Penumbria y la fotografía

 

1

“El hombre es el sueño de una sombra”, solía decir Raimundo para explicar situaciones desconcertantes provocadas por el comportamiento humano. La frase la había tomado de un poema de Píndaro, un poeta griego de la época clásica a quien descubrió siendo muy joven. Al principio le había llamado la atención porque le recordaba algunas de las visiones delirantes que tuvo cuando, adolescente, cayó inesperadamente enfermo de sarampión. Entonces la fi ebre lo abatió durante días y lo mantuvo en un estado límite entre la vigilia y el sueño:

“Una zona de penumbra donde la realidad se desenfocaba de sus coordenadas habituales para dar cabida a un mundo susurrante, poblado por sombras que se movían entre contornos y perfiles difusos. En semejante trance, mi madre que me llevaba una charola con alimentos, o el doctor que me visitaba, no eran sino el reflejo de otros seres que se movían con más libertad: mientras mi madre y el doctor actuaban con mesura y contención, sus sombras tenían un altercado que rayaba en lo cómico: en un momento determinado la sombra-madre había intentado ahorcar a la sombra-doctor y ésta, a su vez, apenas pudo liberarse, se ponía a golpear a la otra con el estetoscopio. Lo curioso es que yo me veía a mí mismo como una sombra yaciente en la que sólo mis manos conservaban la corporeidad y el colorido habituales. Sabía, con esa certeza inexplicable de los sueños, que cuando mis manos terminaran por ensombrecerse estaría muerto, pero por extraño que parezca eso no me entristecía. En otras visiones, las sombras habían invadido mi cuarto. Me levantaba con una levedad inusual y cruzaba la habitación en pos de una fuente luminosa, semejante a un arco iris que se hallaba al fondo. La fuente ocupaba el lugar donde antes se hallaba un espejo. Y entonces, al asomarme en ella, me descubría a mí mismo y al cuarto reflejados como los conocía diariamente. Probaba a acercar mis dedos de contornos grises y ahí, duplicados, aparecían otros dedos en una escala cromática amplísima pero tan pronto alejaba la mano y la acercaba a otros objetos, descubría una sensación inusitada de poderío: yo era yo y a la vez todos los otros contornos que mi sombra abarcaba. Y, al fundirse, percibía un murmullo, una vibración tenue que cada objeto parecía exhalar.

“Nunca supe después si lo había soñado o si en verdad había sucedido. Una tarde recibí la visita de una amiga de la secundaria. Su uniforme azul era una isla de luz entre las sombras y cuando tendí mi brazo hacia ella sentí una completa conmoción pues al tocarla pude percibir que me apoderaba de sus sonidos corporales, del chasquido de su lengua —ella mascaba un chicle—, de la fruición de la entrepierna. Pero además descubrí que Leylha, así se llamaba mi amiga, exhalaba en aquel momento una tonadilla de carrusel.

“Creo que le pregunté algo al respecto en medio del sopor que todavía me tenía rendido. Y Leylha, azorada, me contestó en un susurro:

“—Será porque hoy me fui de pinta. Nos subimos a los caballitos —me confió y luego agregó con una sonrisa tímida—. Me gustan mucho los carruseles. Ya sé que son para bebés pero no se lo digas a nadie.

“Cuando me recuperé por fin, vi otras veces a Leylha pero no le mencioné el asunto. Me costó trabajo reasumir los límites habituales sobre todo en el periodo de convalecencia. A veces el filo de una sombra, una silueta que se perfilaba en movimiento por la luz de un faro de automóvil, me devolvían jirones de aquella zona indeterminada. No hablé del tema con nadie en aquella época pero siempre guardé el recuerdo de ese primer tránsito y la invasión de Penumbria, como años después llamé al reino indefi nido y poderoso de las sombras.

“A lo largo de mi vida tuve oportunidad de otros encuentros. Libros, fotografías, películas, cuadros, calles, habitaciones se obstinaban en leer para mí mensajes velados. Eran momentos de revelación en los que descubría encuadres sorprendentes, de una belleza extraña y palpitante, como un corazón secreto. No resultó extraño que a los pocos años del sarampión me decidiera por la fotografía. Recuerdo el día con nitidez: mi padre había decidido abandonarnos a mi madre, a mis dos hermanos y a mí sin ninguna explicación. Tenía entonces dieciséis años y entré al despacho de mi padre para constatar sus vestigios: una pipa, sus expedientes de contador, una cámara fotográfi ca que rara vez usaba.

“Con la cámara al hombro me hundí en el centro de la ciudad. Tomé fotos al azar, sin poner demasiada atención en los objetos que captaba. Me topé con una librería de viejo y caminé por el laberinto de libros sin buscar nada en especial. Cansado, regresaba sobre mis pasos cuando descubrí uno peculiar. En la portada, una sombra de mujer delineaba con la punta de su dedo índice el cuerpo naciente, todavía inconcluso, de un hombre. Abrí el libro y encontré la frase de Píndaro. Entonces supe lo que de alguna forma ya sabía sobre mi padre: que ahora sus sombras lo guiaban por nuevos caminos. Compré el libro. Por supuesto, se trataba de un libro sobre el arte de la fotografía.”


2

—Entonces, ¿no te molesta que salga con Malva? —preguntó Antonia convertido en Antón tras unos minutos de silencio, luego de haber escuchado el episodio de las fiebres de Raimundo, el abandono del padre, la historia de Penumbria y la frase de Píndaro que, por contradictorio que parezca, entendía sin terminar de entender.

—No... De hecho, me quitas un problema de encima. Malva, como la mayoría de las mujeres, es muy demandante. Y para demandas y peticiones, ya tengo con mis sombras y la fotografía. Además, aún no nace la mujer que me haga apartarme de un amigo.

Habían estado revelando negativos toda la mañana en el cuarto oscuro y, en una pausa, mientras esperaban que secaran las últimas impresiones, salieron al balcón del departamento de Raimundo a fumar y refrescarse. Antonia aún traía en los ojos la imagen emergente de un urinario que había tomado en el Palacio de Bellas Artes. Lubricado en el borde inferior por efecto del flash, el mingitorio insinuaba los labios de un pubis, ávidos por ser poseídos.

No había podido reprimir un temblor en todo el cuerpo cuando la imagen comenzó a desflorarse entre el fluido de los químicos. Raimundo también se mostró fascinado con esa fotografía.


 


—Es maravillosa... Pero no debes olvidarlo, Antón: es un regalo del reino de las sombras. La fotografía es el encuentro de una sombra con una posibilidad de ser, el momento en que deja atrás lo indeterminado e informe para iluminarse y adquirir cuerpo y defi nición. Por eso las sombras son siempre entidades deseantes. Nosotros, cuando deseamos, nos convertimos en sombras. Sombras del deseo. ¿Desde cuándo empezaste tú a desear a Malva?


3

¿Cómo había sido perderse en su deseo?, se preguntaba Antonia/Antón. En un naufragio la embarcación se hunde o se destruye por la violencia de los elementos y, sin embargo, a los sobrevivientes, a los que no perecen en él, se les llama náufragos. Ahora era náufrago de una mujer. Náufrago de Malva. Y es que cuando tuvo a Malva entre sus brazos, temblorosa como un capullo recién cortado, sintió que, más que dueño y señor, se perdía y se abandonaba, que todo él se fundía en una fuerza de arrastre que lo impulsaba a seguir adelante, arrojarse al mar, despojarse de ser quien era y quien no era, de todas las dudas, de todas las certezas, y abrirse paso, a brazo enhiesto, a corazón partido, a sexo batiente.


4

Pero el asunto de Penumbria resultó ser mucho más importante en la vida de Raimundo de lo que a primera vista llegó a creer Antonia. De pronto las piezas empezaron a encajar: las marionetas del teatro de sombras javanés que presidían la decoración de la estancia de su departamento, las reproducciones de fotografías famosas que enfilaban el corredor por donde se llegaba al cuarto oscuro y en las que un artista como Claude Monet había captado su propia sombra refl ejada en un estanque de nenúfares, o el insólito autorretrato de André Kertész donde puede apreciarse el perfi l de su sombra en el acto de fotografiarse a sí misma y a la sombra del trípode y la cámara empleados... Eran imágenes donde sólo las sombras aparecían como protagonistas y los cuerpos, fuera de cuadro, quedaban en la sombra... A ello había que agregar los propios trabajos de Raimundo Ventura, algunos de los cuales forman parte de acervos como los del Centro de la Imagen de la ciudad de México y el International Center of Photography de Nueva York. Antonia sólo pudo conocer las series más recientes: fotografías de una belleza singular donde los rostros y los cuerpos se muestran en el tránsito de convertirse en sombras no sólo por la penumbra invasiva de los espacios sino, más bien, porque transpiran pasiones puras y sedientas: la inocencia de ser puestos a la luz reveladora de un ojo implacable. Translúcidos, con un halo luminoso y refulgente, irradiando una fuerza concentrada y cristalina, los personajes y objetos fotografiados por Raimundo Ventura parecían rasgar un velo oculto y asomarse a veces con timidez incitante, otras sin piedad.

En el altar que Raimundo tenía montado en una de las habitaciones, una imagen de las Ánimas del Purgatorio se destacaba por encima de varias fotografías y retratos. Al centro llameaba una vasija con aceite y pabilo que el fotógrafo siempre tenía cuidado de alimentar. Ahí acudía Raimundo todas las mañanas para encomendarse a sus sombras y, cuando se proponía algún proyecto en particular, pedirles permiso para trabajar invocando a manera de oración una frase que, escrita en tinta plateada, serpenteaba en una tira de papel al pie de la imagen de las Ánimas: “Déjame ser una sombra entre tus manos”.

La primera vez que Antonia vio el altar se sintió tocada por aquella frase cuyo significado no entendía del todo. Raimundo, a unos pasos de ella, percibió su atracción y se animó a revelarle:

—Es la plegaria que invocan los penitentes de Java cuando, cansados de que la vida no cumpla sus deseos, descubren en el sometimiento la verdadera felicidad. ¿No te parece maravilloso, Antón? Cuando comienzo un proyecto diferente, cuando salgo con la cámara al mundo, cuando inicio una nueva relación, no es otra la frase que repito.

—¿Dejar los deseos a un lado? —preguntó Antonia.

—Por el contrario, dejar que los deseos de tus sombras te invadan. Por otra parte, no hay más posibilidad. Tú crees llevar las riendas de tu vida, pero ¿acaso no has sentido alguna vez que deseos desconocidos se te imponen?

Antonia no pudo dejar de considerar las palabras de Raimundo. ¿Era posible que la metamorfosis que la tenía viviendo en el cuerpo de un hombre se debiera al poder de las sombras?

—Penumbria está en todas partes, Antón, y sólo basta un murmullo para que las veladuras se abran y por ahí se cuele un rayo de... oscuridad...


De Cuerpo náufrago (2005)