La corredora de Cuemanco y el aficionado a Schubert



Guillermo llegaba temprano para el concierto del domingo. La sala estaba cerrada y él perdía el tiempo en la fuente. Había comprado con antelación el abono de la temporada, así que ni siquiera tenía que formarse en la taquilla. Daba vueltas en la explanada y veía sin interés a los perros que bebían de la fuente y a sus dueños. Pensaba que a los dueños del perro y a él les producía una sana alegría estar en ese lugar. A ellos por el bienestar del perro, a él por el placer de la música. Hoy el programa incluía a Schubert, la Sinfonía inconclusa, también a Grieg y a Smetana. Pero él eligió estudiar a Schubert. Era el pretexto perfecto. A veces tenía que indagar sobre Paganini o Korsakoff, pero el programa de ese día le había dado la oportunidad de solazarse en uno de sus preferidos. A ratos se escabullía de la investigación sobre el modelo de movimiento de los líquidos para robar al ciberespacio alguna luz sobre el compositor o mejor aún sobre aquella pieza del programa. Le gustaba escudriñar el anecdotario que rodeaba a la pieza —cuándo fue tocada por primera vez, dónde, quiénes la han interpretado— además de datos biográficos del autor. Aunque sabía ya algo, su biblioteca e internet le ayudaban, siempre buscaba más. La información que más le atraía tenía que ver con la construcción de la pieza. En esa esfera de lo abstracto, en esa búsqueda de la forma a través de compases, silencios y ritmo, las matemáticas y la partitura se tocaban.

Sandra corría los sábados y domingos. Sabía que no era suficiente si quería hacer un buen papel en el maratón, pero el trabajo en el banco no le permitía más. Entraba temprano y su arreglo le tomaba tiempo, por más eficaz que fuera el corte de pelo para acomodarlo con unos minutos de secador y aunque tuviera la ropa escogida desde la noche anterior. Por eso la llegada del fin de semana la celebraba con bombo y platillo. No se levantaba temprano como otros corredores. El viernes acababa muerta y el sábado por la noche era día de salir con las amigas, o con Juan, cuando su vida marital se lo permitía, o con su hermana. Pero no perdonaba correr al mediodía del sábado y del domingo. Se ponía la ropa deportiva, bebía un jugo y tomaba una cucharada de miel y salía de casa deseosa de estar ya frente al canal. Hacía sus ejercicios de calentamiento y miraba el reloj. Comenzaba caminando briosa y luego echaba a correr. Después de haber probado suerte en los viveros de Coyoacán, el bosque de Chapultepec, el de Tlalpan, pues la colonia del Valle le permitía acceder a cualquiera, Cuemanco le había resultado el sitio más grato. La cercanía del agua la refrescaba y le parecía estar en un paisaje que no era la ciudad de México (aunque en otro tiempo esa fuera su condición). El deslizar de las canoas sobre el agua acompañaba su correr. La embelesaba el silencio de los remos que entraban en el agua por una hendidura y salían chorreantes virando su horizontalidad a ritmos constantes.

Guillermo entró a la sala de conciertos, como siempre, en cuanto las puertas estuvieron abiertas. Buscó un asiento a grata distancia del escenario. Reconoció a quienes, como él, llegaban temprano y buscaban acomodo en la sala. Los mismos de cada domingo. La mayoría eran hombres. Allí estaba el de la boina: sesenta años, bigote cano. Llevaba un periódico doblado que exhibía un crucigrama. Una fila más atrás se había sentado el hombre gordo y calvo que inexplicablemente permanecía estático mirando al frente, aunque aún faltaran quince minutos para el comienzo. El joven de lentes llegaba con el pelo revuelto, como si se hubiera deslizado de la cama sin baño ni desayuno. Había uno de suéter y saco de tweed que le recordaba a su hermano, o tal vez a él mismo. Era de su edad. O de la de su hermano. Y parecía no perturbarle llegar temprano y que los demás advirtieran su condición de solo. Siempre sacaba una novela. Guillermo intentaba leer el título. Dudaba que fuera un lector apasionado, le parecía más una careta para esconder la espera y las miradas. Pensó que era bien parecido, y eso lo ruborizó, ¿como él? También pensó que un hombre de cuarenta y tantos años, de buen aspecto, no debía estar solo. Pero él lo estaba. Los ocho o diez hombres que llegaban temprano lo hacían sin compañía. Tal vez alguien los esperaba en casa. Guillermo se engañaba, la antelación con la que aguardaban el concierto hacía pensar que nada los retenía en casa, que el silencio los expulsaba hacia el edén musical.

Cuando Sandra llegaba a la parte de los caminos estrechos, al otro lado de las gradas sentía que su correr entre el paisaje era más íntimo, como si aquellos eucaliptos y la tranquilidad del agua quebrada por el graznido de las aves fueran un espectáculo sólo para ella. Aquella reunión de elementos: agua, aves, árboles y el ritmo de sus pasos le daban un gozo difícil de explicar. No lo podía compartir. Trataba de explicarlo a Juan cuando hacían el amor, pero no podía. Parecía cursi, parecía frágil. Y sus piernas fuertes desmentían toda fragilidad. Tenía muslos de acero. Se lo había dicho su primo Carlos cuando se encamaron en casa de su tía muchos años atrás. Sandra se había empeñado en que no se le reblandecieran, en mantener su gallardía. Juan los recorría con sus manos grandes. El muchachito que apenas había entrado a trabajar en el banco los miraba cuando Sandra se preparaba un café. Ella le sonreía. Le gustaba la juventud de Mikel. Imaginaba sus piernas de roble. Y le daba por pensar en maneras de seducirlo: conducir la mano de él por sus piernas, allí en el estrecho espacio que olía a café y que no tenía ventanas, en aquel clóset pequeño. Pero Mikel era sobrino del director y el director era cuñado de Juan y sus deseos no podían suscribirse a ese espacio cerrado. En Cuemanco la vía se abría, de ida y vuelta, a la anchura del canal.

Guillermo releía el programa antes de que comenzara el concierto. Alguna vez intentó traer un libro, como el del saco de tweed, pero no pudo concentrarse. Le gustaba mirar, disfrutar la anticipación del banquete musical. Como cuando era niño y su hermano le dijo que lo llevaría en el viejo MG. Como cuando lo admitieron en el grupo de rock después de escucharlo dar un palomazo en el que demostró que si podía con el requinto. Como cuando esperó a Marta afuera de su casa horas enteras porque no le contestaba el teléfono y entonces le pudo decir que era bonita. Y Marta se conmovió. De algo servía esperar, Guillermo lo tenía claro, aunque Azucena no hubiera vuelto al departamento que compartían y hubiera llamado tres días después diciendo que iba por sus cosas. Ella escogió la hora en que sabía que daba clases. Pero Guillermo allí estaba, esperándola. La veía empacar, descolgar algún cuadro, hurgar entre los libros, nerviosa ante la mirada silenciosa de Guillermo, sentado en el sofá, impertinente. Ella sin atreverse a decir qué me ves, como músico en escenario. Todas las luces sobre ella. El primer violín se puso de pie, entró el director. El concierto comenzaría. La orquesta se acomodaba. Guillermo sintió una punzada de excitación.

Sandra aprendió que hay que sostener el ritmo, saber respirar y que pasado el tiempo se llega al estado de flotación del corredor. Se desentiende uno del pulso y de los músculos, se olvida uno de la pisada y sólo se escucha la propia respiración. Correr es asunto de oído. Quién lo hubiera dicho. Aquel entrenador que reclutó en el banco a aquellos que quisieran participar en el maratón corporativo, le explicó a Sandra que llegaría el momento que correría de oído. Aprendería a respirar. Si se respira bien los pies responden. Si se va más rápido la respiración se acomoda. Hay que encontrar el paso de cada cual. Toma tiempo. Es cosa de estar atento. Robles tenía una nariz gruesa y desagradable. Desnalgado y piernicorto, sabía convencer. Y Sandra se dejó preparar para un primer maratón de cinco kilómetros. Y le gustó. Y Robles quiso que entrenara todas las mañanas. Le vio madera de campeona. No puedo. Robles le vio los muslos y trató de contenerse, pero celebraban su cumpleaños con el grupo de corredores del banco y no pudo evitar rozar los muslos de Sandra sobre la falda. Sandra lo hubiera perdonado, pero Robles no volvió al banco.

Guillermo pensó que si hubiera tenido un hijo lo habría traído a los conciertos. Hubiera llegado más tarde, cuando las puertas estuvieran abiertas y la gente en fila. Porque el muchacho o la muchacha se haría el remolón para levantarse y porque habría que darle el desayuno. O pasar por él a casa de su madre, porque no se imaginaba una vida continua al lado de Martha ni de Azucena, ni de nadie. Ni de su hijo. Pero lo traería a los conciertos y le explicaría la colocación de los instrumentos y le adelantaría algo de lo que escucharían para que lo gozara más. Y el hijo haría cara de fastidio y él guardaría silencio intentando no estropear el placer de escuchar. A Guillermo le gustaba escuchar la música solo, como en su casa, con la luz apagada. No había manera de que Azucena se sentara a su lado y dejara tranquilas las manos y no quisiera leer tratados de psicología, que sólo escuchara. Ella no quería perder el tiempo. Azucena y su sexo rubio. La imagen fue repentina, lo distrajeron el director que había salido al escenario y los músicos que se habían puesto de pie y la música que estaba a punto de comenzar.

Es lógico que estas soledades geométricas, náufragas de la ciudad de México, se encuentren, si no para qué iba el narrador de esta historia a presentar a uno y a otro, a intercalar sus quehaceres y develar la manera en que sobreviven el domingo. Anticipamos una historia de amor, como en aquellas películas donde vemos a A y luego vemos a B salir de casa y los vemos en un mismo vagón de metro o en el autobús y observamos que se dirigen una mirada y sospechamos que al día siguiente, pues A y B tienen una vida rutinaria como ha quedado demostrado en las primeras escenas de cada uno, se encontrarán y tal vez sonrían el uno al otro, o se rocen las manos en el tubo del cual se detienen, o se estorben en la puerta de salida. Y acaban tomando un café y acaban riendo en un bar, y acaban en la cama de un hotel antes de desandar sus pasos y volver a casa en el mismo vagón. Pero no es fácil juntar a Guillermo y a Sandra que no viajan en autobús o en metro, que trabajan en distintos puntos de la ciudad, que dedican sus domingos a espacios distintos. Olvidó el narrador contar que Sandra a veces corre con los audífonos puestos. No siempre pues le gusta el graznido de las aves y el golpe suave de los remos en el agua límpida del canal. Le sorprenden esos sonidos tan lejanos al Periférico que está a unos metros. Quiere asombrarse pero a veces no basta y necesita la música para llegar al estado de flotación para no andar molesta con Juan y con ella por haberse metido con un casado, por desear a un jovencito y quererlo añadir a la lista de imposibles, por quejarse de no tener hijos a sus treinta y cinco años, por abominar a su madre que le reclama no haberse casado a tiempo. La música la calma, y no sabe mucho pero a veces escucha Opus 94 y se fija en los nombres de las piezas. Oyó a un radioescucha decir que en Margolín venden una buena selección de piezas. Por eso va un sábado por la tarde, preparando la rutina del domingo. La discusión con Juan el viernes la tiene contrariada. Que la adora y la desea pero que no va a cambiar su vida. ¿Qué hay de nuevo?, una historia por ella harto conocida y predecible. Pero le gusta Juan, le gusta mucho encima de ella, le gustan mucho sus manos en el cuerpo y cuando pasa una semana y no lo tiene (aunque no espere tenerlo todos los días en la cama y el desayuno) siente que se abre un abismo. Y se siente inútil. Quiero algo de Schubert dice al dependiente. ¿Qué está buscando? Guillermo alcanza a escuchar la petición de la chica y la pregunta del dependiente. Alcanza a percibir el titubeo de la mujer que levanta los hombros. Entonces él se atreve: “La inconclusa”. El dependiente le extiende varios discos a Sandra. El segundo movimiento es espléndido. Sandra lo mira asombrada. Repara en el hombre del suéter azul pálido que no para de hablar. Guillermo piensa que sería ideal invitarla al concierto. Tiene una belleza discreta. La tocarán mañana en el programa de la sala Nezahualcóyotl; a las doce, le dice. Qué lástima, dice ella. Yo corro a esa hora. ¿Corres? ¿A dónde?, pregunta Guillermo. Ella se ríe. Doy vueltas en Cuemanco, no voy a ningún lado. Oiré el concierto en mi discman. No es lo mismo, dice Guillermo. Si cambias de idea, allí nos vemos. Esas no son maneras de seducir a nadie, de que una mujer se sienta halagada. Guillermo se siente preparatoriano. ¿Tú no corres?, pregunta ella. Me muero, dice él.

El narrador es un tramposo, porque aparte de fabricar este encuentro demasiado casual, aunque es verdad que hay cosas que así suceden, cada quien tiene una en su haber por más inexplicable que resulte la coincidencia en un mismo espacio en el mismo instante, ahora hay dos posibilidades. O Guillermo se va a Cuemanco a buscarla o ella aparece en el concierto del domingo a las doce. O peor aún. Esa mañana Guillermo llega al concierto con la antelación de siempre y las notas sobre Schubert en la bolsa del saco. Fuma un cigarro en la fuente y medita sobre el encuentro con la corredora de Cuemanco. ¿Y si aparece?, se pregunta. Pero sabe cuán remoto es que aquello suceda. Es un hombre de férrea rutina dominical y no la cambiaría más que por una emergencia. No preguntó por qué corre a las doce. Tal vez corra con alguien. Sería inútil irla a buscar. Cuando ella lo reconociera de lejos, si es que lo reconocía, aunque traía —un tanto a propósito— el mismo suéter azul cielo, sabría que la ha ido a buscar, que ha dejado el concierto por verla y no le quedaría más remedio que insistirle que, aunque tarde, aún podrían llegar al concierto o correr al lado de ella con sus mocasines negros y con los audífonos que ella le prestaría. Sonríe. Los hombres que llegaron temprano se dirigen hacia las puertas que acaban de abrir.

Sandra dobla el cuerpo y extiende las manos hacia las puntas de los pies. Flexiona las rodillas, gira la cintura como si tomara algo que le queda lejos y sus pies estuvieran anclados a la tierra. Se pone los audífonos, va a empezar a correr. Se ajusta el discman a la pretina de los pants. Schubert. Camina briosa por la cinta asfaltada del canal. Se acomoda la visera, aunque sólo hay resolana ese día. Al levantarse admitió la posibilidad: y si voy al concierto. Pero el fantasma de Robles o mejor dicho el espíritu de flotación, la adicción a la carrera, no le permitieron dudar. Los primeros acordes la llevan a la sala de conciertos. Imagina al hombre del suéter azul sentado atento. Le pareció simpático y le gustó que supiera tanto de música. Se le antoja sentarse a su lado. Pero qué la hacía pensar que estaría solo. Un hombre agradable como él estaría acompañado, si no tal vez la hubiera invitado. Comienza el trote y va alargando la zancada hasta alcanzar otra velocidad. No escucha los graznidos. Mira las canoas dando puntadas al agua como agujas silenciosas; los hombres moviendo los remos al unísono, en una danza perfecta y sincrónica. Como el arco de los violines, subiendo y bajando, largo, corto. Deteniéndose. Guillermo atiende el lamento del violín, el brío de la mano raspando las cuerdas, siente el chirrido meterse hondo en su cuerpo como un graznido de aves. Se dirige a la puerta. Se sube al coche sin quitarse los audífonos y llega al Periférico. Mira el reloj. Toma la desviación al embarcadero. Busca dónde estacionarse. Titubea buscando el acceso. Los violines rasgan el aire. El graznido quiebra el silencio.

El narrador piensa seguir, como si no se adivinara ya en esta acción un final contundente. Pero la vida no lo es, no de la misma manera, porque Guillermo se sentará en el pasto entre canales y esperará media hora. Supone que es mucho más del tiempo necesario para que ella de vuelta a la pista de canotaje, para que vaya al baño, tome un jugo, regrese al redil. El reflejo incisivo del sol en el agua le dará en la cara, lo obligará a entrecerrar los ojos, a dejar de mirar a lo lejos. Se topará con el legajo de hojas en el bolsillo, los archivos sobre Schubert impresos para el concierto, para la espera mientras se llena la sala. Los saca y los extiende, rasga una tira que corta el rostro de Schubert por la mitad e intenta leer: el gran mus, tantes. Se presen... lausos. Volvió al... lleza de su composición. Observa a los lados que nadie lo mira y coloca ese trozo de hoja sobre el agua como una canoa de palabras. Schubert se humedece. Schubert la humedece. Sandra se conmueve y no sabe muy bien por qué. Es la música y su mirada que frenética lo busca entre el público, pero la música la somete y la hace olvidarse de su propósito. En el intermedio sale esperanzada. Mira a diestra y siniestra, pero el muchacho de suéter azul no está. Lo hubiera reconocido con toda facilidad. ¿Habrá venido? El papel navega. Guillermo desiste. Schubert naufraga. Sandra entra a la sala de nuevo y siente el peso del discman en su cintura. Sandra se pone los audífonos.

El narrador insiste en que no se encuentren los futuros amantes. Parece empeñado en el destiempo, en que la felicidad no existe. Teme sumarse con su voz a los que vivieron felices para siempre, no les concede un beso, una caricia, mucho menos la cama, conoce los peligros de esas embarcaciones. Sudores rítmicos, adagios y allegros, desconcierto. Preguntarse ¿y ahora qué? ¿Corremos el domingo en Cuemanco o venimos al concierto?

Pero Guillermo, que se ha quedado extasiado con el movimiento de los líquidos a los que aplica fórmulas en su cubículo, en un arranque de arrogancia se pregunta: ¿Y si, fue al concierto? Toma el auto y deja a los graznidos perderse en el escenario acuático. Sandra no aplaude cuando termina el concierto porque se ha quedado adherida a la música de Schubert que sale de su cintura. Se une a los aplausos cuando reconoce el gesto colectivo. La gente pide el encore. Sandra ha dejado de buscar entre las butacas, le parece un gesto impulsivo y ridículo haber dejado el canal y la carrera para acabar, encima, oyendo un disco. Se quita los audífonos. Reconoce la melodía del encore. La tiene en el disco, es Schubert de nuevo: ella es el cello y la música la toma, jala sus cuerdas, sus piernas, la exprime. Se sienta arrobada. Guillermo la descubre cuando entra agitado a la sala. La visera que nunca se quitó la delata. Schubert acompaña su carrera hasta llegar al lado de ella. Se miran y sonríen, a pesar del narrador. Él le toma la mano.