width= Edmundo Valadés



Presentación y
selección de
José Emilio Pacheco



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Presentación

 

1

Es un domingo de 1957 o 1958, son muchos domingos de aquellos años, voy por donde había árboles y ahora cruza un eje vial, vamos Carlos Monsiváis y yo por avenida Eugenia o entre las calles de Portales. En su casa de la colonia del Periodista nos espera Edmundo Valadés, va a regalarnos la mañana de su único día de descanso, porque en esta época, entre quién sabe cuántas otras cosas, hace la página de espectáculos de Novedades y publica tres veces por semana “Tertulia literaria”.


2

Con qué paciencia, con qué atenta generosidad Valadés escuchará los primeros borradores de nuestro aprendizaje interminable. El escritor y los aprendices somos adictos a los cuentos, en primer término a leerlos y en seguida a escribirlos. (Durante muchos años Monsivaís escondió su vocación de cuentista o disfrazó de crónicas sus cuentos, hasta que no le quedó más remedio y publicó al fin su libro, su Nuevo catecismo para indios remisos.) Pero entonces con cuánta delicadeza, con cuánto pudor Valadés me decía: No, fíjese que no, por ahí no va la cosa; el tema da para mucho y ese lenguaje como que no funciona, está muy denso. ¿Por qué no lo guarda un tiempo y después lo relee?


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A cambio de talleres literarios había esos encuentros en casas, en cafés, en redacciones; esos diálogos que hace mucho la ciudad y el pluriempleo volvieron imposibles. Fue preciso envejecer, llenarse de trabajos y compromisos y fatigas para darse cuenta de lo que significa dedicar mañanas enteras a dos desconocidos que tal vez sí o tal vez no lleguen un día a ser escritores. Y tener la humildad de leerles —de igual a igual, nada de magisterio— sus propios cuentos, “Rock”, “Las raíces irritadas”, y escuchar sus comentarios. Pero sobre todo pasar de la sala o el jardincito al primer piso invadido, copado por los libros. Y decirles: Miren, ¿ya conocen este de John Hersey? ¿No han leído el de Saroyan? Aquí tiene lord Dunsany un cuento extraordinario. Consíganse en Zaplana el libro de Akutagawa.


4

Un día sacó de sus estantes un tomito encuadernado: Esta es la revista que hice en 1939 con Horacio Quiñones. Se llamaba El cuento. Espero algún día tener tiempo y dinero para volver a editarla. Cuando menos en esa época las revistas mexicanas publicaban cuentos. Luego vino el auge de la novela y ya casi no hubo dónde meterlos. Por fortuna El cuento reapareció en 1964. A El cuento, que es parte de la obra personal de Edmundo Valadés, se debe en gran medida que hoy, en medio de la crisis de los años ochenta, la narrativa breve mexicana florezca (no encuentro palabra más descriptiva) como nunca, y tantos jóvenes y tantas muchachas sientan la perdurable fascinación del más antiguo y el más nuevo de los géneros.


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Edmundo Valadés o la generosidad. Ha dedicado la mayor parte de su tiempo a difundir las obras ajenas, a compartir sus entusiasmos, a tender puentes hacia otras literaturas, a revalorar el pasado y a estimular a los que empiezan. Hay que sumar a sus columnas periodísticas, antes en Novedades, ahora en Excélsior, sus textos críticos sobre Proust —el extenso escritor predilecto de un fanático de la brevedad como Valadés— y, la novela de la Revolución, sus tres inagotables antologías: El libro de la imaginación, Los grandes cuentos del siglo veinte, Los cuentos de El cuento que uno conserva —a mano, para releerlas continuamente— junto a la Antología de la literatura fantástica y Cuentos breves y extraordinarios de Borges y Bioy Casares, o bien las selecciones similares que han hecho en francés Roger Caillois y en inglés Richard G. Hubler y últimamente Irving e Ilana Howe.


6

Pero en el centro de todo está la obra propia de Valadés. La muerte tiene permiso, que entre 1955 y 1982 ha alcanzado ya diez reediciones, constituye un libro clásico de nuestras letras, al punto de que su extensa difusión ha opacado relativamente las otras dos colecciones: Las dualidades funestas (1966) y Sólo los sueños y los deseos son inmortales, palomita (1980). Algunos cuentos reunidos en estos volúmenes aparecieron previamente en cuadernos de limitada circulación. No es nada más un dato bibliográfico: indica que, por ejemplo, cinco años antes de figurar en Las dualidades funestas, “El compa” se había publicado en Antípoda (1961). Entre la tentativa de Salazar Mallén reprimida por la censura en 1932 y la corriente que José Agustín inicia en 1964,  “El compa” emplea con toda libertad las llamadas malas palabras y se refiere explícitamente a la sexualidad. No es lo mismo publicarlo en 1966 que haberlo hecho en 1961. A este respecto, los ejemplos podrían multiplicarse.


7

Valadés tiene otra gran producción narrativa que algún día aflorará a la superficie: los reportajes que entre 1938 y 1948, aproximadamente, hizo para la revista Hoy. De ellos se ha recordado hace poco el que narra su viaje a la selva para desentrañar el misterio de dos aviadores perdidos: Barberán y Cóllar. El relato sin ficción fue la escuela que lo enseñó a escribir y a contar. Con este aprendizaje, en el momento en que publicó La muerte tiene permiso estaba en plena posesión de sus medios expresivos.


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Le tocó nacer en la generación de Arreola, Revueltas, Rulfo. No se parece a ninguno de los tres y al mismo tiempo hay en él algo de sus contemporáneos, y no podría ser de otro modo. Valadés rompió las falsas fronteras entre narrativa fantástica y realista, literatura urbana o rural. No cedió a ninguna prohibición: ha hecho cuentos magistrales que valen por sí mismos y también se anticipan a bastantes cosas que llegaron después. Le debemos narraciones de infancia y adolescencia, cuadros del holocausto nuclear, vasos comunicantes entre historia y vidas privadas. Y cuentos como los que ha escogido para que lo representen en este cuaderno: del extremo laconismo de “La incrédula” a la intensidad de “Rock”, una de las primeras expresiones de la violencia urbana, pasando por las magistrales “Raíces irritadas”, aquí está Edmundo Valadés contándonos el cuento que no acaba nunca porque narra la crónica de la humanidad en su viaje doliente y gozoso por esta Tierra.

 


 

Las piernas*



Te abruman y doblan desmemorias de alguna luz en tus años pasados, la fatiga del recuento de los mismos errores que repites como rosario interminable, el orín de lo que pudo ser, recuerdos alimonados, la desazón maléfica de tus frustraciones. Al atardecer, cuando ya tu día reboza zozobra y es demoledor el hastío, huyes de tu estorbosa madriguera, tan repleta de tu propio desconsuelo, que te aniquila espacio y te oprime, te asfixia y te muere. Su aire, contaminado de tu letal desolación, te intoxica, no te hallas y tropiezas inevitablemente contigo mismo. Nada hay que te interese o distraiga: el libro se te cae de la mano, y en el tocadiscos, aún tu predilecto Bach, resulta lejano.

La tarde —fusión lúcida de celestes transparencias azules con el dorado mágico de un sol que provoca expandir alegría— te duele definitivamente ajena. Tomas una ruta precaria, pues careces de objetivo. Tus ojos rezuman hipocondría y una insensibilidad helada te vuelve extranjero ciego en esa atmósfera, en esa luz táctil, en ese paisaje éxtasis. Sólo puedes advertir tus espeluznantes abismos, los laberintos en que desperdigas y consumes tu vida y por los cuales te devastas, proscrito de ti mismo, rozando locuras, bebiendo la hiel de tu pesimismo envenenado. En una edad que sobajas limándole perspectivas, te aventuras sin saber a qué puerta tocar, qué escalera subir, a qué mano tender un saludo que se te disuelve en tu puño cerrado, escondido en el bolsillo del pantalón.

Giras sobre ti mismo —tu suplicio es caminar pisándote—, vacío y estéril, incapaz de poder ver fuera de ti, descendiendo tenaz a tu sima oscura, socavando cualquier esperanza de asirte a una razón válida para subsistir. Caminas, incierto, amedrentado, pues la calle es siniestra y amenazador el cielo, y el piso está empedrado de asechos y trampas. Tus ojos, velados, se beben tu lloro, agua corrosiva. Has disminuido de tamaño, andas incómodo en tu estatura de enano envejecido. Buscarías una oración o una espada, pero tienes los labios congelados, y las manos paralizadas. Eres reflejo repulsivo del desaliento.

(Porque en la más sórdida noche de un hombre puede descenderle una luz imprevista; porque los más apegados ojos pueden llegar a percibirla, por eso) ...tres figurillas femeninas aparecen por la misma acera, exornadas en conjunto como espontánea y graciosa floración de la tarde. Otra luz no menos deslumbrante burila en ellas súbita adolescencia de esbelta, en vaivenes que les destellan anticipos fugaces de las mujeres definidas en que podrán convertirse. A los guiños aún aniñados y traviesos se superponen coqueterías repentinas o atisbos de las que podrán ser sus personalidades, en un juego delicioso de alternas transfiguraciones: a la insinuación levísima de madureces que fijarán finalmente la atracción de su sexo, se restituye el aire a veces infantil e ingenuo, a veces el de la dulce adolescencia en oscilante goce de inconcreciones, y entre revuelos de sonrisas, parloteos, guiños, miradas, ademanes tiernos. Sus mínimas faldas, recortadas mucho más arriba de la rodilla —¡mucho más!—, desnudan limpiamente la elástica seducción de las piernas, delgadas pero firmes, compactas pero muelles, forjadas en alta, misteriosa y perfecta armonía.

La del centro, con el pelo suelto —hilos de oro bajo el sol dorado—, y prestancia en el busto, camina flexible y hay donaire en el ritmo de sus bellísimas piernas, cuya seducción se resuelve por una concordia feliz, entre tendones y músculos, entre pantorrillas y muslo. Las piernas soberbias de la temprana y atractiva muchacha son maduración increíble de piernas de mujer en plena sazón. (Tú has ido embebiéndote en esa visión animada, en ese génesis corpóreo al que la tarde dona su mejor esplendor, y sientes que la belleza viva camina por la calle, permitiendo que su luz empiece a alumbrar tu alma. Suspiras con alivio, con gratitud: esa imagen, esa plasticidad; esos encantos móviles te decoloran tus negruras y puedes respirar una sonrisa, así tenga un dejo melancólico, porque después de todo vale estar en la Tierra para conmoverse de cómo repite la vida su más fascinante y eterno prodigio. Y pues te sientes reconfortado y pues Bach te tararea su cantata, la oyes, y así la música, en alborozo vertical, límpida, se eleva, abandona los pensamientos impuros, tira las cáscaras del sexo, elimina corpúsculos eróticos, diluye los deseos malsanos, purifica la neurosis, bruñe las entrañas doloridas y sucias, tus labios escupen las palabras absurdas e inútiles y te ves flotando en la piscina de la resurrección.)

Las muchachas pasan al lado del hombre, absorbidas en su charla. Él no resiste prolongar sus miradas tras la estela de las piernas hermosas que se esfuman en la lejanía. El hombre se yergue de sí mismo, se vuelve ensanchando el pecho, levantando la cabeza, y se adentra con decisión y seguridad en la alegría de la resplandeciente tarde, estimulado hacia un esperanza recobrada.

Una mujer de aire despiadado —ojillos ratoneros, nariz ganchuda, labios color amargo— lo deja acercarse a ella. Como si le lanzara de proyectil su propia cabeza, áspera y ofendida le grita: —¡Viejo cochino, libidinoso!

 

* “Las piernas”, de Sólo los sueños y los deseos son inmorales, Editorial Diana, 1980. 

 


 

La incrédula*


Sin mujer a mi costado y con la excitación de deseos acuciosos y perentorios, arribé a un sueño obseso. En él se me apareció una, dispuesta a la complacencia. Estaba tan pródigo, que me pasé en su compañía de la hora nona a la hora sexta, cuando el canto del gallo. Abrí luego los ojos y ella misma, a mi diestra, con sonrisa benévola, me incitó a que la tomara. Le expliqué, con sorpresa y agotada excusa, que ya lo había hecho.

—Lo sé —respondió—, pero quiero estar cierta.

Yo no hice caso a su reclamo y volví a dormirme, profundamente, para no caer en una tentación irregular y quizá ya innecesaria.
 
* “La incrédula”, Las dualidades funestas, Editorial Joaquín Mortiz, 1967.

 


El compa*


—Usté me cay a todo dar, Bicha, lo que es la mera verdá. Fíjese, cuando estoy en el trabajo y pienso en sus ojos, pues como que hasta las viguetas se ponen calientitas. Nomás diviso por allá su rumbo y ya se me hace que la estoy viendo así de bonita. ¡Viera qué a gusto me pongo! Ándele, si no le caigo mal, pues anímese. Me da que la voy a querer un resto, palabra, deveritas que sí.

Ella se reía, con los ojos bailándole, retozando en ellos un me voy a ir contigo, a lo mejor, pero quién sabe si a la hora de la hora no.

—Pues sí, usted me cay bien, pero va que corre muy deprisa. Si nos acabamos de conocer. A lo mejor tiene su compromiso y nomás me quiere para pasar el rato. Así no me gustaría, ¿no cree?

Lo vio a las buenas, dándole por su lado, aunque luego entre que sí y que no. Él le juzgó la boca, como que ya le andaba por chupársela, por morderle los labios con un apretón con toda el alma y llevársela a darle gusto al gusto por toditita la vida. De disponer de ese calorcito allá en el cuarto o donde fuera, todos los días, todas las noches. Y nomás de pensar eso, nomás eso, ya iba sintiendo correrle cachondas cosquillitas por allí entre las ingles.

Llegó su compa, medio corridito. Le había arriado duro a la patada y al descontrol. Ahora era muy salsa. Se conocieron cuando él todavía trabajaba en la fábrica. Entonces el Compa parecía muy achicopalado. A la hora de los alipuses, bien picados, cuando no paraban de pedir las otras, él mismo machacaba por hacer ver cómo se habían hecho cuates.

—No, mano, ya a mí no me ven cara de buey. ¿Te acuerdas? No me sentía macho y me baboseaban fácil. Me decía cualquiera: “Oye, tú eres puro culero. Se te frunce de a feo.” Yo nomás lo camelaba. “Sí, mano, lo que tú digas. Yo soy maje hasta para meter las manos.” Y el otro: “A ver, ¿verdad que eres puro tarugo y me haces los mandados?” Y yo nomás, agachando la cabeza: “Pos sí, lo que tú digas.” Y friega que friega. El tal Cipriano, ¿te acuerdas?, aquel mismo al que le decían El Chilacas, me agarró por su cuenta. Ese, dizque muy fiera. ¡Qué sobas me puso! Hasta que tú me dijiste, ¿te acuerdas?: “O te das en la madre con ese Juan de la Chingada, o ya no eres mi amigo.” Y no nos dimos, nomás le di yo, hasta partirle la madre, ¿te acuerdas?

Le tenía ley al Compa. Pero ni hablar, había quedado de verse con La Bicha, para ir de bailada. Ellos siempre la giraban juntos y juntos se iban al Agua Azul, a la movidoa. De mucha onda, para dar y prestar.

—Vamos a echarnos unos farolazos. Andas de un ala desde que te train encandilado. ¿Por qué pasó, ya no te sabes fajar los pantalones?

Había sentimiento en la voz del Compa. Pero a él lo estaba jalando La Bicha. Y como pudo se desprendió de su valedor y se fue a su cita, chiflando La cama de piedra, sonando los tacones por la banqueta, dándole cariñosas puñadas a las paredes, como si él hubiera hecho el enladrillado. La tarde estaba padre, tan padre como el alboroto de que lo esperaban.

Ella se veía ya muy de su lado, puestísima. La última noche, al despedirse, la cogió de la mano y ella se dejó como quien no quiere la cosa. Se traía un escote que dejaba a la vista algo de ese busto bien alzado que le cosquilleaba los dedos, como que no se estarían quietos hasta esculcarlo, debajo del vestido.

Nomás pensaba en ello, con ganas de aventarse. Ella era pura risa, balanceándose; se alejaba, se acercaba. Para darle un jalón, meterla allí entre sus brazos y no dejarla salir.

—Uy, Bicha, me sigue usté gustando cantidá.

—Usté me habla muy bonito pero le tengo desconfianza. A lo mejor se trai su enredo.

—Deveritas que no, por mi mamacita. Usté me gusta por las buenas.

—No me diga mentiras, que a lo mejor se las voy a creer.

Le dio el jalón, pasándole el brazo por la espalda. Ella medio se resistió, pero como sintió blandita la resistencia, la besó con toda su alma, absorbiendo el calor de ella, su respiración agitada. Le recorrió la cadera con la mano, aventándose a bajarla mucho, jurgoneando cariñosamente allí donde una curva dura y estremecida obligaba a un apretón con descaro, primero como pidiendo permiso, luego aunque no lo hubieran dado.

El Compa insistía sorprendido de que de pronto su cuate hubiera cambiado tanto. No había ninguna vieja que valiera más que su amistad. Las viejas, para el puro vacile. Y la tipa esa resultaba su enemiga. Ellos tenían sus detalles, pero cómo no, para gastarse la lana en el Agua Azul.

Allí donde un salidor le quiso armar bronca a su amigo. Y no había nada como su cuate. Era lo primero. Le salió al paso al fulano ese, lo pepenó de la corbata: “Mire, usted está batallando a un amigo mío y ora nos vamos a partir la madre allí en medio de la calle.”

—Nos vamos al Agua Azul. Verás qué divertida nos ponemos. Ya regresó la morenita, esa muy bien alineada por la izquierda.

Ni modo. Dejó de nuevo al Compa, tragándose el sentimiento. La Bicha lo esperaba, para irse de bailada. Ella estaba respirando muy fuerte, diciéndole que sí a todo, a sus ganas desbocadas de irla apretando más y más entre paso y paso de Nereidas. Hasta sentir debilitar su vergüenza, poco a poco. Luego se la acomodó muy bien, toda apretadita, sin disimular la calentura.

—¿Nos vamos por ay?

Ella nomás se le repegó, muy calladita, y él se sintió a todo dar, muy dueño de todo, capaz de cualquier cosa. “Ya vas”, pensó. Y luego luego se la llevó por ay. Caminaron en la noche, sin atender más que a sus ganas, escabullendo borrachos, a los vendedores, a las mujeres pintarrajeadas que pasaban casi entre ellos, sin que los inquietara este o aquel policía que se les quedaba viendo.

Los letreros de gas neón daban demasiada luz, pero la noche era un cuarto ardiente y a lo mejor todos andaban en lo mismo y uno podría abrir el camino en cualquier sitio, en ese rincón, en esa puerta, ultimadamente en el suelo o recargados en la primera pared.

Ya sus manos la iban hurgando ávidamente, como si ambos fueran los únicos en pasar por esas calles y no existiera sino su deseo y como si todo lo demás, la ciudad entera hubiera sido hecha para que ellos se acostaran donde mejor les pareciera. Llegaron a la puerta del hotel, discreta, tentadora.

—¿Dónde me llevas?

—Aquí nomás linda, a estar solitos, tú y yo.

—¿No te digo que llevas mucha prisa? Hoy no.

—Àndale, vidita, si al cabo nos queremos bien.

—Sí, retebien, pero no para eso. Y me tengo que ir. Me dieron permiso hasta las doce y ya será retarde.

—Y qué que sea tarde. ¿Qué no soy hombre para responderte? Ándale, linda, ¿verdad que tú me quieres?

—Pero un ratito nomás. Y sólo a platicar.

Empujó la puertecilla. Estaba medio tembloroso al pagarle al encargado. Pero su temblor era de puritito gusto. Ella esperaba lanzando ojeadas al corredor, donde estaban los cuartos, como una mujer indefensa que a todo diría que sí.

No hallaba cómo desembuchárselo al Compa. Se sentía chiviado y, al mismo tiempo, lo empujaba el engolosinamiento de contarle todos los detalles de sus acuestes con La Bicha, que ya no le cabían dentro. Se lo soltó de golpe.

—Bueno, ya me enredé con La Bicha. Le puse su cuarto. Un día te vas a comer con nosotros.

El Compa no dijo nada, pero bien que se le notaba la molestia. Lo invitó a tomar unos tragos, aunque lo tiraban las ansias de irse con ella, a estrenar la cama.

—A ver cómo te sale la muchacha. Ya ves cómo son las viejas de aprovechadas. No la vayas a regar por todos lados.

Le habría explicado que con ella todo era pura vida, mejor que con las del Agua Azul. ¡Qué agarrones! Como para estarse encima de ella a todas horas. El Compa al fin aceptó. Se fueron con Santita, a Las Veladoras, a darle a los chorriados y las tapatías, pura lumbre de la buena.

Allí en el cuartito que hacía de cantina, a media luz, estaban apretujados, tan cerca unos de otros, que no había hueco para las palabras. Las voces trepaban, como humo denso, formando arriba de sus cabezas un murmullo extraño del que sólo podían percibirse frases inconclusas, entre rezo y confesión pública. 

Bebieron hasta las manitas, como antes. Él ya borracho, volando muy bajo, piensa que piensa en ella, saboreando volver a probarla.

—Está a todo dar, palabra.

—Te ganó la cachondería. Siempre has sido así. Ya te quemaste.

—No digan malas palabras. Ya lo saben.

—Otro chorriado, Santita. No queremos ofender a nadie.

—Tiene unos muslotes, mano... En lugar de sentir lo tupido del alcohol, repartiéndosele por el cuerpo, el Compa le echaba al hígado una envidia ácida que le subía a la garganta.

—Está retebuena. Tienes unos muslotes…

—Estás apantallado. No te vayas a arrepentir.

—Me trai de un ala, la mera verdá. ¡Es que está retesuave!

Se lo train cambiado. Él andaba por otro barrio, no era el mismo. Ni siquiera quería platicarle todo. Ya no era como antes, en que las viejas sólo para el vacile, cuando se contaban qué tal les había ido.

—Me la tiré dos veces, mano. Palabra que aguanta. Se mueve rebonito.

—A mí no me fue mal. Me dejaron bien exprimido.

Ahora a pensar en la tipa esa. No era lo mismo. Algo se había atravesado. Sentía entre pecho y espalda una mohína amarilla, un rencor de estar ninguneado. Y un sentimiento porque su cuate del alma hubiera dado el azotón. ¿Pues qué podría tener la vieja esa? Pura birriondez.

Le iban cayendo mal los fulanos y fulanas. Los murmullos… Tenía mucho coraje, porque se estaba sintiendo menos. Todos son unos purititos. “Ándale, échate la otra.” A ese rotito le daría un descontón a las primeras de cambio. No me serviría ni para el arranque. “¡Ah, jijo, ora me voy con ella!”. Dale con ella. Igualita que las demás. Para la misma cosa. Como ésa, muy puestita muy relujada. Muy la divina garza y, total, para uno rápido, cuando mucho. “Ay, mano, cómo está buena.” Y ese matacuás. Para armarle bronca. Pero su cuate lo dejaría todo. Andaba fuera de onda, bien enculado, azotó la res. La Bicha. La Bicha. Allí sentía la llaga, nomás con el puro nombre. Le crecía en la boca un buche de odio.

Se puso enchilado al conocerla, porque los vellos que le tupían las piernas le dieron malas ideas. Y porque no lo llegó a mirar de frente, como que no le importaba. Y se encanijó más, porque ella lo hacía pensar en las gozadas que se darían ambos. Y porque su amigo estaba más para allá que para acá, encandilado, sí, bien entrado, bien apantallado por ese par de repisas, y porque la mujer tenía un con qué, algo para estrujarla, para hacerle daño, para golpearla, romperle el vestido y desnuda maltratarla hasta sacarle sangre, a la muy puta, porque debería serlo, se le veía en los vellos, en las piernas, en toda ella y porque nomás querría tener un hombre encima, moviéndose, dándose venida tras venida, ah, para traérsela de encargo, castigarla, darle un jondazo fuerte, hacerla sentir que no valía nada, que era una cualquiera, una basura, la muy creída, la muy salsa, la muy sabrosa, y ponerla en su sitio, sí, que se creería, que estaba muy buena, ah si pudiera, se la traería cortita, le tendría que pedir permiso hasta para levantar los ojos, no le daría resuello, y que le pidiera perdón y la haría hincarse, que viera que nada valía, bien dada a la trampa, bien agorzomada, chiquita, pues qué te creíste, y soltarle un no aguantas nada, mírate, conmigo las poderosas, aquí de nada valen tus truquitos ni tus monerías, me vienes muy guanga, y te mando a volar cuando quiera, vieja canija, te estrellaste, aquí tienes tu dolor de estómago y pa prontito te me estás allí y cuidadito con decir ni pío, ándele, ya verá cómo las gasto yo, ya está bueno de suavena, a mí me hace los purititos mandados, y sí, pegarle, darle duro, y nada de hacerle al cuento, que conmigo va a andar usted muy derechita, me oye, porque la estoy pastoriando y no se me va a salir del huacal, y luego darle el cortón, a la muy chiva, a la muy desgraciada, y póngase buza, no me la vaya a descontar o la mande a la calle con todas sus hilachas, te voy a aliviar las cosas, si quieres píntate, a ver si agarras una cosa mejor, yo estoy amarradazo, y ya se lo creyó, qué pasó mi mona, nada, aquí encerradita, de aquí no me sale, lo oye, o que se lo tengo que repetir y ora encuérese, todita y a ver, abra las piernas, y entonces montarla, pero con coraje, darle su buena zarandeada, que se le quiten las ganas de andar de coscolina, de ofrecida, de nalga caliente.

Por eso, por el buche de odio, porque se lo estaba llevando la mamá de las muchachas, se le ocurrió hacer el chisme. Todo fue inventarle el falso a ella. Le dolía el despego de su cuate. Ella era quien lo traía ardido, purgado, dado a la trampa. Apagada la luz, sin gasolina, bien jodido con los malos pensamientos. Todo viene de muy adentro. Pura agua mala que va subiendo hasta la garganta, hasta los ojos, hasta la mera cabeza. Ninguneado por ella, porque le gustaba más allá de sus muslos.

Se puso misterioso con su amigo, hablándole a las medias palabras, dejándole caer, poco a poco, su buche de odio.

Lo engaña, le toma el pelo, se va con otros. Hacerle eso a su cuate. Jija de la mañana. Yo se lo vi a las claras. “Te lo digo, a lo macho, yo la vi.” Azotó la copa contra el mostrador, encabronado con ganas de mandar a volar a todos, tirar las mesas, quebrar las botellas, romper las sillas. “¿La viste?” El puño cerrado, estrujando la otra copa como si estrujara los brazos de ella. Para sacudirla y a sacudidas sacarle la verdad. “¿La viste, dímelo, la viste? La bilis, enloquecida, corría aprisa por la sangre de su cuate y estaba allí, agolpada en la mano, con los dedos a punto de reventar. La mano, ya dispuesta todo.

“Sí, mano, la vi y no hay derecho. Dale su escarmiento.” Un ronquido animal se le quebró en la garganta y la copa se partió. Encogió el brazo y la sangre brotó de la mano, roja, hirviente. “Te anda maloriando. Ora ya te lo dije. Pero eres mi amigo.” Su valedor había entrado también a las sombras, le había pasado de esa agua mala. Ahora estaba otra vez más para acá, volvían a ser cuates.

—Sírvanos las otras.

La pensó a la hora del acueste, gimiendo, el de la primera vez en el hotel. Lo estremeció el recuerdo de la desnudez, y luego todo fue pura rabia, puro odio, porque sus ojos no podían ver sino el engaño y dolía no dejar a ese cuerpo quieto, inmóvil, darle su escarmiento.

Fue el Compa quien se lo despepitó a los policías. “Sí, yo le dije que la dejara firme para siempre. Ella no le garantizaba. Lo andaba poniendo en mal, yéndose con otros. Yo me la claché y me dio harta muina. Se trata de mi amigo y no me pareció. Él se portó a lo macho y le dio su escarmentada. Yo le facilité el cuchillo.”

Su amigo moqueaba, con mucho sentimiento. Y de verlo así, tan alicaído, le dio harta pena. “No se me desavalorine, que aquí está su cuate.” Los muslos de La Bicha se habían ido ya de su cabeza y, ahora estaba puesto para ir al bote, al lado de su ñeris.
 
 
 
* “El compa”, Las dualidades funestas, Editorial Joaquín Mortiz, 1967.

 


Rock*



Y ellos ¡qué saben, qué van a saber! Me voy por ahí, por la vida, por las calles, por cualquier parte, ya todo a destiempo, ya tarde, ya jodido, amargo bien cerrado, sin dejar que nadie pueda llegar a mí. Puros cabrones, pura gente remota a quien importa un carajo lo que me traigo dentro. Con un dolor muy mío, muy sobre mí; con todas mis cosas, buenas y malas, quizás más malas. ¿Quién tiene la culpa? ¡Ah!, ¿quién jijos la tiene? Me rompieron la madre. Bien me lo sé yo, cuando no hay manera de arreglar nada, ni aunque me ponga a llorar, con los labios cerrados y el grito que me hierve en la garganta, atorado allí, sin poder disolverlo. Ando lleno de esta caliente furia que me revienta la cabeza: pura rabia, puro rencor para golpearme y para tratar de golpear a los demás, así los necesite, así me hagan falta. No puedo hacerme el tonto: dizque buscando algo para olvidar, pendejo, haciéndome ilusiones. Me da lástima, no puedo quererla, no me sale, no hay modo. Buena gente, creyéndose de mis palabras sin saber que estoy hecho trizas, que tendría que recogerme de aquí y de allá, juntarme, unir trozo a trozo y aplastar la memoria. Veo a los demás muy contentos, muy satisfechos, muy con lo suyo, viviendo sus vidas como si nada pasara. Y me caen mal, me irritan, me molestan. Van por la calle, caminan como si fueran dueños de algo, como si tuvieran la paz de que carezco. Y ellas… Enseñando hasta lo que no tienen, hasta lo que Dios les dio para que ocultaran. Poniéndolos en brama, con las chichis casi de fuera y moviendo las nalgas. Sí, provocando a esos jijos, para que paguen justas por pecadoras. Ni hacia dónde ir, así la ciudad parezca tan grande. ¿Dónde me meto, si todo esto es puro vacío, si no hay más que mi desgraciado coraje y el darle vuelta y vuelta a las cosas, sin poder alejarme de ellas? Estas pinches ganas de llorar aquí, a la vista de todos, pues ellos qué saben, qué van a saber que me rompieron la madre.

Me la rompieron. Entré por la callecita. La busqué solitaria y con menos luz, tras un sitio discreto donde poder darle el beso ansiado. Me detuve junto a un solar vacío, con unas cuantas casas enfrente, rodeadas de silencio. Acomodé el carro, librándolo de que le cayera la tenue luz del farol cercano, puse el freno, dejé encendido el radio, tocaban el tema de La dulce vida, y me volví hacia ella, con una emoción infinita, bienhechora. Supe diáfanamente cómo me gustaba con esa su sedante ternura, con esa su suave y tranquila actitud y cómo en sus ojos y en sus labios, en la expresión de su rostro tomaba forma lo más deseado para mí en el mundo. Ella estaba compartiendo lo que empezaba a suceder, lo que ya presentíamos a través de intensas miradas, lo que nos habían expresado implorantes estrechamientos de manos, con temblor de palabras alucinadas y nerviosas, en un despertar indolente, imprevisto y ya fiebre ardorosa, urgente llamado mutuo que se nos salía por los poros. La atraje hacia mí, la enlacé, ávido de su boca, de sus labios, y nos besamos en irresistible entrega, en cesión total al beso que derrumba la vergüenza y germina el deseo original y avasallador, embargando de felices calosfríos. Ella era en mi abrazo un rumor palpitante de carne, rendida, dócil, cálida, que yo extenuaba en amoroso y tenaz apretón de todo mi ser y capaz de anticiparme el prodigio de una posesión que abarcaba, con su sexo, a toda ella, a su invariable enigma de mujer, a sus más recónditos misterios y entrañas, a ese mundo sorprendente y tibio que era ya mi universo, a sus voces íntimas, a su vida entera, a su alma, a su pasado, a su niñez, a sus sueños de virgen, a su carne en flor, a sus pensamientos, en delicioso afán de apropiármela íntegra y fundirla a mi cuerpo y a mi vida para siempre.

Y entonces surgieron ellos, caídos de quién sabe dónde y el ruido de las portezuelas que eran abiertas me desprendió del beso, indagando qué pasaba y empecé a ver sus súbitas cabezas multiplicadas y los rostros ansiosos, crueles, ambiguos, duros, estúpidos, impiadosos, increíblemente extraños, ganándome anhelante alarma, temor, desesperación por defenderme, por defenderla, pidiéndoles que se fueran, que nos dejaran, por favor, ¿qué es esto?, ¡qué pasa!, no sean infames, ¡canallas!, ¡malditos!...

Ya me jalaban y la jalaban a ella, sin misericordia, con prisa, con rudeza, irrefrenables, aviesos, los primeros golpes, me arrastraban, ella gritaba revolviéndose, los muslos al descubierto, las ropas siendo arrancadas, manos innobles, más golpes, forcejeos impotentes, un ojo cerrado, luces intensas, voces sordas (¡qué buenas tetas tiene!), jadeos, las estrellas en mis ojos (¡espérate! yo primero, luego tú sigues), gemidos de pudor, patadas, sangre en mi boca, estaba en el suelo, ellos parecían gigantes inicuos, brazos, zumbidos (¡agárrala bien! ¡deténle esa pierna!), la oreja agrandada,  un grito atrozmente angustioso, yo sin fuerzas, yéndome de ellos, volando, cayendo, imprecisos dolores, una música lejana, encima chamarras negras y zapatos, zapa-tos, como seres informes, malignos, con vida, tan monstruosos como implacables, uno tras otro, una y otra vez sobre mí, sobre mí…

 

* “Rock”, Las dualidades funestas, Editorial Joaquín Mortiz, 1967. 

 


 

Las raíces irritadas*



Allí nadie pregunta nada. Nomás si acaso el patrón y muy lo necesario. Todo se sabe de oídas, en susurros, a medias palabras. No puede haber conversación. Pasa un viento cargado de temor y desparrama las cosas. O se quedan allí, como si a escondidas alguien tirara monedas que quién se anima a levantar. A veces ni a otros ojos ve uno, no vayan a comprometer. Las orejas revientan de secretos, de ásperos murmullos, como costras que se quisiera uno rascar. Por eso es bueno irse al monte, a cansar la indiscreción tras de un temazate guindao. O a solas beber, hasta que los ojos cierran sus dos pesadas puertas. Y atrás de esas puertas uno reposa, aunque sea un rato, porque luego se entrometen los sueños y despiertan difuntos que lo denuncian todo, a gritos. Me cuadraba que lloviera recio y tupido, porque el ruido ensordecía las ganas de hablar. El agua hablaba, pero sus palabras no eran malas. Era la lluvia una mansa cortina de tranquilidad.

Yo caí por Pochutla, sí señor, por causas que no son de contar. Causas de ésas que nos llevan muy lejos y nos obligan a lo que quiera usted. Sabía de números y el patrón me habilitó administrador de la finca cafetalera. Muy pronto fui al pueblo, con mi pantalón nuevo. No valdría arriba de treintaicinco pesos, pero el patrón lo cobraba a cienen la tienda de raya. Era un día de fiesta, un ocho de diciembre y había mucha gente vistiendo lujo y colores. Yo estaba viendo a una muchacha que me dio de alazo. Buscaba sus ojos y tanteaba lo macizo de sus piernas. Era una potranquita bien encarada, a la medida de mis gustos. Iba yo alborotándome, porque me vio casi no queriendo, de prisa, pero en esa prisa como que se había fijado en mí. En esas andaba, muy absorbido, cuando sonaron balazos. Corría el tiempo de fríos, cuando matan más gente. Llegó alguien, y me dijo: “¿Sabe?” Mataron a tres.” Era bastante información y quedé silencio. Me quería figurar el estilo de allí, pero así sin preguntar. Ahora sabía más, y por saberlo, ya la muchacha se me había perdido.

Por la finca me guardaban mi lugar. Yo le entraba duro al trabajo y no soltaba sino pocas palabras. Los pistoleros del patrón me tenían respeto porque creían que debía yo quién sabe cuántas muertes. Ellos habrían de suponer que andaba de huída y que era hombre de temer. Querían enterarse si mi cuenta de muertos era más grande que la de ellos. Se morían de curiosidad por averiguarlo. Trataban de hacerme confianza y uno preguntaba: “¿A cuántos te has echado?” Ansiaban que yo me confesara para sacar hilo: “Anda, aquí entre hombres, ¿cuántas rayas te has apuntado?” Yo nomás me ponía serio, como que mis secretos eran para mí y ellos harían cálculos viéndolos de mucho tamaño. Yo sí sabía que a ése le cargaban su buena docena de muertes y que aquél podría tener su cementerio. Y por igual contabilidad los demás. Y mi discreción valía para imponerles respeto.

Yo vi al hijo del patrón forzar a una muchacha. Fue delante de estos ojos que se han de comer los gusanos y como si yo no supiera ver. La jaloneó de las trenzas y la golpeó con su escuadra, sin nada de miramiento. Fue cerca del pozo, donde el aire tronchó un árbol. La muchacha se defendió lo que pudo, pero pudo más la maña del hijo del patrón. Bien que le rasgó las faldas y le tironeó los calzones. Hasta que ya desmayada le abrió las piernas y le robó su virginidad. Y yo me puse a pensar en la muchacha de Cuquila, con mucha muina y también mis malas ideas. Me estaban dando apuros de tener a la muchacha del pueblo, pero a las buenas. Y mi coraje era pensar que el hijo del patrón hubiera hecho lo mismo con ella. Yo no hubiera imaginado tanta desconsideración. Me caía otro secreto que traía su lumbre. Pero si al padre de la muchacha lo mataron cuando fue a reclamar, ¿quién carajos daría constancia?

Me fui a la casa del poquitero, a que firmara el papel. El patrón me había dicho: “Te daré doscientos pesos al mes y te descontaré cincuenta por la comida. No necesitas más. Ponte a trabajar.” Y me puse a trabajar. Y ése fue uno de mis primeros trabajos. Llevarle al tal Asunción un dinero que le prestaba el patrón para sus siembras. El papel decía que el tal Asunción tendría que pagar con treinta quintales de café. Había que remontar la sierra, cerca de donde había unas minas. Unas minas de titanio que luego llevaban al puerto, a unos barcos gringos. Yo había leído en una revista que esas minas eran las que tenían más titanio en el mundo.

Me prestaron dos muchachos, porque no conocía el camino. Y ai nos fuimos al clarear una mañanita que coleaba a un frío retrasado, rasgando una espesa neblina y echando vaho por la boca. La vereda se escondía entre brumas y la seguíamos como si fuera un hilo enredado. Vino el sol a despejar la sierra y a desentumir el cuerpo con retozo. Un suave calorcito va entonando el frío y quién sabe por qué se antoja tirar un grito para oír rebotar allá su eco. O sacar la pistola y pellizcarle el tronco a cualquier árbol esmirriado. Y uno se va poniendo contento consigo mismo. Se siente crecer lo hombre en tan sabrosa libertad.

Bajamos una larga pendiente que se despeñaba a las vueltas y de pronto recalamos en la casa del poquitero. Había muchos árboles frutales y olía a tierra húmeda. Los pulmones podían respirar a sus anchas en tan buen aire. La casa era pequeña, con su techo de palma y el tal Asunción esaba en la puerta, esperándonos, entre sus perros y muy bien puesto con sus maneras de una sola pieza. Yo entendía que era buena gente y trabajador. Pero los que aún tenían tierras, trabajaban de prestado con el patrón. Me recibió con cortesía y ordenó traer agua y toronjil. Yo quería agua y los muchachos su trago.

Quien salió con el agua y el toronjil fue la muchacha que yo había visto en Cuquila, con sus mismas piernas macizas, con sus ojos que me vieron entre que sí y que no, y unos labios para inquietar cualquier sosiego. Yo bebí el agua con muchas ansias. Era un agua limpia, como el cielo y la muchacha. Era un agua así de buena como un amor que empieza. Yo me había sorbido no nada más el agua, sino el fulgor de esos ojos y un nombre para sembrarlo en la memoria. El nombre de ella, porque se llamaba Gertrudis.

Gertrudis era hija del poquitero, porque así la trató él y con cariño muy particular. Con reposo, como dueño de su lugar, luego la bienvenida nos dio.

—Gusto en conocerlo. ¿Qué tal le fue en el camino?

—La pasamos bien.

—Nos harán el favor de comer algo.

—Lo vamos a molestar.

—Están en su casa de ustedes.

—Favor que usted nos hace.

—Perdonarán lo pobre. Pero aunque sea unos frijolitos.

El poquitero nos abrió su casa. Prepararon la mesa, en el corredor. El olor de la cocina nos llegaba al estómago y agrandaba el apetito. Salían y entraban las mujeres, pero no Gertrudis.

—¿Está bien el patrón?

—Está. Por aquí le manda este dinero y que usted firme el papel.

—Como que es poco el dinero y mucho los treinta quintales.

—Que así se arreglaron.

—El café ha subido y lo pagan mejor. ¿Qué nos va quedando a nosotros?

—Así me dieron las órdenes.

—No lo voy a hacer quedar mal. Mi palabra es mi palabra. Ora nos toca aceptar. Es la necesidad.

Sobre la puerta de la cocina fijé mi distracción. Por allí andaría Gertrudis. Y yo tenía apremio de que se dejara ver. Me quedaba una sed de volver a sorber sus miradas. Me estaba haciendo falta que me repitiera la prisa de sus ojos. Sabe usted, yo era hombre solo. Y desde hacía rato yo consideraba que me habría de sentir muy cabal si pudiera enamorarla. Podría vivir mis noches para aluzarlas con ese su nombre que me sabía a elote tierno. Serían unas noches para dejar los ojos abiertos entre yerbas olorosas y yo le estaría diciendo a la muchacha palabras que no queda más que decir en voz baja.

La puerta, al fin, se iluminó. Con todo y disimulo, porque el poquitero no era hombre para jugar, mis ojos se fueron con la muchacha. Ella entró muy recatada, la vista no compartió. Los muchachos y yo dizque veíamos los platos, pero las miradas eran linternas que querían curiosear a Gertrudis. Y yo quería curiosearle más que nada los ojos. Esos mismos ojos de la tarde de Cuquila en que mataron a tres. Porque algo mortificaba mis sentimientos si no me confiaban otra vez un poco de su prisa. Una poca de esa vergüenza con que alzaba los platos, acercando unos brazos velluditos. Sin dar la vista, como si no hubiera más que platos que recoger. Y ella fue dejando su olor de mujer acabada de bañar, para que el cuarto se repletara de frutas. Fue cuando ya al volver a la cocina, su mirada me dedicó. Nomás un momento. Un momento que tarda un pájaro en cruzar. Pero como hombre que soy, me daban mi correspondencia.

Bajé la sierra y yo era una matraca que quería girar alegre ruido. El sol caía como si lloviera su luz. Allá abajo, el río que llevaba su agua, cantaba mi propia canción. Yo iba encandilado por la mirada de Gertrudis. Como si la mirada estuviera allí, cubriendo los árboles, el río, el cielo, las flores silvestres. Y pensar en ella como que me provocaba sabrosos calosfríos. Y pensar que podría tenerla, era de pronto una alucinación, esperanza difícil que no podría ser. Y suponiendo que sí, pues me acababa de mirar, diciéndome cosas, palabras que los ojos saben expresar, me zumbaba un contento de abejas que hallaron su miel. Una satisfacción muy grande para poderla explicar.

Volví a la finca, a la vida del “mande usted”. A vivir de cerca la ley del patrón. ¡Qué cosas no vi! Pero el patrón nos ponía su distancia. Era una obligación que había que acatar. Él podía disponer lo que fuera su voluntad. Tanto muerto como él mandó matar hacían imposible decirle “ya no se desmande” o “téngase la mano”. Él tenía el derecho de todo, con buenas o malas razones. Y sus razones eran siempre malas para abarcar y hacer suyo lo que era de otros. Allí estaban sus muchachos, sus pistoleros, para aquietar a quien tuviera dudas, para desaparecer a quien estorbara. Sabe usted, se vive así como que todo está hecho para que uno reciba humillaciones y tenga que doblar la cabeza. Los pocos que se van atreviendo, nada más los quitan de en medio y no le quedan arrestos a nadie ni de decir “no sea usted así, tóquese el corazón”. El patrón es la justicia, es el juez, es la autoridad, es todo. Como que nos echaron al mundo para ser esclavos. Si se queja usted con la autoridad, la autoridad está con el patrón. Si va usted con las fuerzas militares, están con el patrón. Si va usted a la iglesia, el cura está con el patrón o nomás le pide resignación. Se agacha la cabeza y como que entre todos lo van dejando a uno capado. Uno ve las injusticias y se van quedando olvidadas, pues quién va a abrir la boca. De nada vale traer pantalones ni dizque ser muy alebrestado. Ante el patrón uno no es el dueño ni de sus propios tompiates.

Se vino el tiempo de recoger el café y ponerlo a secar. Yo me había ingeniado en mandarle una carta a Gertrudis, una carta comedida para comunicarle lo mucho que de ella estaban pendientes mis pensamientos. Y me contestó mi recado, que en el pueblo nos habríamos de ver un día que ya me avisaría. Yo hacía cuenta de los días y de las noches. Algunos atardeceres, cuando eran fuertes mis ansias y muy exigentes mis sueños, remontaba la sierra por el rumbo al que me jalaban mis prisas. Ella habría de enterarse de que yo mismo era ese hombre que una y otra vez recalaba por aquellos parajes. Preguntaría el poquitero a sus hombres:  “Por ai divisé un hombre a caballo, ¿quién podría ser?” Sus hombres contestarán: “Podrá ser administrador.” El poquitero preguntaría: ”¿Qué camino llevará?”  “Tal vez irá a Cuquila. O andará de linterneada. Pero bien que le agarró el modo al camino de por acá.”  El poquitero no preguntaría más, porque yo no faltaba a ningún respeto. Y Gertrudis sabría...

Estábamos ya preparando el café para llevarlo al asoleadero. Con sacos de café pagaban los poquiteros los préstamos del patrón. Y el patrón me mandó llamar y unas instrucciones me dio.

—Vete a ver al poquitero Asunción. Le dices que bajó el precio del café y que cincuenta quintales me tiene que dar, por los treinta que quedó. Te llevas a cuatro de los muchachos, ya sabes a quiénes. Ellos sabrán cómo manejarse si ese tal se pone tonto. Estás aquí luego con esos cincuenta quintales. No me va a gustar que falte uno menos.

Salí al patio a tomar providencias. Hacía mucho calor y yo me quería sacudir una molestia. Una muina muy jija se me estaba encabritando y me salía la voz en busca de bronca. Hubiera querido echar un chorro de malas palabras o tal vez las estaba diciendo. Iba yo a cumplir las órdenes del patrón y ni para qué discutir. Un mocito de otras tierras se me acercó misterioso y una razón me entregó.

—Que dice la señorita Gertrudis que va a ver si va por Cuquila.

El mundo se llenó de silencio y yo oí repiquetear mi corazón nombrando el nombre de ese de Cuquila. Uno de los perros se llegó a hacerme fiestas y yo me quedé inmóvil, clavado en la tierra de mis pensamientos. Me envolvió un aire que llevaba palabras y murmullos en un nombre de mujer y como que yo me iba con él. Y pensé que me iría, pero me despertó la ley del patrón. Mis pensamientos y el viento se habían ido y allí no quedaban más que las órdenes que debería cumplir. Gertrudis y Cuquila quedaron lejos y no había más que ir a traer los cincuenta quintales de café. Le di una patada al perro y lo vi correr gimiendo. A ese perro que me comía a fiestas. Di las órdenes, como si mis palabras fueran latigazos. Ninguno me parpadeó, que mi enojo no era para enfrentarse a él.

Trepamos la vereda y yo no veía sino lo negro de mi violencia. Hasta llegar a la casa del poquitero, con las mulas, los peones y los pistoleros. Allí estaba, en la puerta, bien asentado, con todo su cuerpo como lleno de respeto, muy en su sitio de hombre, muy en confianza con todo lo que le rodeaba. Sus brazos fibrudos le colgaban fuera de la camisa arremangada y nomás se encogieron un poco al vernos llegar con tanto apresto. Pero nos vio sin darse por entendido de que íbamos a lo que íbamos, como si pasáramos a saludarlo, aunque él debería ir maliciando que a nada bueno me acompañaban tantos pistoleros del patrón. Y así habló con su voz tranquila:

—¿A qué debemos la visita? Habrá que matar una gallina.

No había sorna en sus palabras. Eran dichas con buena disposición. Ya lo habíamos rodeado sin bajarnos de nuestras cabalgaduras y los muchachos lo provocaban con turbias miradas, dispuestos a mortificarlo.

—Usted perdonará, pero el patrón nos manda por los cincuenta quintales que le sale usted debiendo.

—Habrá un error. El papel con sus letras dice que serán treinta.

La voz del poquitero era firme y nada alterada: Me temía que si perdía su calma, sería señal para que estallara la ley del patrón. Para que salieran las pistolas a regar su luto.

—El patrón dice que perdone usted, pero que bajó el precio del café y se tiene que emparejar.

—Bien se emparejará. Mi café es pergamino y me lo va tomando a 75 pesos y da la casualidad que a 600 lo pagan en el puerto.

Era pasado el mediodía y el calor hervía la tierra. Chorriábamos sudor y la impaciencia se encabritaba a mal querer. En esa lumbre podía reventar lo jijo de los pistoleros. El poquitero, cercado, nos caló como quien mide la tierra cuando va a sembrar.

—Pues mire nomás, no lo paso a creer.

—Mejor le valdría no discutir. Cincuenta quintales dijo el patrón.

—¿De qué valdrán los papeles? ¿Para un carajo?

La voz del poquitero estuvo a punto de arder a malas palabras. Sus ojos dejaron ver que por su cuerpo le iba corriendo un coraje muy fuerte que él quería contener. Le puso freno al carajo, con rápida duda entre aventarnos su enojo o tener que comerse su muina. Y se quedó así serio, pensando lo que sería conveniente: doblar la cabeza o aceptar la trifulca.

—Entre usted en razón. Será mejor que nos entregue el café.

Sus hombres, silenciosos y hoscos, esperaban hacia dónde moverse, según la decisión fuera un no o un sí. Y no cabía más espera en tan largo tiempo. Si una palabra no traía la resignación, ya estaría desbocada la violencia.

Muchos esfuerzos debió costarle y muchos pantalones volver a su voz reposada. Olvidándose de nosotros, como bajado de su coraje, el poquitero vio con cariño a los suyos y disimulando que lo obligaban, simplemente les dijo:

—Pongan los cincuenta quintales. Ya nos habrá de tocar la ganancia.

Sus hombres, aliviados de la preocupación, corrieron a acarrear el café y bien rebasado se pusieron a llenar cada saco, mientras Asunción Popoca se llevaba la humillación a su casa. Los muchachos apuraban a los peones con frases de alevosa intención. Yo veía caer el café y no sabía si estar satisfecho porque las órdenes se cumplían sin llegar a mayores o violentarme porque no podía escapar a Cuquila, donde me habrían de estar esperando.

Así tomamos camino a la finca y yo pensaba que no era legal la afrenta contra el poquitero. Mas ninguna otra cosa mejor hubiera podido yo hacer. Y sintiéndome preso de esa ley que dominaba la sierra, como potro encerrado en un corral iba yo considerando que la vida así vivida era una iniquidad. Y se me revelaba la hombría, pero yo la tenía que amansar inteligiendo que cualquier resistencia traería la muerte y que no quedaba más que aguantar un destino tan desarreglado.

En ésas se me acercó Cipriano Gallegos, el Colorín. Era un pistolero ladino y entrador. Tenía mal de pinto y le gustaban faenas en las que la comisión era sumar difuntos. Arreó su cabalgadura hasta alcanzar a la mía.

—Se le doblaron las corvas al tal Asunción, lo que no le va a parecer al patrón. Yo entendí que habría que dejarlo listo para un entierro.

—No veo la necesidad, si nos entregó el café.

—¡Ah, que usted! No se acaba de familiarizar con el estilo del patrón. ¿No ve que Asunción tiene muy buenas tierras para otra cafetal? Y yo le he vislumbrado al patrón que le gustaría también ser el dueño de por acá. Ahora a ver si no lo intenta por el lado de la muchacha, la Gertrudis ésa, para la que yo sé que tiene sus planes.

—¿La muchacha?

Pero ya esa muchacha había tomado forma y sentí que el Colorín me había tocado la llaga. Se me fueron nublando los ojos con la ansiedad de calcular un peligro muy grande para Gertrudis. Columbré que de allá de la finca podría correr un viento de malos augurios para esa esperanza que alimentaba noches y días.

No pude pensar más porque de allá entre las ramas donde iba a dar vuelta la vereda, la retrocarga estalló alborotando la muerte entre nosotros. Yo me apié de un brinco y me eché en tierra, contestando la balacera defendido por el caballo de el Colorín, ya luego bien tieso sobre su caída montura. Yo no estaba queriendo más que defenderme y tiros y tiros se cruzaban, pues ya los nuestros le daban vuelo a las descargas cerradas. La mulada se había espantado y no pudiendo salirse de la vereda, de apretada que nacía la ramazón, se fue hacia donde disparaban. Y las mulas caídas o las que podían seguir adelante, resultaban una defensa.

Quién sabe cuánto tiempo pasó y cuántos balazos sonaron, pero luego de allá donde nos habían querido venadear, como que se les acabó el parque y empezó a hacerse un sofocante silencio. Yo me arrastré a un lado, a cubrirme con las ramas. Me fui enderezando, dando pasos atrás, pistola en mano, sin disparar para no llamar la atención. Me topé con dos de los muchachos y algunos peones y me enseñaron a otros dos de los pistoleros que habían sido clareados.

Dimos un gran rodeo metiéndonos entre los árboles para bajar al sitio donde había sonado la retrocarga. No había ya nadie. De seguro sus hombres, al verlo muerto se habían desparramado, porque allí descubrimos al poquitero tendido con un florón en la frente, de la que le escurrían unos hilillos de sangre. Todo era sosiego y no se movía más que el reflejo de esa sangre, por la que se escapaba ese respeto que en vida rodeaba al poquitero. Todo él tumbado en posición forzada, como árbol mal tronchado que no hubiera querido caer. Y yo viéndolo oía el carajo aquel que se había tenido que tragar. Y ese carajo se me acumulaba a mí. Y yo no me sentía capaz de poder guardarlo.

Enterramos a los muertos y perdimos mucho tiempo en agrupar a los animales que pudimos. A tres de los muchachos allí los dejamos, sepultados, con sus cruces, para que pudieran venir a llorarlos sus mujeres. Y volvimos a seguir bajando el monte, con mucho cuidado, por si todavía nos esperaba otra retrocarga. Nada ocurrió y llegamos a la finca, bien entrada la tarde.

Llegué con el patrón, pues no me quedaba otra. La sierra hubiera sido chica para irme así como así. Y ahí estaba él y yo lo vi con otros ojos, con los ojos de esa palabra que traía en la punta de la lengua. Y él se dedicó a ver la mulada dejando a sus ojos la codicia de abarcar si traía los cincuenta quintales y luego que no los completó, me preguntó con voz altanera:

—Me vas diciendo qué pasó.

Y yo hubiera querido decirle todas las cosas malas que por su culpa iban pasando y más que nada que me estarían esperando en Cuquila, pero yo todavía no pude olvidarme que él era el patrón y que tenía que estar sometido a su respeto y así nomás respondí:

—Sabe, nos sorprendieron con la retrocarga y ya no vienen tres de los muchachos, los mismos que usted mandó a que me acompañaran.

Él se quedó echándome sus ojos a plena luz, como si en ellos lanzara su ley. Traía una vara en la mano y luego que me vio volvió a fisgonear la mulada y los sacos de café y todos nos quedamos viendo la vara que apretaba por si con ella fuera a hacer alguna justicia. Y así como si no hubiera sucedido nada, acabó de hablar:

—¿Los enterraron bien?

Y yo se lo iba a decir, pero él no me hizo aprecio y golpeándose la pierna con la vara, se dio media vuelta ordenándome con un tono para ofender:

—Ven acá a mi despacho, que vamos a hablar.

Y sus palabras me pegaron como un dolor. Allí me di cuenta de que lo mejor de mi vida era como un mal sueño aprisionado entre cosas que si no rompía me dejarían castrado. Y me creció una muina que se me quería salir por las manos, porque ya no tenía cómo quedarme con ella y me fui llenando de la cólera de viejas palabras amontonadas sobre lo que yo era. Viejas palabras que me daban mi propia estatura y mucha fuerza en mi cabeza para echarlas todas fuera sin que nadie me las pudiera hacer callar.

Yo me fui tras el patrón y luego lo que debe haber ocurrido no esclarezco si fue sueño o realidad. Ya ni siquiera sé cómo aquello empezó. Porque quizás principié por decirle: “Vea usted, ahora me ha de dispensar, pero me quiero ir de aquí.” Y tal vez él me contestó: “Mejor te quedas. ¿Quién carajos te crees que eres para dejarme tirado el trabajo?” Y con ese insulto él debe haber agregado otras muchas ofensas que no eran de soportar. Y yo debí recordar al poquitero, y a Gertrudis y el mal pensamiento de que la fueran a violar. Y todo eso y mucho más que no recuerdo me recalentó mi muina y me hizo dueño de mi propia hombría. Y se me salieron las palabras que yo siempre había querido arrojar:

—De carajos a carajos también se los voy a decir y ya va siendo hora de que vaya usted a tiznar a su madre...

Y le vacié la pistola y cada tiro era como descargar todo lo que me hacía daño. Fue de allí que me agarraron y me trajeron a Oaxaca. El juez me amontonó muchas culpas y los periódicos dijeron que yo era un matón que debía muchas muertes y todo lo que habían hecho los pistoleros del patrón. Y yo estaba seguro de no haber matado a nadie más que a él. Pero me han criminado, como si él todavía viviera. Porque yo lo maté a él, pero no a su ley. Y esa ley sigue viviendo. A mí me han pasado a amolar con todo eso puesto de acuerdo para fregarnos si levantamos cabeza. Tal vez por Pochutla sigue soplando ese viento cargado de temor que desparrama las cosas. Tal vez. ¿Pero no cree usted que un día a los demás se les va a llenar el cuerpo de un enchilamiento muy grande y acabarán por mandar a la tiznada a todo eso que no les permite ser hombres?

 

* “Las raíces irritadas”, de La muerte tiene permiso, Fondo de Cultura conómica, 1955.