de la amiga ausente a la reciente carta de Aurelia. ¡De suerte que ella lo amaba! ¡De suerte que había sido amado por ella¡ Amaba, por consiguiente, a un fantasma y era amado a la recíproca por el fantasma desaparecido. No tiene ya qué hacer, sino regresar cuanto antes. La carta le ha revelado, al menos, que la desconocida vive en la misma ciudad que él. Y regresa.

Su hogar, sencillo y tranquilo, lo acoge ruidosamente. Mas él no pertenece ya más a ese mundo, su mundo se ha vuelto lejano y extraño, misterioso. Su hogar no le dice nada. Su anterior mundo desapareció para él. E inicia, como un vagabundo o un sonámbulo la estúpida y colosal búsqueda de la mujer desaparecida a través de la inquietante ciudad...

...Y el ojo del espectador, infinitamente más penetrante que el de ellos mismos, seguirá paso a paso la extenuante marcha de este hombre en busca de lo que ha perdido. Y veremos, frecuentemente, cuán próximos durante ese tiempo estuvieron de encontrarse, ya en una esquina o una avenida, en un teatro al cual uno de ellos deja inexplicablemente de asistir, en una tienda donde un pequeño incidente retrasa o anticipa la salida de él o de ella. En fin, el espectador será testigo de ese juego de azar que nos impulsa o detiene, sin entender nunca ni remotamente por qué.

La vida de Aurelia, en tanto, continúa aparentemente su curso normal; más alentada asimismo por una lúcida y secreta esperanza. —También busca. También fracasa.

Al fin, cierta tarde, sobreviene el encuentro del modo más imprevisto y propicio. Y no es el encuentro de dos personas extrañas y ajenas, sino de dos seres solitarios a quienes un grave y doloroso amor ha unido. No hay, pues, dudas en su encuentro, resistencias o titubeos. Se toman del brazo y continúan. Es el amor. Y al amor se entregan, a partir de aquella tarde, en una suerte de delirio efímero y sin sentido, que nadie mejor que ellos advierten cuán fugaz ha de ser. Es como si tomaran de cada minuto transcurrido la magnitud del breve tiempo de que consta, —tratando desesperadamente de aplazarlo y continuarlo hasta la eternidad.

Se suceden las entrevistas, las citas del amor doloroso e imposible, destinado a terminar. Ya conocen sus vidas y entrevén su destino. “Te amo, sí —le revela ella—, y con eso basta. No espero nada. No me prometas nada. De nada serviría”. Esta desbocada pasión origina en Aurelia una especie de presentimiento de no sabe qué males mayores que habrán de sobrevenir. Fue feliz una vez, cuando su hijo vivía, y no lo será más. La felicidad —advierte— acude una sola vez, pero jamás vuelve. Y su felicidad se ha perdido. Lo presiente. “Mi vida está destruida —le confiesa una tarde—, más destruida y todo te pertenece a ti”. Sabe que por aquel amor mentirá; y miente. Que por aquel amor traicionará; y traiciona. Y se ve obligada a recurrir a las más sucias mentiras, a los más innobles recursos para prolongar aquel amor un día más, uno solo. Entiende muy claramente que, perdido este amor, su vida se derrumbará definitivamente por segunda y última vez.

Mas el espectador nuevamente volverá a seguir ahora a estos tres infortunados destinos, sin que ellos se percaten. Podrá advertir, por ejemplo, cómo el esposo de Aurelia reconstruye hechos, establece pormenores y examina acontecimientos que le revelarán sin duda la existencia del amor prohibido. Y el espectador verá igualmente —ellos, nunca— cómo cuando los amantes se consideraban más a salvo, mayor era su riesgo y la inminente ruina que llamaba a su puerta. No obstante, en el hogar de Aurelia ni el más leve incidente parece turbar el curso ordinario de los días. En silencio, y consigo mismo, su marido contempla también con asombro el derrumbe de su propia vida. Ni un solo reproche, ni la más simple palabra acusadora pronunciará. Aún más, adviértase —o al menos esta impresión produce— que su amor por la joven esposa crece en él de día en día, nutriéndose de fuerzas oscuras y desconocidas.

Y cuando el espectador confirme que fatalmente la traición de Aurelia ha sido puesta en claro, escuchará al marido decirle una noche: “Volveremos a la finca. Es preciso”. Cabe preguntarse, entonces: ¿Maldad? ¿Temor? ¿Dolor ante la inminente pérdida? ¡La finca! Jamás ha vuelto Aurelia a la finca; no quiere volver más. La había olvidado. Y esta visión repentina de la inmensa casa solitaria, del silencioso lago asesino, traen a su memoria las épocas más tormentosas de su vida. Se niega; a la finca, no; nunca. ¿Qué pretende él? —continúa el espectador preguntándose. ¿Ponerla tal vez a salvo? ¿Torturarla inicuamente quizá? ¿Señalarle tácitamente el verdadero camino a seguir? ¿Intentar de algún modo la dudosa recuperación?

Transcurren los días. Es la última entrevista de los amantes. Tampoco ellos saben esto. Piensan que la separación es temporal; pero nunca más volverán a verse. “Volverás y entonces…” “¿Entonces qué?” —pregunta ella. Y ella misma se responde: “Entonces, nada. ¡Ya lo sé!” Sabe muy bien que no se pertenecerán nunca; que hermosas y trágicas vidas tiran de ellos en dos direcciones contrarias: los hijos vivos de él. El hijo muerto de ella. Imposible.

Ya van Aurelia y su esposo de regreso a la finca. La actitud de él es hermética, impasible, por demás tranquila como cuando la conoció y tomó. Como lo fue siempre. Ni una simple alusión, ni una réplica. Sin embargo, una línea de su rostro, sólo una, a bordo del tren, basta para revelarle a ella la atroz verdad: su marido lo sabe todo, todo, y por eso la ha hecho regresar. El silencio de él, su inalterabilidad ante la verdad espantosa, la llenan de terror. Es un repentino y oscuro pánico el suyo que le anuncia que ha de morir. Lo entiende de sobra: a eso la llevan. Y ya una vez en la finca, por entre los viejos y melancólicos árboles, a lo largo de los espaciosos salones, dondequiera, percibe cómo la muerte la acecha implacablemente, pronta a precipitarse sobre ella. Cada ruido le anuncia algo; cada silencio le previene un riesgo; cada palabra es un símbolo fatal. Y él estará siempre presente, enigmático e inmutable. Siempre él allí, su marido, amenazador y austero. Piensa ella que no le será posible resistir un día más.

Se resuelve al cabo: debe huir. Huir con aquél: y le escribe. ¿Huir? —se pregunta, perpleja. ¿Pero huir… de qué? ¿Hacia qué? No tiene significado su vida. Mas es preciso escapar, evadirse a cualquier precio de la tortura infinita, de la monstruosa e interminable espera. Y le escribe: “Lo he decidido, sí. El viernes estaré contigo y seré tuya para siempre. ¡Espérame!” Resueltamente, Aurelia no resistirá más.

En las sombras, sigilosa y trémula, dispone y prepara la huída. Calcula, medita, comprueba; examina toda posibilidad. Mas la última noche en la finca —la que pensaba ella que sería la última— marcará ya para siempre su destino, y no será ciertamente la última, sino la primera de otra nueva existencia aborrecible y oscura. Todo está a punto en la noche señalada: la casa en silencio; todos duermen. Y Aurelia baja lenta, quizá demasiado lentamente, pues los segundos cuentan, y sale al jardín. Allí se siente más libre y joven, en la perfumada noche. Avanza. El camino está expedito. Mas de pronto —ha caminado unos pasos bajo los árboles—, descubre que una luz ¡su luz! se enciende e ilumina una ventana. Se detiene atónita, mira. E intenta correr. Y en la ventana, inmóvil, aparece su sombra: la sombra inmensa de él. Oye o cree oír una voz aquí y allá que la reclama, pronunciando repetidamente su nombre: la voz siniestra de quien la mira, la voz del niño olvidado, la propia voz del lago; la voz de su destino. Duda aún, ¿qué debe hacer? Avanza otro poco más, otro poco. Ya está abierta la gran verja de la finca. Un paso más y será libre. Solamente un paso es lo que necesita. Y la sombra en la ventana continúa inmóvil. Aurelia se resuelve a salir; va a hacerlo. Pero no lo hará; nunca, nunca. Trágicamente derrotada, increíblemente sola, regresa paso a paso hacia la casa. Todo ha terminado; es el fin. La muerte en vida que la reclama. La herencia definitiva de la soledad. La soledad de muerte que la atará tanto como dure su vida a la profundidad tenebrosa del asesino lago que no la dejó partir.

Cuando penetra en la casa y cierra tras ella la puerta, una suave y alegre brisa nocturna agita las silenciosas aguas del lago, y en la ventana, misteriosamente, vuelve a apagarse la luz.

 


 

La noche de Margaret Rose

 

Decía la carta, escrita poco menos que ilegiblemente:

“X. X. Esq.,
97 Cromwell Road.
Londres S. W. 7.

Margaret Rose Lañe, inglesa, de 28 años, casada con un multimillonario yanqui, lo invita a usted muy íntimamente a jugar al ajedrez el sábado en la noche”.

Y al pie, con caracteres de imprenta, aparecía una serie de indicaciones muy minuciosas referentes a la situación exacta de la finca, sobre la ruta de Brighton, a unos veinticinco kilómetros de la costa.


Margaret Rose Lañe, en mis borrosos recuerdos, se reducía exclusivamente a esto: a una chiquilla muy pálida, etérea, vestida de verde y que jugaba al ajedrez admirablemente.

Escarbando en la memoria, logré, no obstante, reconstruir más tarde determinados pormenores.

Nos conocimos en Roma —no acierto a precisar con ocasión de qué sencillo incidente— en la iglesia de San Sebastián, momentos antes de descender a las catacumbas. La acompañaba, creo, una institutriz francesa, présbita o algo por el estilo, y la chiquilla debía contar por aquel entonces diecisiete o dieciocho años. Recuerdo con singular perfección, por cierto, la figura de ella en el antro subterráneo, un poco adelante de mí, portando la misteriosa vela encendida, y cuyos reflejos azules o grises temblaban sobre su cabellera negra como una lengua de fuego sobre cualquier superficie húmeda. Resultaba indescriptiblemente sugestivo el contraste de los dos personajes que precedían: el guía —un carmelita de cabellos rizosos y nariz aguileña— y aquella espiritual muchacha, silenciosa, tímida, frecuentemente suspirante, que caminaba altivamente por entre las fosas abiertas y los cráneos diseminados.

Tres veces más nos encontramos. Una, fortuitamente, en el Foro Romano, y las restantes, de común acuerdo, en su propio hotel —¿Hotel Londres?— acompañada de sus familiares. (No recuerdo en qué número, pero tres probablemente). Durante estas dos últimas entrevistas me fue dado comprobar con natural sorpresa la habilidad poco común de la joven para jugar al ajedrez. Creo que no logré ganarle una sola partida.

Ya a punto de despedirnos la última noche —ellos zarpaban de Nápoles próximamente— recuerdo muy bien que me dijo:

—Pronto, muy pronto, Mr. X, se olvidará usted de Margaret Rose...

Esto no tiene mayor importancia y lo habría olvidado sin lugar a dudas, a no ser por lo que ocurrió a continuación.

Nos hallábamos ambos en la sala de lectura del hotel, sentados ante una mesita cuadrada, con mi rey en jaque mate, cuando la joven tendió su mano sobre el tablero y añadió compungidamente:

—¿Por qué es tan ingrata la gente, Mr. X?

Yo aduje no sé qué falso y estúpido razonamiento, pretendiendo disuadirla de tan amarga verdad, mas contra lo que podría esperarse, su reacción fue de lo más inusitado. Retiró el brazo lentamente, palideció de un modo angustioso, clavó en mí sus ojos febriles y balbució con un acento, diré de justo sonambulismo:

—Está bien. Sí, no nos volveremos a ver más...

Acto seguido se cubrió el rostro con las manos y rompió a llorar desconsoladamente.

Apareció la dama francesa, y he aquí lo más singular del caso. Lejos de mostrarse sorprendida o alarmada, se aproximó silenciosamente a la chiquilla, la ayudó a incorporarse ofreciéndole la mano y procedió a secar sus lágrimas, según se hace con una criatura. Entonces, dirigiéndose a mí, con la gravedad más embarazosa, suplicó:

—Disculpe usted, caballero. Creo que le sea fácil comprender.

Las vi alejarse rumbo al vestíbulo y nunca más volví a ver a Miss Margaret Rose.

Yo regresé a América, y veinte días después de mi llegada a New York recibí inesperadamente una tarjeta postal desde Londres. Margaret Rose me recordaba, “agradeciendo infinitamente los excelentes ratos que le había deparado en Italia”.

Esta, su imprevista y extraña misiva de hoy, es, a partir de aquella fecha, la primera noticia suya.

Cuán sensacional e insospechada es a pesar de todo la vida!


A mis cincuenta años, con el cabello blanco y roído el espíritu por un sinfín de achaques físicos y morales, me satisface plenamente percatarme de las reservas de optimismo y vigor que aún conservo bajo estos huesos. No es común ni mucho menos que un hombre en semejantes condiciones logre hallar algo realmente interesante o atractivo en las sencillas y melancólicas cosas que nos rodean. El amor, la perfecta salud física, la avidez por tanto placer ignorado, exageran las bellezas existentes. Un día azul y cálido nos exalta; una luna redonda y limpia nos conmueve; sentimos, como parte de nuestra circulación sanguínea, el flujo y reflujo de la marea; la música nos arranca lágrimas o gritos de insensato júbilo; el alcohol remueve nuestros más profundos instintos; la noche nos place por oscura y propicia; el día, por luminoso y alegre. Y ese vibrar de nuestros músculos, ese estampido continuo de nuestro corazón, esa hambre insaciable de todas nuestras potencias físicas e intelectuales, dotan a la realidad de un ropaje opulento de lozanía, transparencia y ardor. De un ropaje que, por desdicha, va destinándose lamentablemente a medida que el tiempo avanza, hasta que definitivamente, inexorablemente, como una bella tarde que concluye o un cacharro que se rompe, nos encontramos rodeados de una inanición, una frialdad y unas espantosas tinieblas.

A través de la ventanilla del ferrocarril, contemplo ahora el campo fecundado por los transportes de la primavera. Una dulce y variable brisa mece los juncos, los tallos vivos de las flores, las ramas irisadas de los árboles, la ropa blanca puesta a secar sobre las piedras de los corrales. Pasta o abreva el ganado, sumergidas sus pezuñas en el corazón húmedo de la hierba. Cruzan ligeras y alegres las golondrinas, chillando estridentemente. Los arroyos tiemblan con un temblor divinamente musical y tierno. El humo azul o pardo del carbón se tiende alto, alto, bajo el firmamento metálico, desgarrándose en fragmentos —nubes sin coordinación, inconsistentes, absorbidas fatalmente por esa inmensidad solemne y luminosa.

Y yo experimento, en virtud de estos nada sensacionales y siempre repetidos acontecimientos, una impresión de impaciencia que recuerda la del sediento frente a un manantial de agua pura y susurrante. Como un genuino adolescente o un ser que jamás ha rebasado los linderos de sus comarcas, presto una atención desmedida a cuanto se desarrolla a mi alrededor. Lógico sería, no obstante, que tras recorrer la mitad del mundo y presenciar —y sufrir también— hechos por demás dolorosos, esta campiña inglesa tan lisa, tan insustancial, tan flemática, me impulsara a desdoblar el diario y apartar mi vista de lo que mi vista ha contemplado innúmeras veces. Pero lejos de ser así, miro al sol bajar, bajar allá en el horizonte, y en mi interior algo también desciende, se ensombrece, calla, y temo —algún día necesariamente ha de ser— que fenezca.

Tal noción de lo inevitable y la luz que se va extinguiendo ocasionan, como de costumbre, que mi ánimo decline y mis pensamientos sean más densos.

Tiro, pues, de la cortinilla, y en el solitario compartimento del express me entrego a otro género de reflexiones.

Margaret Rose... Margaret Rose... ¡Cuán lejano y oscuro se me representa aquel encuentro! Como si hubieran caído otros diez años a partir del día en que recibí su última carta, escasamente logro ahora revivir el más insignificante detalle. Sin embargo, no he dejado de pensar en todo ello durante los últimos días; no he cejado, hasta obtener de mi memoria una información conveniente. Y repito, hoy, ahora más intensamente que nunca, la existencia y proximidad de semejante mujer se me antoja absurda.

Leo y releo su incomprensible mensaje, que conservo en el bolsillo.

Margaret Rose... Cierro los ojos, con objeto de acoplar bien sus rasgos fisonómicos y, en cambio, evoco intempestivamente un ademán suyo, olvidado por completo: aquel de extender su mano fina y blanca hacia una pieza del ajedrez, tocarla después por la punta y hacerla al fin deslizarse sobre el tablero con un movimiento raudamente misterioso... Margaret Rose... singular y extraña criatura, siempre vestida de verde, a quien veo ahora reclinada contra un árbol, exhausta, sofocada por el tórrido sol italiano, observando cuanto la rodea con una expresión peculiar de insensibilidad o desconfianza... Margaret Rose... en la actualidad casada con un multimillonario yanqui...

El tren da una brusca sacudida, se detiene ruidosamente, y cruzan por el pasillo en ese instante gran número de viajeros con su exiguo equipaje en la mano.

...¿Una chocante aventura de amor? ¿Un candoroso e inocente rapto de sentimentalismo? ¿Una excentricidad, entre infantil y enfermiza, de una mujer rica y joven que se aburre? ¿Un propósito secreto, una necesidad urgente y grave de ayuda, insoluble para mí, pero angustiosa e intransferible para ella? ¿Un chantaje? ¿Una cobarde venganza de mis numerosos enemigos...?

Cuando echo pie a tierra, un hombrecillo azafranado se me acerca en el andén de la estación e inquiere mi nombre. Tan luego me identifica toma mi maleta decididamente, invitándome con un gesto a seguirlo. Él delante, yo detrás, cruzamos la sala de espera, descendemos unos peldaños negruzcos y llegamos hasta un espléndido carruaje tirado por un magnífico tronco de caballos blancos.

De la oscuridad total de la noche emergen a ambos lados del camino aisladas luces muy débiles, a cuyo resplandor, sin embargo, el follaje adquiere una vivacidad submarina y misteriosa. Los caballos, en pleno galope, se internan por regiones profundas, inusitadamente sombrías, y cuyo murmullo es en extremo agradable. Las curvas son numerosas, a veces muy pronunciadas, y yo tengo que asirme fuertemente del vehículo a fin de no salir despedido. Percibo, casi a intervalos iguales, el golpe del látigo en el aire. Croan las ranas en un próximo estanque que adivino, desaparecen ocasionalmente los faroles, los caballos aceleran su marcha y, arriba, un puñado de insignificantes estrellas tiembla sobre el cielo cárdeno y compacto.

De pronto, las luces de una casa que a simple vista me parece gigantesca se destacan sobre las copas de los árboles, a regular distancia. Nos detenemos frente a una gran verja, cubierta a tramos por floridas y exuberantes enredaderas. En el edificio —simultáneamente a nuestra llegada— se van apagando las luces, hasta quedar una sola ventana iluminada en la planta alta. Se apea el cochero y yo lo imito, disponiéndome a seguirlo. Enciende una lamparilla eléctrica. Durante diez minutos, más o menos, bordeamos la enorme huerta, bajo una imponente masa de fronda que el viento arrulla blandamente. Una pequeña puerta ojival, empotrada en el espeso muro a manera de cripta, parece ser de momento nuestro destino. Mi acompañante posa la maleta, extrae una llave del bolsillo, introduce ésta en la cerradura y la puerta cede, no sin cierta resistencia. En el interior la luz es escasa, algo amarillenta y titubeante. Ascendemos a tientas a lo largo de una empinada escalera de caracol que trepa hacia las tinieblas. Las paredes desnudas, la ausencia total de mobiliario y cierto olor penetrante a guisos y especias me advierten que nos hallamos en la zona de servicio. Empero, no se escucha ruido o voz alguna, cual si la casa estuviese deshabitada o todos sus moradores durmieran.

Ya arriba, cruzamos un vasto corredor de piedra que cubre una raída alfombra escarlata. Otra puerta que franqueamos. Un pequeño recibidor, totalmente a oscuras, y una puerta más, contra la cual el cochero golpea enérgicamente. Pretendo, a un tiempo, hacer aceptar a éste una propina, dando por terminado mi viaje, pero él rehúsa una vez y otra. Desaparece al cabo con mi equipaje y yo distingo los pasos blandos de alguien que se aproxima en la silenciosa estancia. La puerta, en efecto, se abre, y me encuentro de manos a boca con Margaret Rose Lane en persona.

Margaret Rose —ahora sí recuerdo— exactamente igual a como la conocí hace diez años. Igual de lánguida, de pálida, tal vez un poco más frágil, con sus dos ojos negros, fenomenales —¡no sé cómo haberlos llegado a olvidar tan fácilmente!— y su cabellera negra, lacia, recogida sobre la nuca.

Permanecemos en pie uno frente a otro, en silencio, mirándonos atentamente. Ella esboza una sonrisa y yo, sin explicarme la causa, no encuentro nada oportuno que decir. Lo intento en vano repetidas veces.

—Margaret... —articulo al cabo trabajosamente.

Muy grave, muy aérea, con su bata verde hasta los tobillos, cierra la puerta con llave y me muestra un asiento.

Ocupo el sillón, exageradamente mullido y amplio, del cual emerge mi tronco como el de un exiguo arbusto en una gran zanja. Se sienta ella frente a mí, con una extraña impasibilidad en el rostro. Nos separa una mesita de ajedrez con las piezas listas. Arde —no sé por qué razón en primavera— un fuego gigantesco en la chimenea de piedra. El salón parece inmenso, dando la impresión de hallarse vacío.

—Margaret... —prorrumpo de nuevo; y mi voz es tan lejana que me sorprendo de ser yo mismo quien esté hablando—. ¿Es todo esto acaso un sueño?

Ella sonríe, fijas, fijas sus fenomenales pupilas en mí.

—¿Es esto un sueño? —repito instintivamente, tratando de provocar otra vez aquel terrible eco que se escurre por los muros, casi corpóreo.

Ríe y no habla, tal vez complacida de mi turbación.

Y en efecto: una desazón agudísima, completamente indescifrable, vase apoderando de mí a cada minuto que transcurre. Una sensación por demás extraña, ni de incomodidad o angustia, ni de ansiedad o sobresalto, ni de pavor o desconfianza, sino propiamente de vacío, de inestabilidad o ausencia, como si mi personalidad, pongo por caso, fuese anulada gradualmente por otra personalidad intrusa que ocupara su lugar. Bien como al despertar de un sueño, bien como al entrar en él...

—Margaret —insisto; y del techo se desploma una voz que no es la mía— “Margareet”.

Continúo:

—No sé de qué singular impresión he sido víctima al penetrar en este lugar y encontrarme con usted de nuevo. ¡Discúlpeme! Cuando recibí su carta, hace apenas unos días, me sentí poseído por un vivo afán de recordar, recordar juntos y libremente aquellos lejanos momentos de Italia. Pero ahora, vistas sensatamente las cosas, no sé si deba reprocharme el haber acudido a la cita. No es prudente ser irreflexivo y considero haberlo sido esta vez de sobra...

Ríe, ríe ella, mostrando sus dientes pequeños, cuadrados. Y la risa le agita el cuerpo y se estrella después contra los muros, con un sonido semejante al que produce el granizo golpeando un tejado de lámina.

—No, no es prudente lo que hemos hecho...

No cesa de reír, tapándose el rostro con ambas manos, y estoy a punto de saltar sobre ella para hacer cesar de una vez por todas aquella risa.

—¿Se burla usted de mí? —exclamo reprimiéndome, pero comprendiendo ya que algo más grave y siniestro se esconde tras de aquellos labios convulsos.

Ríe, ríe y me mira, un poco ladeada la cabeza.

—¿Es para esto, Margaret Rose, es para esto para lo que usted me ha hecho venir a su casa? ¿Es para esto...?

Una sobreexcitación inaudita se ha apoderado ya de mí. No acierto a coordinar bien mis reflexiones y mucho menos a buscar un medio juicioso de acallar aquella risa que, penetrándome por los oídos, se derrumba en las tinieblas de mi cuerpo resquebrajándome los nervios.

—¡Basta, basta ya, Margaret! —suplico incorporándome, aunque sin decidirme a ir hasta ella—. Es posible que se halle usted fatigada, un poco enferma... Convendría que se retirara a descansar ¿le parece? ¡Le prometo volver en cuanto usted me lo indique!

Ríe ahora más escandalosamente, examinándome de arriba abajo. Ríe, y aquella catarata de risa que amenaza con no terminar nunca le ha sonrojado levemente las mejillas y llenado de lágrimas los ojos. Ríe, y en la lóbrega intimidad de la estancia aquella boca abierta, crispada, se ilumina intermitentemente con el fulgor de las llamas. Ríe, ríe, mientras me apresto a salir, encaminándome hacia la puerta. Pero de pronto calla. Y un silencio desmesurado, sobrenatural, se extiende en torno mío; un silencio no semejante a ningún otro, que me hace detenerme. Vuelvo el rostro, temiendo encontrarme con un cuerpo exánime sobre la alfombra y me hallo, en cambio, con un semblante hierático, frío, perfectamente inmóvil, sobre un cuello erizado y firme como la punta de una roca. Nos miramos desconfiadamente, tal vez asustados de nosotros mismos. Permanecemos así largo rato, yo al extremo opuesto de la estancia. El silencio o mi sangre zumba. Llamean los leños. Y, maquinalmente, como si aquella extraña personalidad a que he aludido antes actuara ahora sobre mis músculos, hasta tal punto que todo intento de defensa es vano, giro en redondo, vuelvo sobre mis pasos, torno al sillón, y me siento.

Enorme, profundo y alucinante es el silencio que reina.

Pero Margaret Rose echa atrás la cabeza, entrecierra un poco sus fenomenales ojos y musita con una languidez malsana, moviendo rítmicamente los labios:

—¡Esta estúpida risa!

Suspira.

—¡Es horrible esta risa, Mr. X! ¡Horrible horrible esta risa que no sé de dónde me brota...!

Yace inmóvil, con una visible expresión de tristeza, en un completo abandono, dejando fluir las palabras, dulces, acariciantes, dolorosas.

—Horrible horrible, porque en las noches, cuando todos duermen y nadie escucha, la risa anda por ahí suelta, golpeándose contra las puertas siempre cerradas. ¡También son horribles las puertas cerradas, Mr. X!

No sé qué especie de fascinación emana de su rostro, ahora extático.

—Contra una puerta cerrada uno llama ansiosamente y nadie abre... Contra una puerta cerrada no queda nada que hacer: sólo reír, reír, y la risa es un tormento. ¡Mas ni aún así se abre! Podemos dejar allí nuestras entrañas, caer sin sentido o volvernos locos, y no hay una sola mano que empuje la puerta... ¿No es esto detestable, Mr. X?

Más y más su inmovilidad se intensifica, y su mirada se pierde en la bóveda invisible, y sus palabras brotan enervantes, demasiado lentas, como un veneno mortífero aunque de sabor extraordinariamente exquisito.

—¡Esta maldita risa!

Otra vez el silencio insufrible.

Y una idea pavorosa, incomprensiblemente olvidada, se ilumina en mi cerebro. Una idea de cuya naturaleza no había tenido hasta ahora el menor atisbo y que me deja paralizado allí sobre el asiento, en estado poco menos que inconsciente.

—”Margaret Rose Lane había fallecido hace tiempo”.

¿Cuánto? No puedo aclararlo en tan espantosos momentos, pero la certeza de tal hecho no ofrece lugar a dudas. Tal vez cinco años, seis... ¿Acaso no recuerdo muy distintamente el momento preciso de recibir la noticia? Un diario en el club, cierta noche...

—¡Margaret! —exclamo incorporándome bruscamente, con un temblor irreprimible en los labios—. ¡Margaret! ¿Es cierto?

Debió sobrecogerla mi voz, el sudor que me arroyaba por las sienes, mi expresión indudablemente diabólica, porque su actitud es por completo distinta a la adoptada hasta ahora. Se incorpora también, avanza sin ruido —como un verdadero fantasma— y muy próxima a mí, hasta hacerme sentir la tibieza de su aliento, pregunta:

—Mr. X, ¿qué le ocurre? ¿Se siente usted enfermo? ¡Oh, tranquilícese!

—¡Margaret! ¡Margaret! —prorrumpo retrocediendo, tratando de evitar a toda costa el menor contacto con aquel ser abominable—. ¡Dígame la verdad, es preciso!

—¿La verdad? —sonríe muy tristemente y, ante mi creciente anonadamiento, reclina con suavidad su cabeza en mi hombro—. La verdad, Mr. X, es que soy muy desdichada...

Prosigue:

—¡He pensado en usted como no puede imaginarse! —y dos lentas y amargas lágrimas le arroyan hasta los labios, se le desprenden del rostro y saltan sobre mi hombro—. ¡Mi vida pudo haber sido tan distinta...! Pero era aún una chiquilla, ¿me recuerda usted bien? No tuve valor. ¡Oh! Si aquella misma tarde la tierra se hubiera desplomado y todo hubiese concluido en un segundo habría sido mejor...

Llora, llora, y ambos, de pie junto a la lámpara encendida, no somos sino dos seres absurdos, especie de ilusiones, cuya presencia habría sobrecogido al ánimo más templado de la tierra.

—¡Algún día si usted gusta le haré mis confesiones y usted se horrorizará! ¡Qué terrible, oh, qué terrible y espantoso ha sido todo!

Mira con inquietud repentina a todos lados, como temiendo que esté por presentarse aquello de lo que tan desesperadamente habla.

—Cuando subíamos de las catacumbas, sobre el último peldaño de la escalera, usted me ofreció su mano. Era ya dentro de la iglesia... El carmelita aguardaba... Mademoiselle Fournier se había que dado un poco atrás... Yo dije: “Lléveme con usted para siempre, se lo ruego”. Era mi salvación, la única oportunidad de ser realmente libre. Pero el miedo ahogó mi voz y usted no me oyó, Mr. X. Ni al día siguiente, ni después, volví a atreverme; no, no me atreví. ¡Y el drama no tuvo remedio!

Sus cabellos fríos rozándome el rostro y el temblor convulso de sus brazos alrededor de mi cuello son las dos únicas cosas que percibo con mediana realidad. El resto: aquella voz melodiosa y titubeante; el fuego que vomita la chimenea; los muros altos y ennegrecidos; los muebles en las sombras; las lágrimas ya frías sobre mi carne... son testigos confusos y horripilantes del dolor de una mujer infame que sufre sobrehumanamente, con dolores nada parecidos a los de los hombres.

—¡El drama no tuvo remedio! ¡El drama no tuvo remedio! —insiste ciñéndose a mí—. Y otra voz en las alturas, por encima de la gran araña en penumbra, repite melancólicamente: “¡El drama no tuvo remedio!”

Criatura inconsolable, infinitamente desdichada, víctima tal vez de algún tormento monstruoso y secreto, Margaret Rose vacía su alma en mi alma; y yo, progresivamente, sin esperanza, inevitablemente, como un moribundo en su sopor, voy abandonándome al éxtasis, a cierta especie de ebriedad espiritual —no sé si inconsciente o tácita— y a un desmoronamiento físico, típicamente agónico. No obstante, mediante un segundo de lucidez intensísima capaz de iluminar el cerebro de todos los hombres, logro substraerme al hechizo de aquella voz de ultratumba y me desprendo de la mujer con violencia. La arrojo contra el asiento. Cae ella del primer golpe, su débil cuerpo enrollado como un trozo de serpentina. Negros, fenomenales los ojos, fijos en mí sin expresión alguna.

Puedo gritar:

—¡Estás muerta! ¡Estás muerta! ¡No oses moverte más porque estás muerta!

Y ella calla, infinitamente triste, mirándome bien a los ojos, con una mirada tan semejante a la de un perro, que me estremezco.

—¡Estás muerta! ¡Estás muerta! —continúo gritando—. ¡Aparta, porque estás muerta!

De pie, bajo el invisible techo, pregoné mil veces creo durante la noche entera la verdad pavorosa y escalofriante. Y creo también que, durante todo ese tiempo, sus ojos no pestañearon o se movieron, fijos, fijos en mí, fenomenales y negros.

—¡Estás muerta! ¡Estás muerta!

Debió ser un rapto de locura mutua, no sé.

A poco, Margaret Rose tendía graciosamente su mano blanca y larga hacia un alfil del tablero y, haciéndole deslizarse por entre las demás piezas, balbucía tiernamente, con su voz cálida y tranquila:

—Jaque mate.

De nuevo me derrotaba, y de nuevo iniciábamos otra partida.

—Jaque mate —otra vez.

Así repetidas veces.

—¡Oh, Margaret Rose! Juega usted admirablemente.

Y el humo de nuestros dos cigarrillos se mezclaba en la atmósfera pesada, ascendía hasta el techo, formaba bellas nubes ondulantes y se perdía, perfumado y alegre, en las dulces sombras nocturnas.

Y reíamos confiadamente, y evocaba ella con frases interrumpidas tantas y tantas olvidadas reminiscencias: el carmelita austero, de espesos cabellos ensortijados, que pronunciaba el inglés con cierta entonación sollozante; los pinos lánguidos y solitarios de la Vía Apia, semejantes, en los atardeceres romanos, a largas copas de zafiro, rebosantes de un vino denso y escarlata; el Pincio, con sus fuentes espumosas; Santa María la Mayor, San Pietro in Vincoli; el Trevi, el Foro, las negras rejas de encaje... Y las piezas se deslizaban sobre el tablero, gemía muy dulcemente la brisa, asomaba a intervalos la luna, y un bienestar casi voluptuoso me recorría las venas.

No, no logré derrotarla.

—Admirablemente, admirable... —exclamo al fin, dándome por vencido.

Mas, inopinadamente —clarea ya el alba—, Margaret Rose me mira aterrada, pálida como un trozo de mármol. Sus ojos rebasan las órbitas, sus brazos tiemblan convulsamente. No sé qué dentro de ella, como un pájaro endemoniado, comienza a despertar y manifestarse. Chasca los dientes, gime, contrae los músculos del cuello, trata de apartar la mesa con sus piernas rígidas, se endereza un poco, ríe, y, al cabo, lanza un pavoroso grito, increíblemente prolongado que recorre la estancia y después huye por la casa. Fijos, fijos en mí sus fenomenales ojos, parecen no lograr desasirse de algo que los cautiva, que los subyuga, que los espanta y los somete irresistiblemente. Me pongo en pie, sobresaltado, comprendiendo que algo muy grave sucede. La llamo inútilmente por su nombre; la sacudo por los hombros; fríos, fríos están sus brazos y cubierta de sudor su frente...

Ha transcurrido el tiempo y aún aquel grito se enrosca afuera entre los árboles.

—¡Margaret! ¡Margaret Rose! —imploro.

Y los ojos fijos, irracionales.

—¡¡Margaret Rose!!

Suenan pasos cercanos y una puerta se abre. De la penumbra, no sé a través de qué cortinajes o sombras, emerge un hombre en pijama, alto, joven, atlético. Viene descalzo y con los cabellos enmarañados sobre la frente. Justamente conturbado, no repara en mí. Por el contrario, cruza a mi lado a toda prisa, en dirección a la joven. La acaricia, la besa, le ordena unos cabellos sueltos tras de la oreja. Se sienta sobre el brazo del sillón.

—Margaret Rose... Mi pobre Margaret Rose... —le dice persuasiva, doloridamente, pasándole sin cesar la mano por la frente.

—¡Caballero! —me decido a exclamar, con un febril estremecimiento en los párpados.

Mas el hombre continúa sin advertirme, acariciando aquel exangüe y sudoroso cuerpo.

—Margaret Rose, anda a dormir, criatura... Otro día jugarás al ajedrez, ¿te parece? Margaret Rose, obedéceme...

—¡Caballero! —grito por segunda vez, con todas mis fuerzas—. ¡¡Caballero!!

Margaret Rose abre suavemente los ojos y, al verme de pie frente a ella, torna a gritar tan frenéticamente como antes, señalándome con un dedo.

—¡James! ¡Ahí está, ahí...! ¡¡Míralo!!

Y se desploma sin sentido.

Su marido mira hacia donde yo estoy —rozándole casi la espalda— y mueve tristemente la cabeza. Luego, con su esposa en brazos, cruza a mi lado misteriosamente. Así los veo desaparecer, lúgubres, silenciosos, lentos, por entre los cortinajes rojos...

Y yo descubro, alarmado, que no soy ya sino un melancólico y horripilante fantasma.