Las piernas*



Te abruman y doblan desmemorias de alguna luz en tus años pasados, la fatiga del recuento de los mismos errores que repites como rosario interminable, el orín de lo que pudo ser, recuerdos alimonados, la desazón maléfica de tus frustraciones. Al atardecer, cuando ya tu día reboza zozobra y es demoledor el hastío, huyes de tu estorbosa madriguera, tan repleta de tu propio desconsuelo, que te aniquila espacio y te oprime, te asfixia y te muere. Su aire, contaminado de tu letal desolación, te intoxica, no te hallas y tropiezas inevitablemente contigo mismo. Nada hay que te interese o distraiga: el libro se te cae de la mano, y en el tocadiscos, aún tu predilecto Bach, resulta lejano.

La tarde —fusión lúcida de celestes transparencias azules con el dorado mágico de un sol que provoca expandir alegría— te duele definitivamente ajena. Tomas una ruta precaria, pues careces de objetivo. Tus ojos rezuman hipocondría y una insensibilidad helada te vuelve extranjero ciego en esa atmósfera, en esa luz táctil, en ese paisaje éxtasis. Sólo puedes advertir tus espeluznantes abismos, los laberintos en que desperdigas y consumes tu vida y por los cuales te devastas, proscrito de ti mismo, rozando locuras, bebiendo la hiel de tu pesimismo envenenado. En una edad que sobajas limándole perspectivas, te aventuras sin saber a qué puerta tocar, qué escalera subir, a qué mano tender un saludo que se te disuelve en tu puño cerrado, escondido en el bolsillo del pantalón.

Giras sobre ti mismo —tu suplicio es caminar pisándote—, vacío y estéril, incapaz de poder ver fuera de ti, descendiendo tenaz a tu sima oscura, socavando cualquier esperanza de asirte a una razón válida para subsistir. Caminas, incierto, amedrentado, pues la calle es siniestra y amenazador el cielo, y el piso está empedrado de asechos y trampas. Tus ojos, velados, se beben tu lloro, agua corrosiva. Has disminuido de tamaño, andas incómodo en tu estatura de enano envejecido. Buscarías una oración o una espada, pero tienes los labios congelados, y las manos paralizadas. Eres reflejo repulsivo del desaliento.

(Porque en la más sórdida noche de un hombre puede descenderle una luz imprevista; porque los más apegados ojos pueden llegar a percibirla, por eso) ...tres figurillas femeninas aparecen por la misma acera, exornadas en conjunto como espontánea y graciosa floración de la tarde. Otra luz no menos deslumbrante burila en ellas súbita adolescencia de esbelta, en vaivenes que les destellan anticipos fugaces de las mujeres definidas en que podrán convertirse. A los guiños aún aniñados y traviesos se superponen coqueterías repentinas o atisbos de las que podrán ser sus personalidades, en un juego delicioso de alternas transfiguraciones: a la insinuación levísima de madureces que fijarán finalmente la atracción de su sexo, se restituye el aire a veces infantil e ingenuo, a veces el de la dulce adolescencia en oscilante goce de inconcreciones, y entre revuelos de sonrisas, parloteos, guiños, miradas, ademanes tiernos. Sus mínimas faldas, recortadas mucho más arriba de la rodilla —¡mucho más!—, desnudan limpiamente la elástica seducción de las piernas, delgadas pero firmes, compactas pero muelles, forjadas en alta, misteriosa y perfecta armonía.

La del centro, con el pelo suelto —hilos de oro bajo el sol dorado—, y prestancia en el busto, camina flexible y hay donaire en el ritmo de sus bellísimas piernas, cuya seducción se resuelve por una concordia feliz, entre tendones y músculos, entre pantorrillas y muslo. Las piernas soberbias de la temprana y atractiva muchacha son maduración increíble de piernas de mujer en plena sazón. (Tú has ido embebiéndote en esa visión animada, en ese génesis corpóreo al que la tarde dona su mejor esplendor, y sientes que la belleza viva camina por la calle, permitiendo que su luz empiece a alumbrar tu alma. Suspiras con alivio, con gratitud: esa imagen, esa plasticidad; esos encantos móviles te decoloran tus negruras y puedes respirar una sonrisa, así tenga un dejo melancólico, porque después de todo vale estar en la Tierra para conmoverse de cómo repite la vida su más fascinante y eterno prodigio. Y pues te sientes reconfortado y pues Bach te tararea su cantata, la oyes, y así la música, en alborozo vertical, límpida, se eleva, abandona los pensamientos impuros, tira las cáscaras del sexo, elimina corpúsculos eróticos, diluye los deseos malsanos, purifica la neurosis, bruñe las entrañas doloridas y sucias, tus labios escupen las palabras absurdas e inútiles y te ves flotando en la piscina de la resurrección.)

Las muchachas pasan al lado del hombre, absorbidas en su charla. Él no resiste prolongar sus miradas tras la estela de las piernas hermosas que se esfuman en la lejanía. El hombre se yergue de sí mismo, se vuelve ensanchando el pecho, levantando la cabeza, y se adentra con decisión y seguridad en la alegría de la resplandeciente tarde, estimulado hacia un esperanza recobrada.

Una mujer de aire despiadado —ojillos ratoneros, nariz ganchuda, labios color amargo— lo deja acercarse a ella. Como si le lanzara de proyectil su propia cabeza, áspera y ofendida le grita: —¡Viejo cochino, libidinoso!

 

* “Las piernas”, de Sólo los sueños y los deseos son inmorales, Editorial Diana, 1980.