width=

Ana Clavel
Un arte de la sombra


Nota introductoria
de Hernán Lara
Zavala

Selección
de la autora


VERSIÓN PDF

 


 

Nota introductoria


En defensa de las sombras


Tal es el título del sugerente ensayo del escritor japonés Junichiro Tanizaki que le viene como anillo al dedo a la obra narrativa de Ana Clavel, quien ha buscado su lugar en nuestro medio literario de manera independiente y original pues eligió adentrarse en los territorios de la literatura erótica, desde una visión estrictamente femenina y personal, que no se había dado en términos narrativos en nuestro país.

Si Juan García Ponce se propuso recrear en sus cuentos y novelas las motivaciones lascivas y perversas que, a veces consciente, a veces inconsciente, impulsan al ser humano —como lo hicieran antes D.H. Lawrence, Henry Miller, George Bataille o el mismo Tanizaki—, Ana Clavel asumió una consigna semejante y muy valiente, siguiendo los pasos de Anaïs Nin, Pauline Réage, Simone de Beauvoir y, más recientemente, Alina Reyes. Aproximarse al erotismo desde lo que ella defi ne como “el arte de la sombra”.

Sombra: hermosa palabra que evoca infinidad de posibilidades poéticas y simbólicas. “Amor a las sombras” le llaman a la enfermiza atracción que algunos hombres padecen hacia una mujer que aman compulsivamente pero a la que sólo pueden cortejar a la distancia y de manera anónima, principalmente, a través de cartas y misivas. “Detente sombra de mi bien esquivo”, le dice Sor Juana al amante que va a abandonarla pero que ella conservará gracias al poder de su imaginación. “A la sombra de las muchachas en flor” tituló Proust a la novela cuando Marcel cae en el oscurísimo y angustiante romance con Albertine. “La línea de sombra” le dice Joseph Conrad a la edad en que un hombre deja de ser joven. “Sólo quiero un rincón a la sombra de tu dicha” pide Omar Kayam a su amigo el gran visir en el ensayo de Borges sobre Edward Fitzgerald. “Sombras suele vestir” es parte de un soneto de Góngora del que se sirve José Bianco para incorporar una historia de fantasmas. Tanizaki le atribuye a las sombras el gusto de los japoneses para buscar belleza en la oscuridad. El lado sombrío de la vida tiene que ver con lo secreto, lo prohibido, lo erótico, lo extraño y lo subversivo. Sombra es el reflejo plano y negro de un objeto. Sombra equivale a una doble oscuridad. Los seres sin alma jamás proyectan sombra.

En el texto que abre el presente volumen Ana Clavel busca establecer su “poética”. Soledad, la protagonista, le plantea a su sombra, en términos narrativos, la siguiente pregunta: “¿Cuántos no han tenido que boquear desesperados en las grutas del sexo? ¿A quién le resulta fácil esa angustia de lo propio desconocido? ¿Quién no es juguete del deseo de los otros —y sobre todo, quién no goza siéndolo?”

Para Clavel la poética de las sombras está estrechamente vinculada con el deseo. Sombra y deseo se identifican una con otro pues, como comenta Tanizaki, “La oscuridad no nos molesta, nos resignamos a ello como algo inevitable”, lo cual, traducido a la narrativa de Ana Clavel, sería tanto como decir que la oscuridad (lo prohibido) y el placer (el deseo) no son incompatibles sino más bien complementarios. Y, como en Juan García Ponce, Ana Clavel asume que “hay que dejar que los deseos de tus sombras te invadan” pues para ella es a partir de “la sumisión del objeto como se logra la subversión perfecta: la cristalización de la conciencia y la voluntad de convertirse en imagen y no en cuerpo real, de ser sombra, aura, nube, huella, sueño…”

Por todo lo anterior los textos aquí reunidos forman una amplia gama narrativa de diferentes acercamientos o ensayos en torno a la obsesión que Ana Clavel muestra por las sombras, los deseos, el erotismo, lo prohibido y lo subversivo, a través del arte de la fotografía, el dibujo, la pintura y la literatura. Acaso el texto más provocador en estos términos sea el titulado “El periodo de tiniebla”, en el que la autora se sirve de la metáfora de la vida como una enorme “cámara oscura”. Giotto de Winterthur ciega su cabaña para establecer un mundo de sombras desde cuya oscuridad interior dibuje los hermosos cuerpos desnudos de las mellizas Clara y Elise, capturadas gracias a las artísticas manos del dibujante, quien plasma sus imágenes como acto propiciatorio a la posesión de sus cuerpos.

Luz, oscuridad, realidad, deseo, sueño, alquimia, magia, muñecas y simulacros corporales en torno a lo femenino, a su deleite, a las restricciones, prohibiciones, éxtasis y furores. Esos son algunos de los elementos que el lector encontrará en esta interesante muestra de lo que Tanizaki defi nió simplemente como los “sueños vacuos de un novelista”.

 

  Hernán Lara Zavala

 


 

Un arte de la sombra

 

 

Encontrar la imagen de mi corazón
en las sombras o aquí.

Hӧlderlin

  


En todo corazón hay una llaga
hay una flor, hay una zona
de denso follaje y sombra…

Adriana Díaz Enciso

  


Es infinitamente preferible, en un lugar como ése,
velar todo con una difusa penumbra y dejar que apenas
se vislumbre el límite entre lo que está limpio
y lo que lo está algo menos.

Tanizaki

  





Apuntes para una poética de las sombras


Cuando Soledad salió del jarrón y descubrió que nadie podía verla, se le ocurrieron ideas disparatadas: tan pronto se metió a la Librería Francesa para llevarse un libro de fotografías que desde hacía años quería tener, como se paró frente a un policía gordo que dirigía el tráfico en Reforma y se puso a insultarlo. El policía buscó a su alrededor; miró con suspicacia los semáforos, los automovilistas, las nubes pero al no encontrar al responsable de las voces, terminó por pedir ayuda a un compañero. “Ya me cargó el diablo —le dijo—, llévame a un hospital.”

Mientras los uniformados se alejaban en la patrulla, Soledad se miró a sí misma plantada sobre el camellón de Reforma. Ni una pizca de sombra se escapaba de sus talones. Entonces pensó en Lucía y en las palabras que le dijo cuando la invitó a seguirla adentro del jarrón: “Se trata de tu deseo más secreto. Anda, vamos juntas”. Y como Soledad tenía una larga historia con los deseos le brillaron las ansias pero dudó: los deseos eran monedas extrañas que, una vez lanzadas al aire, se cumplían conforme a designios secretos y desconocidos hasta para quien los formulaba. Por eso sintió curiosidad y quiso saber a qué se refería Lucía con aquello de su deseo más secreto. Sólo había que decidirse a saltar: después de todo ¿qué tanto podía perder si se sentía perdida? Todo podía ser ahora tan sencillo: dar un brinco al interior del jarrón chino, como cuando Lucía y ella eran niñas, cruzar el laberinto de paredes rojizas y alcanzarla antes de que se adentrara en el sueño del dragón que dormía en su centro.

Por eso cuando salió del jarrón y descubrió que nadie podía verla, sin una pizca de sombra que se escapara de sus talones, creyó que habitaba una de las historias que desde niña le gustaba contarse... O quizá todo se debiera al sol, que se hallara en su punto más alto y ningún cuerpo tuviera sombra. Pero no, un sol oblicuo caía sobre la ciudad de México, en una de esas tardes de transparencia luminosa que cada vez se volvían menos frecuentes. Soledad miró a su alrededor: aletargada, la avenida Reforma bostezaba durante el intervalo de un semáforo. A su izquierda la columna dorada del Ángel, como una espiga que tocara el cielo; a su derecha, en lo alto de un cerro, el Castillo de Chapultepec. Frente a ella, los hoteles de lujo y los edificios más modernos de la zona. Pero por más inaccesibles que fueran unos y otros, mientras durara aquel sueño, sólo bastaría con franquear los sitios prohibidos, hacer a un lado los cordones, las vallas, las puertas clausuradas o simplemente estirar la mano y tomar lo que deseara. La invadió una sensación de plenitud. Recordó que aún traía el libro de fotografías consigo. Un libro para mirar las nubes... Se disponía a hojearlo cuando terminó el bostezo y el tráfi co y el deambular de la gente se reanudaron. Un muchacho de lentes tropezó con ella y Soledad soltó el libro de fotografías que fue a caer en el arroyo de autos. Uno tras otro, los automóviles que circulaban por Reforma aplastaron el primer hurto de Soledad.

***

Soledad no podía entender por qué a ella y no a los otros u otras. Vidas cruentas, tortuosas, difíciles abundan que siempre hay uno más roto que la descosida, de donde se colige que esto de la vida es una la bor del deshilván. Aunque también es cierto que es uno mismo, con sus tejidos ralos y compactos, dicen, quien dibuja el perfil de su propia sombra. Pero el pasado de Soledad, la suma y la resta, multiplicación y división de factores, no los inventó ella, o no del todo. Por eso es que para saber qué camino seguirían sus huellas sin pasos, recurre al pasado y husmea entre sus recuerdos —verdaderas instantáneas fotográficas— antes de que, como ella misma, terminen por velarse. Lo prodigioso de estas instantáneas es que a pesar del polvo y lo amarillentas basta con que se acomoden en ese ojo especial de la memoria para que las imágenes fijas se sucedan una tras otra. Fotograma tras fotograma una escena se ambienta ahora. Hay un edificio de ladrillos donde vivía la amiga de Soledad, Rosa Bianco, a media cuadra de su casa; en él, largos pasillos comunican unos departamentos con otros, y entre piso y piso, muchas escaleras. Soledad rectifica el encuadre: una escalera, la que conducía al departamento de Rosa. Pero esta escena, donde aparecerán una niña que es Soledad misma y un hombre que siempre será Desconocido, se originó en exteriores, una miscelánea, la calle, la mirada cruzada entre dos que se reconocieron, una veloz historia de seducción y escarceo que condujo al hombre y a la niña al cubo penumbroso de la escalera que a su vez conducía al departamento de Rosa con quien esa niña solía jugar un lenguaje de labios y manos que casi siempre la conducían al rincón oscuro de un clóset donde era más fácil refugiar la culpa.

Pero el punto de partida era la escalera. Con la escasa luz, Sol enfoca las siluetas dispares de esta niña y este hombre que se inclina para susurrarle algo al oído y al mismo tiempo besarle la mejilla, que levanta el faldón de su vestido de por sí muy corto, e introduce una mano húmeda (en realidad, menos húmeda que el mullido colchoncito que guardan los calzones de la niña).

Antes de continuar (se agolpan el semblante excitado del hombre, los ojos brillantes de la niña, las monedas plateadas que el hombre le ofrece), Soledad se resiste a creer del todo que esta escena sea determinante. A ver, se pregunta a solas con su sombra, ¿cuántos no han tenido que boquear desesperados en las grutas del sexo? ¿A quién le resulta fácil esa angustia por lo propio desconocido? ¿Quién no es juguete del deseo de los otros? Y, sobre todo, ¿quién no goza siéndolo? ¿O acaso no fue esto lo que les pasó a Soledad y al Desconocido cuando, más allá de un juicio basado en la diferencia de edades que lo incriminaría a él, fue ella la que le señaló el camino para que la siguiera, para que después, frente a sus piernas, y luego, él frente a las suyas, la iniciara en el goce de su cuerpo, presagiado desde aquella mirada en la miscelánea?

 
De Los deseos y su sombra (2000)  

 

 


 

Lección de tinieblas #2

   

¿Quién dice que una pasión amorosa no puede chuparte el alma, sorberte la voluntad y adelgazarte hasta desaparecer? Al menos, antes de conocer a Péter, Soledad así lo creía, o creía que ese estado era una apariencia, un disfraz que los apasionados se ponían para consagrarse más y más en el rito del amor. O sea que lo consideraba como una rosa de la voluntad a la que en cualquier momento se podría cortar. Debió haber recordado el momento en que conoció a Péter, aquel desasosiego, esa ceguera repentina que la hizo trastabillar hacia adentro y descubrir —tal vez con más gozo que terror— los movimientos pesados y abisales del dragón.

...

Permaneció en el hotel adonde pasó sus últimos días con Péter. Entonces Soledad había creído que aquello era una estación previa al paraíso. ¿Qué clase de felicidad esperaba encontrar en aquel proyectado viaje a Budapest, del que sólo mucho después entendió que había fraguado ella sola y no con Péter? En aquellas ocasiones, mientras Sol hablaba sobre el viaje que emprenderían juntos, él sólo escuchaba —o parecía escuchar—, mesándose la barba oscura y ejercitándose en un juego particular que desde niño practicaba: darle la vuelta a los objetos sin tocarlos, imaginarlos justo en la parte donde no podía verlos, ese lado de sombra oculto a la mirada que ejercía tanta fascinación en él.

Soledad recordó un día en que le hizo unas tomas en ese mismo hotel. Les habían dado un cuarto con vista a la calle, pero Péter pidió aquella habitación oscura cuyas dos ventanas circulares recordaban las claraboyas de un barco. Apenas se quedaron solos, Péter le indicó con un gesto que se desvistiera. A su vez, desvistió la cámara y el fotómetro de sus respectivos estuches. Sol lo veía hacer y disponer con ese aire de dueño y señor con que se plantaba en cualquier lugar del mundo. Desde ahí, desde aquella cima adonde se colocaba para contemplar el mundo, Péter descubría de pronto que su voluntad indiferente obraba efectos y se sorprendía de ello: observó el cuadro que tenía enfrente, la luz cortante de las claraboyas rasgando la penumbra, violentando en pequeñísimas colisiones ese camarote transformado repentinamente por su mirada en el centro del universo, y un poco más allá, una mujer desnuda que a su vez lo observaba. Soledad percibió por primera vez aquel juego de sombras y tanteos que tanto disfrutaba Péter sin mover un dedo, sólo la vista ejercitada. Era como si su mirada no se detuviera en las partes visibles de su cuerpo, sino que la acariciara también en esas zonas ocultas a sus ojos. Turbada, se atrevió a preguntarle:

—Péter, ¿cómo es la luz en Hungría?

Sorprendido, detuvo aquellos dedos con que sin tocarla le recorría el cuello, los hombros, la espalda, las nalgas.

—¿Qué? —alcanzó a proferir Péter, irritado.

En vez de regresar al silencio como a todas luces convenía, Soledad sólo atinó a modificar la pregunta.

—Tu casa en Hungría, ¿tiene mucha luz?

Péter la jaló del brazo y la llevó al chorro de luz.

—Las niñas inteligentes sólo hablan si tienen cosas importantes que decir —le dijo, mientras la luz de la claraboya le cruzaba la cara a Soledad.

Midió la luz y se alejó para disparar la cámara. Era evidente el enojo de Péter y la muchacha no pudo evitar sentirse culpable. Bajó la vista y los hombros y entonces el haz de luz le cayó en la nuca.

—Así, así... sin moverse —le indicó Péter con una voz que era también una súplica.

Después de tomarle varias fotos la cambió de lugar. Ahora la luz cortaba el vientre de Soledad. Péter estaba a punto de alejarse, cuando se volvió para acomodarle un mechón de pelo; luego pasó esa misma mano por el hueco de sus nalgas. El placer fue tan repentino que Soledad tragó aire por la boca. Escuchó el clic del fotómetro a sus espaldas. Péter medía la luz en su mitad ensombrecida. Decidió hacerle la foto por detrás. Se alejó unos pasos y terminó el rollo antes de acercarse de nuevo. Puso delante de Soledad una silla y le indicó que se apoyara. La luz le pegaba ahora en el rostro y por la posición le atravesaba el cuerpo como una fl echa luminosa. Las manos de Péter en su espalda se alejaron unos centímetros y luego tornaron a acariciarla. Soledad creyó entender que tocaba la luz.

—Adoro tu piel, csillagom. Es luminosa y transparente —dijo Péter antes de someterla.

 

NOTAS PARA EL DISEÑO DE UNA SOMBRA

Toma un cuerpo cualquiera y somételo a diferentes
climas, temperaturas, intensidades, emociones (toda
gradación es proporcional a estricto grado de super
vivencia)... El resultado será una sombra iluminada,
perfecta en obediencia y condición.

Luego hablaré de la transparencia y las sombras.
Lo visible y lo no-visible, lo que tiene sentido y lo
que no.

...

Al pensar con luz has de considerar las sombras y la penumbra: el contorno de un cuerpo se distingue de su fondo en la medida en que una voluntad íntima y secreta palpita en el objeto negándose a morir del todo, a ser visto —tocado— del todo. Pero sólo sumergiéndolo en la niebla, la ceguera, provocándole esos estados del ser resultados del extravío... Cuando la inquietud cierra su diafragma para disminuir la intensidad respiratoria y se concentra en la desesperación (lo mismo por un exceso de fuentes especulares high-love que de una ausencia cold-key) rayana en las tinieblas. Así conseguirás el párpado de la noche. El filo instantáneo y mortal como la mirada amante de Medusa que te preña de una inmortalidad al fi n reencontrada.

De esto descubrirás que toda mirada es amorosa y contiene la muerte. Sólo las sombras hacen luz en el alma.

...

Escrita con luz y sombras, el origen de la fotografía es el de la memoria: perpetuar la imagen amada, invocar la anulación del tiempo y el olvido. Camino al mundo de lo visible descubrió Orfeo que Eurídice no era más que una encarnación de su deseo. Por eso la miró antes de tiempo: para recuperarla en el recuerdo y su invención permanente.

...

El aprendiz de sombras debe, por tanto, perseverar en los procesos de ensombrecimiento de los objetos deseados. Someter la voluntad más secreta. Capturar las líneas de fuerza que establecen la organización del conjunto. Determinar los recorridos de la visión y conseguir así, en la superficie argentada del papel, cercenada pero aún palpitante, el alba oscura de las cosas. (Sólo así podrá atenuar la tiranía que su deseo —hambre oscura y profunda— le impone.)

...

Existen técnicas para la manipulación física del modelo: deformaciones por gran angular, solarizaciones, película infrarroja, descomposición del movimiento continuo, efecto fl ou, destrucción del grado visible, todas ellas aumentan posibilidades experimentales creativas. Pero es a partir de la sumisión del objeto como se logra la subversión perfecta: la cristalización de la conciencia y la voluntad de convertirse en imagen y no cuerpo real, de ser sombra, aura, nube, huella, sueño...

...

(La fotografía es el espejo donde se refl ejan nuestros deseos: eternidad. Hay fotos fulgurantes que nos señalan como el dedo de Dios. ¿Y la fotografía experimental y abstracta? Lo mismo. Es resultado de nuestros recuerdos futuros. Los sueños y otra vez los deseos que aún no apetecemos pero que nos eligen como propios.)


De Los deseos y su sombra (2000) 

 

 


 

Penumbria y la fotografía

 

1

“El hombre es el sueño de una sombra”, solía decir Raimundo para explicar situaciones desconcertantes provocadas por el comportamiento humano. La frase la había tomado de un poema de Píndaro, un poeta griego de la época clásica a quien descubrió siendo muy joven. Al principio le había llamado la atención porque le recordaba algunas de las visiones delirantes que tuvo cuando, adolescente, cayó inesperadamente enfermo de sarampión. Entonces la fi ebre lo abatió durante días y lo mantuvo en un estado límite entre la vigilia y el sueño:

“Una zona de penumbra donde la realidad se desenfocaba de sus coordenadas habituales para dar cabida a un mundo susurrante, poblado por sombras que se movían entre contornos y perfiles difusos. En semejante trance, mi madre que me llevaba una charola con alimentos, o el doctor que me visitaba, no eran sino el reflejo de otros seres que se movían con más libertad: mientras mi madre y el doctor actuaban con mesura y contención, sus sombras tenían un altercado que rayaba en lo cómico: en un momento determinado la sombra-madre había intentado ahorcar a la sombra-doctor y ésta, a su vez, apenas pudo liberarse, se ponía a golpear a la otra con el estetoscopio. Lo curioso es que yo me veía a mí mismo como una sombra yaciente en la que sólo mis manos conservaban la corporeidad y el colorido habituales. Sabía, con esa certeza inexplicable de los sueños, que cuando mis manos terminaran por ensombrecerse estaría muerto, pero por extraño que parezca eso no me entristecía. En otras visiones, las sombras habían invadido mi cuarto. Me levantaba con una levedad inusual y cruzaba la habitación en pos de una fuente luminosa, semejante a un arco iris que se hallaba al fondo. La fuente ocupaba el lugar donde antes se hallaba un espejo. Y entonces, al asomarme en ella, me descubría a mí mismo y al cuarto reflejados como los conocía diariamente. Probaba a acercar mis dedos de contornos grises y ahí, duplicados, aparecían otros dedos en una escala cromática amplísima pero tan pronto alejaba la mano y la acercaba a otros objetos, descubría una sensación inusitada de poderío: yo era yo y a la vez todos los otros contornos que mi sombra abarcaba. Y, al fundirse, percibía un murmullo, una vibración tenue que cada objeto parecía exhalar.

“Nunca supe después si lo había soñado o si en verdad había sucedido. Una tarde recibí la visita de una amiga de la secundaria. Su uniforme azul era una isla de luz entre las sombras y cuando tendí mi brazo hacia ella sentí una completa conmoción pues al tocarla pude percibir que me apoderaba de sus sonidos corporales, del chasquido de su lengua —ella mascaba un chicle—, de la fruición de la entrepierna. Pero además descubrí que Leylha, así se llamaba mi amiga, exhalaba en aquel momento una tonadilla de carrusel.

“Creo que le pregunté algo al respecto en medio del sopor que todavía me tenía rendido. Y Leylha, azorada, me contestó en un susurro:

“—Será porque hoy me fui de pinta. Nos subimos a los caballitos —me confió y luego agregó con una sonrisa tímida—. Me gustan mucho los carruseles. Ya sé que son para bebés pero no se lo digas a nadie.

“Cuando me recuperé por fin, vi otras veces a Leylha pero no le mencioné el asunto. Me costó trabajo reasumir los límites habituales sobre todo en el periodo de convalecencia. A veces el filo de una sombra, una silueta que se perfilaba en movimiento por la luz de un faro de automóvil, me devolvían jirones de aquella zona indeterminada. No hablé del tema con nadie en aquella época pero siempre guardé el recuerdo de ese primer tránsito y la invasión de Penumbria, como años después llamé al reino indefi nido y poderoso de las sombras.

“A lo largo de mi vida tuve oportunidad de otros encuentros. Libros, fotografías, películas, cuadros, calles, habitaciones se obstinaban en leer para mí mensajes velados. Eran momentos de revelación en los que descubría encuadres sorprendentes, de una belleza extraña y palpitante, como un corazón secreto. No resultó extraño que a los pocos años del sarampión me decidiera por la fotografía. Recuerdo el día con nitidez: mi padre había decidido abandonarnos a mi madre, a mis dos hermanos y a mí sin ninguna explicación. Tenía entonces dieciséis años y entré al despacho de mi padre para constatar sus vestigios: una pipa, sus expedientes de contador, una cámara fotográfi ca que rara vez usaba.

“Con la cámara al hombro me hundí en el centro de la ciudad. Tomé fotos al azar, sin poner demasiada atención en los objetos que captaba. Me topé con una librería de viejo y caminé por el laberinto de libros sin buscar nada en especial. Cansado, regresaba sobre mis pasos cuando descubrí uno peculiar. En la portada, una sombra de mujer delineaba con la punta de su dedo índice el cuerpo naciente, todavía inconcluso, de un hombre. Abrí el libro y encontré la frase de Píndaro. Entonces supe lo que de alguna forma ya sabía sobre mi padre: que ahora sus sombras lo guiaban por nuevos caminos. Compré el libro. Por supuesto, se trataba de un libro sobre el arte de la fotografía.”


2

—Entonces, ¿no te molesta que salga con Malva? —preguntó Antonia convertido en Antón tras unos minutos de silencio, luego de haber escuchado el episodio de las fiebres de Raimundo, el abandono del padre, la historia de Penumbria y la frase de Píndaro que, por contradictorio que parezca, entendía sin terminar de entender.

—No... De hecho, me quitas un problema de encima. Malva, como la mayoría de las mujeres, es muy demandante. Y para demandas y peticiones, ya tengo con mis sombras y la fotografía. Además, aún no nace la mujer que me haga apartarme de un amigo.

Habían estado revelando negativos toda la mañana en el cuarto oscuro y, en una pausa, mientras esperaban que secaran las últimas impresiones, salieron al balcón del departamento de Raimundo a fumar y refrescarse. Antonia aún traía en los ojos la imagen emergente de un urinario que había tomado en el Palacio de Bellas Artes. Lubricado en el borde inferior por efecto del flash, el mingitorio insinuaba los labios de un pubis, ávidos por ser poseídos.

No había podido reprimir un temblor en todo el cuerpo cuando la imagen comenzó a desflorarse entre el fluido de los químicos. Raimundo también se mostró fascinado con esa fotografía.


 


—Es maravillosa... Pero no debes olvidarlo, Antón: es un regalo del reino de las sombras. La fotografía es el encuentro de una sombra con una posibilidad de ser, el momento en que deja atrás lo indeterminado e informe para iluminarse y adquirir cuerpo y defi nición. Por eso las sombras son siempre entidades deseantes. Nosotros, cuando deseamos, nos convertimos en sombras. Sombras del deseo. ¿Desde cuándo empezaste tú a desear a Malva?


3

¿Cómo había sido perderse en su deseo?, se preguntaba Antonia/Antón. En un naufragio la embarcación se hunde o se destruye por la violencia de los elementos y, sin embargo, a los sobrevivientes, a los que no perecen en él, se les llama náufragos. Ahora era náufrago de una mujer. Náufrago de Malva. Y es que cuando tuvo a Malva entre sus brazos, temblorosa como un capullo recién cortado, sintió que, más que dueño y señor, se perdía y se abandonaba, que todo él se fundía en una fuerza de arrastre que lo impulsaba a seguir adelante, arrojarse al mar, despojarse de ser quien era y quien no era, de todas las dudas, de todas las certezas, y abrirse paso, a brazo enhiesto, a corazón partido, a sexo batiente.


4

Pero el asunto de Penumbria resultó ser mucho más importante en la vida de Raimundo de lo que a primera vista llegó a creer Antonia. De pronto las piezas empezaron a encajar: las marionetas del teatro de sombras javanés que presidían la decoración de la estancia de su departamento, las reproducciones de fotografías famosas que enfilaban el corredor por donde se llegaba al cuarto oscuro y en las que un artista como Claude Monet había captado su propia sombra refl ejada en un estanque de nenúfares, o el insólito autorretrato de André Kertész donde puede apreciarse el perfi l de su sombra en el acto de fotografiarse a sí misma y a la sombra del trípode y la cámara empleados... Eran imágenes donde sólo las sombras aparecían como protagonistas y los cuerpos, fuera de cuadro, quedaban en la sombra... A ello había que agregar los propios trabajos de Raimundo Ventura, algunos de los cuales forman parte de acervos como los del Centro de la Imagen de la ciudad de México y el International Center of Photography de Nueva York. Antonia sólo pudo conocer las series más recientes: fotografías de una belleza singular donde los rostros y los cuerpos se muestran en el tránsito de convertirse en sombras no sólo por la penumbra invasiva de los espacios sino, más bien, porque transpiran pasiones puras y sedientas: la inocencia de ser puestos a la luz reveladora de un ojo implacable. Translúcidos, con un halo luminoso y refulgente, irradiando una fuerza concentrada y cristalina, los personajes y objetos fotografiados por Raimundo Ventura parecían rasgar un velo oculto y asomarse a veces con timidez incitante, otras sin piedad.

En el altar que Raimundo tenía montado en una de las habitaciones, una imagen de las Ánimas del Purgatorio se destacaba por encima de varias fotografías y retratos. Al centro llameaba una vasija con aceite y pabilo que el fotógrafo siempre tenía cuidado de alimentar. Ahí acudía Raimundo todas las mañanas para encomendarse a sus sombras y, cuando se proponía algún proyecto en particular, pedirles permiso para trabajar invocando a manera de oración una frase que, escrita en tinta plateada, serpenteaba en una tira de papel al pie de la imagen de las Ánimas: “Déjame ser una sombra entre tus manos”.

La primera vez que Antonia vio el altar se sintió tocada por aquella frase cuyo significado no entendía del todo. Raimundo, a unos pasos de ella, percibió su atracción y se animó a revelarle:

—Es la plegaria que invocan los penitentes de Java cuando, cansados de que la vida no cumpla sus deseos, descubren en el sometimiento la verdadera felicidad. ¿No te parece maravilloso, Antón? Cuando comienzo un proyecto diferente, cuando salgo con la cámara al mundo, cuando inicio una nueva relación, no es otra la frase que repito.

—¿Dejar los deseos a un lado? —preguntó Antonia.

—Por el contrario, dejar que los deseos de tus sombras te invadan. Por otra parte, no hay más posibilidad. Tú crees llevar las riendas de tu vida, pero ¿acaso no has sentido alguna vez que deseos desconocidos se te imponen?

Antonia no pudo dejar de considerar las palabras de Raimundo. ¿Era posible que la metamorfosis que la tenía viviendo en el cuerpo de un hombre se debiera al poder de las sombras?

—Penumbria está en todas partes, Antón, y sólo basta un murmullo para que las veladuras se abran y por ahí se cuele un rayo de... oscuridad...


De Cuerpo náufrago (2005) 

 

 


 

No será eterna esta noche

 

IV

Mirándola con la atención suficiente, una herida bien puede ser una flor abierta o una boca que manda besos cárdenos en el aire. O lo que es igual: Violeta sentada en las piernas de su madre en una fotografía que yo mismo le tomé hace casi veinte años. Recién bañada, envuelta en una toalla que poco cubría su cuerpo de escasos cinco años, Violeta extendía hacia mí sus brazos y sus labios infantiles en un reclamo de cercanía inusual pues en esa época todavía continuaba prefiriendo el regazo de su madre. Ella misma, para mí, se había convertido en un corte, una desgarradura demasiado viva en la relación con Helena. Y es que Helena no volvió a ser la misma desde que la dio a luz. Se olvidó de mí y de las Violetas, como si sólo hubiéramos sido el ensayo, el pretexto para su maternidad unívoca e irrevocable. A su modo, también a ella habían comenzado a habitarla sus propias sombras. Pero entonces eran sombras más o menos misericordiosas que aún la mantenían cerca de mí, aunque cada vez se apartara más de mis labios toda vez que intentaba beberla, y se alejara de mis manos si me esforzaba en tomarla.

Por supuesto me refugié en la fábrica y en las muñecas. También en los libros y en las películas silentes que siempre habían ejercido en mí una fascinación inquietante. A estas últimas acudía muchas veces en compañía de Klaus, que también las disfrutaba con fruición, a un cinematógrafo de la zona sur. De los primeros, revisaba sobre todo libros de fotografía, de pintura y de anatomía. Pero en este terreno, aunque de sobra conocía las coincidencias con mi socio y amigo, prefería hacer mis propias incursiones. De hecho, nunca revisamos juntos un libro de Bellmer o un tratado circulatorio de la sangre. En ese terreno, si algo había que mostrar, recurríamos a la mesa de diseño de Klaus que albergaba toda suerte de plumillas, puntas, estilógrafos en permanente estado de alerta. Ahí, en el espacio siempre despejado de su centro, como un cuerpo disectado, colocábamos el volumen patiabierto con la imagen

o el texto de referencia. Para que cada quien, en solitario, lo contemplara. Fue así, durante aquellos días en que Helena y Violeta me apartaban, que conocí la historia de la hija de Butades: una muchacha de Corinto que, en su intento por preservar la imagen del amado que partía, se aplicó a delinear en la pared, a la luz de una vela, su sombra fugitiva. El amado, por supuesto, partió y jamás regresó, pero de ese gesto que delineaba una sombra, de un deseo imposible, explicaban en el libro, surgiría a la postre el arte de la pintura. (Sólo que en el cuadro que acompañaba a la leyenda a manera de ilustración, la hija de Butades, obsesionada por su propia pasión, se había convertido en una sombra, más opaca y oscura que aquella otra que su mano delineaba.) Y no pude evitar acordarme de Tántalo y pensar en todos esos intentos que se construyen —aun sin saberlo— para acercarnos al cuerpo de nuestro deseo. El “cuerpo” porque siempre se trata de la materialidad del deseo, su huella física: si pienso en la Helena de los primeros años de nuestro matrimonio cuando sin duda todavía me amaba, vuelvo a oler el aroma de madreselvas que se ponía en la hondonada de su vientre. Y de ahí, al cuadro completo: la secuencia silente donde Helena entra a la recámara de Violeta aún pequeña una noche tibia, dejando en el aire de las escaleras la huella penetrante de su perfume ya mezclado con el olor a madera húmeda de su sexo. “Madreselvas y madera”, pensaba cuando, tras seguirla con la nariz como guía en la oscuridad, me senté a esperarla al pie de la escalera. Tardó más de lo que había prometido —Violeta había despertado y Helena canturreó en su oído hasta que se quedó dormida— y por eso, ya adormecido yo también, me escuchó repetir: “Madreselvas y madera.”

—¿Sabes tú que cada sexo de mujer tiene un olor diferente? —me confesó ella de improviso.

—¿Y tú cómo lo sabes? —le pregunté seducido por ese desplante de mujer experimentada que entonces creí muestra de ingenuidad y coquetería y, sin poder resistirlo, comencé a besarla en la oscuridad.

—No lo sé, pero lo sé —me contestó fi rme y luego acalló un gemido de desaprobación pero también de goce ante mi urgencia.

Desde entonces las primeras Violetas comenzaron a oler: una fragancia sutil e imperceptible de esencias unas veces puras y otras entremezcladas. Eran los primeros ensayos. Jacinto, el hijo de aquel don Gabriel que trabajara con mi padre, se mostraba al principio renuente a las novedades pero al fi nal cedía hechizado por aquellas fragantes y tiernas pieles recién nacidas de sus manos.

Con la primera Violeta prohibida fue diferente: ésa olía como el modelo original. Un olor todavía indeciso que ya había percibido en la Violeta de doce años cuando me besaba para despedirse y regresar al internado del que sólo volvía como una promesa quincenal. Durante meses luché y me resistí a hurgar entre las prendas que dejaba en el cesto de ropa sucia esos fi nes de semana. Helena nos había abandonado a los dos desde el verano anterior. Inesperada, súbitamente, viviendo de lleno del lado de sus sombras. Tal vez debí escudriñar en el clóset donde durante meses permaneció su ropa colgada fantasmalmente. En vez de eso, me dirigí un día al baño de Violeta y ahí encontré los vestigios de su esencia resuelta en ninfa: un aroma tenue a bosque y a miel. Y entonces anticipé el sueño por el que he vivido, el recuerdo de esa herida en el que podría resumirse mi existencia.


V

Quiero repetirlo una vez más: mi crimen no es del todo un crimen —aunque tampoco, lo reconozco, puedo declararme inocente. ¿O es que acaso alguien se atrevería a condenar al artista Hans Bellmer por haber soñado sus muñecas? Por más que los optimistas y los ingenuos —incluidos esos dementes que se hacen llamar fieles de la Hermandad de la Luz Eterna— se obstinen en creer que únicamente estamos hechos de luz divina, tendrían que recordar un poco sus propios sueños para confesarse la espesura de la tiniebla que los habita. El placer que en esos dominios de la sombra puede producir el que unas manos desconocidas serruchen nuestra carne en una operación silenciosa y sin dolor. O el delirio de observar que alguien persigue a uno de nuestros seres amados para, después de acorralarlo, abandonarse al instinto carnicero de rebanarlo en cortes tan delgados que incluso la sangre, cuajada en gotas milimétricas, casi se sonrosa o incluso se transparenta —y temblar empavorecidos y afiebrados al descubrir que no sólo no hemos acudido en su auxilio, sino que ha sido nuestra propia sombra, arrebatada de un furor que creíamos desconocer, quien ha perpetrado tal crimen. ¿O es que acaso ese tipo de delirios solamente los tenemos unos cuantos a los que entonces debieran apartarnos del resto de los hombres en calidad de seres abominables? Porque, por ejemplo, nunca con Klaus nos hemos sentado como chicos que intercambiaran estampas para hacer el recuento de nuestros sueños, pero juraría que tanto él como Bellmer, como otros que no menciono ahora, se han sumergido al dormir en ciénagas espesas y turbias que al despertar apuran con el primer parpadeo y que nada tienen que ver con la imagen bobalicona de la bondad o la inocencia. Y juraría que también muchos de los que lean estas palabras han tenido sueños viles, aunque no se atrevan a confesárselo ni a sí mismos. Entonces, ¿a santo de qué ponernos máscaras angélicas y fi ngirnos sin culpa? Claro, en una parte disimular que nada pasa (que nada nos pasa, nos atraviesa, murmura a través de nosotros, nos surca) se vuelve necesario como el aceite que permite que los engranes se muevan en una pesada maquinaria. ¿Pero escandalizarse por lo que de oscuro y prohibido compartimos todos de una u otra manera? Aunque bien es cierto que sólo he hablado de sueños de hombres. No los de esa otra especie indescifrable que guarda sus secretos en el cofre de su vientre: esos seres de cerradura insomne que son las Violetas, mi Violeta, Helena, Isabel.


VI

Alguna feminista me acusará de equiparar a las mujeres con muñecas, de reducirlas a su esencia de

objeto ritual. Por el contrario. Las Violetas siempre aspiraron a convertirse en mujeres. Mujeres muy peculiares, por cierto: en tamaño natural, de cuerpos tiernos y virginales, las Violetas fueron eternas niñas pubescentes en el incierto cruce de los reinos aéreo y terrenal: sólo había que mirarles los ojos de guiños acuosos, más que por los iris vidriados, por la desilusión de no ser tocadas cuando el hombre que las había comprado se resistía a jugar con ellas, para entenderlo.

Que sangraran, entre otras propiedades físicas como el calor corporal y la textura aduraznada de la piel general, las hacía particularmente codiciables a los ojos de aquellos hombres que, intuyendo el fondo oscuro de sus sueños, encontraron en las Violetas la esperanza de consumar una violación silenciosa… sin consecuencias. Y su sangre virgen de cálices recién abiertos en la punta del deseo, también las hacía particularmente distintas a ese antecedente que ahora podría, no sin sorprenderme del azar recurrente de esta neobotánica del deseo, clasifi car como una suerte de “familia de muñecas-fl ores del mal”: las Hortensias. En aquel momento ni Klaus ni yo habíamos oído hablar de las Hortensias, ni conocíamos nada de su creador: un tal Horacio Hernández, medio hermano de un escritor del Uruguay que antes había sido pianista itinerante: Felisberto Hernández, de quien con gran dificultad conseguí un libro impreso en 1947 en una librería de viejo perdida en el centro de la ciudad. Ignoro si el arte siguió a la vida,

o si fue la vida la que se obstinó en parecerse al arte, es decir, si Horacio, tocado por los relatos delirantes y sonámbulos del hermano, llevó a la práctica la fabri cación de aquellas Hortensias, calificadas por la prensa de la época como “nueva falsifi cación del pecado original”. Pero también pudo ser que fuera el otro, el escritor Felisberto, quien consignara los delirios y manías del medio hermano en ese relato titulado Las Hortensias, del que sólo se conserva el nombre pues la edición entera sucumbió en las llamas de un incendio que arrasó la imprenta de un barrio de Montevideo, donde el medio hermano de Horacio había depositado el único original que poseía para su impresión. (Hay una versión taquigráfica que el escritor Felisberto reconstruyó poco antes de su muerte en 1964, pero como tantas de las excentricidades de los hermanos, está escrita en una taquigrafía inventada —de qué o de quiénes se protegía, me debí haber preguntado entonces— que aún no ha podido ser descifrada del todo. Los estudiosos de la obra del escritor uruguayo en Universität Regensburg han hecho adelantos y prometieron una edición íntegra de Las Hortensias para el próximo año, aunque no estoy para nada seguro de llegar a leerla, si es que consiguen publicarla.)

Pero entonces yo no sabía nada de los hermanos Hernández. Tuve el primer contacto con H.H. cuando ya las Violetas eran solicitadas desde lugares tan disímbolos como New Haven y Turkestán, y no nos dábamos abasto con su producción selecta. Entonces, en una caja de madera semejante a las que usaban nuestras Violetas para viajar, recibí un envío procedente de Santa Lucía del Uruguay. Creí que se trataba de una devolución por algún desperfecto, aunque no recordaba ningún destinatario en esas latitudes, y estaba a punto de pasársela a Jacinto para que se hiciera cargo de las reparaciones, cuando descubrí diferencias en la veta de la madera y el tamaño un poco mayor de sus dimensiones. Supe entonces que la caja contenía algo diferente. Así fue. Al abrirla me encontré con una muñeca desconocida: en vez de las adolescentes muchachas de senos albeantes y carnes y líneas fronterizas con uniforme escolar —con algunas variantes en el color de la falda y los adornos en el cabello o el tipo de zapatos, por ejemplo, era el modelo preferido por la mayoría de los clientes, aunque otros optaran por atuendos especiales—, en el interior de la caja dormía una hermosa mujer apiñonada de veintitantos años, vestida de noche y con un antifaz de lentejuelas negras sobre el rostro sereno y altivo. Supe su nombre después, cuando leí el mensaje que me estaba dirigido y que traía guardado en el discreto bolso de fiesta que anudaba con una cadenilla sus manos dóciles y perfectas.
 

Para uso personal
del señor Julián Mercader
esta Hortensia de 1949.
Larga espera. Á votre santé.
                                 H.H.


A diferencia de nuestras dulces niñas que guardaban un calor corporal estable que incluso podía graduarse, a esta muñeca había que colocarle agua caliente por un orificio posterior para conseguir una temperatura más humana. Sin embargo, la piel de cabritilla tratada con químicos de la época le daba una tersura de cría animal que me hizo dudar de la mezcla sintética que Klaus había perfeccionado después de meses de ensayo y error. Y por supuesto, siguiendo las instrucciones del cuadernillo que acompañaba a la Hortensia recién llegada, tuve que remover y remojar en una solución salina y avinagrada las membranas interiores. Sólo así pude constatar la flexibilidad de sus tejidos y presentir que si aquel remitente de iniciales desconocidas era el creador de tales modelos portentosos de muñecas adultas, construidos a mediados del siglo XX, sin duda debió de sentirse perturbado con la fragancia de ninfas aún no segadas, esa suerte de capullos inviolados que eran las Violetas niñas, entre otras cosas, gracias al artilugio de redes capilares que, por debajo de la piel mentida, las hacía sonrosar de pies a cabeza, confi riéndoles lo mismo rubor a sus mejillas que lubricidad a su oculta sonrisa virginal. No me equivocaba, según lo constataría más tarde: H.H. casi había regresado de nuevo a la locura por intermediación de las inocentes Violetas. Y eso que sólo las conocía de nombre, según me enteraría más tarde. Y eso que sólo había soñado su olor y no sabía nada de su origen de incesto y devoción.


De Las Violetas son flores del deseo (2007) 
 

 

 


 

El periodo de tiniebla

 

1

Le llevó días a Giotto de Winterthur acondicionar la cabaña para transformarla en una gran cámara oscura. Con argamasa rellenó los huecos e intersticios y los cubrió con una mezcla de carbón y betún de Judea. En el techo construyó una suerte de chimenea giratoria por una manivela con un cuarzo pulido a manera de lente en un extremo y un espejo que le obsequió el pintor Füssli para captar y rectifi car las imágenes del exterior.

Siendo un virtuoso en el dibujo de sombras, Giotto no necesitaba de ningún artefacto para mejorar su trazo. En otro tiempo, había desechado el uso de la máquina de Étienne Silhouette para realizar retratos de sombras así se tratase del personaje más tortuoso y complejo que quisiera dibujar. El dispositivo que el prefecto francés había puesto de moda para llevar el registro de los deudores del tesoro público, con su cristal esmerilado y su placa de papel de cera para facilitar la copia, adosados a una silla especial, hacía pensar en una precisión mucho más fidedigna. Así que en más de una ocasión, el reverendo Lavater lo había obligado a usar la máquina de siluetas sólo para impresionar a sus visitantes mostrándoles al fi nal, a modo de comparación, otro retrato practicado por el joven dibujante sin artefacto de por medio. Y siempre había algo en aquellas sombras dibujadas por la mano maestra de Giotto que las volvía mucho más vívidas y exultantes. Mucho más reveladoras.

Pero con la cámara oscura fue diferente. Como si Giotto necesitara introducirse en ella, vivir en su vientre gestante para sentirse pleno. Por primera vez.


2

En el interior de su cabaña convertida en cámara oscura, Giotto no dibujaba las imágenes capturadas. Atisbaba un mundo. Un enramado de luz y sombra con otra clase de espesura. Como si dijéramos densidad y ligereza, espuma y piedra. Y en aquel estado de suspensión indefi nida, el joven dibujante se descubría latente, palpitante, colmado y sin deseo alguno.

Simplemente vivo. O muerto.

Durmiendo por entero su sueño de sombra.


3

Hasta que llegaron a despertarlo. Las gemelas.

Giotto iba y venía por la ciudad casi dormido, cumplía con sus tareas de copiado en el gabinete del reverendo, y regresaba a su limbo.

Pero un sábado Clara y Elise se escaparon de la última recolección de membrillos de la temporada, un acto ritual y festivo para despedir el otoño que concluía con la preparación de mermeladas y conservas, y fueron a la cabaña.

Giotto supo que eran ellas porque vio sus sombras en el interior de la cámara, subiendo la ladera. En la penumbra del lugar, de pronto fue una sorpresa poseerlas ahí, por entero a su disposición, delinearles los rostros y los cuerpos, dibujarlas en la pared, como si las estuviera creando en ese mismo momento.


4

Apenas Giotto les franqueó la puerta, ellas entraron como dos haces de luz. Risueñas, juguetonas, apropiándose de la penumbra. Apropiándose de la voluntad del joven. Él les mostró los paisajes circundantes reflejados en las paredes interiores de la cámara oscura. Lo mismo el nido del estornino en las ramas altas del roble que protegía la cabaña, que la embarcación que en ese momento cruzaba el río Limmat rumbo al lago.

Se hacía tarde. Clara le hizo una señal a Elise que Giotto interpretó de despedida. Pero en vez de eso, ambas chicas comenzaron a desvestirse.

—Queremos ver cómo se refleja ese mundo de fuera en nuestra piel desnuda… —dijo Elise en un susurro y Clara continuó—. ¿Nos ayudas?

Giotto obedeció.


5

Acostumbrado a las sombras, Giotto era capaz de distinguir las formas tenues de Clara y Elise en la cámara oscura. Se habían quedado dormidas, una en brazos de la otra. Completamente desnudas. La grupa de una recordaba una mandolina. Los senos de otra, dos naranjas plenas. El cuello lánguido de alguna de ellas, la garganta exangüe de un ánsar. El recorte de un hombro, una hogaza de pan. Sus pubis rojizos, la llamarada de una fl or voluptuosa.

Se trataba de un cuadro o una naturaleza demasiado viva.

También desfalleciente después del amor.


6

Fue sin duda un periodo de dicha para Giotto. El universo que se revelaba en la piel de las muchachas

o en un lienzo de papel o cuero blanco que mojaba en una solución con las sales de plata que le había dejado Calabria para luego colgarlo de una de las paredes interiores de la cámara. Previamente había orientado el tubo de lentes y espejos en dirección de la vista elegida para que la luz dibujara con dedos finos el trazado en sombras del paisaje. Eran retratos portentosos, vistas de la ciudad de Zürich y el río Limmat como nadie hubiera podido realizarlas. Con una delicadeza en la variedad de tonos y una profundidad de campo que era como si hubieran abierto una ventana y ahí, al alcance de la mano, pudiera tocarse un mundo creado a imagen y semejanza de éste. Pero, por la acción de los matices y las sombras, mucho más detallado y de mayor fi nura. También, por el hecho de situarlo en las lindes del papel, de apartarlo del resto del panorama, la perfección súbita de un mundo exultante pero a la vez tan silencioso cuya belleza a menudo nos pasa inadvertida.

También disponía escenas más cercanas, aunque para ello tuviera que adaptar un segundo lente en el tubo que le servía de visor. La enramada del roble que protegía la cabaña, los viñedos en largas hileras que se extendían hasta el horizonte, el cajón que le servía de mesa cubierto con un mantel sobre el que había dispuesto un plato con uvas y membrillos y un florero que le había obsequiado la mujer de Lavater. Pero todas estas visiones estaban destinadas a desvanecerse a la luz del día. Por más que intentara fijarlas con barnices y soluciones de sal marina o betún de Judea. Por eso, las contemplaba en el interior de la cámara con una bujía graduada al mínimo como maese Calabria. Y se sentía entonces desdichado de poseer un tesoro destinado a desaparecer como las nubes que cruzaban la superficie del agua de un estanque para luego abandonarlo irremediablemente.

Mientras observaba el proceso de deterioro de las imágenes que inicialmente había expuesto más a la luz directa, su irremediable oscurecimiento, Giotto no podía dejar de pensar que la belleza es siempre fugaz e inasible. Y la felicidad que nos procura también.


7

Solían verse los tres por la noche, cuando el pastelero Huber y su esposa llevaban ya un par de horas dormidos y las gemelas dejaban cojines en las camas simulando los pequeños bultos de sus cuerpos y corrían a deslizarse por la escalera de mano que ellas mismas habían confeccionado con cuerdas y maderas para descolgarla desde el primer piso donde dormían. Luego corrían embozadas y silenciosas hasta los primeros campos de viñas. Así había sido casi todas las noches en las últimas semanas sin que ninguna de las dos hermanas se cansara.

A menudo no hacían sino permanecer juntos, piel con piel, escuchando la respiración tenue de los otros. A menudo se amaban también, en una encarnizada lucha e inusual maceración de tres cuerpos. Hubo una noche en que no supieron en qué momento se habían quedado dormidos afuera de la cabaña. Una luna llena en lo alto refulgía con una claridad enceguecedora. De pronto, Elise sintió frío y se levantó a avivar el fuego que Giotto había dispuesto a pocos pasos de la estera donde se recostaron, pero la leña se había consumido por completo. Miró entonces a su hermana y a su amigo todavía entrelazados y pensó por un momento en guarecerse a su lado, pero no sería suficiente para protegerse del frío. Así que decidió envolverse en su chal e ir por más leña. Cuando regresó del depósito que estaba en la parte posterior de la cabaña, Clara y Giotto ya se habían despertado. Silenciosos y embelesados, todavía abrazados, contemplaban el firmamento. Elise apretó los leños contra su seno. La oscuridad circundante y el fulgor lunar revelaban a los dos jóvenes como una única sombra iluminada.

—Mira, Giotto —dijo Clara señalando la luna—. Está tan iluminada que parece más bien un hueco por donde alguien nos observa… Y la oscuridad que nos rodea, ¿no te parece que es como si estuviéramos en el interior de una gran cámara oscura y la luna el orifi cio por donde se cuela la luz?

Giotto miró en rededor perplejo. Emocionado le besó las manos a Clara.

—Y tú y yo somos entonces sombras refl ejadas en la gran cámara oscura de este mundo —dijo el joven—. Y si somos sombras, reflejos de otros seres, ¿te estoy amando allá de una forma más perfecta y plena que aquí? No lo creo…

Elise no pudo resistirlo. Dejó caer la leña que traía lo mismo que dejó caer el cuerpo en una inconsciencia profunda como el sueño de la muerte.


8

Las visitas nocturnas se suspendieron. Una debilidad quebrantaba el cuerpo y el ánimo de Elise a tal pun-to que sus padres llamaron al doctor Widmer, el mismo que había atendido a las gemelas desde su primera escarlatina. Apenas ver a la joven postrada, el viejo Jeremiah Widmer supo que aquella era una dolencia del alma pero —ahí estaba una tosecilla seca que irrumpía repentinamente— podía agravarse.

—Demasiado humor melancólico —dictaminó el doctor con su parquedad habitual—. Habrá que sangrarla.

Clara presenció y ayudó al doctor durante todo el procedimiento. En el momento de la incisión de la cuchilla en el brazo de su hermana y mientras brotaba ávidamente el primer chorro de sangre, no pudo evitar un espasmo de dolor y se cubrió la cara con las manos. Cuando las apartó, la mirada de Elise la enfrentó con dureza. Desde una irrevocable fragilidad enemiga.


9

Clara se guardó de derramar una sola gota de la sangre de Elise. La puso a serenar durante las noches en una vasija de plata hasta que la sangre se hizo escamas y luego polvo. Vertió el polvo en una ampolleta y la escondió en un armario. Había transcurrido un par de semanas desde que Elise cayera enferma sin que pudiera apreciarse mejoría alguna. Entonces decidió ir por Giotto. No le costó trabajo convencer al joven para que la acompañara y, protegidos por la noche, se deslizaron hasta la casa familiar.

Antes de dejar la cabaña, Clara le pidió a Giotto el primer retrato de sombras que les había hecho a ella y a su hermana en la cámara oscura.

Sin saber lo que hacía o cuáles eran las secretas razones que la llevaban a actuar de aquel modo, en la penumbra de una luna nueva, Clara pinchó un dedo de Giotto y después uno propio para extraer unas gotas y luego mezclarlas con el polvo de la ampolleta que había traído consigo.

Con la mezcla así creada procedió a rellenar el dibujo de la sombra de su hermana.


10

Clara prefirió dejar solos a su hermana y a Giotto. Comenzaba a alborear cuando regresó para decirle al dibujante que debía marcharse.

Apenas entreabrir la puerta y encontró sus cuerpos entrelazados, a la deriva de la entrega y la reconciliación. No pudo dejar de advertir el rostro bienaventurado de Elise, el goce y la vida que otra vez respiraban en ella, y dudó un instante en perturbarla.

Finalmente despertó a Giotto que se desprendió suavemente del cuerpo de su amiga. Se vistió en silencio y luego se descolgó por la escalera de cuerda. Aún no había desaparecido por la ventana, cuando el muchacho buscó una de las manos de Clara que se asomaba para verlo partir y recoger la escalera. Entonces depositó un beso en la punta de sus dedos. Fue una señal de agradecimiento y devoción.

Elise contemplaba la escena desde su cama y enfrentó a su hermana cuando ya el joven había terminado de marcharse.

—Júrame que te harás a un lado… Que me dejarás a Giotto sólo para mí.

El rostro de Elise llameaba furia. De seguro a Lavater le habría encantado copiarlo para ejemplifi car el vicio de la ira.

Clara, en cambio, contempló a su hermana con asombro: qué lejos la dulce y tierna Elise de toda la vida. Y entendió que el amor también puede abrirnos por dentro, revelarnos otros, desconocidos.


11

Elise se recuperaba. Volvía a sonreír y a dar paseos breves con su hermana. Podía vérseles cómplices y amigas de nuevo. Así las encontró un sábado Giotto en que coincidieron sin ponerse de acuerdo en la Heim Platz, adonde el muchacho había ido a surtirse de sales de plata en el establecimiento del farmacéutico Boker. El joven las saludó con formalidad. No se quitó el sombrero porque no solía usarlo salvo en invierno, pero hizo una leve inclinación. Ellas se detuvieron y como un par de muñequitas de caja musical, giraron con pasos saltarines, cada una en sentido opuesto. Al terminar, dijeron al unísono:

—Buenos días, maestre Giotto von Winterthur.

Y se alejaron en medio de una risotada, enlazadas en un abrazo fraternal.

Giotto las miró perderse ligeras y volátiles por la calle de los tilos y creyó que las cosas volverían a ser como antes.

Se recargó en un pilar y cerró los ojos. Su interior también era una cámara oscura donde se dibujaba el recuerdo sublime de las gemelas. Su entrega absoluta. Su calidad de sombras sometidas a la voluntad de la mano que las delineaba según la luz espesa de su deseo. 


 


De El dibujante de sombras (2009)
 

 


 

Después del paraíso, la sombra


Supe que se trataba de un día inusual desde que vi el globo azul posarse ante mis pies como una caricia del viento. Redondo y pleno era la manifestación de un símbolo o una señal. Sentí la tentación de inclinarme a recogerlo pero entonces, la fracción de segundo que dura una duda, el globo siguió su camino, su fl otación ligera, y se posó frente a la cochera de mi vecina. Ella salía a dejar a su hijo a la escuela y sin miramiento alguno lo enfrentó. El globo azul cedió a la violencia del ataque y reventó bajo una llanta. Mi vecina se alejó mientras yo me acercaba al agonizante. Lo tomé entre las manos como el despojo de un deseo y, triste, lo arrojé a una alcantarilla.

No quise pensar más en el asunto pero el globo volvía a infl arse en mi memoria negándose a morir. Me imaginaba camino al trabajo con el globo azul en las manos, la cara del vigilante para embromarme al decir que aquel no era el Día del Niño, la expresión burlona de Marita y de mi jefe: “¿Dónde fue la kermés?”

(En realidad, no habría habido ninguna expresión de mi jefe, quien sólo me habría mirado con un gesto de obtuso desdén.)

Subida al metro no cesaba de suponer las difi cultades para mantener la integridad del globo azul entre toda aquella gente, pero por más razones que esgrimiera una parte de mí sabía que todo aquello eran excusas: me había negado a levantar el globo, a recoger su ilusión perfecta y correr el riesgo de que cambiara mi vida.

Todo mundo sabe que la vida está llena de trivialidades, hechos menudos y rutinarios. Un polvo que se acumula a diario sobre nuestros corazones. También, de alguna manera, todo mundo espera que entre ese mar de situaciones que llamamos “vida diaria”, estén las oportunidades del azar, la suerte, esa lotería instantánea que no es otra cosa que el momento de intersección donde nuestros actos encuentran su correspondencia con la circunstancia. Entonces se desencadena una maquinaria invisible: el cambio que podría llevarnos a otra vida, el puente para dejar atrás lo que fuimos y transportarnos a una inalcanzable felicidad.

Mi jefe me ha sorprendido revolviendo irrefl exivamente su café. He percibido una brizna de odio en su mirada: con cada vuelta de cuchara su café ha terminado por entibiarse. Me ordenó que le sirviera de nueva cuenta uno, pero en sus palabras (“Felisa, tráigame otro café... y no lo revuelva tanto”) han surgido feroces los colmillos de la posesión: “Mientras trabaja, usted y sus pensamientos, usted y cada una de sus secreciones, todo lo que salga de usted, me pertenece solamente a mí”.

¿Cómo decirle que soy yo la que lo tiene aprisionado en el globo azul, como un genio malhumorado que tal vez sueña con un anuncio espectacular don-de un hombre joven y vigoroso se vuelca incontenible sobre una mujer que reposa en una playa paradisíaca?

No ha terminado de transcurrir la mañana —apenas el segundo café de mi jefe y la junta de programación semanal de los gerentes— y el globo azul vuelve a dar señales de vida. Desde el conmutador de nuestro piso, Marita me hace señas para que tome una llamada.

—Qué voz más sexy… Cómo se nota que ya tenemos nuevo galán —me dice antes de enlazarme con el desconocido.

Se trata de Miguel. Mi primo. A quien he visto muy escasamente en los últimos años. Sólo alguna fiesta familiar o un fugaz encuentro en casa de sus hermanas cuando tanto él como yo, sin proponérnoslo, estamos de visita en la vieja casa de la Condesa. Me ha pedido vernos. Va a vivir en el extranjero. De la empresa de telefonía donde trabaja, lo envían a la matriz de Barcelona.

—O sea que Mariana y los niños estarán dando de brincos...

Su voz se torna más grave:

—No, ellos no van conmigo. Mariana y yo nos estamos divorciando.

¿En qué momento nos apartamos de la gente realmente importante de nuestras vidas? Como si una puerta se clausurara y después ya no supiéramos ni siquiera que esa puerta existía y que conducía a un lugar. Un lugar amado por cierto: la parte inferior de mi cama adonde Miguel y yo nos escondíamos a jugar, cómplices y ajenos a la mirada de mis hermanos y de sus hermanas. Al principio se trataba de juegos inofensivos (contarnos historias de terror, pegar estampas en el álbum de estrellas de la televisión que coleccionábamos); después, esos otros juegos de la piel tan comunes en las historias privadas de las familias, que más allá de los tabúes y las prohibiciones tienen su origen en la pureza: dos cuerpos nuevos que se tocan y se descubren y se reconocen. Es que desde el principio de los tiempos, el placer siempre ha comenzado por el tacto. La piel que se incendia y cuyo goce es el más profundo de los saberes. Un saber que no nos abandonará jamás: aún puede quitarme el aliento el recuerdo de su verga erecta sonriendo en la comisura de mis nalgas.

Nunca supe cómo nos descubrieron pero a veces he pensado que los celos de mis hermanos o la envidia de mis primas tuvo que ver con la acusación. Sí, así fue como se clausuró la puerta. Avergonzados ante el resto de la familia, salimos expulsados de ese paraíso de debajo de la cama para ya no reencontrarnos jamás.

Apenas he tenido tiempo de pasar al súper para ofrecerle algo de cenar a Miguel. Fue como si mi jefe hubiera percibido la inquietud con que miraba el reloj que cuelga a espaldas del escritorio de Marita. El caso es que, cinco minutos antes de la hora de salida, me ha pedido un inusual reporte de ventas por correo que ni siquiera es de nuestra área.

—Felisa... —me dijo entrecerrando los párpados como si apuntara con una escopeta en el tiro al blanco de una feria—. El reporte lo quiero mañana mismo por la mañana.

El tiro al blanco por supuesto no es una diana común y corriente, sino un círculo de globos blancos en cuyo centro luce pleno, perfecto, aún intocado, un globo azul.

Y he acometido la tarea asignada a sabiendas de que no podría terminarla a menos que cancelara la cita con Miguel. Pero entonces, el tiempo justo para pasar corriendo al súper y llegar al departamento antes que mi primo, he abandonado el reporte a medias. Mañana y la oficina y el remedo de Jehová de mi jefe resultan universos tan lejanos y prescindibles como todo aquello que, de súbito —un pinchazo que libera la presión del globo—, deja de tener importancia.

¿Cómo atreverse a desear cuando se ha arrojado la lámpara mágica en algún lugar del camino? ¿Cómo arriesgarse a hacer realidad ese deseo cuando se está sitiado en el interior del miedo, la respiración tan silenciosa para que los demás no se percaten que aún permanecemos vivos, el cuerpo rígido como un sarcófago de uno mismo?

Pero ha bastado la ilusión del globo azul para salir de la caverna, saber que si no lo tomo entre mis manos volverá a perderse esta vez irrevocablemente. Miguel se ha mostrado sorprendido al escucharme decir sin mayores preámbulos una vez que ha traspasado el umbral de mi departamento:

—Vamos a la recámara. De pequeña no me dejaron decidir. Pero ahora te digo: terminemos lo que nos quedó pendiente.

Confieso que no fue la Felisa de los últimos años la que dijo esas palabras. Tampoco la que ha tomado la mano de Miguel para guiarlo hasta el fi nal del pasillo. Con esa otra yo, con sus palabras en mi boca, podría bromear:

—¿Prefieres encima o nos metemos debajo de la cama?

Ahora todo es incierto. Apenas amanezca sabré si es posible sobrevivir al paraíso.


De Amor y otros suicidios (2012)

 


 

Revelaciones del mundo en azul

   

La fila de atención a clientes era numerosa. La verdad no entiendo a estas empresas que se gastan millones en publicidad con globos aerostáticos y tomas panorámicas espectaculares, videos hechizantes que harían al más pelmazo ambicionar sus productos y el modelo de vida ensoñada que proponen, pero que en la práctica son incapaces de brindar un buen servicio, un trato amable y respetuoso a sus consumidores.

Pasaban los minutos, la cola de ese animal de reclamos e inconformidades que conformábamos no avanzaba, y la gente comenzaba a dar señales de hartazgo. Un hombre a quien le habían regresado por segunda vez un equipo deficiente vociferó con demandar en la Procuraduría del Consumidor. Mientras la chica que lo atendía se alejaba a consultar el caso a un privado, observé aquella especie de ratonera donde nos encontrábamos como conejillos de laboratorio: la luz artificial blanquecina, la escasez de mobiliario, el aire enrarecido contribuían a la sensación de atrapamiento.

Entonces reparé en la pared lateral más próxima, cubierta en buena medida por un acrílico azul brillante. Era como un ventanal donde se refl ejaba en una dimensión cerúlea el espacio de la sucursal toda, con sus varios mostradores y numerosas fi las. Ahí estábamos unos y otros, duplicados en ese mundo en azul. Cuando encontré mi propia figura en la superficie plástica, tuve ganas de levantar la mano y saludarme pero aquello hubiera sido muy desconcertante para quien lo hubiera advertido —no pocos por cierto, pues cansados de la espera, a los de mi cola animal no les quedaba más remedio que alzar los cuernos, atisbar por sus celulares o espiarnos a los otros con desconfi anza y malestar.

Comencé a escudriñar aquel mundo paralelo de sombras y fantasmas azulados. Ahí estaba el hombre al que le habían regresado por segunda vez un equipo que a las primeras de cambio, volvía a fallar. De un tono azul subido, aguardaba con enfado que regresara la muchacha del mostrador, tamborileaba los dedos, cambiaba el peso de una pierna a otra, se llevaba la mano al cuello. También una mujer de traje sastre de muy buenas carnes azules a la que el policía de vigilancia no le quitaba el ojo. Un joven ofi cinista que había aprovechado la hora de comida para ir a hacer cola y mandaba mensajes por su celular a una velocidad frenética. Una pareja gay que no paraba de contarse las últimas andanzas del fi n de semana —vehementes en sus gestos, parecían arlequines de un circo entre azul y buenas tardes.

Por fin regresó la chica de nuestro mostrador. Con absoluto desdén le comunicó al cliente que la empresa no se hacía responsable del aparato porque la póliza había vencido un día antes. En respuesta, el hombre del plano azul la tomó del cuello sin miramiento alguno y comenzó a zarandearla. Pero en vez de gritar pidiendo ayuda, la muchacha parecía disfrutarlo y hasta gorjeaba en azul celeste. Estupefacta, busqué al policía que no le quitaba el ojo a la mujer de buenas carnes, pero ya no sólo la miraba sino que había pasado a la acción y tras acariciarle los senos, le ponía su propia gorra en la cabeza y ella se dejaba tomar fotos con una camarita que el vigilante acababa de extraer del bolsillo del ofi cinista. Por su parte, la pareja gay se había puesto a hacer lagartijas azules en plena sala de espera y varios les hacían corro y les llevaban la cuenta.

Esto sucedía en la parte más próxima a mi fi la, pero más allá había piruetas y extravagancias insólitas, besos entre desconocidos, manoseos, cuchicheos, bofetadas, golpes... Un pandemónium se desataba en aquel ventanal de acrílico azul mientras de este lado del espejo la gente continuábamos en nuestros lugares de tedio y hartazgo con toda nuestra gama de colores reales.

Volví a buscar mi figura en aquel mundo tan azul, tan intenso. Me costó trabajo dar conmigo. No puedo contarles lo que estaba haciendo.


Columna “A la sombra de los deseos en flor”,
supl. Domingo de El Universal,
4 de noviembre de 2012.

 

 

 


 

Alquimia de la ninfa sombra en tránsito a la luz

   

Tendría que decir que sobre todas las cosas, me abismaba su aroma. Era un asunto de cabalgar nubes, de alientos cortados por el hachazo sutil del instinto, y de pronto el vértigo mismo de la sangre: sonoro, táctil, veleidoso, envolvente, animal. Me salían patas y bocas por toda la piel y al golpe de hélice de una nueva emanación de sus fábricas de aroma, las patas se volvían élitros, alas, membranas volátiles, y la abeja zumbaba embebida de su secreta miel. Bastaba pasar a su lado para volverme carne, jugos, obediencia, para intoxicarme y olvidarlo todo. Por eso comencé a seguirlo. El bachiller acudía a mítines con otros donceles y doncellas rebeldes que conspiraban para cambiar el reino de este mundo. Por fortuna, en mi calidad de fuente, era yo capaz de transparentarme hasta parecer invisible.

Fue en una de esas reuniones que el bachiller que después sería también Arcángel Mayor, como más adelante se verá, conoció a una sirena fata de cabellera de algas rojizas y se enamoró de ella. Yo podía percibirlo porque su olor se hacía más intenso, casi dolor, casi fuego en cuanto la avistaba. Y por supuesto, yo me inflamaba con él, pero su amor también me dolía, me quemaba.

Tuve que huir la primera vez que se besaron, temerosa de incendiarme con ellos.

Pero más tarde reincidí. La tentación de que su aroma recorriera mis laberintos, arrecifes donde la sangre golpeaba tumbos ignorados, fue mayor. Se encontró con la sirena fata en un mitin de silencio: eran caravanas de muchachos y doncellas con pancartas que vociferaban indignación, pero de sus labios no brotaban las palabras. Algunos hasta parecían médicos y socorristas celestiales con el esparadrapo

o el parche que les clausuraba la boca. Pero cuando el bachiller hermano de Rosa y la sirena fata de algas rojizas volvieron a encontrarse, el mundo se volvió relámpago.

Los vi tocarse, fundirse en un beso, hablar su lengua de piel e instinto. Entonces, en consecuencia, a la par, por primera vez, de mi fuente brotaron chorros de fuego y no agua castálida y cristalina. Sabía por experiencia ajena que hay ninfas de todos los saberes y sabores. Ninfas del bosque, ninfas de los ríos, ninfas de los mares, ninfas de los aires y la alta montaña, pero no que todas en algún momento manan y se trasmutan en incendio.

(Como aquella con cuyo cuerpo incendiado se fundó una ciudad: una sirena alada que, transformada en llama ardiente, se arrojó al mar porque un hombre llamado Ulises se resistió a su canto.)


*


Lo que de verdad te penetra te pertenece, murmuraron entonces los céfi ros a mi oído.

Hacerlo propio no es tarea de titanes. Primero porque lo involucra a uno en un terreno de profundidad incandescente; segundo porque sólo hay un placer mayor a esa pasividad voluntaria y soberana de la entrega. Tercero porque te permite vislumbrar tu muerte con ojos serenos.

Hacerlo agua y fuego vivos no es tarea de titanes y hecatónquiros, sino oficio de ninfas, sirenas, tritones, cervatillos, sátiros y todo aquel capaz de entregar en el sometimiento el laurel de su victoria.

Lo que de verdad te penetra, te toca, te hiere, te hurga, te traspasa. Se vuelve tuyo. Murmuraron las dríadas impelidas por los vientecillos. Me dejé llevar también. Me arrastraron hasta el claro de un bosque, que era lago, que era valle, que era plaza. Me hicieron flotar como un beso tenue en el fi lo del agua. Después, abrieron las compuertas para que me abismara.


*


Ada fue una ciudad vehemente como el deseo que le dio origen. Esto se cuenta de su fundación: los cazadores de una tribu tuvieron un mismo sueño y una misma sed. Vieron a una muchacha que dormía en las aguas de un lago. Soñaron que la forzaban y que ella, sin despertarse, respondía a sus caricias y a su violencia. La tomaban una y otra vez pero ella no despertaba del sueño de agua y ellos en realidad no la poseían.

Al despertar, los cazadores buscaron aquel lago. Peregrinaron de un sitio a otro pero no encontraron rastros del sueño y, en cambio, su sed por la mujer iba en aumento. Un día, exhaustos, llegaron a un valle rodeado de montañas y volcanes. Entonces la vieron: una muchacha de agua dormía recostada en el lecho del valle. Los hombres corrieron a su encuentro pero cuando creían tenerla entre sus manos, sólo tocaban el agua cristalina.

Decidieron permanecer ahí donde un espejismo casi había hecho realidad su sueño.

En la construcción de la ciudad cada uno recordó a la ninfa: la gravidez de las caderas, el horizonte de su rostro, sus párpados tenues; también la brutalidad del asedio, la violencia al someterla. Así, lenguas de tierra y argamasa penetraron las aguas, barcas afi ladas rasgaron los canales recién formados, palacios y chinampas flotaron como besos perennes. Los cazadores, medio cuerpo en el agua, se volvieron pescadores. Y en las redes que arrojaban al lago las noches de luna llena, intentaban apresar aquella ninfa de plata que brillaba en la superficie del agua.

Hoy Ada es una ciudad extinta como el deseo que le dio origen. A fuerza de buscar poseerla, los pescadores y los viajeros, siempre sedientos, terminaron por beberla.

Hoy los visitantes se detienen en alguna de las montañas áridas que rodean el desierto. Sólo aves rapaces, cactáceas y reptiles se asientan en sus arenas ardientes. Entonces los visitantes huyen: presienten el cuerpo de la mujer de agua que dormía en el lecho del valle y se descubren una sed rotunda y desesperanzada, capaz de secarles el alma.


*


Todo era fuente pero también herida. Fulgurante. Resplandeciente. En ese entonces me daba por sangrar todo el tiempo. Todo me tocaba y me desbordaba. Los seres, imágenes, sombras, intenciones me hincaban sus dientes dulces y afilados. Yo me dejaba hacer: que la vida hundiera sus dientes en mi carne dispuesta que comenzaba a tatuarse de cicatrices luminosas. La belleza y su rostro oculto de Medusa acechaban por todas partes. Y yo manaba. Fluía con el mundo. Ignoraba pero empezaba a descubrirlo: que el espanto y la belleza podían ser las caras intercambiables del paraíso.


*


Se transformaba a cada instante. Huía sin remedio. Era como mi primo catador de sangres: un cazador profesional. Capaz de introducirse en una sinagoga con dulces para ofrecer a los presentes mientras atisbaba la apartada sección de mujeres, convertida en un súbito harem. O de aprender húngaro para conversar con la madre de su siguiente conquista. También le daba por asumir formas proteicas: pez, chupamirto, lobo, araña. Yo lo amaba en cada una de sus facetas y lo esperaba después de cada cambio. Mientras tanto, me derramaba en otros continentes, pero en cada travesía siempre lo buscaba a él. Me maravillaban sus artes metamórficas, su capacidad líquida para escurrirse entre las manos, a mí que conozco de fuentes y saber manar. Por supuesto, deseaba apresarlo, proclamar que ese hombre múltiple era sólo mío.

Un día llegó a mi casa extenuado. Sus ojos urgían una tregua. Se quedó dormido entre mis brazos como agua escondida. Cabía en un cuenco, un simple vaso. Podía beberlo sin prisa. Pero me contuve, sospeché la tristeza de Circe, el dolor de Salomé y me contuve.

“Tuve un sueño raro”, me dijo al despertar. “Ada: eras una mujer de agua que dormía en el lecho de un valle. Hombres que venían del desierto te descubrían y te deseaban: querían poseerte —yo entre ellos—. Te forzábamos. Te resistías. La sed iba en aumento, imperiosa, tiránica: terminábamos por beberte. Aún paladeaba el último sorbo —el cuenco líquido de tu cadera, creo— cuando de pronto lo supe: una nueva sed, rotunda y desesperanzada, comenzaba a secarme el alma”.

Y guardó silencio. Busqué sus ojos y él los míos. Por primera vez desnudos desde la última ocasión en que escapamos juntos del Paraíso.


De Las ninfas a veces sonríen (2013)