No será eterna esta noche

 

IV

Mirándola con la atención suficiente, una herida bien puede ser una flor abierta o una boca que manda besos cárdenos en el aire. O lo que es igual: Violeta sentada en las piernas de su madre en una fotografía que yo mismo le tomé hace casi veinte años. Recién bañada, envuelta en una toalla que poco cubría su cuerpo de escasos cinco años, Violeta extendía hacia mí sus brazos y sus labios infantiles en un reclamo de cercanía inusual pues en esa época todavía continuaba prefiriendo el regazo de su madre. Ella misma, para mí, se había convertido en un corte, una desgarradura demasiado viva en la relación con Helena. Y es que Helena no volvió a ser la misma desde que la dio a luz. Se olvidó de mí y de las Violetas, como si sólo hubiéramos sido el ensayo, el pretexto para su maternidad unívoca e irrevocable. A su modo, también a ella habían comenzado a habitarla sus propias sombras. Pero entonces eran sombras más o menos misericordiosas que aún la mantenían cerca de mí, aunque cada vez se apartara más de mis labios toda vez que intentaba beberla, y se alejara de mis manos si me esforzaba en tomarla.

Por supuesto me refugié en la fábrica y en las muñecas. También en los libros y en las películas silentes que siempre habían ejercido en mí una fascinación inquietante. A estas últimas acudía muchas veces en compañía de Klaus, que también las disfrutaba con fruición, a un cinematógrafo de la zona sur. De los primeros, revisaba sobre todo libros de fotografía, de pintura y de anatomía. Pero en este terreno, aunque de sobra conocía las coincidencias con mi socio y amigo, prefería hacer mis propias incursiones. De hecho, nunca revisamos juntos un libro de Bellmer o un tratado circulatorio de la sangre. En ese terreno, si algo había que mostrar, recurríamos a la mesa de diseño de Klaus que albergaba toda suerte de plumillas, puntas, estilógrafos en permanente estado de alerta. Ahí, en el espacio siempre despejado de su centro, como un cuerpo disectado, colocábamos el volumen patiabierto con la imagen

o el texto de referencia. Para que cada quien, en solitario, lo contemplara. Fue así, durante aquellos días en que Helena y Violeta me apartaban, que conocí la historia de la hija de Butades: una muchacha de Corinto que, en su intento por preservar la imagen del amado que partía, se aplicó a delinear en la pared, a la luz de una vela, su sombra fugitiva. El amado, por supuesto, partió y jamás regresó, pero de ese gesto que delineaba una sombra, de un deseo imposible, explicaban en el libro, surgiría a la postre el arte de la pintura. (Sólo que en el cuadro que acompañaba a la leyenda a manera de ilustración, la hija de Butades, obsesionada por su propia pasión, se había convertido en una sombra, más opaca y oscura que aquella otra que su mano delineaba.) Y no pude evitar acordarme de Tántalo y pensar en todos esos intentos que se construyen —aun sin saberlo— para acercarnos al cuerpo de nuestro deseo. El “cuerpo” porque siempre se trata de la materialidad del deseo, su huella física: si pienso en la Helena de los primeros años de nuestro matrimonio cuando sin duda todavía me amaba, vuelvo a oler el aroma de madreselvas que se ponía en la hondonada de su vientre. Y de ahí, al cuadro completo: la secuencia silente donde Helena entra a la recámara de Violeta aún pequeña una noche tibia, dejando en el aire de las escaleras la huella penetrante de su perfume ya mezclado con el olor a madera húmeda de su sexo. “Madreselvas y madera”, pensaba cuando, tras seguirla con la nariz como guía en la oscuridad, me senté a esperarla al pie de la escalera. Tardó más de lo que había prometido —Violeta había despertado y Helena canturreó en su oído hasta que se quedó dormida— y por eso, ya adormecido yo también, me escuchó repetir: “Madreselvas y madera.”

—¿Sabes tú que cada sexo de mujer tiene un olor diferente? —me confesó ella de improviso.

—¿Y tú cómo lo sabes? —le pregunté seducido por ese desplante de mujer experimentada que entonces creí muestra de ingenuidad y coquetería y, sin poder resistirlo, comencé a besarla en la oscuridad.

—No lo sé, pero lo sé —me contestó fi rme y luego acalló un gemido de desaprobación pero también de goce ante mi urgencia.

Desde entonces las primeras Violetas comenzaron a oler: una fragancia sutil e imperceptible de esencias unas veces puras y otras entremezcladas. Eran los primeros ensayos. Jacinto, el hijo de aquel don Gabriel que trabajara con mi padre, se mostraba al principio renuente a las novedades pero al fi nal cedía hechizado por aquellas fragantes y tiernas pieles recién nacidas de sus manos.

Con la primera Violeta prohibida fue diferente: ésa olía como el modelo original. Un olor todavía indeciso que ya había percibido en la Violeta de doce años cuando me besaba para despedirse y regresar al internado del que sólo volvía como una promesa quincenal. Durante meses luché y me resistí a hurgar entre las prendas que dejaba en el cesto de ropa sucia esos fi nes de semana. Helena nos había abandonado a los dos desde el verano anterior. Inesperada, súbitamente, viviendo de lleno del lado de sus sombras. Tal vez debí escudriñar en el clóset donde durante meses permaneció su ropa colgada fantasmalmente. En vez de eso, me dirigí un día al baño de Violeta y ahí encontré los vestigios de su esencia resuelta en ninfa: un aroma tenue a bosque y a miel. Y entonces anticipé el sueño por el que he vivido, el recuerdo de esa herida en el que podría resumirse mi existencia.


V

Quiero repetirlo una vez más: mi crimen no es del todo un crimen —aunque tampoco, lo reconozco, puedo declararme inocente. ¿O es que acaso alguien se atrevería a condenar al artista Hans Bellmer por haber soñado sus muñecas? Por más que los optimistas y los ingenuos —incluidos esos dementes que se hacen llamar fieles de la Hermandad de la Luz Eterna— se obstinen en creer que únicamente estamos hechos de luz divina, tendrían que recordar un poco sus propios sueños para confesarse la espesura de la tiniebla que los habita. El placer que en esos dominios de la sombra puede producir el que unas manos desconocidas serruchen nuestra carne en una operación silenciosa y sin dolor. O el delirio de observar que alguien persigue a uno de nuestros seres amados para, después de acorralarlo, abandonarse al instinto carnicero de rebanarlo en cortes tan delgados que incluso la sangre, cuajada en gotas milimétricas, casi se sonrosa o incluso se transparenta —y temblar empavorecidos y afiebrados al descubrir que no sólo no hemos acudido en su auxilio, sino que ha sido nuestra propia sombra, arrebatada de un furor que creíamos desconocer, quien ha perpetrado tal crimen. ¿O es que acaso ese tipo de delirios solamente los tenemos unos cuantos a los que entonces debieran apartarnos del resto de los hombres en calidad de seres abominables? Porque, por ejemplo, nunca con Klaus nos hemos sentado como chicos que intercambiaran estampas para hacer el recuento de nuestros sueños, pero juraría que tanto él como Bellmer, como otros que no menciono ahora, se han sumergido al dormir en ciénagas espesas y turbias que al despertar apuran con el primer parpadeo y que nada tienen que ver con la imagen bobalicona de la bondad o la inocencia. Y juraría que también muchos de los que lean estas palabras han tenido sueños viles, aunque no se atrevan a confesárselo ni a sí mismos. Entonces, ¿a santo de qué ponernos máscaras angélicas y fi ngirnos sin culpa? Claro, en una parte disimular que nada pasa (que nada nos pasa, nos atraviesa, murmura a través de nosotros, nos surca) se vuelve necesario como el aceite que permite que los engranes se muevan en una pesada maquinaria. ¿Pero escandalizarse por lo que de oscuro y prohibido compartimos todos de una u otra manera? Aunque bien es cierto que sólo he hablado de sueños de hombres. No los de esa otra especie indescifrable que guarda sus secretos en el cofre de su vientre: esos seres de cerradura insomne que son las Violetas, mi Violeta, Helena, Isabel.


VI

Alguna feminista me acusará de equiparar a las mujeres con muñecas, de reducirlas a su esencia de

objeto ritual. Por el contrario. Las Violetas siempre aspiraron a convertirse en mujeres. Mujeres muy peculiares, por cierto: en tamaño natural, de cuerpos tiernos y virginales, las Violetas fueron eternas niñas pubescentes en el incierto cruce de los reinos aéreo y terrenal: sólo había que mirarles los ojos de guiños acuosos, más que por los iris vidriados, por la desilusión de no ser tocadas cuando el hombre que las había comprado se resistía a jugar con ellas, para entenderlo.

Que sangraran, entre otras propiedades físicas como el calor corporal y la textura aduraznada de la piel general, las hacía particularmente codiciables a los ojos de aquellos hombres que, intuyendo el fondo oscuro de sus sueños, encontraron en las Violetas la esperanza de consumar una violación silenciosa… sin consecuencias. Y su sangre virgen de cálices recién abiertos en la punta del deseo, también las hacía particularmente distintas a ese antecedente que ahora podría, no sin sorprenderme del azar recurrente de esta neobotánica del deseo, clasifi car como una suerte de “familia de muñecas-fl ores del mal”: las Hortensias. En aquel momento ni Klaus ni yo habíamos oído hablar de las Hortensias, ni conocíamos nada de su creador: un tal Horacio Hernández, medio hermano de un escritor del Uruguay que antes había sido pianista itinerante: Felisberto Hernández, de quien con gran dificultad conseguí un libro impreso en 1947 en una librería de viejo perdida en el centro de la ciudad. Ignoro si el arte siguió a la vida,

o si fue la vida la que se obstinó en parecerse al arte, es decir, si Horacio, tocado por los relatos delirantes y sonámbulos del hermano, llevó a la práctica la fabri cación de aquellas Hortensias, calificadas por la prensa de la época como “nueva falsifi cación del pecado original”. Pero también pudo ser que fuera el otro, el escritor Felisberto, quien consignara los delirios y manías del medio hermano en ese relato titulado Las Hortensias, del que sólo se conserva el nombre pues la edición entera sucumbió en las llamas de un incendio que arrasó la imprenta de un barrio de Montevideo, donde el medio hermano de Horacio había depositado el único original que poseía para su impresión. (Hay una versión taquigráfica que el escritor Felisberto reconstruyó poco antes de su muerte en 1964, pero como tantas de las excentricidades de los hermanos, está escrita en una taquigrafía inventada —de qué o de quiénes se protegía, me debí haber preguntado entonces— que aún no ha podido ser descifrada del todo. Los estudiosos de la obra del escritor uruguayo en Universität Regensburg han hecho adelantos y prometieron una edición íntegra de Las Hortensias para el próximo año, aunque no estoy para nada seguro de llegar a leerla, si es que consiguen publicarla.)

Pero entonces yo no sabía nada de los hermanos Hernández. Tuve el primer contacto con H.H. cuando ya las Violetas eran solicitadas desde lugares tan disímbolos como New Haven y Turkestán, y no nos dábamos abasto con su producción selecta. Entonces, en una caja de madera semejante a las que usaban nuestras Violetas para viajar, recibí un envío procedente de Santa Lucía del Uruguay. Creí que se trataba de una devolución por algún desperfecto, aunque no recordaba ningún destinatario en esas latitudes, y estaba a punto de pasársela a Jacinto para que se hiciera cargo de las reparaciones, cuando descubrí diferencias en la veta de la madera y el tamaño un poco mayor de sus dimensiones. Supe entonces que la caja contenía algo diferente. Así fue. Al abrirla me encontré con una muñeca desconocida: en vez de las adolescentes muchachas de senos albeantes y carnes y líneas fronterizas con uniforme escolar —con algunas variantes en el color de la falda y los adornos en el cabello o el tipo de zapatos, por ejemplo, era el modelo preferido por la mayoría de los clientes, aunque otros optaran por atuendos especiales—, en el interior de la caja dormía una hermosa mujer apiñonada de veintitantos años, vestida de noche y con un antifaz de lentejuelas negras sobre el rostro sereno y altivo. Supe su nombre después, cuando leí el mensaje que me estaba dirigido y que traía guardado en el discreto bolso de fiesta que anudaba con una cadenilla sus manos dóciles y perfectas.
 

Para uso personal
del señor Julián Mercader
esta Hortensia de 1949.
Larga espera. Á votre santé.
                                 H.H.


A diferencia de nuestras dulces niñas que guardaban un calor corporal estable que incluso podía graduarse, a esta muñeca había que colocarle agua caliente por un orificio posterior para conseguir una temperatura más humana. Sin embargo, la piel de cabritilla tratada con químicos de la época le daba una tersura de cría animal que me hizo dudar de la mezcla sintética que Klaus había perfeccionado después de meses de ensayo y error. Y por supuesto, siguiendo las instrucciones del cuadernillo que acompañaba a la Hortensia recién llegada, tuve que remover y remojar en una solución salina y avinagrada las membranas interiores. Sólo así pude constatar la flexibilidad de sus tejidos y presentir que si aquel remitente de iniciales desconocidas era el creador de tales modelos portentosos de muñecas adultas, construidos a mediados del siglo XX, sin duda debió de sentirse perturbado con la fragancia de ninfas aún no segadas, esa suerte de capullos inviolados que eran las Violetas niñas, entre otras cosas, gracias al artilugio de redes capilares que, por debajo de la piel mentida, las hacía sonrosar de pies a cabeza, confi riéndoles lo mismo rubor a sus mejillas que lubricidad a su oculta sonrisa virginal. No me equivocaba, según lo constataría más tarde: H.H. casi había regresado de nuevo a la locura por intermediación de las inocentes Violetas. Y eso que sólo las conocía de nombre, según me enteraría más tarde. Y eso que sólo había soñado su olor y no sabía nada de su origen de incesto y devoción.


De Las Violetas son flores del deseo (2007)