Alquimia de la ninfa sombra en tránsito a la luz

   

Tendría que decir que sobre todas las cosas, me abismaba su aroma. Era un asunto de cabalgar nubes, de alientos cortados por el hachazo sutil del instinto, y de pronto el vértigo mismo de la sangre: sonoro, táctil, veleidoso, envolvente, animal. Me salían patas y bocas por toda la piel y al golpe de hélice de una nueva emanación de sus fábricas de aroma, las patas se volvían élitros, alas, membranas volátiles, y la abeja zumbaba embebida de su secreta miel. Bastaba pasar a su lado para volverme carne, jugos, obediencia, para intoxicarme y olvidarlo todo. Por eso comencé a seguirlo. El bachiller acudía a mítines con otros donceles y doncellas rebeldes que conspiraban para cambiar el reino de este mundo. Por fortuna, en mi calidad de fuente, era yo capaz de transparentarme hasta parecer invisible.

Fue en una de esas reuniones que el bachiller que después sería también Arcángel Mayor, como más adelante se verá, conoció a una sirena fata de cabellera de algas rojizas y se enamoró de ella. Yo podía percibirlo porque su olor se hacía más intenso, casi dolor, casi fuego en cuanto la avistaba. Y por supuesto, yo me inflamaba con él, pero su amor también me dolía, me quemaba.

Tuve que huir la primera vez que se besaron, temerosa de incendiarme con ellos.

Pero más tarde reincidí. La tentación de que su aroma recorriera mis laberintos, arrecifes donde la sangre golpeaba tumbos ignorados, fue mayor. Se encontró con la sirena fata en un mitin de silencio: eran caravanas de muchachos y doncellas con pancartas que vociferaban indignación, pero de sus labios no brotaban las palabras. Algunos hasta parecían médicos y socorristas celestiales con el esparadrapo

o el parche que les clausuraba la boca. Pero cuando el bachiller hermano de Rosa y la sirena fata de algas rojizas volvieron a encontrarse, el mundo se volvió relámpago.

Los vi tocarse, fundirse en un beso, hablar su lengua de piel e instinto. Entonces, en consecuencia, a la par, por primera vez, de mi fuente brotaron chorros de fuego y no agua castálida y cristalina. Sabía por experiencia ajena que hay ninfas de todos los saberes y sabores. Ninfas del bosque, ninfas de los ríos, ninfas de los mares, ninfas de los aires y la alta montaña, pero no que todas en algún momento manan y se trasmutan en incendio.

(Como aquella con cuyo cuerpo incendiado se fundó una ciudad: una sirena alada que, transformada en llama ardiente, se arrojó al mar porque un hombre llamado Ulises se resistió a su canto.)


*


Lo que de verdad te penetra te pertenece, murmuraron entonces los céfi ros a mi oído.

Hacerlo propio no es tarea de titanes. Primero porque lo involucra a uno en un terreno de profundidad incandescente; segundo porque sólo hay un placer mayor a esa pasividad voluntaria y soberana de la entrega. Tercero porque te permite vislumbrar tu muerte con ojos serenos.

Hacerlo agua y fuego vivos no es tarea de titanes y hecatónquiros, sino oficio de ninfas, sirenas, tritones, cervatillos, sátiros y todo aquel capaz de entregar en el sometimiento el laurel de su victoria.

Lo que de verdad te penetra, te toca, te hiere, te hurga, te traspasa. Se vuelve tuyo. Murmuraron las dríadas impelidas por los vientecillos. Me dejé llevar también. Me arrastraron hasta el claro de un bosque, que era lago, que era valle, que era plaza. Me hicieron flotar como un beso tenue en el fi lo del agua. Después, abrieron las compuertas para que me abismara.


*


Ada fue una ciudad vehemente como el deseo que le dio origen. Esto se cuenta de su fundación: los cazadores de una tribu tuvieron un mismo sueño y una misma sed. Vieron a una muchacha que dormía en las aguas de un lago. Soñaron que la forzaban y que ella, sin despertarse, respondía a sus caricias y a su violencia. La tomaban una y otra vez pero ella no despertaba del sueño de agua y ellos en realidad no la poseían.

Al despertar, los cazadores buscaron aquel lago. Peregrinaron de un sitio a otro pero no encontraron rastros del sueño y, en cambio, su sed por la mujer iba en aumento. Un día, exhaustos, llegaron a un valle rodeado de montañas y volcanes. Entonces la vieron: una muchacha de agua dormía recostada en el lecho del valle. Los hombres corrieron a su encuentro pero cuando creían tenerla entre sus manos, sólo tocaban el agua cristalina.

Decidieron permanecer ahí donde un espejismo casi había hecho realidad su sueño.

En la construcción de la ciudad cada uno recordó a la ninfa: la gravidez de las caderas, el horizonte de su rostro, sus párpados tenues; también la brutalidad del asedio, la violencia al someterla. Así, lenguas de tierra y argamasa penetraron las aguas, barcas afi ladas rasgaron los canales recién formados, palacios y chinampas flotaron como besos perennes. Los cazadores, medio cuerpo en el agua, se volvieron pescadores. Y en las redes que arrojaban al lago las noches de luna llena, intentaban apresar aquella ninfa de plata que brillaba en la superficie del agua.

Hoy Ada es una ciudad extinta como el deseo que le dio origen. A fuerza de buscar poseerla, los pescadores y los viajeros, siempre sedientos, terminaron por beberla.

Hoy los visitantes se detienen en alguna de las montañas áridas que rodean el desierto. Sólo aves rapaces, cactáceas y reptiles se asientan en sus arenas ardientes. Entonces los visitantes huyen: presienten el cuerpo de la mujer de agua que dormía en el lecho del valle y se descubren una sed rotunda y desesperanzada, capaz de secarles el alma.


*


Todo era fuente pero también herida. Fulgurante. Resplandeciente. En ese entonces me daba por sangrar todo el tiempo. Todo me tocaba y me desbordaba. Los seres, imágenes, sombras, intenciones me hincaban sus dientes dulces y afilados. Yo me dejaba hacer: que la vida hundiera sus dientes en mi carne dispuesta que comenzaba a tatuarse de cicatrices luminosas. La belleza y su rostro oculto de Medusa acechaban por todas partes. Y yo manaba. Fluía con el mundo. Ignoraba pero empezaba a descubrirlo: que el espanto y la belleza podían ser las caras intercambiables del paraíso.


*


Se transformaba a cada instante. Huía sin remedio. Era como mi primo catador de sangres: un cazador profesional. Capaz de introducirse en una sinagoga con dulces para ofrecer a los presentes mientras atisbaba la apartada sección de mujeres, convertida en un súbito harem. O de aprender húngaro para conversar con la madre de su siguiente conquista. También le daba por asumir formas proteicas: pez, chupamirto, lobo, araña. Yo lo amaba en cada una de sus facetas y lo esperaba después de cada cambio. Mientras tanto, me derramaba en otros continentes, pero en cada travesía siempre lo buscaba a él. Me maravillaban sus artes metamórficas, su capacidad líquida para escurrirse entre las manos, a mí que conozco de fuentes y saber manar. Por supuesto, deseaba apresarlo, proclamar que ese hombre múltiple era sólo mío.

Un día llegó a mi casa extenuado. Sus ojos urgían una tregua. Se quedó dormido entre mis brazos como agua escondida. Cabía en un cuenco, un simple vaso. Podía beberlo sin prisa. Pero me contuve, sospeché la tristeza de Circe, el dolor de Salomé y me contuve.

“Tuve un sueño raro”, me dijo al despertar. “Ada: eras una mujer de agua que dormía en el lecho de un valle. Hombres que venían del desierto te descubrían y te deseaban: querían poseerte —yo entre ellos—. Te forzábamos. Te resistías. La sed iba en aumento, imperiosa, tiránica: terminábamos por beberte. Aún paladeaba el último sorbo —el cuenco líquido de tu cadera, creo— cuando de pronto lo supe: una nueva sed, rotunda y desesperanzada, comenzaba a secarme el alma”.

Y guardó silencio. Busqué sus ojos y él los míos. Por primera vez desnudos desde la última ocasión en que escapamos juntos del Paraíso.


De Las ninfas a veces sonríen (2013)