El compa*


—Usté me cay a todo dar, Bicha, lo que es la mera verdá. Fíjese, cuando estoy en el trabajo y pienso en sus ojos, pues como que hasta las viguetas se ponen calientitas. Nomás diviso por allá su rumbo y ya se me hace que la estoy viendo así de bonita. ¡Viera qué a gusto me pongo! Ándele, si no le caigo mal, pues anímese. Me da que la voy a querer un resto, palabra, deveritas que sí.

Ella se reía, con los ojos bailándole, retozando en ellos un me voy a ir contigo, a lo mejor, pero quién sabe si a la hora de la hora no.

—Pues sí, usted me cay bien, pero va que corre muy deprisa. Si nos acabamos de conocer. A lo mejor tiene su compromiso y nomás me quiere para pasar el rato. Así no me gustaría, ¿no cree?

Lo vio a las buenas, dándole por su lado, aunque luego entre que sí y que no. Él le juzgó la boca, como que ya le andaba por chupársela, por morderle los labios con un apretón con toda el alma y llevársela a darle gusto al gusto por toditita la vida. De disponer de ese calorcito allá en el cuarto o donde fuera, todos los días, todas las noches. Y nomás de pensar eso, nomás eso, ya iba sintiendo correrle cachondas cosquillitas por allí entre las ingles.

Llegó su compa, medio corridito. Le había arriado duro a la patada y al descontrol. Ahora era muy salsa. Se conocieron cuando él todavía trabajaba en la fábrica. Entonces el Compa parecía muy achicopalado. A la hora de los alipuses, bien picados, cuando no paraban de pedir las otras, él mismo machacaba por hacer ver cómo se habían hecho cuates.

—No, mano, ya a mí no me ven cara de buey. ¿Te acuerdas? No me sentía macho y me baboseaban fácil. Me decía cualquiera: “Oye, tú eres puro culero. Se te frunce de a feo.” Yo nomás lo camelaba. “Sí, mano, lo que tú digas. Yo soy maje hasta para meter las manos.” Y el otro: “A ver, ¿verdad que eres puro tarugo y me haces los mandados?” Y yo nomás, agachando la cabeza: “Pos sí, lo que tú digas.” Y friega que friega. El tal Cipriano, ¿te acuerdas?, aquel mismo al que le decían El Chilacas, me agarró por su cuenta. Ese, dizque muy fiera. ¡Qué sobas me puso! Hasta que tú me dijiste, ¿te acuerdas?: “O te das en la madre con ese Juan de la Chingada, o ya no eres mi amigo.” Y no nos dimos, nomás le di yo, hasta partirle la madre, ¿te acuerdas?

Le tenía ley al Compa. Pero ni hablar, había quedado de verse con La Bicha, para ir de bailada. Ellos siempre la giraban juntos y juntos se iban al Agua Azul, a la movidoa. De mucha onda, para dar y prestar.

—Vamos a echarnos unos farolazos. Andas de un ala desde que te train encandilado. ¿Por qué pasó, ya no te sabes fajar los pantalones?

Había sentimiento en la voz del Compa. Pero a él lo estaba jalando La Bicha. Y como pudo se desprendió de su valedor y se fue a su cita, chiflando La cama de piedra, sonando los tacones por la banqueta, dándole cariñosas puñadas a las paredes, como si él hubiera hecho el enladrillado. La tarde estaba padre, tan padre como el alboroto de que lo esperaban.

Ella se veía ya muy de su lado, puestísima. La última noche, al despedirse, la cogió de la mano y ella se dejó como quien no quiere la cosa. Se traía un escote que dejaba a la vista algo de ese busto bien alzado que le cosquilleaba los dedos, como que no se estarían quietos hasta esculcarlo, debajo del vestido.

Nomás pensaba en ello, con ganas de aventarse. Ella era pura risa, balanceándose; se alejaba, se acercaba. Para darle un jalón, meterla allí entre sus brazos y no dejarla salir.

—Uy, Bicha, me sigue usté gustando cantidá.

—Usté me habla muy bonito pero le tengo desconfianza. A lo mejor se trai su enredo.

—Deveritas que no, por mi mamacita. Usté me gusta por las buenas.

—No me diga mentiras, que a lo mejor se las voy a creer.

Le dio el jalón, pasándole el brazo por la espalda. Ella medio se resistió, pero como sintió blandita la resistencia, la besó con toda su alma, absorbiendo el calor de ella, su respiración agitada. Le recorrió la cadera con la mano, aventándose a bajarla mucho, jurgoneando cariñosamente allí donde una curva dura y estremecida obligaba a un apretón con descaro, primero como pidiendo permiso, luego aunque no lo hubieran dado.

El Compa insistía sorprendido de que de pronto su cuate hubiera cambiado tanto. No había ninguna vieja que valiera más que su amistad. Las viejas, para el puro vacile. Y la tipa esa resultaba su enemiga. Ellos tenían sus detalles, pero cómo no, para gastarse la lana en el Agua Azul.

Allí donde un salidor le quiso armar bronca a su amigo. Y no había nada como su cuate. Era lo primero. Le salió al paso al fulano ese, lo pepenó de la corbata: “Mire, usted está batallando a un amigo mío y ora nos vamos a partir la madre allí en medio de la calle.”

—Nos vamos al Agua Azul. Verás qué divertida nos ponemos. Ya regresó la morenita, esa muy bien alineada por la izquierda.

Ni modo. Dejó de nuevo al Compa, tragándose el sentimiento. La Bicha lo esperaba, para irse de bailada. Ella estaba respirando muy fuerte, diciéndole que sí a todo, a sus ganas desbocadas de irla apretando más y más entre paso y paso de Nereidas. Hasta sentir debilitar su vergüenza, poco a poco. Luego se la acomodó muy bien, toda apretadita, sin disimular la calentura.

—¿Nos vamos por ay?

Ella nomás se le repegó, muy calladita, y él se sintió a todo dar, muy dueño de todo, capaz de cualquier cosa. “Ya vas”, pensó. Y luego luego se la llevó por ay. Caminaron en la noche, sin atender más que a sus ganas, escabullendo borrachos, a los vendedores, a las mujeres pintarrajeadas que pasaban casi entre ellos, sin que los inquietara este o aquel policía que se les quedaba viendo.

Los letreros de gas neón daban demasiada luz, pero la noche era un cuarto ardiente y a lo mejor todos andaban en lo mismo y uno podría abrir el camino en cualquier sitio, en ese rincón, en esa puerta, ultimadamente en el suelo o recargados en la primera pared.

Ya sus manos la iban hurgando ávidamente, como si ambos fueran los únicos en pasar por esas calles y no existiera sino su deseo y como si todo lo demás, la ciudad entera hubiera sido hecha para que ellos se acostaran donde mejor les pareciera. Llegaron a la puerta del hotel, discreta, tentadora.

—¿Dónde me llevas?

—Aquí nomás linda, a estar solitos, tú y yo.

—¿No te digo que llevas mucha prisa? Hoy no.

—Àndale, vidita, si al cabo nos queremos bien.

—Sí, retebien, pero no para eso. Y me tengo que ir. Me dieron permiso hasta las doce y ya será retarde.

—Y qué que sea tarde. ¿Qué no soy hombre para responderte? Ándale, linda, ¿verdad que tú me quieres?

—Pero un ratito nomás. Y sólo a platicar.

Empujó la puertecilla. Estaba medio tembloroso al pagarle al encargado. Pero su temblor era de puritito gusto. Ella esperaba lanzando ojeadas al corredor, donde estaban los cuartos, como una mujer indefensa que a todo diría que sí.

No hallaba cómo desembuchárselo al Compa. Se sentía chiviado y, al mismo tiempo, lo empujaba el engolosinamiento de contarle todos los detalles de sus acuestes con La Bicha, que ya no le cabían dentro. Se lo soltó de golpe.

—Bueno, ya me enredé con La Bicha. Le puse su cuarto. Un día te vas a comer con nosotros.

El Compa no dijo nada, pero bien que se le notaba la molestia. Lo invitó a tomar unos tragos, aunque lo tiraban las ansias de irse con ella, a estrenar la cama.

—A ver cómo te sale la muchacha. Ya ves cómo son las viejas de aprovechadas. No la vayas a regar por todos lados.

Le habría explicado que con ella todo era pura vida, mejor que con las del Agua Azul. ¡Qué agarrones! Como para estarse encima de ella a todas horas. El Compa al fin aceptó. Se fueron con Santita, a Las Veladoras, a darle a los chorriados y las tapatías, pura lumbre de la buena.

Allí en el cuartito que hacía de cantina, a media luz, estaban apretujados, tan cerca unos de otros, que no había hueco para las palabras. Las voces trepaban, como humo denso, formando arriba de sus cabezas un murmullo extraño del que sólo podían percibirse frases inconclusas, entre rezo y confesión pública. 

Bebieron hasta las manitas, como antes. Él ya borracho, volando muy bajo, piensa que piensa en ella, saboreando volver a probarla.

—Está a todo dar, palabra.

—Te ganó la cachondería. Siempre has sido así. Ya te quemaste.

—No digan malas palabras. Ya lo saben.

—Otro chorriado, Santita. No queremos ofender a nadie.

—Tiene unos muslotes, mano... En lugar de sentir lo tupido del alcohol, repartiéndosele por el cuerpo, el Compa le echaba al hígado una envidia ácida que le subía a la garganta.

—Está retebuena. Tienes unos muslotes…

—Estás apantallado. No te vayas a arrepentir.

—Me trai de un ala, la mera verdá. ¡Es que está retesuave!

Se lo train cambiado. Él andaba por otro barrio, no era el mismo. Ni siquiera quería platicarle todo. Ya no era como antes, en que las viejas sólo para el vacile, cuando se contaban qué tal les había ido.

—Me la tiré dos veces, mano. Palabra que aguanta. Se mueve rebonito.

—A mí no me fue mal. Me dejaron bien exprimido.

Ahora a pensar en la tipa esa. No era lo mismo. Algo se había atravesado. Sentía entre pecho y espalda una mohína amarilla, un rencor de estar ninguneado. Y un sentimiento porque su cuate del alma hubiera dado el azotón. ¿Pues qué podría tener la vieja esa? Pura birriondez.

Le iban cayendo mal los fulanos y fulanas. Los murmullos… Tenía mucho coraje, porque se estaba sintiendo menos. Todos son unos purititos. “Ándale, échate la otra.” A ese rotito le daría un descontón a las primeras de cambio. No me serviría ni para el arranque. “¡Ah, jijo, ora me voy con ella!”. Dale con ella. Igualita que las demás. Para la misma cosa. Como ésa, muy puestita muy relujada. Muy la divina garza y, total, para uno rápido, cuando mucho. “Ay, mano, cómo está buena.” Y ese matacuás. Para armarle bronca. Pero su cuate lo dejaría todo. Andaba fuera de onda, bien enculado, azotó la res. La Bicha. La Bicha. Allí sentía la llaga, nomás con el puro nombre. Le crecía en la boca un buche de odio.

Se puso enchilado al conocerla, porque los vellos que le tupían las piernas le dieron malas ideas. Y porque no lo llegó a mirar de frente, como que no le importaba. Y se encanijó más, porque ella lo hacía pensar en las gozadas que se darían ambos. Y porque su amigo estaba más para allá que para acá, encandilado, sí, bien entrado, bien apantallado por ese par de repisas, y porque la mujer tenía un con qué, algo para estrujarla, para hacerle daño, para golpearla, romperle el vestido y desnuda maltratarla hasta sacarle sangre, a la muy puta, porque debería serlo, se le veía en los vellos, en las piernas, en toda ella y porque nomás querría tener un hombre encima, moviéndose, dándose venida tras venida, ah, para traérsela de encargo, castigarla, darle un jondazo fuerte, hacerla sentir que no valía nada, que era una cualquiera, una basura, la muy creída, la muy salsa, la muy sabrosa, y ponerla en su sitio, sí, que se creería, que estaba muy buena, ah si pudiera, se la traería cortita, le tendría que pedir permiso hasta para levantar los ojos, no le daría resuello, y que le pidiera perdón y la haría hincarse, que viera que nada valía, bien dada a la trampa, bien agorzomada, chiquita, pues qué te creíste, y soltarle un no aguantas nada, mírate, conmigo las poderosas, aquí de nada valen tus truquitos ni tus monerías, me vienes muy guanga, y te mando a volar cuando quiera, vieja canija, te estrellaste, aquí tienes tu dolor de estómago y pa prontito te me estás allí y cuidadito con decir ni pío, ándele, ya verá cómo las gasto yo, ya está bueno de suavena, a mí me hace los purititos mandados, y sí, pegarle, darle duro, y nada de hacerle al cuento, que conmigo va a andar usted muy derechita, me oye, porque la estoy pastoriando y no se me va a salir del huacal, y luego darle el cortón, a la muy chiva, a la muy desgraciada, y póngase buza, no me la vaya a descontar o la mande a la calle con todas sus hilachas, te voy a aliviar las cosas, si quieres píntate, a ver si agarras una cosa mejor, yo estoy amarradazo, y ya se lo creyó, qué pasó mi mona, nada, aquí encerradita, de aquí no me sale, lo oye, o que se lo tengo que repetir y ora encuérese, todita y a ver, abra las piernas, y entonces montarla, pero con coraje, darle su buena zarandeada, que se le quiten las ganas de andar de coscolina, de ofrecida, de nalga caliente.

Por eso, por el buche de odio, porque se lo estaba llevando la mamá de las muchachas, se le ocurrió hacer el chisme. Todo fue inventarle el falso a ella. Le dolía el despego de su cuate. Ella era quien lo traía ardido, purgado, dado a la trampa. Apagada la luz, sin gasolina, bien jodido con los malos pensamientos. Todo viene de muy adentro. Pura agua mala que va subiendo hasta la garganta, hasta los ojos, hasta la mera cabeza. Ninguneado por ella, porque le gustaba más allá de sus muslos.

Se puso misterioso con su amigo, hablándole a las medias palabras, dejándole caer, poco a poco, su buche de odio.

Lo engaña, le toma el pelo, se va con otros. Hacerle eso a su cuate. Jija de la mañana. Yo se lo vi a las claras. “Te lo digo, a lo macho, yo la vi.” Azotó la copa contra el mostrador, encabronado con ganas de mandar a volar a todos, tirar las mesas, quebrar las botellas, romper las sillas. “¿La viste?” El puño cerrado, estrujando la otra copa como si estrujara los brazos de ella. Para sacudirla y a sacudidas sacarle la verdad. “¿La viste, dímelo, la viste? La bilis, enloquecida, corría aprisa por la sangre de su cuate y estaba allí, agolpada en la mano, con los dedos a punto de reventar. La mano, ya dispuesta todo.

“Sí, mano, la vi y no hay derecho. Dale su escarmiento.” Un ronquido animal se le quebró en la garganta y la copa se partió. Encogió el brazo y la sangre brotó de la mano, roja, hirviente. “Te anda maloriando. Ora ya te lo dije. Pero eres mi amigo.” Su valedor había entrado también a las sombras, le había pasado de esa agua mala. Ahora estaba otra vez más para acá, volvían a ser cuates.

—Sírvanos las otras.

La pensó a la hora del acueste, gimiendo, el de la primera vez en el hotel. Lo estremeció el recuerdo de la desnudez, y luego todo fue pura rabia, puro odio, porque sus ojos no podían ver sino el engaño y dolía no dejar a ese cuerpo quieto, inmóvil, darle su escarmiento.

Fue el Compa quien se lo despepitó a los policías. “Sí, yo le dije que la dejara firme para siempre. Ella no le garantizaba. Lo andaba poniendo en mal, yéndose con otros. Yo me la claché y me dio harta muina. Se trata de mi amigo y no me pareció. Él se portó a lo macho y le dio su escarmentada. Yo le facilité el cuchillo.”

Su amigo moqueaba, con mucho sentimiento. Y de verlo así, tan alicaído, le dio harta pena. “No se me desavalorine, que aquí está su cuate.” Los muslos de La Bicha se habían ido ya de su cabeza y, ahora estaba puesto para ir al bote, al lado de su ñeris.
 
 
 
* “El compa”, Las dualidades funestas, Editorial Joaquín Mortiz, 1967.