Nota introductoria


Ignoro si alguna vez lo ha confesado en alguna charla, a la hora de dar clase, o cuando educaba a sus hijas; pero durante el tiempo en que trabajamos juntos, y tras años de frecuentarnos ya por amistad, o bien por proyectos comunes, aprendí a distinguir el perfeccionismo de Mónica Lavín, que evoluciona siempre por rumbos curiosos, como si fuera un arrecife de coral. De su pasado me ha gustado escuchar de ella su pasión por la danza, el cariño por su hermana, el que la historia se repita con sus dos hijas, su pasado de la Modern American School y su perenne buen gusto: al vestir, en el comportamiento, en sus preferencias gastronómicas y por un buen vino o un tequila. A la vez, su moderación en todo aspecto.

Como muchos de los escritores de la generación de los cincuenta, Lavín combina la escritura con el trabajo editorial y la enseñanza. Alguna vez afirmó que su profesión de bióloga le parecía un impedimento inicial en su formación de escritora. Y no la conformaba saber que Sábato o Musil, Lara Zavala o Leñero provinieran de diversas áreas científicas. Nunca le pregunté cuáles fueron sus promedios escolares, cuestión ociosa, ya que mi imagen de Lavín formula una amplia teoría de su personalidad: misma que parte de su búsqueda de precisión, su interés por conocer e informarse, e ir sumando opiniones, conforme avanzaba en sus lecturas respecto de cada libro que lleva en su bolsa.

Defino como su mayor rasgo distintivo su amor por el orden y su ajustado método. Contrasta su minucioso trabajo con la hiperactividad de conejo de Alicia que implica su agenda delirante. Alguna vez me asomé a su página electrónica y confirmé varias de mis tesis: aplicada, obsesiva, Lavín combina una agradable dialéctica entre sus aparentes o domadas timidez e inseguridad que sabe transformar en apuesta. Más claro: cuestión de leer, La más faulera. No hay duda: sabe de lo que habla, describe con plenitud e intensidad el vértigo y la adrenalina, la rivalidad y el objetivo. La necesaria rapidez que Italo Calvino proponía para la narrativa de este milenio, le viene de origen, es parte de su estructura genética. Asimismo es perceptible que Lavín compite preferentemente contra sí misma.

Mucho me gusta que en esta breve antología se incluya “Los jueves”, una de las historias de Ruby Tuesday no ha muerto, volumen donde su estilo queda definido: Lavín maneja con habilidad la descripción y el uso de los sentidos: observa y mira, huele y olfatea, toca y acaricia, oye y distingue. Con todo ello, imagina. En tal medida, su prosa es un tránsito de los sentidos a través de los acontecimientos que implica la anécdota. Mónica Lavín domina el arte del cuento, lo que le ha valido constantes reconocimientos.
Aprecio sobremanera el trabajo de la atmósfera de la prosa y la caracterización de los personajes en sus relatos, encuentro en éstos, y en los comportamientos que distingue la observación de la autora su mayor capacidad: lee con claridad las almas y diferencia con una hábil intuición la gama de sus claroscuros, sin calificativos, con objetividad y verosimilitud.

Lavín es una autora que sabe abstraerse de sí misma para dejar que el texto haga, cuente. Para ella, el mundo es detalle, fragmentos de una totalidad vasta que en sus diversas manifestaciones conforman un acontecer sorprendente, que quizá con frecuencia se manifiesta ante nuestros ojos, incapaces de percibirlos. Ella lo logra, como puede verse en “El día y la noche” o en “La corredora de Cuemanco y el aficionado a Schubert”.

Partir de esta amplia sensualidad, no confundamos, está lejos de proponer historias convencionales o felices. Mónica Lavín comprende y muestra que las relaciones humanas, como lo formuló en su momento William Golding son, por regla general, versiones numerosas de la adversidad —donde los sentimientos naturalmente carecen de lógica, son mero impulso, brillantes, atroces, siniestros y, en diversas ocasiones, frutos de la perversidad—. En estos universos —mínimos o más amplios en su tiempo o en su espacio— ocurren catástrofes estremecedoras. No es difícil para el lector comprender y recordar que el hombre es lobo del hombre.

Igualmente, puede verse en la prosa de Lavín una clara influencia de la obra de Joseph Conrad. De él aprende cómo una situación propicia tanto las buenas o malas semillas de que se nutren nuestros corazones. Un claro ejemplo de ello se encuentra en “Uno no sabe”. Aunque pudiéramos decir que se nos educa en la virtud, su conocimiento es inútil cuando la marea de circunstancias nos empuja hasta las costas más borrascosas de la pasión.

Afirman quienes distinguen los comportamientos de cada género que las mujeres tienen una capacidad sobresaliente para la observación de nimios detalles. Mónica Lavín sabe aprovechar para bien de cada una de sus narraciones tal circunstancia. Con ello se aprende que las grandes catástrofes de nuestras vidas se originan, verdaderamente, con el leve aleteo de una mariposa, como lo enseña también un venerable cuento chino. Tanto en “Iniciales”, el relato que abre esta compilación, como en el final —”El caso estándar”—, encontramos muestras precisas de estos acontecimientos.

El lector que recorra estas páginas difícilmente podrá olvidar las diversas impresiones que la prosa de Mónica Lavín le descubra en esta breve travesía, como una invitación para seguir con ella en su creciente obra.

 

Bernardo Ruiz
México, D. F., abril de 2013


Mónica Lavín (México, D.F., 1955), escribe novela, cuento y ensayo. Destacan entre sus libros, en cuento: Ruby Tuesday no ha muerto (1996), Uno no sabe (2003), La corredora de Cuemanco y el aficionado a Schubert (2008) y Pasarse de la raya (2011). En novela: Café cortado (2001), Hotel Limbo (2008), Yo, la peor (2009) y Las rebeldes (2011). En ensayo: Leo, luego escribo. Ideas para disfrutar la lectura (2001) y Apuntes y Errancias (2009). Ha sido maestra de la Escuela de Escritores de la Sogem de 2001 a 2008 y es profesora investigadora de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México en la Academia de Creación Literaria. Pertenece al Sistema Nacional de Creadores.