Lección de tinieblas #2

   

¿Quién dice que una pasión amorosa no puede chuparte el alma, sorberte la voluntad y adelgazarte hasta desaparecer? Al menos, antes de conocer a Péter, Soledad así lo creía, o creía que ese estado era una apariencia, un disfraz que los apasionados se ponían para consagrarse más y más en el rito del amor. O sea que lo consideraba como una rosa de la voluntad a la que en cualquier momento se podría cortar. Debió haber recordado el momento en que conoció a Péter, aquel desasosiego, esa ceguera repentina que la hizo trastabillar hacia adentro y descubrir —tal vez con más gozo que terror— los movimientos pesados y abisales del dragón.

...

Permaneció en el hotel adonde pasó sus últimos días con Péter. Entonces Soledad había creído que aquello era una estación previa al paraíso. ¿Qué clase de felicidad esperaba encontrar en aquel proyectado viaje a Budapest, del que sólo mucho después entendió que había fraguado ella sola y no con Péter? En aquellas ocasiones, mientras Sol hablaba sobre el viaje que emprenderían juntos, él sólo escuchaba —o parecía escuchar—, mesándose la barba oscura y ejercitándose en un juego particular que desde niño practicaba: darle la vuelta a los objetos sin tocarlos, imaginarlos justo en la parte donde no podía verlos, ese lado de sombra oculto a la mirada que ejercía tanta fascinación en él.

Soledad recordó un día en que le hizo unas tomas en ese mismo hotel. Les habían dado un cuarto con vista a la calle, pero Péter pidió aquella habitación oscura cuyas dos ventanas circulares recordaban las claraboyas de un barco. Apenas se quedaron solos, Péter le indicó con un gesto que se desvistiera. A su vez, desvistió la cámara y el fotómetro de sus respectivos estuches. Sol lo veía hacer y disponer con ese aire de dueño y señor con que se plantaba en cualquier lugar del mundo. Desde ahí, desde aquella cima adonde se colocaba para contemplar el mundo, Péter descubría de pronto que su voluntad indiferente obraba efectos y se sorprendía de ello: observó el cuadro que tenía enfrente, la luz cortante de las claraboyas rasgando la penumbra, violentando en pequeñísimas colisiones ese camarote transformado repentinamente por su mirada en el centro del universo, y un poco más allá, una mujer desnuda que a su vez lo observaba. Soledad percibió por primera vez aquel juego de sombras y tanteos que tanto disfrutaba Péter sin mover un dedo, sólo la vista ejercitada. Era como si su mirada no se detuviera en las partes visibles de su cuerpo, sino que la acariciara también en esas zonas ocultas a sus ojos. Turbada, se atrevió a preguntarle:

—Péter, ¿cómo es la luz en Hungría?

Sorprendido, detuvo aquellos dedos con que sin tocarla le recorría el cuello, los hombros, la espalda, las nalgas.

—¿Qué? —alcanzó a proferir Péter, irritado.

En vez de regresar al silencio como a todas luces convenía, Soledad sólo atinó a modificar la pregunta.

—Tu casa en Hungría, ¿tiene mucha luz?

Péter la jaló del brazo y la llevó al chorro de luz.

—Las niñas inteligentes sólo hablan si tienen cosas importantes que decir —le dijo, mientras la luz de la claraboya le cruzaba la cara a Soledad.

Midió la luz y se alejó para disparar la cámara. Era evidente el enojo de Péter y la muchacha no pudo evitar sentirse culpable. Bajó la vista y los hombros y entonces el haz de luz le cayó en la nuca.

—Así, así... sin moverse —le indicó Péter con una voz que era también una súplica.

Después de tomarle varias fotos la cambió de lugar. Ahora la luz cortaba el vientre de Soledad. Péter estaba a punto de alejarse, cuando se volvió para acomodarle un mechón de pelo; luego pasó esa misma mano por el hueco de sus nalgas. El placer fue tan repentino que Soledad tragó aire por la boca. Escuchó el clic del fotómetro a sus espaldas. Péter medía la luz en su mitad ensombrecida. Decidió hacerle la foto por detrás. Se alejó unos pasos y terminó el rollo antes de acercarse de nuevo. Puso delante de Soledad una silla y le indicó que se apoyara. La luz le pegaba ahora en el rostro y por la posición le atravesaba el cuerpo como una fl echa luminosa. Las manos de Péter en su espalda se alejaron unos centímetros y luego tornaron a acariciarla. Soledad creyó entender que tocaba la luz.

—Adoro tu piel, csillagom. Es luminosa y transparente —dijo Péter antes de someterla.

 

NOTAS PARA EL DISEÑO DE UNA SOMBRA

Toma un cuerpo cualquiera y somételo a diferentes
climas, temperaturas, intensidades, emociones (toda
gradación es proporcional a estricto grado de super
vivencia)... El resultado será una sombra iluminada,
perfecta en obediencia y condición.

Luego hablaré de la transparencia y las sombras.
Lo visible y lo no-visible, lo que tiene sentido y lo
que no.

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Al pensar con luz has de considerar las sombras y la penumbra: el contorno de un cuerpo se distingue de su fondo en la medida en que una voluntad íntima y secreta palpita en el objeto negándose a morir del todo, a ser visto —tocado— del todo. Pero sólo sumergiéndolo en la niebla, la ceguera, provocándole esos estados del ser resultados del extravío... Cuando la inquietud cierra su diafragma para disminuir la intensidad respiratoria y se concentra en la desesperación (lo mismo por un exceso de fuentes especulares high-love que de una ausencia cold-key) rayana en las tinieblas. Así conseguirás el párpado de la noche. El filo instantáneo y mortal como la mirada amante de Medusa que te preña de una inmortalidad al fi n reencontrada.

De esto descubrirás que toda mirada es amorosa y contiene la muerte. Sólo las sombras hacen luz en el alma.

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Escrita con luz y sombras, el origen de la fotografía es el de la memoria: perpetuar la imagen amada, invocar la anulación del tiempo y el olvido. Camino al mundo de lo visible descubrió Orfeo que Eurídice no era más que una encarnación de su deseo. Por eso la miró antes de tiempo: para recuperarla en el recuerdo y su invención permanente.

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El aprendiz de sombras debe, por tanto, perseverar en los procesos de ensombrecimiento de los objetos deseados. Someter la voluntad más secreta. Capturar las líneas de fuerza que establecen la organización del conjunto. Determinar los recorridos de la visión y conseguir así, en la superficie argentada del papel, cercenada pero aún palpitante, el alba oscura de las cosas. (Sólo así podrá atenuar la tiranía que su deseo —hambre oscura y profunda— le impone.)

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Existen técnicas para la manipulación física del modelo: deformaciones por gran angular, solarizaciones, película infrarroja, descomposición del movimiento continuo, efecto fl ou, destrucción del grado visible, todas ellas aumentan posibilidades experimentales creativas. Pero es a partir de la sumisión del objeto como se logra la subversión perfecta: la cristalización de la conciencia y la voluntad de convertirse en imagen y no cuerpo real, de ser sombra, aura, nube, huella, sueño...

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(La fotografía es el espejo donde se refl ejan nuestros deseos: eternidad. Hay fotos fulgurantes que nos señalan como el dedo de Dios. ¿Y la fotografía experimental y abstracta? Lo mismo. Es resultado de nuestros recuerdos futuros. Los sueños y otra vez los deseos que aún no apetecemos pero que nos eligen como propios.)


De Los deseos y su sombra (2000)